Muero por dentro | Страница 6 | Онлайн-библиотека


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Semanas invernales recorriendo las agencias de adopción, diciéndole a David que estos viajes a Manhattan son simples salidas de compras. No lo engañaron. ¿Cómo podría alguien engañar al niño omnisciente? Con sólo mirar detrás de sus frentes podía saber que iban a comprar un vástago. Su único consuelo, su única esperanza era que no pudieran encontrar ninguno. Aún estaban en tiempos de guerra: si no era posible comprar un coche nuevo, quizá tampoco se pudiera conseguir un vástago. Al menos durante varias semanas ése pareció ser el caso. No había muchos bebés disponibles, y los que había parecían tener algún defecto grave: no del todo judíos, o de aspecto demasiado frágil, o demasiado irritables, o del sexo que no buscaban. Había algunos niños disponibles, pero Paul y Martha habían decidido conseguirle a David una hermanita. Eso limitaba mucho las cosas, puesto que la gente tendía a dar con más facilidad niños que niñas para adoptar.

Una nevada noche del mes de marzo David detectó una siniestra nota de satisfacción en la mente de su madre cuando acababa de regresar de otro viaje de compras. Mirando con más atención se dio cuenta de que la búsqueda había terminado. Había encontrado una hermosa niñita de cuatro meses. La madre, de 19 años, no sólo era una judía auténtica. sino que además era estudiante universitaria, la agencia la había descrito como una joven “sumamente inteligente”. No tan inteligente, por supuesto, como para evitar ser fertilizada por un joven y apuesto capitán de la fuerza aérea, también judío, mientras disfrutaba de un permiso en febrero de 1944. Aunque él sintió remordimiento por su descuido, no quiso casarse con la víctima de su lujuria, y estaba ahora de servicio activo en el Pacífico donde, según los padres de la chica, sólo merecía que lo mataran a tiros. La habían obligado a entregar a la criatura para la adopción David se preguntó por qué Martha no había traído al bebé a casa esa misma tarde, pero de pronto descubrió que por delante había varias semanas de formalidades legales, y sólo a mediados de abril por fin su madre le anunció:

—Papá y yo tenemos una maravillosa sorpresa para ti, David.

En honor a la madre de su padre adoptivo, recientemente fallecida, la llamaron Judith Hannah Selig. David la odió al instante Había temido que la pusieran en su cuarto, pero no, colocaron la cuna en la habitación de sus padres; sin embargo noche tras noche, sus llantos llenaron todo el apartamento de estridentes e incesantes gemidos. Era increíble que pudiera hacer tanto ruido, Paul y Martha se pasaban la mayor parte del tiempo alimentándola o jugando con ella o cambiándole los pañales. Eso a David no le importó mucho, ya que los mantenía ocupados y no les permitía ejercer tanta presión sobre él. Pero detestaba tener a Judith en la casa. No veía nada de bonito en sus regordetes miembros, su pelo rizado y sus mejillas con hoyuelos. Al observarla mientras le cambiaban los pañales, encontró algún interés académico en su pequeña hendidura rosada, tan ajena a su experiencia; pero una vez que la vio, su curiosidad quedó satisfecha. Así que tienen una hendidura en vez de una cosa. Muy bien, pero ¿y qué? Por lo general era una distracción irritante. La lectura era su único placer, pero debido al ruido que hacía no podía leer tranquilamente. El apartamento siempre estaba lleno de parientes y amigos que hacían las rituales visitas al nuevo bebé, y sus estúpidas mentes convencionales inundaban el lugar con pensamientos tontos que, como mazos, hacían impacto en la conciencia vulnerable de David. Alguna que otra vez trató de leer la mente del bebé, pero allí no encontró nada salvo glóbulos vagos, borrosos y amorfos de sensaciones nebulosas; le había resultado más interesante leer las mentes de los perros y los gatos. Parecía no tener ningún pensamiento. Todo lo que pudo encontrar fueron sensaciones de hambre, de somnolencia y de débiles liberaciones orgásmicas cuando se mojaba los pañales.

