Muero por dentro | Страница 12 | Онлайн-библиотека


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Vacilo por un instante. La mirada helada de sus ojos la delata. La agresividad. El resentimiento que siente. Hasta cuando trata de ser afectuosa no puede evitar odiarme. ¡Qué frágil es nuestra relación! Estamos encerrados en una especie de matrimonio, Judith y yo y nuestro viejo y desgastado matrimonio pende de un hilo. Pero, qué diablos:

—Sí—le digo—. Lo sabía.

—Me lo imaginaba. Nunca has dejado de husmear dentro de mí.

Ahora su sonrisa se ha convertido en un regocijo malévolo. Se alegra de que lo esté perdiendo. Le produce alivio.

—Siempre estoy completamente abierta a ti, Duv.

—No te preocupes, no lo estarás por mucho tiempo. —Ah perra sádica. ¡Ah, hermosa ramera! Y eres todo lo que tengo—. ¿Me das más tallarines, Jude? —Hermana. Hermana. Hermana.

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Yahya Lumumba

Humanidades 2A, Dr. Katz

10 de noviembre de 1976

El tema de “Electra” en Esquilo, Sófocles y Eurípides

Tal y como utilizan Esquilo, Sófocles y Eurípides el motivo de “Electra” se puede observar diferentes métodos dramáticos y modos de aproximación. Básicamente, el argumento es el mismo en Las Coéforas de Esquilo y las Electras de Sófocles y Eurípides: Orestes, hijo del asesinado Agamenón que vive en el exilio, regresa a su Micenas nativa, donde descubre a su hermana Electra. Ella lo induce a vengar la muerte de Agamenón matando a Clitemnestra y a Egisto, puesto que ellos han asesinado a Agamenón a su regreso de Troya. El trato que cada dramaturgo le da al argumento es bien diferente en cada caso.

A diferencia de sus rivales posteriores, Esquilo considera principalmente los aspectos éticos y religiosos del crimen de Orestes. La caracterización y la motivación en Las Coéforas son simples hasta tal punto que e invitan al ridículo; como se puede ver en efecto cuando el más mundano Eurípides ridiculiza a Esquilo en la escena del reconocimiento de su Electra. En la pieza de Esquilo, Orestes aparece acompañado por su amigo Piades y deposita una ofrenda sobre la tumba de Agamenón: un mechón de su cabello. Se retiran, y la llorosa Electra llega a la tumba. Al ver el mechón de cabello lo reconoce como “los de los hijos de mi padre” y decide que Orestes lo ha dejado allí como señal de duelo. Entonces Orestes reaparece y le revela a Electra su identidad. Eurípides hizo una parodia de esta forma de identificación poco plausible.

Orestes revela que el oráculo de Apolo le ha ordenado vengar la muerte de Agamenón. En un largo y poético pasaje Electra le infunde valor a Orestes y éste se dispone a matar a Clitemnestra y a Egisto. Valiéndose de engaños, consigue entrar en el palacio, y le hace creer a su madre, Climtemnestra, que es un mensajero que viene de la lejana Fócida con noticias sobre la muerte de Orestes. Una vez que entra, asesina a Egisto, y luego, enfrentándose con su madre, la acusa del asesinato y la mata.

La obra termina cuando Orestes, enloquecido por su crimen, ve que las Furias vienen a perseguirlo. Se refugia en el templo de Apolo. En la continuación mística y alegórica, Las Euménides, Orestes se ve absuelto de culpa.

En suma, a Esquilo no le preocupaba demasiado la credibilidad de la acción de su obra. En la trilogía de la Orestíada su propósito era teológico: estudiar los actos de los dioses cuando lanzan una maldición sobre una casa, una maldición que se origina en un asesinato y conduce a más asesinatos. La idea básica de su filosofía se encierra en la frase “Sólo Zeus muestra la forma perfecta del saber: Él gobierna, los hombres aprenderán sabiduría, la aflicción les enseñará”. Esquilo sacrifica la técnica dramática, o por lo menos la reduce a un segundo plano, para centrar la atención en los aspectos religiosos y psicológicos del matricidio.

