Las puertas del cielo | Страница 23 | Онлайн-библиотека


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—No digas tonterías. Tú también quieres las estrellas, David, pero ahí arriba, en esas tierras salvajes, careces de los medios técnicos para equipar una expedición. Yo sí los tengo. Unamos nuestras fuerzas. Es lo que deseas, digas lo que digas. Voy a decirte lo que te impide aceptar mi oferta, David. Tienes miedo de la reacción de tu pueblo cuando se entere de que has accedido a colaborar, dirán que te has vendido a los vorsters. Te empeñas en adoptar una postura en la que no crees, porque careces de auténtica independencia. Imponte, David. Utiliza tus poderes. Puse el planeta en tus manos. Ahora quiero que me pagues la deuda.

—¿Cómo voy a decirle a Mondschein, a Martell y a los demás que he accedido mansamente a someterme a tus deseos? Ya les ha puesto bastante nervioso que les impusieran un mártir resucitado. A veces creo que me van a martirizar otra vez, y ésta es definitiva. Necesito darles algo a cambio.

Vorst sonrió. La victoria estaba al alcance de su mano.

—Diles que te ofrezco la autoridad suprema sobre ambos planetas, David. Diles que la Hermandad no sólo acogerá con agrado la vuelta de los armonistas, sino que serás el dirigente supremo de ambas ramas de la fe.

—¿De ambas?

—De ambas.

—¿Y qué harás tú?

Vorst se lo dijo. Y una vez surgidas las palabras de sus labios, el Fundador se hundió en su balancín, agotado y aliviado al mismo tiempo, sabiendo que había efectuado la última jugada de la partida que ya duraba un siglo, y que todo había salido a pedir de boca.

5

Reynolds Kirby estaba con su terapeuta cuando llegó la orden de que se reuniera con Vorst. El Coordinador Hemisférico flotaba en una solución nutritiva, una Cámara de la Nada adaptada cuyo objetivo no era el olvido, sino la revitalización. Si Kirby hubiera deseado escapar a una nada temporal, se habría aislado por completo del universo y entrado en suspensión total. Sin embargo, hacía mucho tiempo que había superado la afición por tales diversiones. Ahora, se contentaba con mecerse en la solución nutritiva, restaurando las sustancias vitales tras un día agotador, mientras un terapeuta esper eliminaba las cargas de su espíritu.

Por lo general, Kirby no toleraba que le interrumpieran en mitad de una sesión. A su edad necesitaba toda la paz posible. Había nacido demasiado pronto para gozar de la cuasi inmortalidad de las generaciones más jóvenes; su cuerpo no era capaz de recuperar instantáneamente la vitalidad como el de cualquier hombre del siglo XXII, usufructuario de los adelantos vorsters logrados en un siglo. No obstante, había una excepción a la regla de Kirby: una llamada de Vorst tenía prioridad sobre cualquier otra cosa, incluida una sesión de terapia necesaria.

El terapeuta lo sabía. Concluyó de manera prematura la sesión con suma destreza y tonificó a Kirby para que se reintegrara a las tensiones del mundo. No había transcurrido ni media hora cuando ya el coordinador se dirigía hacia el edificio rematado por una cúpula donde Vorst tenía su cuartel general.

Vorst parecía agitado. Kirby nunca había visto al Fundador tan consumido. La frente abombada de Vorst parecía la de una calavera, y sus ojos oscuros brillaban con una intensidad turbadora. Un débil sonido se oía claramente en el despacho: la maquinaria de Vorst, bombeando energía al anciano cuerpo. Kirby tomó asiento donde Vorst le indicó. Fuertes dedos surgieron del tapizado y empezaron a aliviarle la tensión.

—Voy a convocar una reunión del consejo dentro de poco para ratificar las medidas que acabo de tomar —dijo Vorst. Pero antes de que todo el grupo se reúna, quiero discutir algunas cosas contigo, repasarlas una o dos veces.

