Muero por dentro | Страница 2 | Онлайн-библиотека


Выбрать главу

Subo los escalones y me siento a unos cinco metros a la izquierda de la estatua de bronce del Alma Mater. Ésta es mi oficina, tanto si hace buen tiempo como si no. Los estudiantes saben dónde buscarme, y cuando estoy allí rápidamente se corre la voz. Hay otras cinco o seis personas que, como yo, prestan sus servicios —en su mayoría son graduados sin dinero y en apuros—, pero yo soy el más rápido y el más digno de confianza, y tengo un séquito de entusiastas. Sin embargo, hoy el negocio no comienza muy bien. Durante veinte minutos permanezco sentado, inquieto, con la vista fija en Beckett, observando al Alma Mater. Unos años atrás un lanzador de bombas radical abrió un boquete en el costado de la estatua, pero ya no hay indicios de ello. Recuerdo que la noticia me escandalizó, y que luego me escandalicé por haberme escandalizado: ¿por qué diablos tenía que importarme una estúpida estatua, símbolo de una estúpida universidad? Supongo que eso fue en 1969, allá por el neolítico.

—¿Señor Selig?

Un enorme y musculoso atleta aparece ante mí. Anchas espaldas, rostro regordete e inocente. Está profundamente avergonzado. Estudia Literatura Comparada 18 y necesita urgentemente entregar un trabajo sobre las novelas de Kafka, que no ha leído. (Estamos en la temporada de rugby; es el medio zaguero y está muy, muy ocupado.) Estipulo los términos y acepta de inmediato. Mientras permanece allí de pie, disimuladamente leo en él, captando su grado de inteligencia, su probable vocabulario, su estilo. Es más listo de lo que parece. La mayoría de ellos lo son. Podrían escribir perfectamente ellos mismos sus propios trabajos, pero les falta tiempo para hacerlo. Tomo notas, apuntando mis rápidas impresiones sobre él y se marcha contento. Después de eso, el negocio se activa: éste envía a un compañero de hermandad, el compañero envía a un amigo, el amigo envía a uno de su hermandad, una hermandad distinta, y la cadena se alarga hasta que, en las primeras horas de la tarde, advierto que ya tengo todo el trabajo que puedo realizar. Sé cuál es mi rendimiento máximo, así que todo está bien. Podré comer regularmente durante dos o tres semanas sin tener que recurrir a la generosidad renuente de mi hermana. A Judith le agradará no tener noticias mías durante un tiempo. Así que ahora a casa, a comenzar con mi trabajo. Soy bueno —elocuente, serio, profundo, de un modo convincentemente inmaduro— y puedo variar mis estilos. Soy experto en literatura, psicología, antropología, filosofía y todas las demás materias humanísticas. Gracias a Dios conservé mis propios trabajos; incluso al cabo de veintitantos años constituyen una buena fuente de información. Cobro 3,50 dólares por hoja mecanografiada; si mis sondeos indican que el cliente tiene dinero, a veces cobro más. Garantizo una calificación mínima de 7 o no hay honorarios. Nunca he tenido que devolver dinero.

2

Cuando tenía siete años y medio y estaba en tercer grado, causaba grandes dificultades a su maestra, así que enviaron al pequeño David al psiquiatra de la escuela, el doctor Hittner, para que lo examinara. La escuela era un costoso establecimiento privado ubicado en una tranquila calle poblada de árboles en un sector de Brooklyn llamado Park Slope. La orientación de la escuela era socialista-progresista, con una hipócrita base pedagógica de marxismo, freudianismo y John Deweyismo recalentados. El psiquiatra, un especialista en perturbaciones de niños de clase media, todos los miércoles por la tarde acudía a la escuela para escudriñar el alma de los pequeños que constituían un problema. Ahora le tocaba el turno a David. Por supuesto, sus padres dieron su consentimiento. Su conducta les tenía muy preocupados. Todos estaban de acuerdo en que era un chico brillante, era extraordinariamente precoz, con un elevado nivel de comprensión de los textos que correspondía a un niño de doce años; para los adultos, su grado de inteligencia les parecía casi alarmante. Pero su comportamiento en clase era incontrolable, camorrero e irrespetuoso; las tareas escolares, irremediablemente elementales para él, le aburrían hasta la desesperación; sus únicos amigos eran los inadaptados de la clase, a quienes acosaba cruelmente. La mayoría de los chicos le odiaban y las maestras le temían dada su imprevisibilidad. Una vez probó el extinguidor de incendios de un pasillo sólo para asegurarse de que esparcía espuma como la gente afirmaba. Pasó lo que tenía que pasar. Llevó culebras a la escuela y las soltó en el salón de actos. Imitaba a sus compañeros de clase e incluso a sus maestros con una perversa exactitud.

