Muero por dentro | Страница 3 | Онлайн-библиотека


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Así pues, no había forma de que pudiera hablar a otras mentes, sólo podía limitarme a espiarlas. El modo en que el poder se manifiesta en mí siempre ha sido sumamente variable. Nunca he tenido mucho control consciente sobre él, a no ser el poder disminuir la intensidad de la recepción y poder sintonizar en cierta medida, básicamente tenía que recibir los pensamientos superficiales de una persona, las subvocalizaciones de las cosas que estaba a punto de decir. Éstas me llegaban de un modo claro, como si estuviéramos manteniendo una conversación, exactamente como si las hubiera dicho; sólo que el tono de voz era distinto, no había duda de que no era un sonido producido por las cuerdas vocales. No recuerdo ningún momento, ni siquiera durante mi niñez, en el que confundiera la comunicación verbal con la comunicación mental. A lo largo de mi vida, esta facultad de leer los pensamientos superficiales se ha mantenido bastante uniforme: la mayor parte de las veces todavía puedo anticipar manifestaciones verbales, especialmente cuando estoy con alguien que tiene la costumbre de ensayar lo que quiere decir.

También podía, y en cierta medida aún puedo, prever intenciones inmediatas, tales como la decisión de darle un derechazo en la mandíbula de alguien. Mi modo de saber estas cosas varía. A veces recibo una manifestación verbal interna coherente: Ahora voy a darle un derechazo en la mandíbula o, si ese día el poder está trabajando en niveles más profundos, simplemente recibo toda una serie de instrucciones no verbales en los músculos que, en una fracción de segundo, se suma al proceso de levantar el brazo derecho para golpear la mandíbula. Llámenlo lenguaje del cuerpo en la longitud de onda telepática.

Hay otra cosa que, aunque no siempre, he podido hacer: sintonizar las capas más profundas de la mente, el lugar donde habita el alma, si así prefieren llamarla. Donde la conciencia se halla bañada por una densa niebla de confusos fenómenos inconscientes. Allí donde se ocultan miedos, esperanzas percepciones, pasiones, propósitos, recuerdos, posiciones filosóficas, principios morales, anhelos, pesares, toda la acumulación confusa de hechos y actitudes que definen al yo íntimo. Generalmente, alguna parte de todo esto se filtra aun cuando establezco el más superficial contacto: no puedo evitar recibir cierta cantidad de información acerca de la coloración del alma. Pero alguna que otra vez, ahora ya casi nunca clavo mis garfios en la sustancia verdadera, en la totalidad de la persona. Con ello experimento éxtasis, una sensación de contacto electrizante. Todo ello unido, por supuesto, a una sensación de dolorosa y entumecedora culpa debido a mi fisgoneo total: ¿cuánto más mirón puede ser un hombre? A propósito, el alma habla un idioma universal. Cuando, pongamos por caso, miro dentro de la mente de la señora Esperanza Domínguez y recibo de ella un cotorreo en español, en realidad no sé qué está pensando, porque no entiendo mucho de español. Pero si llegara a las profundidades de su alma tendría una comprensión absoluta de todo lo que allí encontrara. La mente puede pensar en español, vasco, húngaro o finlandés, pero el alma piensa en un idioma sin idioma, accesible a cualquier engendro curioso y solapado que llega a escudriñar sus misterios.

No importa. Ahora estoy perdiendo todo ese poder.

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Paul F. Bruno

Literatura Comparada 18, Prof. Schmitz

15 de octubre de 1976

Las novelas de Kafka

En el mundo de pesadilla de El proceso y El castillo hay una sola cosa segura: que la figura central, que significativamente se conoce por la inicial K, está condenada a la frustración. Aparte de esto, el resto es nebuloso e incierto, salas de tribunal surgen de departamentos, guardianes misteriosos le devoran a uno el desayuno, un hombre que se cree que es Sordini es en realidad Sortini. En cuanto al hecho central no cabe duda: K fracasará en su intento de alcanzar la gracia.

El tema de ambas novelas es el mismo, la estructura básica es aproximadamente la misma. En ambas, K busca la gracia y es conducido a la comprensión final de que le será negada. (Aunque El castillo no tiene final, su conclusión parece clara.) Kafka introduce a sus héroes en sus respectivas situaciones de maneras opuestas. En El proceso, Joseph K. permanece en actitud pasiva hasta que la inesperada llegada de los dos guardianes lo lanzan dentro de la acción del libro. En un principio, El castillo muestra a K como un personaje activo que, por su cuenta, realiza esfuerzos para llegar al misterioso castillo. Sin embargo, no hay duda alguna de que el castillo lo llamó primero a él; dado que la acción no se originó en él mismo, comenzó siendo un personaje tan pasivo como Joseph K. La diferencia reside en que El proceso comienza en un punto anterior en la corriente temporal de la acción; de hecho, en el punto más anterior posible. El castillo observa más exactamente la antigua regla de comenzar inmedias res, con K ya convocado y tratando de llegar al castillo.