Kirby no alteró su expresión. Después de décadas de conocer a Vorst, procedió a una traducción instantánea: «He hecho algo autoritario —estaba diciendo Vorst—, y voy a convocar a todo el mundo para que dé su beneplácito, pero antes voy a obligarte a que me des el tuyo.» Kirby estaba preparado para aceptar lo que Vorst hubiera hecho. No era un hombre débil por naturaleza, pero nadie le llevaba la contraria a Vorst. El último que lo había intentado seriamente fue Lázaro, quien, como resultado, durmió sesenta años en Marte encerrado en una caja.

—He hablado con Lázaro y cerrado el trato —murmuró Vorst, ante el cauteloso silencio de Kirby—. Ha accedido a proporcionarnos impulsores, tantos como queramos. Es posible que enviemos una expedición interestelar a finales de año.

—Me dejas un poco aturdido, Noel.

—Es decepcionante, ¿verdad? Durante cien años avanzas hacia un objetivo a paso de tortuga, y de repente te encuentras a un paso de la recta final; la emoción del intento deja paso al aburrimiento de lo ya consumado.

—Todavía no hemos enviado esa expedición a otro sistema solar —le recordó con serenidad Kirby al Fundador.

—Lo haremos, lo haremos. Está fuera de toda duda. Estamos en la recta final. Capodimonte ya se dedica a seleccionar personal para la expedición. Pronto pondremos a punto la cápsula. La gente de Lázaro colaborará, y allá iremos. Dalo por hecho.

—¿Cómo conseguiste que accediera, Noel?

—Explicándole cómo serán las cosas cuando la expedición haya partido. Dime, ¿te has parado a pensar alguna vez en cuáles serían los objetivos de la Hermandad después de enviar la primera expedición?

—Bien… —vaciló Kirby—. Enviar más expediciones, supongo. Consolidar nuestras posiciones. Continuar las investigaciones médicas. Seguir con nuestro trabajo habitual.

—Exactamente. Un largo y lento camino llano hacia la utopía. Ya no se trataría, de escalar una montaña. Por eso no me quedaré para seguir dirigiendo la situación.

—¿Cómo?

—Me voy en la expedición.

Si Vorst se hubiera arrancado una extremidad y golpeado el suelo con ella, Kirby no se habría quedado más estupefacto. Las palabras del Fundador le golpearon como un mazazo y le hicieron retroceder. Kirby se agarró a los brazos de la silla, y la silla le aferró en respuesta, meciéndole con suavidad hasta que su conmoción se calmó.

—¿Que te vas? —estalló Kirby—. No, no. No me lo puedo creer, Noel. Es una locura.

—He tomado mi decisión. Mi trabajo en la Tierra ha terminado. He guiado a la Hermandad durante un siglo, y ya es suficiente. He visto como tomaba el control de la Tierra, y también el de Venus indirectamente, y cuento con la colaboración, ya que no el apoyo, de los marcianos. He hecho aquí todo lo que me propuse. Con la partida de la primera expedición interestelar, habré rematado lo que llamo presuntuosamente mi misión sobre la Tierra. Es hora de seguir adelante. Probaré en otro sistema solar.

—No permitiremos que te vayas —dijo Kirby, sorprendido por sus propias palabras—. ¡No puedes irte! A tu edad…, subirte a una cápsula con destino a…

—Si yo no voy, no habrá cápsula con destino a ningún sitio.

—No hables de esa manera, Noel. Pareces un niño mimado amenazando con suspender la fiesta si no accedemos a sus caprichos. En la Hermandad hay otras personas cuyas responsabilidades tampoco les permitirán marchar.

Para sorpresa de Kirby, su acida acusación sólo pareció divertir a Vorst.

—Creo que has interpretado mal mis palabras —dijo—. No he dicho que suspenderé la expedición si yo no voy. He dicho que utilizar los espers de Lázaro depende de que yo vaya. Si no subo a bordo de la cápsula, no nos prestará sus impulsores.

Kirby se sumió en el estupor por segunda vez en diez minutos, mezclado esta vez con dolor, porque comprendió que se había producido una traición.

