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Robert Silverberg

Sadrac en el horno

CAPÍTULO 1

Faltan nueve minutos para que amanezca en la gran ciudad de Ulan Bator, capital del mundo reconstituido. Ya hace un rato que el doctor Sadrac Mordecai se despertó. Está acostado en su hamaca, tenso y desvelado. Su mirada sombría no se aparta de la pared, en donde resplandece un círculo verde, la luminosa superficie de la pantalla informativa, que con grandes letras rojas anuncia el nuevo día:

Lunes14 de mayo2012

Como de costumbre, el doctor Mordecai no logró dormir más que unas pocas horas. El insomnio no lo ha dejado en paz en todo el año, lo cual ha de ser, seguramente, algún tipo de mensaje que le envía la corteza cerebral, mensaje que aún no ha logrado descifrar. Hoy, por lo menos, tiene una excusa para levantarse temprano, ya que le esperan grandes desafíos y tensiones. Es el médico personal de Genghis II Mao IV Khan, príncipe de los príncipes y presidente de los presidentes, es decir, el soberano de la Tierra. Hoy el anciano Genghis Mao será sometido a un transplante de hígado, el tercero en siete años.

El líder del mundo duerme a menos de veinte metros de distancia de Mordecai, en la habitación contigua. Dictador y médico ocupan aposentos residenciales en el piso setenta y cinco de la Gran Torre del Khan, un soberbio edificio de paredes de ónix, cuya estructura, que se asemeja, a la de un delgado obelisco, se eleva imponente sobre la polvorienta altiplanicie marrón de Mongolia. En este preciso momento, Genghis Mao duerme profundamente; sus ojos permanecen inmorales detrás de los párpados gruesos; la columna, totalmente relajada; la respiración, lenta y regular; el pulso, uniforme; el nivel hormonal asciende normalmente. Mordecai sabe todo esto porque en los brazos, muslos y glúteos lleva varias docenas de diminutos nódulos de percepción, insertados quirúrgicamente, que le proporcionan minuto a minuto información telemetrada sobre los signos vitales de Genghis Mao. Sólo después de un año de preparación intensiva, Mordecai logró aprender a leer la información que proporcionan estos nódulos, las contracciones y vibraciones y ondulaciones e irritaciones, que son los equivalentes analógicos codificados de los procesos físicos vitales del presidente. Ahora, sin embargo, Mordecai no tiene ninguna dificultad en percibir e interpretar la información. Un cosquilleo aquí significa trastornos digestivos, un latido allá significa oliguria, un pinchazo en algún otro lado indica desequilibrio salmo. Para Sadrac es algo así como vivir en dos cuerpos a la vez, fiero ya se ha acostumbrado. De esta manera, la preciosa vida del presidente está protegida por su médico, siempre alerta. Se dice oficialmente que Genghis Mao tiene ochenta y siete años e incluso es posible que sea mayor, pero su cuerpo, un conjunto de transplantes y órganos artificiales, tiene la fuerza y sensibilidad del de un hombre de cincuenta. El deseo del presidente es posponer su muerte hasta tanto no finalice su labor en la Tierra, lo que significa, en otras palabras, no morir nunca.

¡Con qué placidez descansa ahora! Mordecai recorre las lecturas una y otra vez: todos los sistemas autonómicos, el respiratorio, el digestivo, el endocrino, el circulatorio, funcionan a las mil maravillas. Es evidente que Genghis Mao no siente aprensión alguna por la operación a la que será sometido, ya que está acostado, como de costumbre, sobre el lado izquierdo (presión aórtica normal), no está soñando (ojos inmóviles) y emite un suave ronquido (reverberaciones en la caja torácica). Mordecai envidia la calma del presidente, para quien los transplantes son, por supuesto, una historia ya conocida.

En el preciso momento en que amanece, Mordecai sale de la hamaca. se despereza y se dirige, desnudo, hacia el balcón, caminando sobre el frío piso de piedra de su habitación.

