Muero por dentro | Страница 9 | Онлайн-библиотека


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Al llegar junto al reloj de sol, un delgado estudiante negro de unos dos metros de altura ha interceptado a Bruno que se ha detenido. Un jugador de baloncesto, sin duda. El negro lleva una chaqueta azul con el distintivo de la universidad, zapatillas verdes y ajustados pantalones amarillos. Sólo sus piernas parecen medir metro y medio. Él y Bruno hablan unos instantes. Bruno me señala. El negro asiente. Me doy cuenta de que estoy a punto de conseguir un nuevo cliente. Bruno desaparece y el negro trota con agilidad por el paseo y sube los escalones. Su piel es muy oscura, casi violácea, pero sus facciones son angulosas, de aspecto caucásico: pómulos feroces, orgullosa nariz aguileña, labios delgados y finos. Es verdaderamente apuesto, una especie de estatua ambulante, una especie de ídolo. Quizá sus genes no son en absoluto negroides: ¿un etíope, tal vez, el miembro de alguna tribu del Nilo? Sin embargo, lleva su ensortijado pelo negro en un halo de afro amplio y agresivo de treinta o más centímetros de diámetro, cuidadosamente recortado. No me habría sorprendido verle tatuajes en las mejillas o un hueso atravesando sus fosas nasales. A medida que se acerca, mi mente, apenas entreabierta, recibe emanaciones periféricas y generalizadas de su personalidad. Todo es fácil de predecir, incluso estereotiparlo: supongo que es quisquilloso, arrogante, desconfiado, hostil, y lo que me llega es una bullabesa de feroz orgullo racial, vanidosa y arrolladora satisfacción de su cuerpo, desconfianza explosiva de otros…, especialmente blancos. Muy bien. Patrones familiares. De repente, mientras las nubes atraviesan momentáneamente el sol, su alargada sombra cae sobre mí. Se balancea con elasticidad sobre las plantas de sus pies.

—¿Te llamas Selig? —pregunta—. Asiento—. Yahya Lumumba —dice.

—¿Perdón?

—Yahya Lumumba.

Sus ojos, blanco brillante contra violáceo brillante, me lanzan una mirada furiosa. Por la impaciencia de su tono me doy cuenta de que me está diciendo su nombre, o por lo menos el nombre que prefiere usar. Por su tono también me da a entender que es un nombre que en esta universidad todos conocen Bueno, ¿qué puedo saber yo de astros de baloncesto de la universidad? Podría meter la pelota en el cesto cincuenta veces en un partido y, aun así, yo no habría oído hablar de él. Me dice:

—Oí que haces trabajos, viejo.

—Así es.

—Mi compañero Bruno me ha hablado muy bien de ti. ¿Cuánto cobras?

—Tres dólares cincuenta la hoja mecanografiada a doble espacio.

Se lo piensa y, mostrándome los dientes, dice.

—¿Qué clase de robo asqueroso es ése?

—Así es como me gano la vida, señor Lumumba —replico odiándome a mí mismo por ese señor cobarde y servil— El promedio es de unos veinte dólares por trabajo. Un trabajo bien hecho lleva bastante tiempo. ¿verdad?

—Sí, sí —responde con un estudiado encogimiento de hombros—. Está bien, no voy a regatear, viejo. Necesito tu trabajo ¿Sabes algo sobre Európides?

_ ¿Eurípides?

—Eso es lo que dije. —me está provocando, exteriorizando sus exageradas modalidades negras, hablándome como un negro africano con eso de Európides—. El griego ese que escribía teatro.

—Sé a quién se refiere. ¿Qué tipo de trabajo necesita?

Del bolsillo superior de su chaqueta saca una libreta arranca una hoja y finge consultarla con atención.

—El profe quiere que comparemos el tema de “Electra” en Eurípides, Sófocles y Esk… Esk…

—¿Esquilo?