El comienzo de ambos libros es rápido. Joseph K. es arrestado en el inicio mismo de El proceso, y K llega a lo que cree será la última parada antes del castillo en la primera página de la novela. De ahora en adelante ambos K luchan vanamente para lograr sus objetivos (en El castillo, simplemente llegar a la cima de la colina; en El proceso, primero comprender la naturaleza de su culpa y luego, al abandonar la esperanza de lograrlo, conseguir la absolución sin comprenderla). De hecho, con cada acción que realizan, ambos personajes se alejan más de su objetivo. El proceso alcanza su punto culminante en la maravillosa escena de la Catedral, probablemente la secuencia más aterradora en toda la obra de Kafka; en ella se permite a K que se dé cuenta de que es culpable y que jamás podrá ser absuelto. El capítulo siguiente, en el que se describe la ejecución de K, es poco más que un apéndice anticlimático. El castillo, menos completo que El proceso, carece del equivalente de la escena de la Catedral (¿quizá Kafka no pudo idearlo?) y, por lo tanto, artísticamente es menos satisfactorio que El proceso, una obra más breve, más profunda, con una estructura más compacta.

A pesar de su aparente sencillez, las dos novelas parecen haber sido construidas a partir de la estructura tripartita fundamental del ritmo trágico, denominada por el crítico Kenneth Burke “propósito, pasión, percepción”. El proceso, sigue este esquema con mayor éxito que el incompleto El castillo; a través de la obra se muestra el propósito, alcanzar la absolución, como la pasión más atormentadora que un héroe ficticio haya sufrido jamás. Finalmente, cuando Joseph K ha cambiado su originaria actitud de desafío y confianza en sí mismo por un estado mental temeroso y tímido, y evidentemente está listo para rendirse a las fuerzas del Tribunal, el momento último de la percepción es inminente.

El agente utilizado para conducirlo a la escena del clímax es una clásica figura kafkiana: el misterioso “colega italiano que visitaba por primera vez la ciudad y tenia importantes e influyentes contactos que lo convertían en alguien importante para el Banco”. La imposibilidad de la comunicación humana, tema constante en toda la obra de Kafka, también la encontramos aquí: aunque Joseph se ha pasado la mitad de la noche estudiando italiano, preparándose para la visita, con lo que está medio dormido, el extranjero habla un desconocido dialecto sureño que Joseph no puede comprender. Luego —un toque cómico como coronación— el extranjero comienza a hablar en francés, pero su francés resulta igualmente difícil de entender, y su tupido bigote frustra los intentos de Joseph de leerle los labios.

Una vez que llega a la Catedral, que le han pedido que muestre al Italiano (quien, como no nos sorprende descubrir, falta a la cita), la tensión aumenta. Joseph se pasea por el interior del edificio, de un edificio vacío, oscuro, frío, sólo iluminado por velas que brillan a lo lejos con vacilante llama, mientras afuera, la noche comienza a caer con inexplicable rapidez. Luego, el sacerdote le llama y le relata la alegoría del Portero. Sólo cuando concluye la historia nos damos cuenta de que no la hemos comprendido en absoluto; lejos de ser el cuento simple que pareció en un principio, se revela como algo complejo y difícil. Joseph y el sacerdote discuten minuciosamente la historia, cual dos eruditos rabinos polemizando acerca del Talmud. Poco a poco, las implicaciones van quedando claras, y tanto Joseph como nosotros vemos que la luz que fluye desde la puerta hasta la Ley no será visible para él hasta que ya sea demasiado tarde.

Estructuralmente hablando, la novela termina en ese momento. Por fin Joseph ha alcanzado la percepción final de que la absolución es imposible; su culpa queda establecida, y aún no va a recibir la gracia. Su búsqueda ha terminado. Se ha alcanzado el elemento final del ritmo trágico, la percepción que pone fin a la pasión.

Sabemos que Kafka había planeado otros capítulos en los que se mostraba el progreso del juicio de Joseph a través de varias etapas posteriores cuya culminación era su ejecución. Max Brod, el biógrafo de Kafka, dice que el libro podría haber sido infinitamente prolongado. Por supuesto, esto es cierto; es inherente a la naturaleza de la culpa de Joseph K el hecho de que jamás podría haber llegado a la Corte Suprema, del mismo modo que el otro K podría haber errado para siempre sin llegar jamás al castillo. Pero, estructuralmente, la novela concluye en la Catedral; el resto de lo que Kafka tenía planeado escribir no hubiera agregado esencialmente nada al conocimiento sobre sí mismo de Joseph. La escena de la Catedral nos confirma algo que desde la primera página hemos sabido: que no hay absolución. La acción termina con esa percepción.

