Muero por dentro | Страница 23 | Онлайн-библиотека


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—¿Qué te ha pasado? —pregunta.

Me es del todo imposible decírselo. Recuerdo a Judith preguntándome, hace apenas unas semanas, si alguna vez había considerado la pérdida de mis poderes mentales como una especie de metáfora de impotencia. A veces sí, le dije. Y ahora, por primera vez, la metáfora se mezcla con la realidad; las dos deficiencias se integran. Es impotente aquí y es impotente allí. ¡Pobre David!

—Supongo que me he distraído —le digo.

Suerte que ella es hábil; durante media hora trata de excitarme, dedos, labios, lengua, pelo, pechos, sin lograr que reaccione ante nada; de hecho, con su inflexible determinación lo único que consigue es que las cosas empeoren.

—No lo entiendo —dice—. Lo estabas haciendo tan bien. ¿He hecho algo mal?

—Has estado muy bien, Lisa. A veces ocurren cosas como ésta y nadie sabe por qué. Descansemos un poco y quizá vuelva a la vida —le digo tranquilizándola.

Descansamos. Permanecemos uno junto al otro, y hago algunos intentos de penetrar en su mente mientras le acaricio la piel distraídamente. Ni una vibración en el nivel telepático. Ni una vibración. El silencio de la tumba. ¿Ya ha llegado, éste es el fin, aquí y ahora? ¿Es aquí donde se apaga por fin? Ahora soy como todo el mundo, estoy condenado a arreglármelas con meras palabras.

—Tengo una idea —dice—. ¿Por qué no nos duchamos juntos? A veces eso consigue estimular a los hombres.

No me opongo; es posible que dé resultado y, en todo caso, después ella olerá mejor. Vamos hacia el cuarto de baño. Torrentes de fresca y vigorizante agua.

Exito. Con la ayuda de su mano enjabonada logro revivir.

Volvemos corriendo hacia la cama. Aún rígido, me subo sobre ella y le hago el amor. Jadeo jadeo jadeo, gemido gemido gemido. Mentalmente no recibo nada. De repente, tiene un pequeño y curioso espasmo, intenso pero rápido, y en seguida acabo yo también. En cuanto al sexo eso es todo. Nos acurrucamos juntos, cómodos tras la agradable experiencia. Nuevamente trato de entrar en su mente. Cero. Ce-ro. ¿Ha desaparecido? Creo que realmente ha desaparecido. Has presenciado un acontecimiento histórico, jovencita. El fin de un notable poder extrasensorial. De mí sólo queda esta cáscara mortal.

¡Ay de mí!

—Me encantaría leer algunas de tus poesías, Dave —me dice.

Por la noche, a eso de las siete y media, Lisa ya se ha marchado. Salgo a cenar a una pizzería cercana. Estoy bastante tranquilo. En realidad, aún no acuso el impacto de lo que me ha sobrevenido. ¡Qué extraño que pueda aceptarlo tan bien! Pero sé que en cualquier momento se precipitará sobre mí, me aplastará, me hará pedazos; lloraré, gritaré, me golpearé la cabeza contra las paredes. Pero por ahora estoy asombrosamente sereno. Tengo una extraña sensación póstuma, como de haberme sobrevivido a mí mismo. Y una sensación de alivio: el suspenso ha terminado, el proceso se ha completado, ha llegado la muerte, y he sobrevivido. Desde luego, no creo que este estado de ánimo dure mucho. He perdido algo que era central en mi existencia, y ahora espero la angustia, el pesar y la desesperación que, sin duda, no tardarán en aparecer.

Al parecer el duelo debe posponerse, lo que creí que ya había terminado, no es así, al menos no todavía. Entro en la pizzería y el dependiente me dedica su fría y áspera sonrisa neoyorquina de bienvenida y, sin pedirlo, recibo esto de detrás de su grasosa cara: “Ah, aquí está el marica que siempre pide más anchoas”. Estoy leyendo su mente con claridad. ¡Eso significa que el poder aún no está muerto! ¡No del todo! Sólo se había tomado un pequeño descanso. Sólo se escondía.