—Ése, sí. De cinco a diez páginas. Tengo que entregarlo el diez de noviembre. ¿Puedes hacerlo?

—Creo que sí—le digo, buscando mi pluma—. No debería ser ningún problema.

Mientras le digo esto pienso en un trabajo mío que tengo archivado, cosecha 1952, que trata sobre el mismo viejo tema de humanidades.

—Necesitaré alguna información sobre usted para el encabezamiento. Cómo se escribe exactamente su apellido, el apellido de su profesor, el número del curso…

Comienza a darme datos. Mientras voy tomando nota, simultáneamente amplío la abertura de mi mente para el escrutinio acostumbrado del interior del cliente, para tener alguna idea del tono que deberé usar en el trabajo. ¿Seré capaz de falsificar de un modo convincente el tipo de composición que probablemente Yahya Lumumba entregaría? Será un gran desafío técnico si tengo que escribir en la jerga negra de la música beat, con un tono impasible, aparatoso e insolente, riéndome con cada línea de la gorda y estúpida cara del profe. Supongo que podría hacerlo pero, ¿querrá Lumumba que lo haga? Si adopto su exagerado estilo y parezco estar tomándole el pelo al profesor como él se lo podría tomar, ¿pensará que me estoy burlando de él? Tengo que saber estas cosas. Por lo tanto, deslizo mis zarzillos solapados a través de su pelo lanudo y dentro de la gris y oculta gelatina. ¿Qué tal, gran hombre negro? Al entrar, recibo una versión algo más inmediata y clara del personaje generalizado que constantemente proyecta el orgullo negro exaltado, la desconfianza del extraño carapálida, el jubiloso placer que le proporciona su delgado y musculoso cuerpo de largas piernas. Pero éstas no son más que simples actitudes residuales, la habitual apariencia de su cerebro. Aún no he llegado al nivel de los pensamientos de este preciso instante. No he penetrado hasta la esencia de Yahya Lumumba, el individuo único cuyo estilo debo adoptar. Me adentro aún más en el fondo. Al hundirme, siento un notable aumento de la temperatura psíquica, una emanación de calor, posiblemente comparable a lo que podría experimentar un minero a ocho mil metros bajo tierra, abriéndose camino hacia las ígneas profundidades en el corazón de la Tierra. Me doy cuenta de que este hombre, Lumumba, constantemente está hirviendo por dentro El resplandor de su alma tumultuosa me advierte que tenga cuidado, pero aún no he obtenido la información que busco, de modo que sigo adelante, hasta que de repente la furia derretida del flujo de su conciencia me golpea con terrible fuerza. Asqueroso judío sabihondo con la cabeza llena de mierda Dios cómo odio al marica pelado que me está afanando tres cincuenta la hoja debería reventarlo debería romperle los dientes el explotador el opresor apuesto a que no le cobraría tanto a un judío precio especial para negros seguro sí debería reventarlo eso es reventarlo debería romperle los dientes levantarlo y tirarlo a la basura y si escribo el maldito trabajo yo mismo y le demuestro lo que puedo hacer pero no puedo mierda no puedo ese es el maldito problema viejo no puedo Európides Sófocles Esquilo quién sabe una mierda sobre ellos tengo otras cosas en la cabeza el partido de los Rutgers uno encima del otro por la cancha dame la pelota pedazo de imbécil eso es y ¡la lanza y la mete Lumumba! y aguarden amigos cometió una falta al lanzarla ahora va hacia la línea enorme confiado tranquilo dos metros cinco de estatura poseedor de todas las marcas de tantos de Columbia hace rebotar la pelota una vez dos veces arriba, ¡zas! Lumumba en camino de convertir ésta en otra gran noche amigos Európides Sófocles Esquilo por qué mierda tengo que saber algo sobre ellos escribir algo sobre ellos de qué le sirven a un negro esos viejos griegos idiotas muertos hace siglos acaso son relevantes para la experiencia negra relevantes relevantes relevantes no para mí sólo para los judíos mierda qué saben ellos de cuatrocientos años de esclavitud tenemos otras cosas en la cabeza qué saben ellos en especial este marica imbécil al que le tengo que pagar veinte dólares para que haga algo que yo no soy capaz de hacer quién dice que tengo que hacerlo de qué me sirve por qué por qué por qué por qué

