Muero por dentro | Страница 24 | Онлайн-библиотека


Выбрать главу

—Dame el dinero, viejo.

—¡Vete al diablo!

Comienzo a alejarme. Me agarra (su brazo, completamente extendido hacia mí, debe de ser tan largo como una de mis piernas) y me arrastra hacia él. Comienza a sacudirme. Me castañetean los dientes. Su sonrisa es más amplia que nunca, pero sus ojos son demoníacos. Aunque intento darle algún puñetazo, sostenido a distancia, ni siquiera puedo tocarlo. Empiezo a gritar. Nos está rodeando una muchedumbre. De repente, a la reunión se acercan tres o cuatro hombres con distintivos de la universidad en sus chaquetas, todos negros, todos gigantescos, aunque no tan grandes como Lumumba. Son sus compañeros de equipo. Se ríen, gritan, se divierten. Soy un juguete para ellos.

—Oye, hermano, ¿te está molestando? —pregunta uno de ellos.

—¿Necesitas ayuda, Yahya? —grita otro.

—¿Qué te está haciendo ese blanco hijo de puta, hermano?

—pregunta un tercero.

Forman un círculo y Lumumba me empuja hacia el hombre que está a su izquierda, que me agarra y me arroja hacia el que le sigue. Doy vueltas; me tambaleo; tropiezo; no me dejan caer. Giro y giro y giro. Un codo se estrella contra mi labio. El sabor a sangre está en mi boca. Alguien me da una bofetada, y mi cabeza vuela hacia atrás. Dedos que se hunden en mis costillas. Me doy cuenta de que voy a quedar hecho polvo, de que estos gigantes lo que van a hacer es darme una paliza. Una voz que apenas reconozco como la mía le ofrece a Lumumba su dinero, pero nadie lo nota. Siguen haciéndome girar del uno al otro. Ya no me abofetean, ni me clavan los dedos, sino que me dan puñetazos. ¿Dónde están los policías de la universidad? ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Cerdos al rescate! Pero nadie viene. No puedo recobrar el aliento. Quisiera caer de rodillas y acurrucarme en el suelo. Me están gritando cosas, epítetos raciales, palabras que apenas comprendo, jerga negra que deben de haber inventado la semana pasada; no sé qué me están diciendo, pero percibo el odio en cada sílaba. ¿Socorro? ¿Socorro? El mundo da vueltas a mi alrededor con violencia. Ahora sé cómo se sentiría una pelota de baloncesto, si una pelota pudiera sentir. Los golpes continuos, la confusión del incesante movimiento. Por favor, alguien, cualquiera, ayúdenme, deténgalos. Dolor en mi pecho: un bulto de metal al rojo vivo detrás de mi esternón. No puedo ver. Sólo puedo sentir. ¿Dónde están mis pies? Por fin estoy cayendo. Miren qué rápido se precipitan hacia mí los escalones. El beso frío de la piedra me magulla las mejillas. Es posible que ya haya perdido el conocimiento; ¿cómo saberlo? Hay un consuelo, al fin. Ya no puedo caer más abajo.

22

Cuando David conoció a Kitty estaba preparado para enamorarse, muy maduro y ansioso de tener un lío sentimental. Quizá todo el problema fuese ése: lo que sintió por ella no fue tanto amor como la simple satisfacción ante la idea de estar enamorado. O quizá no. Nunca llegó a comprender del todo cuáles eran sus sentimientos hacia Kitty. Fue en el verano de 1963 cuando tuvo lugar su romance. Recuerda aquel verano como el último verano de esperanza y optimismo antes de que el largo otoño de caos entrópico y desesperanza filosófica se apoderara de la sociedad occidental. Por aquel entonces era Kennedy el que manejaba las cosas; aunque desde el punto de vista político no le iba demasiado bien, se las arreglaba para dar la impresión de que iba a mejorar las cosas, si no de un modo inmediato, sí al menos en su inevitable segundo período de mandato. Acababan de prohibirse las pruebas nucleares atmosféricas. Se estaba instalando la línea de emergencia entre Washington y Moscú. Bush, el ministro de asuntos exteriores, había anunciado en agosto que el gobierno survietnamita rápidamente iba tomando control de zonas adicionales del campo. Todavía no había llegado a cien el número de norteamericanos muertos en la guerra de Vietnam.