Unos diez días después de su llegada decidió tratar de matarla telepáticamente. Mientras sus padres estaban ocupados en otras cosas, se dirigió a su habitación, fijó la mirada en el interior de la cuna de su hermana y se concentró con toda la fuerza que pudo en drenar su mente aún no formada fuera del cráneo. Si al menos hubiera algún modo de aspirar la chispa de intelecto que poseía, atraer su conciencia dentro de él, transformarla en un caparazón vacío y sin mente, seguramente moriría. Trató de clavar sus garfios en el alma de la niña. La miró fijamente a los ojos y abrió al máximo su poder recibiendo toda su débil emisión cerebral y tratando de sacar aún más. Ven… ven… tu mente se está deslizando hacia mí… la estoy recibiendo, la estoy recibiendo toda… ¡zam! ¡Tengo tu mente! Aquel conjuro no la alteró, así que siguió gorjeando y moviendo los brazos. La miró con mayor intensidad, redoblando el vigor de su concentración. La sonrisa de su hermana vaciló y desapareció. Frunció el entrecejo. ¿Era consciente de que la estaba atacando, o sólo se sentía molesta por las caras que ponía? Ven… ven… tu mente se está deslizando hacia mí…

Por un momento pensó que lo conseguiría de verdad. Pero luego la niña le lanzó una fría mirada de malevolencia, increíblemente feroz, verdaderamente aterradora por ser la de una criatura, y retrocedió, asustado, temiendo algún contraataque repentino. Al instante siguiente, ella estaba gorjeando de nuevo. Lo había vencido. Aunque siguió odiándola, nunca volvió a tratar de dañarla. Cuando creció y fue lo bastante grande como para saber lo que significaba el concepto del odio, tuvo plena conciencia de lo que su hermano sentía por ella. Y también lo odió. Demostró saber odiar con mucha más eficacia que él. ¡Ah, sí, era una experta odiando!

10

El tema de esta composición es “Mi primer viaje con ácido”. El primero y el último, tuvo lugar ocho años atrás. En realidad, fue el viaje de Toni y no el mío. A decir verdad, la dietilamida de ácido lisérgico jamás pasó a través de mi aparato digestivo. Lo que hice fue hacerme llevar en el viaje deToni. En cierto sentido aún sigo en ese viaje, ese viaje tan malo. Dejen que les cuente.

Esto ocurrió en el verano del 68. En sí, ese verano fue un mal viaje. ¿Recuerdan el 68? Ese fue el año en el que todos nos dimos cuenta de que todo el asunto se estaba yendo a pique. Me refiero a la sociedad norteamericana. Esa sensación omnipresente de derrumbe inminente y de deterioro que nos resulta tan familiar a todos. Creo que en verdad data del 68, cuando el mundo que nos rodeaba se convirtió en una metáfora del proceso de aumento entrópico violento que tenía lugar en nuestras almas —por lo menos en la mía— desde hacía tiempo.

