Muero por dentro | Страница 22 | Онлайн-библиотека


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—Perdone —le digo—. No fue mi intención escuchar, pero le oí mencionar el nombre de un antiguo amigo mío…

—¿Sí?

—… y no pude evitar acercarme para preguntarle por él. Tom Nyquist. Una vez fuimos muy amigos. Me gustaría saber dónde vive, qué está haciendo…

—¿Tom Nyquist?

—Sí. Estoy seguro de haberle oído decir ese nombre.

Una sonrisa inexpresiva.

—Me temo que se equivoca, amigo. No conozco a nadie que se llame así. ¿Jim? ¿Fred? ¿Por qué no me ayudan?

—Pero estoy seguro de que oí…

El eco. Bum en la cueva. ¿Fue un error? Trato de entrar en su cabeza a quemarropa, de buscar en su archivo algún conocimiento de Tom Nyquist. Pero ahora no funciono para nada. Ellos se consultan con seriedad. ¿Nyquist? ¿Nyquist? ¿Alguien oyó que se mencionaba a un tal Nyquist? ¿Alguien conoce a un tal Nyquist?

De repente, uno de ellos exclama:

—¡John Leibnitz!

—Sí—dice alegremente el hombre rollizo—. Quizá me oyó hablar de él. Hace un momento estaba hablando de John Leibnitz, es un amigo común. Con el ruido que hay aquí es muy posible que le haya parecido que dije Nyquist en vez de Leibnitz.

Leibnitz. Nyquist. Leibnitz. Bum. Bum.

—Es posible —coincido—. Sin duda eso debió de ocurrir. ¡Qué tonto fui!—John Leibnitz—. Lamento haberle molestado.

Tomando una postura muy estudiada, alardeando y contoneándose junto a mí Guermantes dice:

—Creo que realmente debería presenciar mis clases uno de estos días. Este miércoles por la tarde comienzo con Rimbaud y Verlaine, la primera de seis disertaciones que daré sobre ellos. Acérquese por allí. Supongo que el miércoles estará en la universidad, ¿no?

El miércoles debo entregarle el trabajo sobre los dramaturgos griegos a Yahya Lumumba. Sí, estaré en la universidad. Por la cuenta que me trae, más me vale estar allí. Pero ¿cómo lo sabe Guermantes? ¿De algún modo se ha metido en mi cabeza? ¿Qué pasa si él también tiene el poder? Y estoy abierto a él, lo sabe todo, mi pobre secreto patético, mi pérdida diaria, y allí está, con ese aire condescendiente porque yo estoy declinando y él es tan penetrante como lo fui yo en mis mejores tiempos.

Luego, un breve destello de paranoia: no sólo tiene el poder sino que también es posible que sea una especie de sanguijuela telepática que me está drenando, que está extrayendo el poder de mi mente hacia la suya. Quizá desde el 74 ha estado haciendo a escondidas.

Alejo semejantes estupideces sin sentido de mi cabeza.

—Sí, el miércoles estaré allí. Quizá me dé una vuelta.

Ni por casualidad iré a la disertación de Claude Guermantes sobre Rimbaud o Verlaine. ¡Si tiene el poder, que escuche bien eso y se lo trague!

—Me encantaría que viniera —me dice.

Se inclina más hacia mí. Su andrógina suavidad mediterránea le permite quebrantar, como por descuido, el establecido código norteamericano de las costumbres de distancia entre los hombres. Siento el olor del tónico para el cabello, la loción para después del afeitado, el desodorante, y otros perfumes. Un consuelo: no todos mis sentidos están declinando a la vez.

—Su hermana —murmura—. ¡Una mujer maravillosa! ¡Cómo la quiero! Con frecuencia habla de usted.

—¿De veras?

—Cuando habla de usted lo hace con mucho amor; también con mucha culpa. Por lo visto, durante muchos años fueron más enemigos que amigos.

—Eso ya ha pasado. Por fin nos estamos haciendo amigos.

—¡Qué maravilloso para ambos! —Señala a alguien con una mirada rápida—. Ese doctor no es bueno para ella. Demasiado viejo, demasiado inactivo. La mayoría de los hombres pierden la capacidad de crecer después de los cincuenta. En seis meses la matará de aburrimiento.