Selig tenía veintiocho años y se acababa de mudar de su apartamento en Brooklyn Heights a uno más pequeño en la calle Setenta Oeste. Entonces estaba trabajando como corredor de bolsa, la más improbable de todas las cosas a las que se podía haber dedicado. Aquello había sido idea de Tom Nyquist. Después de seis años, Nyquist seguía siendo no sólo su amigo más íntimo, sino posiblemente también el único, pese a que en los últimos dos años su amistad se había debilitado considerablemente. La seguridad casi arrogante en sí mismo de Nyquist molestaba cada vez más a Selig, a quien le parecía conveniente poner distancia, tanto psicológica como geográfica, entre su amigo y él. Melancólicamente, un día Selig le había comentado que si sólo pudiera arreglárselas para juntar un montón de dinero (unos 25.000 dólares, digamos), se iría a una isla lejana y pasaría un par de años escribiendo una novela, un relato especializado sobre el aislamiento en la vida contemporánea, o algo por el estilo. Nunca había escrito nada serio y no estaba seguro de ser sincero diciendo que quería hacerlo. Tenía la secreta esperanza de que Nyquist le diera el dinero, si le daba la gana podía reunir 25.000 dólares con el trabajo de una sola tarde, y le dijera: “Toma, amigo, vete y haz algo creativo”. Pero Nyquist no hacía las cosas de ese modo. En lugar de eso, le dijo que para alguien que no tenía dinero la forma más fácil de ganarlo y mucho en poco tiempo era conseguir un empleo en una firma de corredores de bolsa. Las comisiones serían razonables, lo suficiente para vivir y un poco más, pero el verdadero dinero vendría de seguir las maniobras a los corredores experimentados: las ventas al descubierto, las compras de nuevas emisiones, las tácticas de arbitraje. Si te esmeras lo suficiente, le dijo Nyquist, puedes ganar tanto dinero como quieras. Selig le dijo que no sabía nada sobre Wall Street.

—En sólo tres días podría enseñártelo todo —dijo Nyquist.

De hecho, no tardó tanto. Selig se deslizó dentro de la mente de Nyquist con la intención de hacer un curso acelerado sobre terminología financiera. Nyquist tenía todas las definiciones perfectamente ordenadas: acciones ordinarias y preferidas, ventas al descubierto y especulaciones, opción de venta y compra, pagarés, convertibles, ganancia de capital, colocaciones especiales, fondos de capital limitado contra fondos abiertos, ofertas secundarias, especialistas y lo que hacen, el mercado no inscrito, los promedios Dow-Jones, tablas de unidades y precios, y todo lo demás. Selig memorizó todo eso. Las transferencias mentales con Nyquist tenían una cualidad vívida que hacía que resultara fácil memorizar las cosas. El siguiente paso fue inscribirse como aprendiz. Todas las grandes firmas de corredores estaban buscando principiantes: Merrill Lynch Goodbody, Hayden Stone, Clark Dodge y otras muchas. Al azar, Selig eligió una y solicitó un empleo. Como examen preliminar, le hicieron una serie de preguntas sobre el mercado de valores. La mayoría de las respuestas se las sabía, y las que no las sacó de la mente de los otros aspirantes, la mayoría de los cuales desde su más tierna infancia había estado observando el mercado. Su nota fue excelente y le concedieron el empleo. Tras un breve período de aprendizaje, pasó la prueba para obtener la licencia y, al cabo de poco tiempo, era ya un representante matriculado que operaba en una oficina de corredores bastante nueva en Broadway, cerca de la calle Setenta y Dos.

