Las puertas del cielo | Страница 18 | Онлайн-библиотека


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Vorst conocía la causa de las extinciones. A este pabellón se enviaban los osciladores, anclados de manera insegura en su tiempo. Se columpiaban del pasado al presente, incapaces de controlar sus movimientos, acumulando una carga de fuerza temporal que, al final, destrozaba sus mentes. Era un vértigo mortal; el sentido del tiempo se hacía confuso. El propio Vorst había experimentado ráfagas pasajeras. Durante diez años, casi un siglo antes, se había creído loco, hasta que por fin comprendió. Había visto los límites del tiempo, una visión del futuro que le había despedazado y rehecho, y que, tal como sabía ahora, sólo era un atisbo de lo que los auténticos espers experimentaban.

El caso en cuestión era joven, de sexo femenino y oriental: una combinación fatal, por lo visto. Un ochenta por ciento de las extinciones era de procedencia mongoloide, chicas adolescentes por lo general. Las que poseían ese rasgo no llegaban a la edad adulta. Ésta debía de tener unos dieciséis años, aunque era difícil acertar; aparentaba entre veinte y veinticinco. Yacía retorcida en la cama, casi desnuda, y se tiraba del camisón en su agonía. El sudor perlaba su piel pardoamarillenta. Arqueó la espalda, hizo una mueca y se desplomó. Los pechos que revelaba el camisón eran los de una niña.

Vorsters de hábito azul, advertidos de la presencia del Fundador, rodeaban la cama.

—Sólo le queda una hora de vida, ¿verdad? —preguntó Vorst.

Alguien asintió con la cabeza. Vorst se acercó más a la cama. Aferró el brazo de la muchacha con sus dedos enjutos. Entró otro esper, colocó una mano sobre la de Vorst y la otra sobre la chica, y proporcionó el vínculo que el Fundador deseaba. De repente, se puso en contancto con la joven agonizante.

Su cerebro ardía. Saltaba adelante y atrás en el tiempo, y Vorst saltaba con ella, arrastrado como un autoestopista. La luz brilló en su mente, como si bailaran rayos a su alrededor. El ayer y el mañana se fundieron. Su cuerpo delgado se estremeció como una caña azotada por el viento. Las imágenes danzaban como demonios, figuras sombrías surgían del pasado, oscuros avatares del mañana. «Háblame, háblame, háblame —imploraba Vorst—. ¡Muéstrame el camino!» Se encontraba en el umbral del conocimiento. Había avanzado paso a paso durante setenta años de esta forma, utilizando los cuerpos retorcidos y torturados de estos «quemados» como puentes tendidos hacia el mañana, arrastrándose hacia adelante por sus propios medios, siguiendo las líneas maestras de su grandioso plan.

«Haz que vea», suplicó Vorst.

La figura de David Lázaro dominaba la pauta del mañana, como Vorst sabía que ocurriría. Lázaro se erguía como un coloso, se levantaba a una inesperada resurrección, extendiendo las manos hacia los hermanos ataviados de verde de su herejía. Vorst se estremeció. La imagen osciló y se desvaneció. La frágil mano del Fundador aflojó su presa.

—Ha muerto —dijo—. Sáqueme de aquí.

4

Un anciano había dado la orden, otro obedeció y a un tercero se le pidió un favor. Nat Weiner, del Presidium marciano, siempre estaba deseoso de complacer a su viejo amigo Reynolds Kirby. Se conocían desde hacía más tiempo del que aceptaban admitir.

Weiner, como casi todos los marcianos, no era vorster ni armonista. Los marcianos eran indiferentes a los cultos y mantenían una postura neutral y provechosa. Ahora, en la Tierra, los vorsters equivalían a un gobierno mundial, pues su influencia se hacía sentir en todas partes; para Marte era una cuestión de sentido común estrechar las relaciones con los dirigentes vorsters, puesto que Marte tenía negocios con la Tierra. Venus, el planeta de los hombres adaptados, era un caso diferente. Nadie estaba muy seguro de lo que ocurría allí, salvo que la herejía armonista se había establecido firmemente en los últimos treinta o cuarenta años, y cabía la posibilidad de que un día hablara en nombre de Venus como los vorsters hablaban en nombre de la Tierra. Weiner había servido como embajador de Marte en Venus, y pensaba que comprendía bastante bien a los pieles azules. No le caían muy bien, pero ya no sentía fuertes emociones. Las había dejado atrás al cumplir cien años.