Ese verano Lyndon Baines MacBird todavia estaba en la Casa Blanca, pero por poco tiempo puesto que había dimitidoen el mes de marzo. Por fin Bobby Kennedy había encontrado la bala que llevaba su nombre, lo mismo que le había sucedido a Martin Luther King. Ninguno de los dos asesinatos fue una sorpresa; lo sorprendente fue que hubieran tardado tanto en cometerlos Los negros estaban incendiando las ciudades; por aquel entonces, sólo quemaban sus barrios, ¿recuerdan? La gente normal y corriente comenzaba a vestir ropas estrafalarias para acudir al trabajo, pantalones acampanados, camisetas y miniminifaldas, estaba de moda dejarse el pelo cada vez más largo, incluso los que pasaban de los veinticinco. Fue el año de las patillas y los bigotes a lo Buffalo Bill. Gene McCarthy, un senador —¿de dónde? ¿Minnesota? ¿Wisconsin?— en las conferencias de prensa citaba poesías como parte de un intento de ganar la nominación presidencial demócrata, pero no cabía duda de que los demócratas, cuando se reunieran para su convención en Chicago, se la darían a Hubert Horatio Humphrey. (¿Y no fue esa convención un hermoso festival de patriotismo norteamericano?) En el otro campo, Rockefeller corría a toda velocidad para alcanzar a Dick, el Tramposo, pero todos sabían a dónde le estaba llevando eso. Seguramente no recuerden un lugar llamado Biafra, donde las criaturas morían de desnutrición, y los rusos movían sus tropas por Checoslovaquia en otra demostración de hermandad socialista. En un lugar llamado Vietnam, que probablemente les gustaría no recordar, descargábamos napalm sobre todo lo que había a la vista con el fin de promover la paz y la democracia, y un teniente llamado William Calley acababa de coordinar la liquidación de más de 100 siniestros y peligrosos viejos, mujeres y niños en la ciudad de Mylai, sólo que aún no sabíamos nada de eso. Los libros que leía todo el mundo eran Parejas, Myra Breckinridge, Las confesiones de Nat Turner y El juego del dinero. No recuerdo las películas de ese año. Aún no habían filmado Busco mi destino y El graduado era del año anterior. Quizá fue el año de El bebé de Rosemary. Sí, creo que sí: 1968 fue, sin duda, el año del diablo. También fue el año en el que mucha gente madura de clase media comenzó a usar tímidamente palabras como “pot” y “yerba” cuando se referían a la marihuana. Algunos de ellos, además de hablar de ella, la fumaban. (Yo. Por fin comencé a fumar a los treinta y tres años.) Veamos, ¿qué más? El Presidente Jonson nombró a Abe Fortas presidente de la Corte Suprema para que reemplazara en el cargo a Earl Warren. ¿Dónde estás ahora, presidente Fortas, cuando te necesitamos? Créase o no, las conversaciones de paz de París acababan de empezar ese verano. Años más tarde nos llegó a parecer que las conversaciones se habían mantenido desde el principio de los tiempos, que eran tan eternas y perpetuas como el Gran Cañón y el Partido Republicano, pero no, las inventaron en 1968. Esa temporada Denny McLain estaba a punto de ganar 31 partidos. Supongo que McLain fue el único ser humano al que 1968 le resultó una experiencia provechosa. Sin embargo, su equipo perdió la Serie Mundial. (No. ¿Qué estoy diciendo? Los Tigers ganaron, 4 partidos a 3. Pero la estrella fue Mickey Lolich, no McLain.) Ésa es la clase de año que fue.

Dios, he olvidado una parte de historia significativa. En la primavera de 1968 tuvimos los disturbios en Columbia, cuando los estudiantes radicales ocuparon la ciudad universitaria (¡Kirk debe irse!), las clases fueron suspendidas (¡Ciérrenla!), los exámenes finales fueron aplazados y hubo altercados nocturnos con la policía, en los que varios cráneos universitarios fueron abiertos y mucha sangre de alta calidad fue a parar a los desagües. Resulta extraño que haya borrado ese acontecimiento de mi mente, cuando de todas las cosas que enumeré aquí fue la única que viví de cerca. Parado en Broadway y la calle Ciento Dieciséis, observando cómo pelotones de polis de mirada dura corrían a toda velocidad hacia la Biblioteca Butler. (Llamábamos “polis” a los policias antes de comenzar a llamarlos “cerdos”, lo que ocurrió ese mismo año un poco más tarde.) Con la mano en alto haciendo el signo V de la Paz y gritando consignas estúpidas como el que más. Agazapado en el pasillo de Furnald Hall mientras la brigada con porras vestida de azul cometia desmanes. Debatiendo tácticas con un barbudo y andrajoso activista que terminó escupiéndome en la cara y llamándome un apestoso soplón liberal. Observando cómo dulces muchachas de Barnard se desgarraban las blusas y agitaban sus desnudos pechos delante de policías lujuriosos y exasperados, mientras lanzaban feroces epítetos anglosajones que las muchachas de Barnard de mi época remota ni siquiera habían oído pronunciar. Observando cómo un grupo de jóvenes y melenudos estudiantes de Columbia orinaban cual ritual sobre una pila de documentos de investigación robados del fichero de algún desafortunado profesor que preparaba su doctorado. Cuando me di cuenta de que incluso los mejores de nosotros éramos capaces de cometer excesos por la causa del amor, la paz y la igualdad humana, entonces supe que no podía haber esperanza para la humanidad. Durante aquellas oscuras noches miré dentro de las mentes de muchas personas y lo único que encontré fue histeria y locura. En una ocasión, desesperado al darme cuenta de que estaba viviendo en un mundo en el que dos bandos de locos luchaban para obtener el control del manicomio, fui a vomitar a Riverside Park tras unos disturbios especialmente sangrientos y me tomó desprevenido (¡a mí, desprevenido!) un hábil asaltante negro de catorce años que, con una gran sonrisa, me robó 22 dólares.

