El castillo de lord Valentine | Страница 1 | Онлайн-библиотека


Выбрать главу

Robert Silverberg

El castillo de lord Valentine

A David Hartwell

Page Cuddy

John Bush

…que empujaron con mucha suavidad.

NOTA DE AGRADECIMIENTO

Por el asesoramiento recibido en los aspectos técnicos del malabarismo que aparecen en esta novela, estoy en deuda con Catherine Crowell de San Francisco y con esos extraordinarios actores que son los Flying Karamazov Brothers, que tal vez hasta este momento desconozcan cuánta ayuda me prestaron. No obstante, los conceptos teóricos prácticos del malabarismo expuesto en la novela son esencialmente de mi invención, en especial los que conciernen a la capacidad de malabaristas de cuatro brazos, y ni la señora Crowell ni los hermanos Karamazov son responsables de las improbabilidades o imposibilidades que existan en estas páginas.

Marta Randall ofreció inestimable colaboración en otros aspectos de la redacción de este libro. Entre las contribuciones de la señora Randall hay que citar los textos de ciertas canciones que aparecen en la novela.

Por las críticas al manuscrito en sus problemáticas etapas iniciales, debo dar las gracias a Barbara Silverberg y a Susanne L. Houfek; y agradezco a Ted Chichak, de Scott Meredith Literary Agency, su apoyo, su ánimo y su cacumen profesional.

Robert Silverberg

I

EL LIBRO DEL REY DE LOS SUEÑOS

1

Y entonces, después de caminar el día entero entre una dorada neblina de pegajosa calidez que se condensó en su cuerpo igual que húmedos copos de nieve, Valentine llegó a un gran crestón de blanca piedra desde la que se divisaba la ciudad de Pidruid. Era la capital de la provincia, irregularmente extendida, espléndida, la mayor ciudad con que se había topado desde… ¿desde…? En cualquier caso, era la mayor ciudad después de mucho vagar.

Valentine hizo un alto. Buscó un asiento en el borde blando y desmoronadizo del albo crestón, hundió las botas en las grietas de la gastada roca, y se sentó para contemplar Pidruid, parpadeando como si acabara de despertar. Era verano y el sol aún pendía muy alto hacia el suroeste, más allá de Pidruid, sobre el Gran Océano, la luz del crepúsculo tardaría horas en mostrarse. Descansaré aquí un rato, pensó Valentine, y después bajaré hasta Pidruid y buscaré alojamiento para pasar la noche.

Mientras descansaba, Valentine escuchó el ruido de unos guijarros que rodaron junto a él. Habían caído de un punto más elevado del crestón. Sin prisa alguna, observó el camino que había seguido para llegar allí. Vio a un zagal, un muchacho de cabello pajizo y cara pecosa que conducía una fila de quince o veinte cabalgaduras a lo largo de la ruta de la colina. Eran bestias rollizas, de pelaje liso y brillante, de color púrpura, notablemente bien cuidadas. La montura del pastorcillo tenía un aspecto más viejo y menos rechoncho; parecía una criatura experta y endurecida.

—¡Hola! —gritó el muchacho a Valentine—. ¿Adónde va?

—A Pidruid, ¿y tú?

—Igual. Llevo estos animales al mercado. Y es un trabajo que da mucha sed. ¿No tiene vino?

—Un poco… —dijo Valentine. Dio una palmada al frasco que llevaba en la cadera, en el lugar donde un hombre más violento habría llevado un arma—. Vino tinto del centro, muy bueno. Me disgustará ver que se acaba.

—Déme un trago y le dejaré cabalgar conmigo hasta la ciudad.

—De acuerdo —dijo Valentine.

Se levantó mientras el zagal desmontaba y bajaba a gatas la pendiente del crestón. Valentine le ofreció el frasco. El chico no tenía más de catorce o quince años, supuso Valentine… y era bajito para su edad, pero musculoso y de corpulento pecho. Apenas llegaba al codo de Valentine que no era excesivamente alto, tan sólo un hombre fuerte, de estatura algo superior a la media, provisto de amplios hombros y unas manos grandes y poderosas.