Un horno ardiente. El calor es abrumador. En otras ocasiones he estado en contacto con mentes impetuosas, pero esto ocurrió cuando era más joven, más fuerte, más flexible. No puedo manejar esta explosión volcánica. La fuerza del desprecio que siente por sí mismo por necesitar mis servicios aumenta factorialmente la fuerza del desprecio que siente por mí. Es un pilar de odio. Y mi pobre y ya debilitado poder no lo puede soportar. Automáticamente, una especie de dispositivo de seguridad se cierra para protegerme de una sobrecarga: los receptores mentales dejan de funcionar. Esta experiencia es nueva para mí, algo extraño, este fenómeno de protección contra una sobrecarga. Es como si los miembros cayeran, las orejas, los testículos, todo lo desechable, dejando solamente un torso liso. Las emisiones cerebrales se interrumpen, la mente de Yahya Lumumba retrocede y se vuelve inaccesible para mí, y me encuentro con que involuntariamente estoy invirtiendo el proceso de penetración hasta que simplemente siento sus emanaciones más superficiales, luego ni siquiera eso, sólo una exudación gris y lanuda que denota tan sólo su presencia junto a mí. Todo es confuso. Todo es apagado. Bum. he vuelto nuevamente a eso. Hay un silbido en mis oídos: es el resultado del silencio repentino, un silencio tan fuerte como el trueno. Es una nueva etapa en mi descendente camino. Jamás había perdido mi asidero y me había deslizado así fuera de una mente. Levanto la vista, aturdido, destrozado. Los delgados labios de Yahya Lumumba están muy apretados; me mira con desagrado, sin siquiera sospechar lo que ha pasado. Le digo con voz débil:

—Me gustaría que me adelantase diez dólares. El resto me lo paga cuando le entregue el trabajo.

Con frialdad me dice que hoy no tiene dinero para darme. No va a recibir su próximo cheque de los fondos de la beca hasta los primeros días del próximo mes. Tendré que confiar en él, me dice. Tómalo o déjalo, viejo.

—¿Ni siquiera me puede dar cinco? —le pregunto—. Como adelanto. La confianza no es suficiente. Tengo gastos.

Me mira con furia. Se endereza bien; parece medir dos metros ochenta o tres metros. Sin decir nada, saca un billete de diez dólares de su billetera, lo arruga y me lo arroja desdeñosamente.

—Lo veré aquí el nueve de noviembre por la mañana —le grito mientras se aleja con paso majestuoso.

Európides, Sófocles, Esquilo. Aturdido, temblando, escuchando el silencio que brama, permanezco allí sentado. Bum. Bum. Bum.

12

En sus momentos más ostentosamente dostoievskianos, a David Selig le gustaba pensar en su poder como en una maldición, un castigo brutal por algún pecado inimaginable. El estigma de Caín, quizá. No cabe duda de que su especial habilidad le ha causado muchos problemas, pero en sus momentos de mayor cordura sabía que considerarla una maldición era una idiotez melodramática que le servía para ser indulgente consigo mismo. El poder era un don divino, el poder le proporcionaba éxtasis No era nada sin el poder, era un imbécil; con él era un dios ¿Es eso una maldición? ¿Es eso verdaderamente tan terrible? Algo extraño ocurre cuando un gameto se encuentra con otro gameto y el destino grita: “Oye, bebé Selig, ¡sé un dios!”. ¿Renunciarías a eso? A los ochenta y ocho años Sófocles expresó su gran alivio por haber sobrevivido a las presiones de las pasiones físicas. Por fin estoy libre de un amo tiránico, dijo el sabio y feliz Sófocles. Entonces, ¿podemos suponer que, si Zeus le hubiera dado una oportunidad retroactiva de alterar todo el curso de sus días, Sófocles habría optado por una vida de impotencia? No te engañes, David: no importa todo lo que te jodió tu poder telepático, que conste que fue bastante, ni por un minuto hubieras podido prescindir de él. Porque el poder te proporcionaba éxtasis.