La Electra de Eurípides está virtualmente en el polo opuesto del concepto de Esquilo; aunque utiliza el mismo argumento, elabora e innova para proporcionar una textura mucho más rica. Electra y Orestes se destacan en la obra de Eurípides: Electra es una mujer rayana en la locura, expulsada de la corte, casada con un campesino, sedienta de venganza; Orestes, un cobarde que se introduce a hurtadillas dentro de Micenas por la puerta trasera, apuñala vilmente a Egisto por detrás y atrae a Clitemnestra hacia su muerte utilizando un ardid. Mientras que a Eurípides le preocupa la credibilidad dramática, a Esquilo no. Tras la famosa parodia de la escena del reconocimiento, de Esquilo, Orestes no le revela su identidad a Electra por medio de su pelo o el tamaño de su pie sino por medio de…

¡Dios mío! ¡Qué mierda! Mierda, mierda, mierda. Esto es terriblemente asqueroso. No sirve absolutamente para nada. ¿Podría haber escrito Yahya Lumumba semejante basura? Desde la primera hasta la última palabra se nota la falta de autenticidad. ¿Qué mierda le importa la tragedia griega a Yahya Lumumba? ¿Qué mierda me importa a mí? ¿Qué significa Hécuba para él o él para Hécuba para que tenga que llorar por ella? Romperé esto y empezaré de nuevo. Lo escribiré al estilo negro, le daré ese viejo ritmo africano. Que Dios me ayude a pensar en negro. Pero no puedo. No puedo. No puedo. Santo Dios, siento ganas de vomitar. Creo que me está subiendo la fiebre. Espera, a lo mejor un poco de marihuana me sirva de algo. Sí. Volemos un poco y probemos de nuevo. Un poquito de yerba. Ponle algo de sentimiento negro, viejo. Blanco estúpido, judío de mierda, ponle sentimiento, ¿me oyes? Está bien, vamos. Está el tipo ese, Agamenón, un tipo importante que jodía a todo el mundo, ¿no? Era El Hombre, pero terminaron jodiéndolo a él. Su mujer, Clitemnestra, estaba liada con ese asqueroso hijo de puta de Egisto, y un día le dice, amorcito, ¿qué te parece si liquidamos al viejo Aggie?, tú y yo, y entonces tú serás rey—¿no te alucina ser rey?—. Eso haremos y lo pasaremos fenomenalmente. Aggie estaba en el Vietnam dirigiendo todo el circo, pero tiene un permiso y vuelve a casa y, antes de darse cuenta de lo que pasa, le clavan un puñal, le hacen un buen agujero, y ahí se acaba todo para él. También está esa puta loca de Electra, ¿entienden?, la hija del viejo Aggie. Le da un ataque cuando matan a su padre, así que le dice a su hermano, que se llama Orestes, le dice, escucha Orestes, quiero que acabes con esos dos hijos de puta, quiero que no quede ni rastro de ellos. Dado que Orestes había estado ausente de la ciudad durante un tiempo, no estaba muy al tanto de la cosa, pero…

¡Sí, eso es, viejo! ¡Estás captando cómo se hace! Ahora ponte a explicar el uso que hace Eurípides del deus ex machina y las virtudes catárticas de la técnica dramática realista de Sófocles. Seguro. Qué judío estúpido eres, Selig. Qué judío estúpido.