Martes. Hace un frío intenso; es uno de esos terribles días de finales de otoño en los que no queda una sola gota de humedad en el aire y los rayos del sol parecen cuchillos. Termino dos trabajos más que debo entregar mañana. Leo a Updike. Después de comer Judith me llama. La acostumbrada invitación a cenar. Mi acostumbrada respuesta evasiva.

—¿Qué te pareció Karl? —pregunta.

—Un hombre muy interesante.

—Quiere que me case con él.

—¿Y?

—Creo que es demasiado pronto. Todavía no le conozco lo suficiente, Duv. Me gusta, siento una profunda admiración por él, pero no sé si le amo.

—Entonces, no te precipites —le digo.

Sus melodramáticas vacilaciones me aburren. Además no entiendo por qué se casa alguien que es lo suficientemente grande como para saber lo que le espera con el matrimonio. ¿Por qué requiere el amor un contrato? ¿Por qué ponerse en las garras del Estado y darle poder sobre uno? ¿Por qué darles a los abogados la oportunidad de que le jodan a uno con los bienes? El matrimonio es para los inmaduros, los inseguros y los ignorantes. Nosotros, los que conocemos bien cómo funcionan esas instituciones, deberíamos estar contentos de vivir juntos sin coerción legal, ¿eh, Toni? ¿Eh?

Agrego:

—Además, si te casas con él, lo más seguro es que quiera que dejes a Guermantes. Dudo que pueda comprender lo vuestro.

—¿Sabes lo mío con Claude?

—Por supuesto.

—Siempre lo sabes todo.

—Esto era bastante evidente, Jude.

—Creí que tu poder se estaba debilitando.

—Así es, así es, cada vez se está debilitando más. Pero aun así esto era bastante evidente a simple vista.

—De acuerdo. ¿Qué te pareció él?

—Es la muerte. Es un asesino.

—Le has juzgado mal, Duv.

—Me metí en su cabeza. Le vi, Jude. No es humano. Para él las personas son juguetes.

—Si ahora mismo pudieras oír el sonido de tu propia voz, Duv. Está cargada de hostilidad, celos manifiestos.

—¿Celos? ¿De verdad crees que soy incestuoso?

—Siempre lo fuiste —me dice—. Pero eso es mejor dejarlo. Realmente pensé que te gustaría conocer a Claude.

—Me gustó. Es fascinante. Las cobras también me parecen fascinantes.

—¡Oh, Duv, vete al diablo!

—¿Quieres que finja que me gustó?

—No quiero que me hagas ningún favor —contesta la vieja Judith de hielo.

—¿Qué opinión tiene Karl sobre Guermantes?

Hace una pausa. Por fin dice:

—Bastante negativa. Karl es una persona muy convencional, ¿sabes? Como tú.

—¿Yo?

—¡Ah, eres tan asquerosamente honesto, Duv! ¡Eres tan puritano! Durante toda mi maldita vida me has estado dando sermones sobre moral. La primera vez que me acosté con alguien, tú estabas allí para recriminármelo…

—¿Por qué no le gusta a Karl?

—No lo sé. Piensa que Claude es siniestro. Un explotador. —De pronto su voz se torna apagada y monótona—. Quizá sólo está celoso. Sabe que sigo acostándome con Claude. Por Dios, Duv, ¿por qué nos estamos peleando otra vez? ¿Por qué no podemos hablar tan sólo?

—Yo no me estoy peleando con nadie. Yo no he levantado la voz.

—Me estás desafiando, es lo que siempre haces. Primero me espías para después desafiarme y tratar de humillarme.

—Es difícil perder los viejos hábitos, Jude. Pero de verdad que no estoy enfadado contigo.

—¡Pareces tan complacido de ti mismo!

—No estoy enfadado, tú sí que lo estás. Te ha molestado que Karl y yo coincidamos con respecto a tu amigo Claude. La gente siempre se enfada cuando oye algo que no quiere oír. Escucha, Jude, haz lo que te dé la gana. Si el que te alucina es Guermantes, sigue adelante con él.