El muchacho agotó el vino del frasco, aspiró como un entendido, manifestó su aprobación, dio un buen trago, suspiró…

—¡He estado tragando polvo desde que salí de Falkynkip! Y este calor tan pegajoso… ¡te asfixia! Otra hora sin beber y habría muerto. —Devolvió el frasco a Valentine—. ¿Vive en la ciudad?

—No.

—¿Viene a la fiesta, entonces?

—¿La fiesta?

—¿No se ha enterado?

Valentine negó con la cabeza. Sentía la presión de los brillantes ojos burlones del muchacho, y estaba confuso.

—He estado viajando. No he seguido las noticias. ¿Hay fiestas en Pidruid?

—Esta semana —dijo el zagal— empiezan el Día Estelar, el gran desfile, el circo, el festejo real… Mire hacia allí. ¿No lo ve, aún no? Está entrando en la ciudad.

El muchacho señaló. Valentine miró atentamente en la dirección que indicaba el extendido brazo del zagal. Entrecerró los ojos, fijos en el extremo meridional de Pidruid, pero lo único que vio fue un revoltijo de tejados verdes y una maraña de viejas calles que no ofrecían un aspecto regular. Sacudió de nuevo la cabeza.

—Allí —dijo el pastor, impaciente—. Junto al puerto. ¿No lo ve? ¿No ve los barcos? ¿Cinco barcos enormes, con el estandarte de él ondeando en los cordajes…? Y allí está el desfile, atravesando la Puerta del Dragón… Se acaba de iniciar la marcha por la Carretera Negra. Creo que aquella es la carroza de él… ahora pasa junto al Arco de los Sueños. ¿No la ve? ¿Tiene algún defecto en la vista?

—No conozco la ciudad —dijo suavemente Valentine—. Pero… sí, veo el puerto, los cinco barcos…

—Muy bien. Ahora siga un poco hacia el interior de la isla… ¿Ve la gran puerta de piedra? ¿Y la amplia carretera que la atraviesa? Y ese arco conmemorativo, junto a este lado de…?

—Ahora lo veo, sí…

—¿Y la bandera de él, en lo alto de la carroza?

—¿La bandera de quién? Si te aburro, perdóname, pero…

—¿De quién? ¿De quién? ¡La bandera de lord Valentine! ¡La carroza de lord Valentine! ¡La guardia personal de lord Valentine que marcha por las calles de Pidruid! ¿No sabe que ha llegado la Corona?

—No lo sabía.

—¡Y la fiesta! ¿Por qué cree que hay una fiesta en esta época del verano, si no para dar la bienvenida a la Corona?

Valentine sonrió.

—He estado viajando y no he seguido las noticias. ¿Te apetece otro trago de vino?

—No queda mucho —dijo el chico.

—Adelante. Termínalo. Compraré más en Pidruid.

Le entregó el frasco y volvió a mirar la ciudad. Sus ojos recorrieron la ladera y los boscosos suburbios hasta llegar a la densa y atestada ciudad, siguieron desplazándose hacia la orilla del mar y distinguieron los enormes barcos, las banderas, los guerreros que avanzaban, la carroza de la Corona. Debía ser un gran día en la historia de Pidruid, porque la Corona gobernaba desde el remoto Monte del Castillo, al otro lado del mundo, tan distante que el monarca y el Monte eran casi legendarios, porque las distancias eran terribles en el mundo de Majipur. Los reyes de Majipur raramente se acercaban al continente occidental. Pero Valentine, extrañamente, no se impresionó al saber que su resplandeciente tocayo se encontraba allí. Yo estoy aquí y la Corona está aquí, pensó, y él dormirá esta noche en un espléndido palacio de los señores de Pidruid, y yo dormiré en un montón de heno. Y se celebrará una gran fiesta, pero ¿qué significa para mí? Casi sintió deseos de disculparse, por mostrarse tan sosegado cuando el chico reflejaba tanta excitación. Era una descortesía.

—Perdóname —dijo—. Sé muy poco sobre lo que ha sucedido en el mundo en los últimos meses. ¿Por qué está aquí la Corona?