En la oficina trabajaban cinco corredores, todos bastante jóvenes. La clientela era mayoritariamente judía y, por lo general, geriátrica: viudas de setenta y cinco años que vivían en los inmensos edificios de apartamentos de la calle Setenta y Dos, y fabricantes de ropa retirados que mordisqueaban cigarros y residían en la avenida West End y Riverside Drive. Algunos tenían bastante dinero, que invertían del modo más cauteloso posible. Otros no tenían prácticamente nada, pero insistían en comprar cuatro acciones de Con Edison o tres de Teléfonos para tener la ilusión de prosperidad. Dado que la mayoría de los clientes era de edad avanzada y no trabajaba, la casi totalidad de las transacciones de la oficina se realizaba en persona, y no a través del teléfono. Siempre había diez o doce ciudadanos de edad charlando frente a las pizarras de las acciones y, de vez en cuando, uno de ellos se dirigía hacia la mesa de su corredor favorito y le entregaba un pedido. Cuando se cumplía el cuarto día de trabajo de Selig, un venerable cliente sufrió un fatal accidente cardiaco durante un recobro de nueve puntos. Nadie pareció sorprenderse ni consternarse, ni los corredores ni los amigos de la víctima. Al cabo de un tiempo Selig supo que solían morir clientes en la oficina aproximadamente una vez por mes. El destino. Cuando se llega a cierta edad, se empieza a esperar que, en cualquier momento, los amigos caigan muertos.

Selig se convirtió pronto en un favorito, especialmente entre las ancianas; les agradaba porque era un muchacho judío muy gentil, y varias le ofrecieron presentarle a sus nietas. Aunque muy cortésmente, siempre rechazaba estos ofrecimientos; se esmeraba por ser atento y paciente con ellas, por hacer el papel del nieto. La gran mayoría la formaba mujeres ignorantes, prácticamente analfabetas, cuyos dominantes, codiciosos y propensos a las enfermedades coronarias maridos las habían mantenido durante toda la vida en un estado de inocencia. Ahora, al haber heredado más dinero del que podían gastar, no tenían una idea demasiado clara de cómo manejarlo, dependiendo por completo del gentil y joven corredor de bolsa. Al examinar sus mentes, Selig casi siempre las encontraba opacas y tristemente vacías (¿cómo se podía vivir hasta los setenta y cinco años sin haber tenido jamás una idea?), pero algunas de las señoras más vivarachas mostraban una enérgica y apasionada rapacidad campesina, encantadora a su modo. Los hombres eran más difíciles de tratar: podridos de dinero, siempre iban a la caza de más. La vulgaridad y ferocidad de sus ambiciones le repugnaban, y no se introducía en sus mentes más de lo necesario, sólo para tener una mejor idea del objetivo de sus inversiones para poder servirles como ellos querían. Llegó a la conclusión de que un mes entre gente como ésa le bastaría para convertir a un Rockefeller en socialista.

Aunque estable, el negocio no era nada espectacular; cuando consiguió tener su propio núcleo de clientes, la comisión de Selig ascendió a unos 160 dólares semanales, que era más dinero del que nunca había ganado, pero ni mucho menos el tipo de ingresos que había imaginado que tenían los corredores.

—Has tenido suerte viniendo aquí en primavera —le dijo uno de los otros corredores—. Durante los meses de invierno todos los clientes se van a Florida y aquí nos podemos morir antes de que alguien nos proporcione algún negocio.