Bien a su pesar, Reynolds Kirby habló cara a cara con Weiner para solicitar un favor. Hacía veinte años que no se veían, desde la última visita de Weiner al centro de rejuvenecimiento de Santa Fe. No era frecuente que se les permitiera a los ateos disfrutar de las técnicas de rejuvenecimiento, pero Kirby, como un favor, había logrado que Weiner y un selecto grupo de sus amigos marcianos acudieran periódicamente para seguir el tratamiento.

Weiner comprendió muy bien que Kirby aceptaba en silencio pagarés por aquellos favores, y que los pagarés deberían liquidarse algún día. Perfecto; lo único importante era sobrevivir. En caso necesario, Weiner se habría convertido en vorster con tal de acceder a Santa Fe. Aunque, por supuesto, eso perjudicara su carrera política en Marte, donde tanto vorsters como armonistas eran considerados subversivos. De esta forma, sin correr riesgos, gozaba de amplias ventajas, y se lo debía a su amigo Kirby. Weiner haría lo imposible por devolver a Kirby el favor.

—¿Ya has visto la supuesta cripta de Lázaro, Nat? —preguntó el vorster.

—Fui hace dos días. Mantenemos un fuerte dispositivo de seguridad. Ya sabes que la encontró mi sobrino. Me gustaría matarle.

—¿Por qué?

—Sólo nos faltaba encontrar basura armonista cerca de los lagos Beltran. ¿Por qué no le enterrasteis en Venus, entre los suyos?

—¿Por qué piensas que le enterramos, Nat?

—¿No fuisteis vosotros los que le matasteis, le pusisteis en un congelador, o lo que sea?

—Todo sucedió antes de mi época. Sólo Vorst sabe la auténtica verdad, y quizá tampoco él. Lo más seguro es que fueran los seguidores de Lázaro quienes le metieran en esa cripta, ¿no crees?

—De ninguna manera. ¿Por qué tergiversarían su propia historia? Es su profeta. Si le hubieran puesto allí, lo habrían recordado y orado por su resurrección, ¿no? Sin embargo, el acontecimiento les ha sorprendido más que a nadie —Weiner frunció el ceño—. Por otra parte, el mensaje grabado está plagado de lemas armonistas. Y hay símbolos armonistas en la cripta. Me gustaría entenderlo. Más aún: me gustaría que nunca le hubiésemos encontrado. ¿Por qué has venido, Ron?

—Vorst está interesado en él.

—¿En Lázaro?

—xacto. Quiere devolverle la vida. Nos llevaremos la cripta a Santa Fe, la abriremos y le reviviremos. Vorst quiere anunciarlo públicamente mañana por todos los medios de comunicación.

—No puedes hacerlo, Ron. Si alguien ha de apropiárselo, tienen que ser los armonistas. Es su profeta. ¿Cómo voy a entregarlo a tus muchachos? En primer lugar, vosotros le asesinasteis, y ahora…

—Y ahora vamos a revivirle, lo que, como todo el mundo sabe, excede las posibilidades de los armonistas. Pueden intentarlo, si quieren, pero no disponen de nuestros avanzados laboratorios. Nosotros estamos preparados para revivirle. Después, se lo entregaremos a los armonistas para que predique lo que le dé la gana. Déjanos libre acceso a la cripta.

—Me pides mucho, Ron.

—Te hemos dado mucho.

Weiner asintió con la cabeza. Comprendió que había llegado la hora de hacer efectivos los pagarés.

—Los armonistas pedirán mi cabeza —dijo.