—No lo sé. No lo sé. —Una concesión inesperada—: Quizá hay algo enfermizo en mi relación con él.

De repente, su inflexible seguridad se desvanece. Eso es lo maravilloso en ella: cada dos minutos uno está ante una Judith diferente. Ahora, al ablandarse, al volverse más cordial, parece insegura de sí misma. No tardará mucho en exteriorizar su preocupación, pero no en sus propios problemas, sino en los míos.

—¿La semana próxima vendrás a cenar? Tenemos muchas ganas de pasar una noche los tres juntos.

—Haré lo posible.

—Estoy muy preocupada por ti, Duv.—Sí, la exteriorización empieza—. El sábado por la noche te vi muy nervioso.

—No estoy en uno de mis mejores momentos, pero me las arreglaré. —No tengo ganas de hablar de mí. No quiero su compasión, porque sé que después comenzaré a compadecerme de mí mismo—. Oye, te llamaré pronto, ¿de acuerdo?

—¿Aún sigues sufriendo tanto, Duv?

—Me voy adaptando. Empiezo a aceptar todo este asunto. Quiero decir que todo irá bien. No hagas tonterías, Jude. Saluda de mi parte a Karl.

“Y a Claude”, añado al colgar el receptor.

Miércoles por la mañana. Voy al centro a entregar mi último fajo de obras maestras. Todavía hace más frío que ayer, el aire parece más limpio, el sol más brillante, más lejano. ¡Qué seco parece el mundo! Creo que el tanto por ciento de humedad es bajísimo. El tipo de clima en que solía funcionar con una extraordinaria claridad de percepción. Pero durante el viaje en metro hasta Columbia no estaba recibiendo casi nada, sólo palabras y chillidos confusos, nada coherente. Por lo visto, ya no puedo estar seguro de tener el poder en un día determinado, y parece que hoy es uno de esos días en que está fuera de servicio. Impredecible. Eso es lo que eres, tú que vives en mi cabeza: impredecible. Mientras agonizas te agitas al azar. Voy al lugar de costumbre y espero a mis clientes. Vienen, reciben de mí aquello a por lo que han venido y me ponen los billetes en la palma de la mano. David Selig, benefactor de la humanidad estudiantil. Veo a Yahya Lumumba que parece un gigantesco abeto negro abriéndose camino desde la Biblioteca Butler. ¿Por qué estoy temblando? Es el aire frío, ¿verdad? La insinuación del invierno, la muerte del año. Mientras se va acercando, el astro del baloncesto saluda con la mano, inclina la cabeza, sonríe, todos le conocen, todos le llaman por su nombre. Tengo una sensación de participación en su gloria. Cuando termine la temporada quizá vaya a verlo jugar.

—¿Tienes el trabajo, viejo?

—Aquí está.—Se lo entrego—. Esquilo, Sófocles, Eurípides. Seis páginas. Son veintiún dólares, menos el adelanto de cinco, me tienes que dar dieciséis dólares.

—Espera un momento, viejo.—Se sienta en los escalones a mi lado—. Primero tengo que leer esta basura, ¿de acuerdo? ¿Cómo sé que hiciste un buen trabajo si no lo leo?

Le observo mientras lee. Por algún motivo espero ver cómo se mueven sus labios al tropezar con palabras que le son desconocidas, pero no, sus ojos se mueven con rapidez sobre las líneas. Se mordisquea el labio. Lee cada vez más rápido, pasando impacientemente las hojas. Por fin levanta los ojos y me clava una mirada asesina.

—Esto es una mierda, viejo —dice—. Realmente es una mierda. ¿A quién estás tratando de joder?