—Quizá lo que necesita es aburrirse —le contesto—. Tuvo una vida excitante con la que no consiguió ser feliz.

—Nadie necesita aburrirse jamás —dice Guermantes, y me guiña un ojo.

—A Karl y a mí nos encantaría que la próxima semana vinieras a cenar a casa, Duv. Tenemos que hablar de tantas cosas los tres.

—Ya veremos, Jude. Todavía no sé lo que haré la semana que viene. Te llamaré.

Lisa Holstein. John Leibnitz. Creo que necesito otro trago.

Domingo. Un terrible dolor de cabeza. Hachís, ron, vino, marihuana, ¡Dios sabe qué más! Y a las dos de la madrugada alguien que me mete nitrito de amilo bajo la nariz. Esa asquerosa fiesta de mierda. Jamás debí haber ido. Mi cabeza, mi cabeza, mi cabeza. ¿Dónde está la máquina de escribir? Tengo que trabajar un poco. Adelante:

vemos pues, la diferencia en el método de enfoque de estos tres dramaturgos con respecto a la misma historia. Para Esquilo lo principal es la significación teol6gica del crimen y los actos inexorables de los dioses: Orestes está atormentado porque, por un lado, debe cumplir la orden de Apolo de matar a su madre y, por otro, le teme al matricidio, y como consecuencia de esto se vuelve loco. Eurípides se exfiende en la caracterización y es menos alegórico que

Una auténtica basura; mejor lo dejo para más tarde.

Silencio entre mis orejas. El negro y retumbante vacío. Hoy no funciona para nada, para nada en absoluto. Creo que es posible que haya desaparecido por completo. Ni siquiera puedo recibir el clamor de los hispánicos de al lado. El mes más cruel de todos los meses es noviembre, genera cebollas en la mente muerta. Estoy viviendo una poesía de Eliot. Me estoy convirtiendo en palabras sobre una página. ¿Permaneceré aquí sentado sintiendo lástima de mí mismo? No. No. No. No. Lucharé. Haré ejercicios espirituales destinados a devolverme mi poder. De rodillas, Selig. Inclina la cabeza. Concéntrate. Transfórmate en una fina aguja de pensamiento, en un delgado rayo láser telepático que se extiende desde esta habitación hasta las cercanías de la hermosa estrella Betelgeuse. ¿Entiendes? Bien. Ese puro y afilado rayo mental atraviesa el universo. Mantenlo. Mantenlo firme. No se permiten las dilataciones en las puntas, viejo. Bien. Ahora asciende. Estamos subiendo la escalera de Jacob. Ésta será una experiencia fuera del cuerpo, Duvid. ¡Sube, sube y aléjate! Elévate a través del cielo raso, a través del techo, a través de la atmósfera, a través de la ionosfera, a través de la estratosfera, a través de la nosequésfera. Hacia fuera. Hacia los vacíos espacios interestelares. Ah, oscuro, oscuro, oscuro. Frío el sentido y perdido el motivo de la acción. ¡No, acaba con eso! Sólo se permiten los pensamientos positivos en este viaje. ¡Elévate! ¡Elévate! Hacia los hombrecitos verdes de Betelgeuse IX. Llega a sus mentes, Selig. Establece contacto. Establece… contacto. ¡Elévate, judío haragán! ¿Por qué no te estás elevando? ¡Elévate!

¿Y bien?

Nada. Nothing. Niente. Ninguna parte. Nulla. Nicht.

Cae pesadamente sobre la Tierra. Dentro del silencioso funeral. De acuerdo, si eso es lo que quieres, date por vencido. Muy bien. Descansa un rato. Descansa y luego reza, Selig. Reza.

Lunes. El dolor de cabeza ha desaparecido. El cerebro recibe de nuevo. En un glorioso arranque de frenesí creativo vuelvo a escribir El tema de “Electra” en Esquilo, Sófocles y Eurípides de cabo a rabo, dándole una nueva forma, una nueva expresión, aclarando y reforzando las ideas e imprimiéndole simultáneamente lo que creo que es el tono perfecto del modo de la expresión informal de los negros. Mientras martilleo las últimas palabras suena el teléfono. Es un momento muy oportuno; ahora me siento sociable. ¿Quién llama? ¿Judith? No. La que llama es Lisa Holstein.