—¿Es éste el trato que hiciste, Noel?

—Valía la pena pagar el precio. Ya hace mucho tiempo que se precisaba un cambio en el poder. Yo desaparezco de escena; Lázaro se convertirá en el jefe supremo del movimiento. Tú serás su vicario en la Tierra. Conseguimos los espers. Abrimos las puertas del cielo. Beneficia a todo el mundo involucrado.

—No, Noel.

—Estoy harto de estar aquí. Quiero marcharme. Lázaro también quiere que me vaya. Soy demasiado grande, más grande que todo el movimiento. Es hora de dar entrada a los mortales. Tú y Lázaro podéis dividiros la autoridad. El ostentará la supremacía espiritual, pero tú gobernarás la Tierra. Los dos forjaréis algún tipo de relación comunicante entre los armonistas y la Hermandad. No será muy difícil; los rituales son muy parecidos. En diez años habrá desaparecido cualquier resentimiento. Y yo estaré a doce añosluz de distancia, sin entrometerme en vuestro camino, viviendo en mi retiro. Pastoreando en el planeta X del sistema Y. ¿Qué te parece?

—Que no creo nada de todo esto, Noel. Que abdiques al cabo de un siglo, que te largues como una exhalación con un grupo de pioneros, que vivas en una cabaña de troncos en un planeta desconocido a la edad de ciento cincuenta años, que sueltes las riendas…

—Pues empieza a creértelo —dijo Vorst. Por primera vez desde que había empezado la conversación, su voz recuperó el viejo tono restallante—. Me voy. Está decidido. En cierto sentido, ya me he ido.

—¿Qué significa eso?

—Ya sabes que soy un oscilador de segunda fila, que hago planes ayudándome de precogs.

—Sí.

—He visto el futuro. Sé cómo empezó y sé cómo va a ser. Me marcho. He seguido el plan hasta ahora… He seguido y he guiado, todo a la vez, patas arriba a través del tiempo. Sabía todo lo que haría un poco de antemano. Desde que fundé la Hermandad hasta este preciso momento. Así que está decidido. Me voy.

Kirby cerró los ojos y luchó por conservar la calma.

—Examina el trayecto que ya he recorrido —dijo Vorst—. ¿Alguna vez di un paso en falso? La Hermandad prosperó. Se apoderó de la Tierra. Cuando fuimos lo bastante fuertes para permitirnos un cisma, fomenté la herejía armonista.

—Que fomentaste…

—Escogí a Lázaro para mis designios y le llené la cabeza de ideas. Era un acólito insignificante, arcilla en mis manos. Por eso nunca le llegaste a conocer en los primeros tiempos. Pero estaba allí. Yo le escogí. Yo le moldeé. Hice que su movimiento se opusiera al nuestro.

—¿Por qué, Noel?

—Ser monolítico no hubiera dado resultado. Hice una apuesta compensatoria. La Hermandad fue pensada para triunfar en la Tierra, pero los mismos principios no atraían, no podían atraer a Venus. De modo que puse en marcha un segundo culto. Lo hice a la medida de Venus y les di a Lázaro. Después, les di a Mondschein. ¿Te acuerdas? Fue en 2095. Era un vulgar acólito ambicioso, pero comprendí que poseía energía y le fui dando pequeños toques, hasta que se encontró en Venus y transformado. El edificó toda la organización.

—¿Y sabías que habían encontrado impulsores? —preguntó Kirby, incrédulo.

—No lo sabía, pero confiaba en ello. Sólo sabía que fundar los armonistas era una buena idea, porque vi que había sido una buena idea. ¿Me sigues? Por la misma razón, rapté a Lázaro y le oculté en una cripta durante sesenta años. En aquel momento no supe por qué, pero sabía que podía ser útil guardarme en el bolsillo por un tiempo al mártir armonista, una carta que podría jugar en el futuro. Jugué esa carta hace doce años, y desde entonces los armonistas han sido míos. Hoy he jugado mi última carta: yo mismo. He de irme. En cualquier caso, mi trabajo ha terminado. Estoy harto de desenredar la madeja. He hecho juegos malabares durante cien años, impulsando mi propia oposición, creando conflictos destinados a resolverse en una síntesis definitiva, y esta síntesis ya se ha producido y me marcho.