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Aunque traté de mostrarme amable, afectuoso y bueno con Judith, el odio siempre se interpuso entre nosotros. Me decía a mí mismo: es mi hermanita, mi única hermana, debo quererla más. Pero el amor no es algo que se pueda forzar. No se le puede inventar sólo a partir de buenas intenciones. Pero lo cierto es que mis intenciones nunca fueron tan buenas. Desde el principio la consideré como una rival. Yo era el primogénito, el difícil, el inadaptado. Se suponía que yo era el centro de todo. Al menos esos fueron los términos de mi pacto con Dios: soy diferente y por ello debo sufrir, pero como compensación el universo entero girará a mi alrededor. Suponían que el bebé que trajeron a casa iba a ser una ayuda terapéutica que contribuiría a mejorar mi relación con la raza humana. Ese fue el trato: se suponía que ella no iba a tener realidad independiente como persona, que no iba a tener su propias necesidades, que no iba a exigir nada que no iba a acaparar el amor de ellos. Iba a ser siempre un objeto, un mueble más. Pero no fui tan tonto como para creérmelo. Cuando la adoptaron yo tenía diez años, ¿recuerdan? Y a los diez años no era ya ningún tonto. Sabía que mis padres, al no sentirse ya obligados a dirigir exclusivamente toda su preocupación por su misteriosamente serio perturbado hijo, con gran alivio no tardarían en trasladar su atención y su amor —sí, especialmente su amor— a esa otra criatura mimosa y sin complicaciones. Ella sería el centro, ocuparía mi lugar; yo me convertiría en un peculiar artefacto caído en desuso. No pude evitar sentirme dolido por eso. ¿Me culpan por haber tratado de matarla en la cuna? Creo que no les resultará difícil comprender el origen de la frialdad con que me trató durante toda su vida. A estas alturas no voy a presentar ninguna defensa. El ciclo de odio comenzó en mí. En mí, Jude, en mí, en mí, en mí. Aunque si hubieras querido, con amor, lo habrías podido romper. Pero no lo quisiste.

En mayo de 1961, un sábado por la tarde fui a la casa de mis padres. En aquel entonces no los visitaba con excesiva asiduidad, a pesar de que vivía a veinte minutos de allí. Era independiente y distante, y estaba fuera del círculo familiar. Sentía un enorme rechazo hacia cualquier cosa que supusiera una atadura. En primer lugar sentía una manifiesta hostilidad hacia mis padres: después de todo, fueron sus caprichosos genes los que me hicieron llegar al mundo de este modo. Y además, estaba Judith, de cuyo desprecio ya me estaba cansando: ¿acaso necesitaba más? Así pues, durante semanas y meses enteros permanecí alejado de ellos, hasta que no pude soportar por más tiempo las melancólicas llamadas telefónicas de mi madre, hasta que el peso de mi culpa pudo más que mi resistencia.

Cuando llegué me alegró saber que Judith aún estaba en su habitación, durmiendo. ¿A las tres de la tarde? Según dijo mi madre, la noche anterior había salido y regresado muy tarde. Judith tenía dieciséis años y supuse que habría ido a un partido de baloncesto en la escuela, acompañada por algún chico flaco, con la cara llena de granos, y luego habrían ido a beber alguna cosa. Duerme bien, hermana, no te despiertes. Pero, por supuesto, el hecho de que ella no estuviera allí me puso en confrontación directa y desprotegida con mis tristes y agotados padres. Mi madre, dulce y frágil; mi padre, cansado y amargo. Recuerdo que durante toda mi vida no dejaron de empequeñecer; ahora parecían más pequeños aún; parecían estar a punto de desaparecer.

Nunca había vivido en este apartamento. Durante años, Paul y Martha lucharon por mantener una vivienda de tres habitaciones demasiado cara para ellos, sólo por el hecho de que Judith y yo no podíamos compartir el mismo cuarto cuando ella dejó de ser una niña. Cuando me matriculé en la universidad y alquilé un cuarto cerca de allí, ellos se mudaron a un apartamento más pequeño y mucho más barato. El cuarto de ellos quedaba a la derecha del vestíbulo, el de Judith a la izquierda, al final de un largo pasillo, después de la cocina. Nada más entrar en el apartamento había una sala en la que, sentado, mi padre estaba hojeando el Times sin prestar demasiada atención. En estos días se limitaba a leer el diario, aunque alguna vez su mente había sido más activa. Él mismo emanaba una débil y opaca sensación de fatiga. Por primera vez en su vida, estaba ganando bastante dinero; de hecho, terminaría siendo bastante rico. Sin embargo, se había amoldado a la psicología del hombre pobre: pobre Paul, eres un fracasado, merecías mucho más de la vida. Mientras pasaba las hojas, miré al diario a través de su mente. Ayer Alan Shepard había realizado su memorable vuelo suborbital, la primera aventura espacial tripulada de los Estados Unidos. EE.UU. LANZA AL HOMBRE A 185 KILOMETROS DE LA TIERRA, se leía en un titular a toda página. SHEPARD ACCIONA LOS CONTROLES DESDE LA CAPSULA, INFORMES POR RADIO EN UN VUELO DE 15 MINUTOS. Busqué algún modo de conectarme con mi padre.