—Habías prometido llevarme a casa después de la fiesta —dice en tono afligido y acusador—. ¿Qué diablos hiciste, te esfumaste?

—¿Cómo has conseguido mi número de teléfono?

—Por Claude. El profesor Guermantes. —Ese demonio amanerado lo sabe todo—. Oye, ¿qué estás haciendo en este momento?

—Tengo la intención de tomar una ducha. Toda la mañana he estado trabajando y apesto.

—¿Qué clase de trabajo haces?

—Hago los trabajos que los estudiantes de Columbia tienen que presentar para aprobar.

Por un momento piensa en ello.

—Sin duda eres extraño, viejo. Hablo en serio, ¿qué haces?

—Te lo acabo de decir.

Un largo silencio para digerirlo. Luego:

—Está bien, lo entiendo. Haces unos trabajos en nombre de otros. Mira, Dave, lo mejor que puedes hacer es ducharte. ¿Cuánto se tarda en metro desde la calle Ciento Diez y Broadway hasta tu casa?

—Si tienes suerte y el metro pasa en seguida, unos cuarenta minutos.

—Magnífico. Dentro de una hora estaré ahí.—Clic.

Me encojo de hombros. Una chica loca. Me llama Dave. Nadie me llama de ese modo. Me desnudo y directamente a la ducha, un enjabonado largo y pausado. Luego, recreándose en uno de sus escasos intervalos de relajación, David Selig relee su trabajo de esta mañana; se siente satisfecho de lo que ha escrito. Esperemos que a Lumumba también le parezca bien. Luego cojo el libro de Updike. Cuando estoy en la página cuatro, el teléfono suena de nuevo. Es Lisa otra vez. Está en la esquina de la Doscientos Veinticinco y quiere saber cómo llegar a mi apartamento. Ahora la cosa parece más seria. ¿Por qué me persigue con tanta tenacidad? Pero no importa, puedo seguirle el juego. Le doy las instrucciones. Al cabo de diez minutos, un golpe en la puerta. Lisa con el mismo suéter negro que llevaba el sábado por la noche en la fiesta y unos vaqueros ajustados. Una sonrisa tímida, inusitada en ella.

—¡Hola! —saluda. Se pone cómoda—. Cuando te vi por primera vez tuve una repentina intuición con respecto a ti: Este tipo tiene algo especial. Tienes que acostarte con él. Si hay algo que he aprendido es que hay que confiar en la intuición. Yo sigo la corriente, Dave, sigo la corriente.

Ya se ha quitado el suéter. Sus pechos son grandes y redondos, con diminutos pezones, casi imperceptibles. En el profundo valle que hay entre sus pechos reposa una estrella judía. Se pasea por la habitación, examinando mis libros, mis discos, mis fotografías.

—Así que ahora que estoy aquí dime, ¿estaba en lo cierto? ¿Hay algo especial en ti? —me pregunta.

—Lo hubo una vez.

—¿Qué?

—Eso es asunto mío, averígualo tú misma —contesto.

Aunando todas mis fuerzas, me meto con violencia en su mente. Es un brutal asalto de frente, una violación, un verdadero estupro mental. Desde luego, ella no siente nada.

—Una vez tuve un don realmente extraordinario. Ya casi ha desaparecido, pero aún lo tengo por momentos. De hecho, en este preciso momento lo estoy utilizando contigo —le digo.

—Muy ingenioso —dice, y se quita los vaqueros.

No lleva nada debajo. Antes de los treinta estará gorda. Sus caderas son anchas, su vientre sobresale. El vello de su pubis es extrañamente tupido y está muy extendido, más que un triángulo parece una especie de rombo, un rombo negro que va casi desde la entrepierna hasta las caderas. Sus nalgas tienen profundos hoyuelos. Al mismo tiempo que inspecciono su cuerpo, registro brutalmente su cabeza, sin dejar ni una sola zona sin registrar, disfrutando del acceso mientras dura. No necesito ser cortés. No le debo nada: me ha obligado a aceptarla. Primero me cercioro de si dijo la verdad respecto a que nunca había oído hablar de Kitty. Era cierto: no tiene ningún tipo de parentesco con Kitty. Una absurda coincidencia de apellidos, eso es todo.