—Te garantizo que obtendrás un siete. Si quieres no me pagues hasta que te den la nota. Cualquier nota inferior al siete y te…

—No, escúchame. ¿Quién está hablando de notas? No puedo entregar esta basura. Mira, la mitad es jerga negra, y la otra mitad es una copiada directa de algún libro. Una mierda, eso es lo que es. El profe la va a leer, me va a mirar y me va a decir: “Lumumba, ¿quién te crees que soy? ¿Crees que soy un imbécil, Lumumba? Tú no has escrito esta basura”, me va a decir. No crees una sola palabra de lo que dice aquí. —Se pone de pie lleno de ira—. Mira, te voy a leer algo de esto, viejo. Te voy a enseñar lo que me has dado.—Pasando furiosamente las páginas, frunce el ceño, escupe, sacude la cabeza—. No. ¿Por qué diablos debo hacerlo? ¿Sabes lo que pretendes con esto? Te estás burlando de mí, eso es. Estás jugando con el negro estúpido, vieJo.

—Traté de que pareciera que lo habías escrito tú…

—Mentira. Trataste de joderme, viejo. Has escrito un montón de apestosa basura judía sobre Eurípides con la esperanza de que me metiera en líos al tratar de pasarla como si fuera mía.

—No es cierto. Hice el trabajo lo mejor posible, y sudé lo mío haciéndolo. Cuando contratas a alguien para que te escriba un trabajo, creo que debes estar preparado para esperar cierto…

—¿Cuánto tardaste? ¿Quince minutos?

—Ocho horas, quizá diez —le digo—. Sabes lo que creo que estás tratando de hacer, Lumumba? Estás tratando de hacer racismo conmigo. Judío por aquí, judío por allá; si odias tanto a los Judíos, ¿por qué no buscaste a un negro para que te escribiera el trabajo? ¿Por qué no lo escribiste tú mismo? Hice un trabajo honesto, y no me gusta oír que dices que se trata de una apestosa basura judía. Te repito que si lo entregas no hay duda de que sacarás buena nota, probablemente obtengas más de un siete.

—Me van a suspender, eso es lo que harán.

—No. No. Quizá no te das cuenta de lo que pretendo decirte. Deja que te lo explique. Si me lo das un minuto para que te lea un par de cosas…, quizá lo verás más claro si…

Me pongo de pie e intento cogerle el trabajo de las manos, pero él sonríe y lo sostiene bien alto sobre su cabeza. Necesita- ría una escalera para alcanzarlo. Saltar no serviría de nada.

—¡Vamos, maldito sea, no juegues conmigo! ¡Dame eso!

Doy un manotazo, y él mueve la muñeca y las seis hojas de papel remontan vuelo con el viento y son arrastradas hacia el este por College Walk. Desesperado, las miro alejarse. Aprieto los puños; un asombroso arranque de furia estalla en mí. Quiero hacerle pedazos su burlona cara.

—No has debido hacer eso —le digo—. No has debido tirarlo.

—Tienes que devolverme cinco dólares, viejo.

—Espera un momento. He hecho el trabajo que me pediste, y ahora…

—Dijiste que no cobras si el trabajo no es bueno. Muy bien, el trabajo es una mierda. No cobras. Dame los cinco dólares.

—No estás jugando limpio, Lumumba. Estás tratando de robarme.

—¿Quién está robando a quién? ¿Quién estableció lo de la devolución del dinero? ¿Yo? Tú. ¿Qué voy a entregar ahora? Voy a tener que entregar algo incompleto por tu culpa. Imagínate que por eso no me eligen para el equipo. ¿Eh? ¿Eh? ¿Qué hago entonces? Mira, viejo, me das ganas de vomitar. Dame los cinco dólares.

¿Dice en serio lo del reembolso? No sé qué pensar. La idea de devolverle el dinero me repugna, y no sólo porque perderé cinco dólares. Desearía poder leer su mente, pero no puedo obtener nada de él en ese nivel; ahora estoy completamente bloqueado. Intentaré hacerme el gallito.

Le digo:

—¿Qué es esto, esclavitud al revés? He hecho el trabajo, ¿no? Me importa un bledo las ridículas e irracionales razones que tienes para rechazarlo. No pienso devolverte los cinco dólares, al menos me quedaré con eso.

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Muero por dentro: Robert Silverberg 1
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