El poder proporcionaba éxtasis, eso es la mejor explicación que se puede dar en una sola y precisa frase. Los mortales nacen en un valle de lágrimas y, de donde pueden, obtienen sensaciones agradables. Algunos, al buscar el placer, se ven obligados a recurrir al sexo, las drogas, el alcohol, la televisión, el cine, los naipes, la bolsa de valores, el hipódromo, la ruleta, los látigos y cadenas, la colección de primeras ediciones, los cruceros por el Caribe, las botellas de rapé chinas, la poesía anglosajona, las prendas de vestir, los partidos de fútbol profesional o cualquier otra cosa. Pero no él, no el maldito David Selig. Lo que él tenía que hacer era sentarse tranquilamente con su aparato bien abierto y recibir las ondas de pensamiento arrastradas por la brisa telepática. Indirectamente, y con la mayor facilidad vivió cientos de vidas. Acumuló en su cueva el botín de mil almas. Éxtasis. Sin embargo, su experiencia de éxtasis era más intensa en otro tiempo.

Entre los catorce y los veinticinco fueron los mejores años. Más joven, y aún demasiado cándido, demasiado inmaduro para apreciar verdaderamente los datos que recibía. Ahora más viejo y su creciente amargura, su agria sensación de aislamiento disminuían su capacidad de dicha. Sin embargo, desde los catorce a los veinticinco años, los años dorados. ¡Ah!

Entonces todo era bastante más claro. Vivir era como soñar despierto. En su mundo no existían paredes; podía ir a cualquier lado y ver cualquier cosa. El sabor intenso de la existencia, empapada en los ricos jugos de la percepción. Sólo después de los cuarenta años, Selig se dio cuenta de cuánto había perdido, con el paso de los años, con respecto a foco y profundidad de campo. Hasta después de los treinta el poder no comenzó a desvanecerse perceptiblemente, pero sin duda debió de haber ido desapareciendo poco a poco durante toda su edad adulta, consumiéndose tan gradualmente que no fue consciente de la pérdida acumulativa. El cambio había sido absoluto, cualitativo más que cuantitativo. Ahora, ni siquiera en un buen día, las emisiones cerebrales alcanzaban la intensidad de las que recordaba de su adolescencia. En aquellos remotos años, el poder le había proporcionado fragmentos subcraneanos de conversación y fragmentos dispersos de alma, igual que ahora; así como un llamativo universo de colores, texturas, aromas y densidades. El mundo visto y vivido a través de una infinidad de absorciones sensoriales de otros, el mundo capturado y representado para su deleite en la pantalla de vidrio radiante y esférica dentro de su mente.

Por ejemplo: poco después del mediodía, está tendido sobre un montón de paja en un caluroso paisaje brueghelesco. Es el año 1950 y está serenamente suspendido entre los quince y los dieciséis años. Algunos efectos sonoros, Maestro: la Sexta de Beethoven se eleva con suavidad, dulces flautas y flautines festivos. El sol pende de un cielo sin nubes. Una suave brisa mueve los sauces que rodean el maizal. El maíz joven tiembla. El arroyo burbujea. Un estornino vuela dibujando círculos. Oye el canto de los grillos. Oye el zumbido de un mosquito, y observa tranquilamente cómo centra la puntería sobre su lampiño y desnudo pecho que brilla por el sudor. Sus pies también están desnudos; sólo lleva unos desteñidos y ajustados vaqueros. Un chico de la ciudad disfrutando del campo.

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Muero por dentro: Robert Silverberg 1
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