—Tu cabeza está muy bien fijada, Nat. Encuentra un medio de darnos la cripta. Vorst se enfadará con nosotros si no lo haces.

—Lo haré —suspiró Weiner.

Pero ¿cómo?, se preguntó el marciano cuando el contacto se interrumpió. ¿Por force majeure? ¿Entregar la cripta y al cuerno la opinión pública? ¿Y si Venus se lo tomaba a mal? Aún no se había declarado ninguna guerra interplanetaria, pero tal vez era un buen momento para ello. Por supuesto, los armonistas querían, con toda la razón del mundo, el cuerpo de su fundador. Sólo hacía una semana que el converso Martell, aquel que había llegado a Venus para fundar una misión vorster y se había pasado después a los armonistas, había venido a ver la cripta y esbozar un vacilante plan para tomar posesión de ella. Martell y su jefe Mondschein se enfurecerían cuando descubrieran que la reliquia de Lázaro iba a embarcarse rumbo a Santa Fe.

Tenía que maniobrar con suma diplomacia.

La mente de Weiner zumbó y cliqueteó como un ordenador, presentando y rechazando diversas posibilidades, abriendo y cerrando un circuito tras otro. No sólo la antigüedad mantenía al marciano en el poder. Era ágil. Había adquirido una notable habilidad desde la noche en que, borracho como un palurdo, se había soltado el pelo en Nueva York.

Tres horas y muchos miles de dólares en llamadas interplanetarias después, Weiner había llegado a una solución satisfactoria.

La cripta, como objeto, era propiedad del gobierno marciano. Por lo tanto, Marte podía disponer de ella a su antojo. Sin embargo, el gobierno marciano reconocía el singular valor simbólico de este descubrimiento, y se proponía evacuar consultas con las autoridades religiosas de los demás planetas. Se formaría un comité: tres armonistas, tres vorsters y tres marcianos seleccionados por Weiner. Era de suponer que tanto armonistas como vorsters buscarían tan sólo el bien de su culto, y los marcianos del comité mantendrían una neutralidad imperturbable, asegurando de esta manera un juicio imparcial.

Por supuesto.

El comité se reuniría para deliberar sobre el destino de la cripta. Los armonistas, naturalmente, la reclamarían para ellos. Los vorsters, tras hacer pública su oferta de emplear toda su superciencia en devolver la vida a Lázaro, solicitarían la oportunidad de llevarla a la práctica. Los marcianos sopesarían todas las posibilidades.

Después, pensó Weiner, se procedería a la votación.

Uno de los marcianos votaría a favor de los armonistas… para guardar las apariencias. Los otros dos se pronunciarían a favor de permitir a los vorsters que se encargasen del durmiente, bajo rigurosa supervisión que impidiera cualquier truco. Cinco votos contra cuatro darían la cripta a Vorst. Mondschein pondría el grito en el cielo, por descontado, pero los términos del acuerdo permitirían que dos representantes de los armonistas se introdujeran durante una temporada en los laboratorios secretos de Santa Fe, y eso les calmaría en parte. Habría protestas, pero, si Kirby cumplía su palabra, Lázaro sería revivido y devuelto a sus partidarios. ¿Cómo iban a negarse los armonistas a semejante pacto?

Weiner sonrió. No existía problema, por intrincado que fuera, carente de solución. Sólo era preciso pensar un poco. Se sintió complacido consigo mismo. De haber sido cuarenta años más jóvenes, se habrían corrido una juerga para celebrarlo. Pero, ahora, no.

5

—No vayas —dijo Martell.

—¿Suspicaz? —preguntó Christopher Mondschein—. Es nuestra oportunidad de ver su tinglado. No he estado en Santa Fe desde que era joven. ¿Por qué no voy a ir?

—Es imposible saber lo que puede pasarte allí. Les encantaría ponerte la mano encima. Eres la piedra angular de todo el movimiento venusino.