—El doctor Hittner desea hablar un rato contigo —le dijo su madre—. Ha oído que eres un chico muy especial y le gustaría conocerte mejor.

David se resistió, armando un gran alboroto con el apellido del psiquiatra.

—¿Hitler? ¿Hitler? ¡No quiero hablar con Hitler!

Era el otoño de 1942 y el juego de palabras infantil era algo inevitable, pero se aferró a él con una irritable obstinación.

—El doctor Hitler quiere verme. El doctor Hitler quiere conocerme.

—No, David —le dijo su madre—, es Hittner, Hittner, con una n.

De todos modos fue. Entró en el consultorio del psiquiatra pavoneándose. Cuando el doctor Hittner le sonrió con afabilidad y le dijo:

—¿Qué tal, David?

David extendió un brazo rígido y dijo con brusquedad:

—¡Heil!

El doctor Hittner soltó una risita.

—Te has equivocado de hombre —dijo—. Soy Hittner, con una n.

Lo más probable es que hubiera tenido que soportar bromas semejantes. Era un hombre enorme con la cara larga como la de un caballo, boca ancha y carnosa y frente alta y curva. Sus ojos celestes pestañeaban detrás de las gafas sin montura en la parte interior. Su piel era suave y rosada, y tenía un penetrante y agradable olor. Estaba haciendo un gran esfuerzo por mostrarse amable, divertido, algo así como un hermano mayor, pero David no pudo evitar captar la impresión de que la fraternidad del doctor Hittner era fingida. Era algo que le pasaba con la mayoría de los adultos: sonreían mucho, pero por dentro estaban pensando cosas como: Qué mocoso inquietante, qué chico desagradable. Incluso su madre y su padre a veces pensaban en cosas como esas. Aunque no comprendía por qué los adultos decían una cosa con sus caras y otra con sus mentes, ya estaba acostumbrado a eso. Era algo que había llegado a esperar y a aceptar.

—¿Qué te parece si jugamos a algo? —le preguntó el doctor Hittner.

Del bolsillo del chaleco de su traje de tweed sacó una pequeña esfera de plástico que pendía de una cadena de metal. Se la enseñó a David; luego tiró de la cadena y la esfera se desarmó en ocho o nueve pedazos de diferentes colores.

—Ahora, observa con atención mientras la vuelvo a armar —dijo el doctor Hittner. Sus dedos gruesos volvieron a armar la esfera con gran destreza. La desarmó de nuevo y, haciendo que rodase sobre la mesa, se la pasó a David—. Es tu turno. ¿Puedes armarla tú también?

David recordaba que el doctor había empezado cogiendo el pedazo blanco con forma de E y había encajado el pedazo azul con forma de D en una de sus ranuras. Luego, el pedazo amarillo, pero David no recordaba qué debía hacer con él; durante un momento permaneció inmóvil, perplejo, hasta que el doctor Hittner le lanzó obsequiosamente una imagen mental de la manipulación correcta. David lo hizo, el resto fue fácil. Aunque se atascó un par de veces, siempre pudo extraer la respuesta de la mente del doctor. ¿Por qué piensa que me está examinando, se preguntó David, si no cesa de darme tantos indicios? ¿Qué está comprobando? Cuando la esfera quedó armada, David se la devolvió.