El castillo, un libro mucho más largo y con una estructura más suelta, no tiene la fuerza de El proceso. Divaga, la pasión de K está definida con mucha menos claridad, y K es un personaje menos consecuente, no tan interesante desde el punto de vista psicológico como lo es en El proceso. Mientras que en el libro anterior se hace cargo activamente de su caso en cuanto se da cuenta de que está en peligro, en El castillo se convierte con rapidez en la víctima de la burocracia. En El proceso, el cambio de carácter va de una pasividad inicial a la actividad, para devenir nuevamente a una resignación pasiva tras la epifanía en la Catedral. En El castillo, K no sufre cambios tan claros; cuando comienza la novela es un personaje activo, pero pronto se pierde en el terrible laberinto de la aldea cercana al castillo, y se hunde más y más en la degradación. Joseph K. es un personaje casi heroico, mientras que el K de El castillo es tan sólo patético.

Los dos libros representan distintos intentos de contar la misma historia, la del hombre existencialmente libre que, de repente, se ve envuelto en una situación de la que no puede huir y que, tras realizar intentos por alcanzar la gracia que lo liberará de sus apuros, sucumbe. Desde una perspectiva actual, El proceso es, sin lugar a dudas, el mayor éxito artístico, sólidamente construido y, en todo momento, bajo el control técnico del autor. No obstante, El castillo, o mejor dicho el fragmento que tenemos de él, es, en potencia, la novela más grande. Todo lo que encontramos en El proceso, y mucho más, habría estado en El castillo. Pero uno tiene la sensación de que Kafka abandonó su trabajo sobre El castillo al darse cuenta de que le faltaban los medios para completarlo. No supo manejar el mundo de El castillo, con su vasto fondo de vida campestre brueghelesca, con la misma seguridad con que manejó el mundo urbano de El proceso. Además, hay una falta de urgencia en El castillo; dado que es inevitable, en ningún momento nos preocupa demasiado el destino de K; sin embargo, Joseph K. lucha contra fuerzas más tangibles y, hasta el final, tenemos la ilusión de que es posible que alcance la victoria. Además, El castillo es demasiado pesado. Al igual que una sinfonía de Mahler, se derrumba por su propio peso. Uno se cuestiona sobre si Kafka tenía en mente alguna estructura que le permitiera terminar El castillo. Es posible que nunca pensase en ponerle fin a la novela, sino que se propuso hacer que K errara en círculos cada vez más grandes, sin conseguir alcanzar jamás la trágica percepción de que nunca podría llegar al castillo. Quizá la causa de la relativa falta de forma de la obra posterior está en el descubrimiento que hace Kafka de que la verdadera tragedia de K, su personaje arquetípico del “héroe como víctima”, no reside en su percepción final de la imposibilidad de alcanzar la gracia, sino en el hecho de que ni siquiera alcanzará esa percepción final. Aquí tenemos el ritmo trágico, una estructura que encontramos en toda la literatura, truncado para describir con más precisión la condición humana contemporánea, una condición tan detestable para Kafka. Joseph K., que en realidad alcanza una forma de gracia, adquiere así verdadero carácter trágico; K, que poco a poco y solo se hunde cada vez más podría simbolizar para Kafka al individuo contemporáneo, tan abrumado por la tragedia general de su época que es incapaz de experimentar una tragedia en el plano individual. K es un personaje patético; Joseph K., trágico. Joseph K. es una figura más interesante, pero quizá era a K a quien Kafka comprendía más profundamente. Quizá para la historia de K no es posible ningún final salvo el sin sentido de la muerte.

No está mal. Seis hojas mecanografiadas a doble espacio a 3,50 por hoja, me proporcionará nada menos que 21 dólares por menos de dos horas de trabajo, y le proporcionará al musculoso medio zaguero, el señor Paul F. Bruno, un 7 seguro del profesor Schmitz. No me cabe la menor duda ya que con el mismo trabajo, que difería sólo en algunos adornos estilísticos menores, obtuve un 6 con el muy exigente profesor Dupee en mayo de 1955. Tras dos décadas de inflación académica, hoy en día el nivel es más bajo. Hasta es posible que Bruno obtenga un 8 por el trabajo sobre Kafka. Posee la clase correcta de inteligencia seria, con la adecuada mezcla estudiantil de agudeza sutil y dogmatismo cándido, y Dupee encontró que el trabajo tenía “fuerza y claridad” en el 55, de acuerdo con su nota al margen Muy bien. Es hora de un guisado chino, y quizá también de un rollo de carne y verduras picadas. Luego me dedicaré a Odiseo como símbolo de la sociedad o quizá a Esquilo y la tragedia aristotélica. No puedo utilizar mis antiguos trabajos para ésos, pero no deben ser demasiado difíciles de realizar. Vieja máquina de escribir, vieja embustera, ampárame ahora y siempre con tu ayuda.

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Muero por dentro: Robert Silverberg 1
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