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Robert Silverberg

Crónicas de Majipur

A KIRBY

…que quizá no recorrió todo el camino hasta la desesperación por culpa de este libro, pero que ciertamente estuvo muy cerca de conseguirlo.

PRÓLOGO

En el cuarto año de la restauración en el trono de lord Valentine, la Corona, un gran mal aflige el alma del joven Hissune, empleado de la Casa de los Archivos del Laberinto de Majipur. Durante los últimos seis meses, la tarea de Hissune ha consistido en preparar un inventario de los archivos de los recaudadores de contribuciones —una interminable lista de documentos que nadie tendrá necesidad de consultar— y al parecer la tarea va a mantenerle ocupado uno, dos, tres años más. Y es un trabajo absurdo, opina Hissune. ¿Quién iba a interesarse por los informes de recaudadores provinciales que vivieron en los reinados de lord Dekkeret, lord Calintane o incluso el antiquísimo lord Stiamot? Alguien había tolerado que los documentos fueran desordenándose cada vez más, sin duda por buenas razones, y cierto malévolo destino había elegido a Hissune para arreglar el desaguisado. Y en su opinión es una tarea estéril, únicamente válida como excelente lección de geografía, como vívida experiencia de la inmensidad de Majipur. ¡Cuántas provincias! ¡Cuántas ciudades! Los tres gigantescos continentes están divididos, subdivididos y nuevamente divididos en millares de unidades municipales, todas ellas con millones de habitantes, y mientras se entrega a la tarea, la mente de Hissune se inunda de nombres. Las Cincuenta Ciudades del Monte del Castillo, los grandes distritos urbanos de Zimroel, las misteriosas poblaciones del desierto de Suvrael, un torrente de metrópolis, un lunático tributo a los catorce mil años de incesante fertilidad en Majipur: Pidruid, Narabal, Ni-moya, Alaisor, Stoien, Piliplok, Pendiwane, Amblemorn, Minimool, Tolaghai, Kangheez, Natu Gorvinu… ¡y muchos, muchos nombres más! ¡Un millón de nombres de lugares! Pero cuando se tienen catorce años de edad sólo se puede tolerar determinada dosis de geografía, y luego uno empieza a ponerse nervioso.

El nerviosismo invade a Hissune. Y su naturaleza pícara, siempre a punto de aflorar, sube, sube, sube… y se derrama. Cerca de la polvorienta oficina de la Casa de los Archivos donde Hissune selecciona y clasifica los montones de informes de los recaudadores, se halla un lugar mucho más interesante, el Registro de Almas, sólo accesible a personal autorizado, y se rumorea que ese personal autorizado no es muy numeroso. Hissune sabe muchas cosas de ese lugar. Conoce muy bien todas las partes del Laberinto, incluso los lugares prohibidos, en especial los lugares prohibidos… ¿Acaso él no se ha ganado la vida, desde los ocho años, en las calles de la gran capital subterránea guiando por el Laberinto a los desorientados turistas, usando su ingenio para conseguir una corona acá y una corona allá? «La Casa de los Archivos», diría él a un turista. «Allí hay una sala donde millones de habitantes de Majipur han dejado grabaciones de recuerdos. Se elige una cápsula, se introduce en una ranura especial, y de repente es como si uno mismo fuera el autor de la grabación, y te encuentras viviendo en la época de lord Confalume, o en la de lord Siminave, o peleando en las Guerras Metamorfas al lado de lord Stiamot… Pero naturalmente pocas personas tienen autorización para hacer consultas en la sala de grabaciones de recuerdos.» Naturalmente. ¿Pero sería muy difícil, se pregunta Hissune, meterme en esa sala con el pretexto de que necesito datos para ciertas investigaciones de los archivos fiscales? Y entonces viviría en las cabezas de un millón de personas de un millón de épocas distintas, las sublimes y gloriosas épocas de la historia de Majipur… ¡Sí!

Sí, indudablemente su trabajo será más tolerable si se entretiene echando un ocasional vistazo al Registro de Almas.

De la idea a la realización práctica hay un corto trecho. Hissune se pertrecha con los pases apropiados —sabe dónde se guardan todos los sellos de documentos en la Casa de los Archivos— y a últimas horas de una tarde avanza por los tortuosos corredores, brillantemente iluminados, con la garganta seca, receloso, sintiendo el picor de la excitación.

Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que sintió excitación. Aprovechar su ingenio para ganarse el sustento en las calles era un trabajo excitante, pero eso se había acabado; ellos le han civilizado, le han separado de su familia, le han dado un trabajo. ¡Un trabajo!. ¡Ellos! ¿Y quiénes son ellos? ¡La misma Corona, ésos son ellos! Hissune aún no ha superado el asombro que eso le produjo. Durante la época en que lord Valentine erraba en el exilio, expulsado de su cuerpo y de su trono por el usurpador Barjazid, la Corona llegó al Laberinto e Hissune fue su guía, tras reconocerle por quien realmente era. Y ahí empezó la ruina de Hissune. La próxima noticia que Hissune tuvo de la Corona fue que lord Valentine había ido desde el Laberinto hasta el Monte del Castillo para recuperar su trono, y que había derrocado al usurpador. Y cuando llegó el momento de la segunda coronación, Hissune recibió una citación para asistir, sólo el Divino sabía por qué, a la ceremonia en el mismo Castillo de lord Valentine. ¡Qué bien lo pasó! Antes de eso apenas había salido del Laberinto para ver la luz del sol, y se encontró viajando en un vehículo flotante oficial. Recorrió el valle del Glayge, pasó por ciudades que sólo conocía en sueños, y distinguió la mole de cincuenta mil metros de altura del Monte, igual que otro planeta en el cielo, y finalmente entró en el Castillo. Un mugriento niño de diez años que estuvo al lado de la Corona, que intercambió chistes con lord Valentine… Sí, aquello fue fantástico, pero Hissune se vio sorprendido por las consecuencias. La Corona opinaba que Hissune prometía. La Corona deseaba que el chico recibiera instrucción para ocupar un puesto de gobierno. La Corona admiraba la energía, el talento y el carácter emprendedor del muchacho. Muy bien. Volvería al Laberinto y… ¡trabajaría en la Casa de los Archivos! No tan bien. Hissune siempre había detestado a los burócratas, los idiotas con cara de máscara que revolvían papeles en las entrañas del Laberinto, y un favor especial de lord Valentine le obligaba a convertirse en uno de ellos. Bueno, Hissune pensaba que debía hacer algo para ganarse el sustento aparte de acompañar turistas por el Laberinto… ¡pero nunca había imaginado que fuera esto! Informe del recaudador de impuestos del Undécimo Distrito de la provincia de Chorg, Prefectura de Bibiroon, 11.° Pont. Kinniken Cor. lord Ossier… ¡Oh, no, toda la vida así, no! Un mes, seis meses, un año haciendo este bonito trabajillo en la agradable Casa de los Archivos, y luego, confía Hissune, lord Valentine me llamará, me instalaré en el Castillo como edecán y por fin la vida tendrá cierto valor. Pero tal parece que la Corona le ha olvidado, como podía esperarse. Lord Valentine debe gobernar un mundo de veinte o treinta mil millones de habitantes y ¿qué importancia tiene un niño del Laberinto? Hissune sospecha que su vida ya ha pasado la cima más gloriosa, la breve estancia en el Monte del Castillo, y que una miserable ironía le ha hecho sufrir una metamorfosis para convertirle en funcionario del Pontificado, condenado de por vida a revolver documentos…

Pero hay que explorar el Registro de Almas. Aunque nunca pueda volver a salir del Laberinto, tal vez sería posible —si nadie le sorprende— vagar por las mentes de millones de personas muertas hace mucho tiempo, exploradores, pioneros, guerreros, incluso coronas y pontífices. Eso sería un consuelo, ¿no?

Hissune entra en una pequeña antecámara y presenta su pase al yort de inexpresiva mirada que está de servicio.

Hissune ha preparado un torrente de explicaciones: tarea especial dispuesta por la Corona, importante investigación histórica, necesidad de relacionar detalles demográficos, necesaria corroboración de ciertos datos de los informes… Oh, Hissune es un experto en ese tipo de charla, su lengua siempre está dispuesta para ello.

—¿Sabes cómo usar el aparato? —dice únicamente el yort.

—Ha pasado algún tiempo. Sería conveniente que usted volviera a enseñarme.

El yort, verrugoso, fofo y con varios mentones, se levanta lentamente y lleva a Hissune ante un panel que abre metiendo hábilmente un pulgar en un hueco. El yort señala una pantalla y una hilera de botones.

—El tablero de mandos. Pide las cápsulas que quieras Has de meterlas aquí. Firma todas las solicitudes. Acuérdate de apagar las luces cuando acabes.

¡Ése es todo el secreto! ¡Un sistema de seguridad! ¡Un vigilante!

Hissune se queda a solas con las grabaciones de recuerdos de todas las personas que han vivido en Majipur.

De casi todas las personas, en cualquier caso. Indudablemente millones de seres habrán vivido y habrán muerto sin preocuparse de hacer cápsulas de su vida. Pero cualquier persona está autorizada cada diez años, en cuanto alcanza los veinte de edad, a hacer su contribución a esos subterráneos, e Hissune sabe que aunque las cápsulas son minúsculas, simples partículas de datos, hay miles y miles en los niveles de almacenamiento del Laberinto. El muchacho pone las manos en los mandos. Sus dedos tiemblan.

¿Por dónde empezar?

Quiere saberlo todo. Quiere caminar por la selva de Zimroel con los primeros exploradores, quiere vencer a los metamorfos, navegar por el Gran Océano, cazar dragones de mar en el archipiélago Rodamaunt, quiere… quiere… quiere… Su alocado anhelo le hace estremecerse. ¿Por dónde empezar? Estudia las teclas que tiene delante. Puede especificar una fecha, un lugar, la identidad de una persona… pero pudiendo elegir entre catorce mil años… no, entre ocho o nueve mil años, porque él sabe que los archivos sólo se remontan a la época de lord Stiamot, quizás un poco antes… ¿Cómo va a decidir el punto de partida? Durante diez minutos la indecisión paraliza a Hissune.