—¿Qué te pareció el viaje espacial? —le pregunté—. ¿Oíste las transmisiones de radio?

Se alzó de hombros.

—¿A quién diablos le importa? Es una locura. Un disparate. Una pérdida de tiempo y dinero para todos.

ISABEL VISITA AL PAPA EN EL VATICANO. El gordo Papa Juan, con el aspecto de un rabino bien alimentado. JOHNSON SE REUNE CON GOBERNANTES EN ASIA PARA DISCUTIR EL USO DE TROPAS NORTEAMERICANAS. Siguió hojeando el diario, salteándose las páginas. SE PIDE LA AYUDA DE GOLDBERG CON LOS COHETES. KENNEDY FIRMA LA LEY DE SALARIOS MINIMOS. No hay nada que le produzca alguna impresión especial, ni siquiera KENNEDY PROCURA REDUCIR LOS IMPUESTOS SOBRE LOS RÉDITOS. Se demora un poco más en la sección deportiva. Una débil señal de interés. EL BARRO CONVIERTE A CARRY BACK EN EL FAVORITO DE LA 57ª CARRERA DE KENTUCKY QUE SE CELEBRARA HOY. LOS YANKS SE ENFRENTAN A LOS ANGELS EN EL PRIMER PARTIDO DE LA SERIE DE 3 ANTE 21.000 ESPECTADORES EN LA COSTA.

—¿Quién crees que ganará la carrera? —le pregunté.

Meneó la cabeza:

—¿Qué sé yo de caballos? —dijo.

Aunque su corazón seguiría latiendo durante diez años más, me di cuenta de que ya estaba muerto. Había dejado de responder, el mundo lo había vencido.

Lo dejé hablando consigo mismo y fui a intentar hablar cortésmente con mi madre: su grupo de lectura Hadassah debatiría Matar un Ruiseñor el próximo jueves y quería saber si yo lo había leído. No lo había hecho. ¿Qué era mi vida? ¿Había visto últimamente alguna película buena? La aventura, le dije. ¿Es una película francesa?, preguntó. Italiana, le dije. Quiso que le relatara el argumento. Aunque escuchó con paciencia, con cara de preocupación, no entendió nada.

—¿Con quién fuiste? —preguntó—. ¿Estás saliendo con alguna chica agradable?

Mi hijo, el soltero, ya tiene veintiséis años y ni siquiera está comprometido. Conseguí desviar la tediosa pregunta con una gran habilidad adquirida tras una larga experiencia. Lo siento, Martha No te daré los nietos que estás esperando, será Judith quien te los dé; no tendrás que esperar tanto.

—Ahora tengo que vigilar el asado —dijo, y desapareció.

De nuevo volví junto a mi padre y me senté allí hasta que no lo pude soportar más y me fui al cuarto de baño, justo al lado del dormitorio de Judith, al otro extremo del pasillo. La puerta de su habitación estaba entreabierta. Eché un vistazo. La luz estaba apagada, persianas bajas, pero toqué su mente y descubrí que estaba desierta, pensando en levantarse. Muy bien, me dije, haz un acto de cortesía, sé amigable. No te costará nada. Golpeé la puerta con suavidad.

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Muero por dentro: Robert Silverberg 1
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