En 1968 estaba viviendo cerca de Columbia, en una residencia miserable de la calle Ciento Catorce, donde tenía una habitación mediana, además del derecho a usar el cuarto de baño y la cocina, con cucarachas, sin cargo alguno. Era el mismo lugar en el que había vivido durante mis dos últimos años en la Universidad, 1955-56. Por aquel entonces el edificio ya estaba venido a menos, y cuando al cabo de doce años regresé, se había convertido en un lugar repugnante —el patio estaba tapado de agujas hipodérmicas rotas de modo que el patio de otro edificio podía estar cubierto de colillas de cigarrillos—; pero tengo la extraña costumbre, un poco masoquista tal vez de no olvidar momentos de mi pasado, por muy desagradables que hayan sido, y cuando necesité un lugar para vivir elegí ése. Además, era barato —14,50 dólares por semana— y debía estar cerca de la Universidad por el trabajo que estaba realizando, la investigación de un libro sobre Israel. ¿Me siguen todavía? Les estaba contando lo de mi primer viaje con ácido, que en realidad fue el viaje de Toni.

Durante casi siete semanas —unos días de mayo, todo junio y parte de julio— habíamos compartido nuestra ruinosa habitación, los buenos y los malos momentos, en medio de olas de calor, peleas y reconciliaciones. Había sido un tiempo feliz quizá el más feliz de mi vida. La quería y creo que ella también me quería. No he tenido demasiado amor en mi vida. No lo digo para que se compadezcan de mí, es simplemente la serena y objetiva expresión de un hecho. La naturaleza de mi condición disminuye mi capacidad de amar y ser amado. Un hombre en mis circunstancias, completamente expuesto a los pensamientos más íntimos de todos los que lo rodean, en verdad que no va a sentir una gran cantidad de amor. No sabe dar amor porque no confía demasiado en sus semejantes: conoce demasiados secretos sucios, y eso mata sus sentimientos hacia ellos. Incapaz de dar, tampoco puede recibir. Su alma, endurecida por el aislamiento y por no poder entregarse a los demás, se vuelve inaccesible y, por lo tanto, no resulta fácil que otros lo amen. El círculo se cierra y él queda atrapado adentro. Sin embargo, quise a Toni, tuve especial cuidado de no mirar demasiado hondo dentro de ella, y no dudaba de que mi amor era correspondido. De todos modos, ¿qué define el amor? Preferíamos la mutua compañía a la compañía de cualquier otro. Nos excitábamos recíprocamente de todas las formas imaginables. Jamás nos aburríamos. Nuestros cuerpos reflejaban la cercanía de nuestras almas: jamás dejé de tener una erección, a ella jamás le faltó lubricación, el acto sexual nos conducía a ambos al éxtasis. A estas cosas yo las llamaría parámetros del amor.

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Muero por dentro: Robert Silverberg 1
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