—El príncipe está haciendo la gran procesión por todas las partes del reino, para celebrar su llegada al poder —dijo el muchacho—. Es la nueva Corona, sabe? Lord Valentine, sólo lleva dos años en el poder. Es el hermano de lord Voriax, que murió. ¿Lo sabía? ¿Sabía que lord Voriax murió, que lord Valentine es nuestra Corona?

—Lo había oído decir —contestó vagamente Valentine.

—Bueno, ahí está él, en Pidruid. Recorriendo el reino por primera vez desde que llegó al Castillo. Ha estado todo este mes en el sur, en la costa de las provincias de la selva. Ayer navegó hacia el norte, hasta Pidruid, y esta noche entra en la ciudad. Dentro de pocos días celebrarán la fiesta. Habrá comida y bebida para todo el mundo, juegos, baile, y también un gran mercado donde obtendré una fortuna por estos animales. Después el príncipe recorrerá todo el continente de Zimroel, de ciudad en ciudad, un trayecto de tantos miles de kilómetros que me duele la cabeza sólo de pensarlo. Y desde la costa este volverá a Alhanroel y al Monte del Castillo, y ningún habitante de Zimroel lo verá otra vez hasta dentro de veinte años, o más. ¡Ser la Corona debe ser magnífico! —El muchacho se echó a reír—. Un vino estupendo. Me llamo Shanamir ¿y usted?

—Valentine.

—¿Valentine? ¿Valentine? ¡Un nombre de buen agüero!

—Bastante vulgar, me temo.

—Ponga lord delante… ¡y sería la Corona!

—No es tan fácil como eso. Además, ¿para qué quiero ser la Corona?

—El poder —dijo Shanamir, con los ojos muy abiertos—. Ricas vestiduras, comida, vino, joyas, palacios, mujeres…

—Responsabilidad —dijo sombríamente Valentine—. Preocupaciones. ¿Crees que un gobernante no hace otra cosa aparte de beber buen vino y marchar en grandes desfiles? ¿Crees que está allí sólo para disfrutar?

El muchacho meditó.

—Quizá no.

—Rige los destinos de millones y millones de personas, en territorios tan inmensos que no podemos imaginarlos. Todo recae en sus hombros. Poner en práctica los decretos del Pontífice, mantener el orden, defender la justicia en todas las tierras… Sólo pensarlo me cansa, chico. La Corona impide que el mundo se hunda en el caos. No lo envidio. Puede quedarse con la tarea.

Shanamir tardó unos instantes en responder.

—No es tan tonto como yo pensaba, Valentine.

—Así pues, ¿pensabas que yo era tonto?

—Bueno, simple. De mente sencilla. Un adulto, que parece saber muy poco de ciertos asuntos, y yo, con la mitad de edad, debo explicárselo. Pero es posible que le haya juzgado mal. ¿Vamos a Pidruid?

2

Valentine tuvo oportunidad de escoger entre las monturas que el zagal conducía al mercado. Pero todas le parecieron iguales, y después de fingir que las examinaba, eligió una al azar y montó apoyándose ligeramente con las manos en la silla natural de la cabalgadura. La montura era cómoda, y así debía serlo, pues aquellos animales habían sido criados para ello durante miles de años. Eran animales artificiales, criaturas surgidas de la brujería en los viejos tiempos, fuertes, incansables, pacientes, capaces de convertir en alimento cualquier tipo de basura. El arte de crearlos estaba olvidado desde hacía tiempo, pues ahora se reproducían ellos mismos, igual que animales naturales. Viajar por Majipur habría sido lentísimo sin ellos.