—Estoy segura de que eres poeta, Dave —dice cuando nos entrelazamos y caemos sobre la cama deshecha—. Eso también es intuición. Aunque en estos momentos te dediques a hacer esos trabajos, tu verdadera vocación es la poesía, ¿verdad?

Mi mano recorre sus pechos y su vientre. Su piel emana un fuerte olor. Apuesto a que no se ha bañado en tres o cuatro días. No importa. Sus pezones emergen misteriosamente diminutos bultos rígidos y rosados. Se retuerce. Continúo saqueándole la mente como un bárbaro que comete un pillaje en el Foro. Está completamente abierta a mí; me deleito en esta inesperada restitución de vigor.

Su autobiografía va adquiriendo forma para mí. Nació en Cambridge, tiene veinte años. Su padre y su madre son profesores. Tiene un hermano menor que ella. De niña era aficionada a los juegos de niños. Sarampión, varicela, escarlatina. Pubertad a los once, perdió la virginidad a los doce. Un aborto a los dieciséis. Varias aventuras lesbianas. Un apasionado interés por los poetas franceses decadentes. Acido, mescalina, psilocibina, cocaína, incluso una aspiración de heroína que le proporcionó Guermantes. Cinco o seis veces Guermantes se la llevó a la cama. Recuerdos intensos de eso. Su mente me muestra más de lo que quiero ver sobre Guermantes. La impresión que él ha dejado en ella es fuerte. Lisa tiene una imagen de sí misma dura y agresiva, dueña y reina de su alma, de su destino. Por debajo, por supuesto, es exactamente lo opuesto; está muerta de miedo. No es una mala chica. Me siento un poco culpable por la forma tan indiferente y cruel en que he irrumpido en su cabeza, sin importarme para nada su intimidad. Pero tengo mis necesidades.

Mientras ella desciende sobre mí, sigo merodeando por su mente. Casi no recuerdo la última vez que alguien hizo lo que ella está haciendo ahora. Casi no recuerdo la última vez que me acosté con alguien, últimamente todo ha ido muy mal. Es una experta en sexo oral. Aunque me gustaría corresponderle, no puedo hacerlo; a veces soy melindroso y ella no es el tipo de mujer limpia. Pero bueno, dejemos esas cosas para los Guermantes de este mundo. Permanezco allí tendido, escarbando en su cerebro y aceptando el obsequio de su boca. Me siento viril, vigoroso, seguro de mi reacción, y por qué no, obtengo placer de dos receptores a la vez, cabeza y entrepierna. Sin retirarme de su mente, al fin me retiro de sus labios, cambio de osición, abro sus piernas y me deslizo bien hondo dentro de su bahía estrecha. Selig el semental.

—Aaah —dice, doblando las rodillas—. Aaah.

Y comenzamos a jugar a la bestia con dos lomos. Con disimulo obtengo satisfacción de la retroacción, interceptando sus reacciones al placer y duplicando de ese modo el mío; cada empuje me proporciona un placer factorial y deliciosamente exponencial. Pero luego ocurre algo extraño. Aunque a ella todavía le falta bastante para llegar al orgasmo (algo que sé interrumpirá nuestro contacto mental cuando ocurra) la transmisión de su mente comienza a volverse irregular e indiferenciada, más ruido que señal. Las imágenes se interrumpen y me llega una descarga de interferencias. Lo que recibo es confuso y distante; lucho por mantener el contacto con su conciencia, pero no hay manera de conseguirlo, se va deslizando fuera de mí, poco a poco, a cada momento que pasa se retira, hasta que no hay ninguna comunión. De repente, en ese instante de separación, mi pene se ablanda y se desliza fuera de ella. Aquello coge a Lisa por sorpresa y se sobresalta.

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Muero por dentro: Robert Silverberg 1
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