—¿Te gustaría quedarte con ella? —le preguntó el doctor Hittner.

—No la necesito —dijo David.

Pero, de todos modos, se la metió en el bolsillo.

Jugaron a otras cosas. Un juego estaba formado por pequeñas tarjetas del tamaño de naipes con dibujos de animales, árboles y casas; consistía en que David las dispusiera de modo que contaran un cuento, y luego contarle el cuento al doctor. Las desparramó al azar sobre el escritorio y fue inventando un cuento mientras hablaba.

—El pato entra en el bosque, ve usted, y se encuentra con un lobo, así que se convierte en una rana y salta sobre el lobo y va a caer justo dentro de la boca del elefante, pero escapa por el colmillo del elefante y cae en un lago, y cuando sale de allí ve a esta linda princesa que le dice que vaya con ella a casa y le ofrecerá pan de jengibre, pero él puede leer su mente y se da cuenta de que en realidad es una malvada bruja que…

Otro Juego incluía pedazos de papel que tenían grandes manchas de tinta azul:

—¿Algunas de estas formas te recuerdan cosas reales? —preguntó el doctor.

—Sí —dijo David—, éste es un elefante, ve usted, su cola está aquí, y éste es su colmillo, y por aquí hace pipí.

Se había dado cuenta de que el doctor se interesaba muchísimo cuando hablaba de colmillos o pipí, así que le proporcionó abundante material en el que pudiera interesarse, encontrando tales cosas en cada mancha de tinta. Aunque a David le pareció un juego muy tonto, para el doctor Hittner era, por lo visto importante, ya que se apresuraba a tomar nota de cuanto decía David. Mientras el psiquiatra escribía, David estudió la mente del doctor Hittner. La mayoría de las palabras que encontró en aquella mente eran incomprensibles, aunque pudo reconocer algunas; se trataba de términos que usaban los mayores para designar las partes del cuerpo y que su madre le había enseñado: “pene”, “vulva”, “nalgas”, “recto”, cosas como esas. Era evidente que al doctor Hittner le encantaban esas palabras, así que David comenzó a usarlas.

—Este es un dibujo de un águila que está levantando a una ovejita y sale volando con ella. Éste es el pene del águila, está aquí abajo, y aquí está el recto de la oveja. Y en el otro dibujo hay un hombre y una mujer, y ambos están desnudos, y el hombre está tratando de poner su pene dentro de la vulva de la mujer, pero no entra, y…

David miró al doctor Hittner, le sonrió y pasó a la próxima mancha de tinta.

Luego hicieron juegos de palabras. El doctor decía una palabra y le pedía a David que le respondiera con la primera que se le ocurriera. A David le pareció más divertido decir la primera palabra que se le pasara por la cabeza al propio doctor Hittner. Tan sólo tardaba una fracción de segundo en recibirla, y el doctor Hittner no pareció advertir qué estaba pasando. El juego se desarrolló así:

—Padre.

—Pene.

—Madre.

—Cama.

—Bebé.

—Muerto.

—Agua.

—Vientre.

—Túnel.

—Pala.

—Ataúd.

—Madre.

¿Eran esas las palabras que tenía que decir? ¿Quién era el vencedor en este juego? ¿Por qué parecía estar tan perturbado el doctor Hittner?

Por fin dejaron de jugar y se limitaron a hablar.

—Eres un chico muy inteligente —dijo el doctor Hittner—. No tengo que preocuparme por malcriarte al decírtelo, porque ya lo sabes. ¿Qué quieres ser cuando seas mayor?

—Nada.

—¿Nada?

—Sólo quiero jugar, leer muchos libros y nadar.

—Pero ¿cómo te ganarás la vida?

—Cuando lo necesite, obtendré dinero de la gente.

—Si descubres cómo hacerlo, espero que me confíes el secreto —dijo el doctor—. ¿Estás contento en esta escuela?

—No.

—¿Por qué no?

—Las maestras son demasiado estrictas. El trabajo es demasiado tonto. A los demás chicos no les caigo bien.