El camino de Pidruid siguió la elevada cresta durante casi dos kilómetros, y después, de repente, se convirtió en bruscos zigzags que descendían hacia la llanura costera. Valentine dejó hablar al muchacho, casi sin interrumpirle, mientras descendían. Shanamir, según explicó, procedía de una zona situada a dos días y medio de viaje tierra adentro, hacia el nordeste. Él, sus hermanos y su padre criaban monturas para venderlas en el mercado de Pidruid, y ello les servía para ganarse bien la vida. El muchacho tenía trece años, y era muy pagado de sí mismo. Jamás había salido de la provincia cuya capital era Pidruid, pero proyectaba hacerlo algún día. Quería viajar por todo Majipur, ir en peregrinación a la Isla del Sueño y arrodillarse ante la Dama, atravesar el Mar Interior hasta Alhanroel y ascender hasta el Monte del Castillo, incluso ir al sur, quizá, más allá de los vaporosos trópicos, al abrasado y árido dominio del Rey de los Sueños. Porque ¿de qué servía vivir y tener salud en un mundo tan lleno de maravillas como Majipur si no la recorrías de punta a punta?

—¿Y usted, Valentine? —preguntó de repente el zagal—. ¿Quién es, de dónde viene, adónde va?

La pregunta sorprendió a Valentine, arrullado como estaba por el infantil parloteo del zagal y por el ritmo suave y uniforme de su montura que descendía pesadamente por la amplia y tortuosa ruta. La ráfaga de punzantes preguntas era completamente inesperada.

—Vengo de las provincias orientales —se limitó a responder—. No tengo otro plan aparte de ir a Pidruid. Permaneceré allí hasta que tenga un motivo para irme.

—¿Por qué ha venido?

—¿Por qué no?

—Ah —dijo Shanamir—. Muy bien. Sé lo que es una evasiva solapada en cuanto la oigo. Usted es el benjamín de un duque de Ni-moya o Piliplok. Envió un sueño malicioso a cierta persona y le sorprendieron. Su padre le dio una bolsa de dinero y le pidió que desapareciera en la zona opuesta del continente. ¿No es así?

—Precisamente —dijo Valentine, con un guiño.

—Va cargado de reales y coronas. Piensa establecerse como un príncipe en Pidruid, y beber y bailar hasta gastar la última moneda. Después alquilará una embarcación de alta mar y ¡ partirá hacia Alhanroel, y me llevará como su escudero. ¿No es así?

—Lo has expuesto con gran exactitud, amigo mío. Excepto la cuestión del dinero. Olvidé satisfacer esa parte de tu fantasía.

—Pero tiene dinero, un poco al menos —dijo Shanamir, no tan jovialmente—. No será un pordiosero, ¿verdad? En Pidruid tratan con mucha dureza a los pordioseros. Allí no toleran ningún tipo de vagancia.

—Tengo algunas monedas —dijo Valentine—. Suficientes para llegar al fin de la fiesta y algo más lejos. Luego ya veremos.

—Cuando se embarque, lléveme con usted, Valentine.

—Si me embarco, así lo haré —prometió Valentine.

Se encontraban en el centro de la ladera. La ciudad de Pidruid se extendía en una gran cuenca a lo largo de la costa, bordeada por grisáceas colinas hacia tierra adentro y en buena parte por la ribera; sólo una abertura en la sierra exterior permitía que el océano penetrara hacia la población, formando una verdeazulada bahía que constituía el magnífico puerto de Pidruid. A últimas horas de la tarde, al aproximarse al nivel del mar, Valentine notó que las brisas marinas fluían hacia él, frías, fragantes, amansando el calor. Albos bancos de niebla avanzaban ya hacia la costa procedente del oeste, y el aire tenía el penetrante olor a sal dejado por el agua que sólo horas antes había abrazado a peces y dragones de mar. Valentine experimentó un respetuoso temor al ver el tamaño de la ciudad que yacía ante él. No recordaba haber visto nunca una población tan grande. Aunque, al fin y al cabo, había tantas cosas que no recordaba…

1
Robert Silverberg: El castillo de lord Valentine 1
NOTA DE AGRADECIMIENTO 1
I: EL LIBRO DEL REY DE LOS SUEÑOS 1
1 1
2 1
3 2
4 3
5 4
6 6
7 7
8 8
9 9
10 11
11 13
12 14
13 15
14 16
15 17
II: EL LIBRO DE LOS METAMORFOS 19
1 19
2 20
3 21
4 22
5 23
6 25
7 26
8 27
9 28
10 29
11 29
12 30
13 31
14 32
15 34
Mapas 36