—Me humillas, Noel —dijo Kirby, tras un largo silencio—, al pedirme que ratifique una decisión que ya es tan inmutable como las olas y el amanecer.

—Eres libre para oponerte a ella en la reunión del Consejo.

—Pero, de todas formas, ¿te irás?

—Sí. No obstante, quisiera tu apoyo. No influirá en el resultado final, pero prefiero tenerte a mi lado que en contra. Me gustaría pensar que comprendes más que nadie lo que he hecho durante estos años. ¿Crees que existe todavía algún motivo para que me quede en la Tierra?

—Te necesitamos, Noel. He ahí el único motivo.

—Ahora eres tú el que se comporta como un niño. No me necesitáis. El Plan está consumado. Ya es hora de largarse y pasar la tarea a otros. Dependes demasiado de mí, Ron. Te cuesta hacerte a la idea de que nunca más voy a manejar los hilos.

—Quizá sea eso —admitió Kirby, pero ¿de quién es la culpa? Te has rodeado de subordinados serviles. Te has hecho indispensable. Estás sentado en el corazón del movimiento como un fuego sagrado, y todo el que se acerca demasiado sale chamuscado. Ahora, te llevas el fuego a otra parte.

—Lo traslado —rectificó Vorst—. Bien, tengo un trabajo para ti. Los miembros del Consejo llegarán dentro de seis horas. Voy a darles la noticia, y supongo que les trastornará como a ti. Tómate libre esas seis horas y piensa en lo que acabo de decirte. Reconcíliate con ello. Más aún, no te limites a aceptarlo, apruébalo. En la reunión, levántate y no expliques sólo por qué es correcto que yo me vaya, sino también por qué es necesario y vital para el futuro de la Hermandad que lo haga.

—Quieres decir…

—Ahora no digas nada. Aún eres hostil. No lo serás una vez hayas examinado la dinámica de la situación. Manten la boca cerrada hasta entonces.

—Sigues manejando los hilos, ¿no? —sonrió Kirby.

—A estas alturas ya es una vieja costumbre. Pero es la última vez que lo hago. Te prometo que cambiarás de opinión. Comprenderás mi punto de vista dentro de una hora o dos. Al anochecer, tendrás ganas de meterme por la fuerza en esa cápsula. Sé que tendrás ganas. Te conozco.

6

En un claro umbroso de Venus, los impulsores practicaban su deporte favorito.

Una avenida de enormes árboles se alejaba hacia el horizonte nacarado. Las hojas dentadas formaban en lo alto un espeso dosel. Abajo, en la tierra cenagosa sembrada de hongos, doce muchachos venusinos de piel azul y hábito verde ejercitaban sus habilidades. Varias figuras de mayor envergadura les contemplaban desde cierta distancia. David Lázaro se erguía en el centro del grupo. A su alrededor se congregaban los líderes armonistas: Christopher Mondschein, Nicholas Martell, Claude Emory.

Lázaro había tenido serios problemas con estos hombres. Para ellos, había sido apenas un nombre del martirologio, una figura reverenciada e irreal gracias a cuyo poder ausente gobernaban una religión. Habían tenido que adaptarse a su regreso, y no les había resultado fácil. Lázaro pensó en algún momento que le asesinarían. El peligro había pasado y ellos se sometían a sus deseos. Pero, por haber dormido durante tanto tiempo, era a la vez más joven y más viejo que sus lugartenientes, lo que en ocasiones le impedía ejercer toda su autoridad.

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Robert Silverberg: Las puertas del cielo 1
UNO: Fuego Azul: 2077 1
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DOS: Los guerreros de la luz: 2095 4
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TRES: A donde van los transformados: 2135 10
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CUATRO: Lázaro, levántate y anda: 2152 16
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CINCO: Las puertas del cielo: 2164 20
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