—¿Te preguntaste alguna vez por qué no les agradas?

—Porque soy más inteligente que ellos —dijo David—. Porque…—Epa. Casi lo digo. Porque puedo saber lo que están pensando. Jamás debo decirle eso a nadie. El doctor Hittner se quedó esperando a que terminara la oración—. Porque armo mucho lío en clase.

—¿Y por qué haces eso, David?

—No lo sé. Supongo que para hacer algo.

—Quizá si no hicieras tanto lío agradarías más a la gente. ¿No quieres agradar a la gente?

—No me interesa. No lo necesito.

—Todo el mundo necesita tener amigos, David.

—Tengo amigos.

—La señora Fleischer dice que no tienes muchos, que les sueles pegar a menudo y que les haces enfadar. ¿Por qué pegas a tus amigos?

—Porque no me agradan, son tontos.

—Si es eso lo que piensas de ellos, entonces no son verdaderos amigos.

Encogiéndose de hombros, David dijo:

—Me las puedo arreglar sin ellos. Me divierto estando solo.

—¿Eres feliz en tu casa?

—Supongo que sí.

—¿Quieres a tus padres?

Una pausa. Una sensación de gran tensión desde la mente del doctor. Esta es una pregunta importante. Da la respuesta correcta, David. Dale la respuesta que quiere.

—Sí —dijo David.

—¿Alguna vez quisiste tener un hermanito o una hermanita?

Ninguna vacilación ahora:

—No.

—¿De verdad que no? ¿Te gusta estar solo?

David asintió.

—El mejor momento es por la tarde, cuando vuelvo de la escuela a casa y no hay nadie. ¿Voy a tener un hermanito o una hermanita?

Risas del doctor.

—No tengo la menor idea. Eso lo tendrían que decidir tus padres, ¿no crees?

—No les dirá que me consigan uno, ¿no? Quiero decir que usted les podría decir que sería bueno para mí tener uno, y entonces irían y lo conseguirían, pero en realidad no quiero…

“Estoy metido en un lío”, advirtió David de repente.

—¿Qué te hace pensar que les podría decir a tus padres que sería bueno para ti tener un hermanito o una hermanita? —preguntó el doctor con voz queda, con semblante muy serio ahora.

—No lo sé. Fue sólo una idea. —“Que encontré dentro de su cabeza, doctor. Y ahora quiero salir de aquí. No quiero hablar más con usted”—. Oiga, su nombre no es realmente Hittner, ¿verdad? ¿Con una n? Apuesto a que conozco su verdadero nombre. ¡Heil!

3

Nunca conseguí enviar o transmitir mis propios pensamientos a la mente de otra persona, ni aun cuando el poder se manifestó con la máxima fuerza. Lo único que podía hacer era recibir. Es posible que haya gente por ahí que sí pueda hacerlo, que pueda transmitir pensamientos incluso a aquellos que no poseen ningún don receptor especial, pero yo jamás fui uno de ellos. Por lo tanto, mi condena fue la de ser el bicho más repulsivo de la sociedad, el escuchador furtivo, el fisgón. Viejo proverbio inglés: El que espíe por un agujero quizá vea cosas que le disgusten. Sí. Durante los años en que estaba particularmente ansioso por comunicarme con la gente, realizaba esfuerzos terribles para introducirles mis pensamientos. En clase, acostumbraba a sentarme con la mirada fija en la parte posterior de la cabeza de alguna niña y me esforzaba por enviarle mis pensamientos: Hola, Annie, David Selig llamando, ¿puedes leerme? ¿Puedes leerme? Te quiero, Annie. Cambio. Cambio y fuera. Pero Annie jamás me leía, y el flujo de su mente seguiría su curso como un plácido río, inalterado por la existencia de David Selig.

2
Muero por dentro: Robert Silverberg 1
1 1
2 2
3 2
4 3
5 4
6 4
7 4
8 4
9 5
10 6
11 8
12 9
13 10
14 12
15 12
16 13
17 15
18 16
19 17
20 19
21 20
22 24
23 25
24 26
25 27
26 29