Tal como había predicho Nyquist, operando por su cuenta le fue posible obtener algunas buenas ganancias; siempre había interesantes negocios que circulaban por la oficina, pronósticos seguros que proporcionaban buenas ganancias. Sus ahorros comenzaron con 350 dólares y pronto aumentó su capital a una elevada suma de cuatro cifras, ganando dinero con Chrysler Control Data, RCA y Sunray DX Oil, operando con rapidez gracias a rumores de fusiones, división de acciones o aumentos dinámicos de las ganancias. Pero también descubrió que Wall Street se mueve en dos direcciones, y gran parte de sus ahorros se esfumaron debido a operaciones hechas a destiempo en Brunswick, Beckman Instruments y Martin Marietta. Se empezaba a dar cuenta de que jamás iba a ganar lo suficiente como para irse lejos y escribir esa novela. Posiblemente era mejor así. ¿Acaso el mundo estaba necesitado de otro novelista aficionado? Se cuestionó sobre lo que haría después. Cuando llevaba tres meses trabajando como corredor, y con algún dinero en el banco, aunque no demasiado, se encontraba terriblemente aburrido.

La suerte le deparó a Kitty. A las nueve y media de una sofocante mañana del mes de julio entró en la oficina. El mercado aún no había abierto, el verano había hecho que la mayoría de los clientes huyeran a los Catskills, y las únicas personas que había en la oficina eran Martinson, el gerente, Nadel, uno de los corredores, y Selig. Martinson estaba verificando unas cuentas, Nadel hablaba por teléfono con alguien del centro tratando de realizar una maniobra complicada en American Photocopy, y Selig, ocioso, estaba soñando despierto con enamorarse de la hermosa nieta de alguien. Entonces abrió la puerta y entró la hermosa nieta de alguien. Aunque no era exactamente hermosa, sí era atractiva: una chica de veintitantos años, delgada y bien proporcionada, un metro cincuenta y ocho o uno sesenta, de pelo castaño claro sedoso, ojos azules verdosos, facciones delicadas y una figura graciosa y esbelta. Parecía tímida, inteligente, de algún modo inocente, una curiosa mezcla de sabiduría y candidez. Llevaba una blusa de seda blanca (había una cadena de oro sobre los pechos algo pequeños) y una falda color castaño que le llegaba hasta los tobillos y ofrecía un indicio de excelentes piernas debajo. No, no era una chica hermosa, pero sin duda atractiva. Agradable de mirar. ¿Qué diablos viene a hacer este templo de Mammon a su edad?, se preguntó Selig. Ha llegado con cincuenta años de antelación. La curiosidad lo llevó a enviar una sonda para que atravesara su frente mientras caminaba hacia él. Para buscar sólo datos superficiales: nombre, edad, estado civil, domicilio, número de teléfono, motivo de la visita. … ¿qué más?

No obtuvo nada.

Eso le conmovió. Era una experiencia increíble. Única. Jamás le había ocurrido tratar de llegar a una mente y hallarla completamente opaca, inaccesible, como escondida detrás de una pared impenetrable. No recibía ningún tipo de emanación de ella. Era como si en lugar de ser una persona fuese el maniquí de yeso de una tienda, o un robot sin cerebro de otro planeta. Permaneció allí sentado, parpadeando, tratando de encontrar una explicación que justificara aquella imposibilidad de establecer contacto. Esa mente completamente en blanco le dejó tan asombrado que se olvidó de escuchar lo que le estaba diciendo y tuvo que pedirle que lo repitiera.

—Le estaba diciendo que me gustaría abrir una cuenta. Usted es corredor, ¿no?

Con timidez, con torpeza, poseído de una repentina desmaña adolescente, le mostró los formularios para abrir cuentas. Entonces los otros corredores ya habían llegado, pero demasiado tarde: según las reglas de la casa era su clienta. Sentada junto a su desordenada mesa, le habló de sus necesidades de inversión mientras él estudiaba la elegante forma ahusada de su nariz de tabique elevado, luchando sin éxito, contra su desconcertante y enigmática inaccesibilidad mental, y, a pesar o quizá debido a esa inaccesibilidad, comenzaba a enamorarse irremediablemente de ella.

24
Muero por dentro: Robert Silverberg 1
1 1
2 2
3 2
4 3
5 4
6 4
7 4
8 4
9 5
10 6
11 8
12 9
13 10
14 12
15 12
16 13
17 15
18 16
19 17
20 19
21 20
22 24
23 25
24 26
25 27
26 29