—¿Crees que me van a pulverizar ante los ojos de tres planetas? Sé realista, Nicholas. Cuando el Papa visita La Meca, ya se preocupan de protegerle. No correré ningún peligro en Santa Fe.

—¿Qué me dices de los espers? Te sondearán.

—Neerol me acompañará a modo de escudo. No me sacarán nada. Me defenderá de cualquier esper. Además, no tengo nada que ocultar a Noel Vorst. Tú eres el más indicado para comprenderlo. Te aceptamos, a pesar de que te habían implantado órdenes de espiarnos. Nos interesaba contarle a Vorst hasta dónde habíamos llegado.

Martell cambió de estrategia.

—Ir a Santa Fe da a entender que nuestra orden bendice a este supuesto Lázaro.

—¡Ya pareces el hermano Emory! ¿Me estás diciendo que es un fraude?

—Te estoy diciendo que deberíamos tratarle como si lo fuera. Contradice nuestra leyenda sobre Lázaro. Tal vez sea una estratagema vorster calculada para sumirnos en la confusión. ¿Qué haremos cuando nos entreguen un Lázaro que hable y camine, y tratemos de reformar toda nuestra orden en torno a él?

—Es un asunto delicado, Nicholas. Hemos construido nuestra fe sobre la existencia de un mártir sagrado. Si de repente pierde la condición de mártir…

—Exactamente. Nos destruirá.

—Lo dudo —respuso Mondschein. El viejo armonista tocó sus branquias con un gesto nervioso—. Tu visión del futuro se queda corta, Nicholas. Admito que los vorsters nos han superado hasta el momento. Se han apoderado de este Lázaro y están a punto de devolvérnoslo. Muy embarazoso, pero ¿qué vamos a hacer? No obstante, el siguiente movimiento es nuestro. Si muere, nos limitaremos a cambiar un poco nuestras escrituras. Si vive y trata de entrometerse, revelaremos que es una especie de simulacro preparado por los vorsters para perjudicarnos, y le destruiremos. Nos apuntaremos un tanto: nuestra historia original sigue en pie y revelamos las siniestras añagazas de los vorsters.

—¿Y si en verdad es Lázaro?

Mondschein frunció el ceño.

—En ese caso, tenemos un profeta en nuestras manos, hermano Nicholas. Hemos de correr el riesgo. Me voy a Santa Fe.

6

En la Tierra, el Centro Noel Vorst bullía con una actividad inusitada mientras continuaban los preparativos para recibir el cargamento procedente de Marte. Un conjunto de laboratorios había sido dispuesto para la resurrección de Lázaro. Por primera vez desde la fundación del Centro, se había permitido que cámaras de vídeo mostraran a los planetas una ínfima parte de sus instalaciones interiores. El lugar estaba lleno de extranjeros, incluyendo una delegación de armonistas. Para vorsters de la vieja guardia, como Reynolds Kirby, era casi impensable. El sigilo se había convertido en algo rutinario para él. Sin embargo, la orden había partido del propio Vorst, y nadie pensaba discutir con el Fundador.

—Creo que ha llegado el momento de levantar un poco la tapa —había dicho.

Kirby aportaba su granito de arena a medida que el gran día se acercaba. Le preocupaban algunas lagunas de sus recuerdos, y en virtud de su cargo de lugarteniente investigaba en los archivos vorsters para rellenarlas. El problema consistía en que Kirby no podía recordar nada sobre la trayectoria de David Lázaro antes del martirio, y presentía que era importante saber algo más de lo que contaba la historia oficial. ¿Quién era Lázaro, por ejemplo? ¿Cómo se había enrolado en las filas vorsters… y cómo las había abandonado?

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Robert Silverberg: Las puertas del cielo 1
UNO: Fuego Azul: 2077 1
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DOS: Los guerreros de la luz: 2095 4
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8 9
9 9
TRES: A donde van los transformados: 2135 10
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8 15
CUATRO: Lázaro, levántate y anda: 2152 16
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5 18
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8 19
9 20
CINCO: Las puertas del cielo: 2164 20
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2 21
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