Después decide apretar teclas al azar. Algo antiguo, piensa. El continente de Zimroel, la época de la Corona lord Barhold, anterior incluso a Stiamot. Y la persona… ¡cualquier persona! ¡Cualquier persona!

Una reluciente cápsula aparece en la ranura.

Estremeciéndose de asombro y deleite, Hissune la introduce en la rendija de reproducción y se pone el casco. Oye crujidos. Confusas franjas azules, verdes y escarlatas cruzan ante sus ojos detrás de los cerrados párpados. ¿Está funcionando? ¡Sí! ¡Sí! Hissune percibe la presencia de otra mente. Alguien que murió hace nueve mil años, y la mente de esa persona —una mujer, una mujer joven— inunda la de Hissune hasta que el muchacho no sabe si él es Hissune del Laberinto o esta… esta Thesme de Narabal…

Tras un gemido de alegría. Hissune se separa por completo de la personalidad que ha sido suya durante catorce años y deja que el alma de Thesme se apodere de él.

I

THESME Y EL GAYROG

1

Desde hacía seis meses Thesme vivía sola en una choza construida por ella misma, en la densa jungla tropical aproximadamente a seis kilómetros al este de Narabal, en un lugar donde no llegaban las brisas marinas y donde la enorme humedad ambiental se aferraba a todo como una mortaja de piel. Era la primera vez que tenía que arreglárselas sin ayuda, y al principio se preguntó si lograría hacerlo. Pero también era la primera vez que debía construir una choza, y lo hizo muy bien. Taló sijaniles jóvenes, recortó la dorada corteza de los troncos, arrastró las resbaladizas y afiladas puntas por el húmedo terreno, las ató con enredaderas y finalmente dispuso de cinco enormes hojas azules de vramma a modo de techo. No era una obra maestra de la arquitectura, pero impedía el paso de la lluvia, y a Thesme no le hacía falta preocuparse del frío. Al cabo de un mes la madera de sijanil, podada como estaba, echó raíces, y de los extremos superiores brotaron correosas hojas, justo por debajo del techo. Y las enredaderas que unían los troncos también seguían vivas, despidiendo carnosos zarcillos rojos que buscaban y encontraban el rico y fértil suelo. De tal forma que la vivienda era una construcción viva que día a día iba haciéndose más cómoda y segura, puesto que las enredaderas se espesaban y los sijaniles cobraban mayor circunferencia. Y Thesme estaba encantada de su casa. En Narabal nada permanecía muerto durante mucho tiempo. El ambiente era caluroso, el sol brillaba con fuerza y las lluvias eran muy abundantes, por lo que todo se transformaba con gran rapidez, con la tumultuosa naturalidad de los trópicos.

Tampoco la soledad fue un problema. Thesme necesitaba apartarse de Ni-moya, donde su vida, por así decirlo, se había torcido: excesiva confusión, excesivo bullicio interno, amigos que se convertían en extraños, amantes que se convertían en enemigos. Ella tenía veinticinco años y necesitaba detenerse, hacer un prolongado examen de todo, cambiar el ritmo de su vida antes de que ese ritmo la despedazara. La jungla era el lugar ideal para ello. Se levantaba temprano, se bañaba en una laguna que compartía con un viejo y perezoso gromwark y un cardumen de minúsculos y cristalinos chichibores, arrancaba su desayuno de un zoko, paseaba, leía, cantaba, escribía poemas, examinaba las trampas en busca de animales capturados, trepaba a los árboles y tomaba el sol en una hamaca de enredaderas, dormitaba, nadaba, hablaba consigo misma y se acostaba cuando el sol se ponía. Al principio creyó que no tendría suficientes ocupaciones, que pronto se aburriría, pero la realidad fue distinta; las jornadas eran intensas y siempre quedaban varios proyectos para el día siguiente.

Al principio Thesme esperaba ir a Narabal una vez por semana, para comprar productos básicos, para buscar nuevos libros, para asistir a un concierto u obra teatral, incluso para visitar a su familia o a los amigos que aún seguía tratando. Durante un tiempo fue bastante a menudo a la ciudad. Pero ello representaba el sudor, el pegajoso sudor de casi medio día de caminata, y conforme fue acostumbrándose a la vida en retiro Narabal le pareció cada vez más estruendoso, cada vez más perturbador, con pocas ventajas que compensaran las desventajas. La gente la miraba. Ella sabía lo que opinaban: que era una joven excéntrica, incluso loca, siempre una rebelde y ahora una rebelde muy peculiar que vivía en la jungla, sola, y que se columpiaba en las ramas de los árboles. Así sus visitas fueron espaciándose cada vez más. Sólo iba a la ciudad cuando no tenía más remedio. El día que encontró al gayrog herido hacía más de cinco semanas que no iba a Narabal.

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