Sale al balcón, desde donde puede observar, en el oeste, tonalidades de azul matutino que bañan el aire claro, encrespado y frío. El viento, impetuoso, atraviesa las llanuras: una brisa intensa que se precipita por toda Mongolia desde la Gran Muralla hasta el lago Baikal. Las banderas negras de Genghis Mao en la plaza Sukhe Bator, la principal de la capital, flamean desordenadas en el vaivén del aire, y los tamariscos de flores rosadas agitan sus ramas. Sadrac Mordecai respira profundamente mientras observa el lejano horizonte, como si buscara señales de humo más allá de la China. No aparece ninguna señal, salvo los latidos y hormigueos de los nódulos que entonan el canto de la buena salud, irreprimible por cierto, de su paciente.

Todo descansa allí abajo. La ciudad entera duerme, excepto los que tienen que ir a trabajar. Los mogoles no sufren de insomnio; Mordecai, sí. Pero Mordecai no es mogol. Es un negro, negro como los negros africanos, aunque tampoco es africano. Es delgado, de extremidades alargadas, alto (unos cuantos centímetros de altura), tiene la cabellera espesa y encrespada, ojos grandes, labios carnosos, nariz ancha aunque respingada. En esta tierra, donde habitan individuos vigorosos, de piel dorada, nariz afilada, cabello lacio y brilloso, el doctor Mordecai es una figura conspicua, más conspicua, quizás, de lo que le gustaría ser.

Hoy, como todas las mañanas, Sadrac hace gimnasia, desnudo, en el aire helado del balcón, rutina calisténica con la que empieza su día: flexiona abajo, arriba, abajo, arriba, acompañando con un movimiento rítmico de brazos. Tiene treinta y seis años, y a pesar de que su puesto en el gobierno le garantiza el libre acceso al Antídoto Roncevic, con lo que queda librado de la descomposición orgánica, enfermedad que obsesiona a los dos mil millones de habitantes del mundo, es hora de que comience, seriamente, a tomar medidas para proteger su cuerpo de todo lo que el tiempo puede desentrañar. Mens sana in corpore sano. Sí, Sadrac, sigue con tus flexiones y torsiones, deja que circule el líquido de tus tejidos, deja que el ying compense al yang. Mordecai goza de una salud perfecta y los órganos de su cuerpo son los mismos que tenía cuando emergió de las entrañas de su madre una helada mañana de 1976. Un, dos, un, dos, vamos, sin piedad. A veces, le resulta extraño que Genghis Mao no se despierte con esta gimnasia matutina, vigorosa y violenta. Pero, claro, la corriente de información telemetrada tiene una sola dirección y, mientras Mordecai lleva a cabo sus enérgicos ejercicios en el balcón, el presidente sigue durmiendo plácidamente, ajeno a todo lo que sucede.

Por fin, después de agitarse, transpirar, tiritar, sentirse vivo, abierto y receptivo, sin preocuparse por la prueba quirúrgica que lo aguarda, Mordecai decide que ya se ha entrenado bastante por hoy. Se lava, se viste, toma su desayuno liviano, como de costumbre, y se dispone a emprenderlas tareas rutinarias de la mañana.

Así pues, el doctor hace frente a la Interfaz Tres, a través de la cual entra todas las mañanas a la habitación en donde vive su amo, el Khan: Es una enorme puerta en forma de diamante, que mide dos metros y medio de altura, de cuya superficie de bronce, suave como una seda, sobresalen una docena y media de protuberancias cilíndricas de tres a nueve centímetros de alto. Algunas de ellas son radares y sensores, o audiocircuitos; otras son armas que provocan la muerte ineludiblemente, pero Sadrac no tiene idea de cuál es cuál. Esto es. perfectamente aceptable, ya que lo que hoy cumple la función de radar mañana puede llegara ser un cañón láser. Estos cambios imprevisibles son un ardid de Genghis Mao para confundir a los asesinos desconocidos a quienes tanto teme.

—Sadrac Mordecai para servir al Khan —dice Mordecai con voz firme y clara en lo que probablemente hoy sea el fonocaptor.

Interfaz Tres emite, entonces, un zumbido suave y somete el anuncio de Mordecai al análisis del espectrograma de la voz. Al mismo tiempo controla la temperatura del cuerpo de Mordecai, la fatiga de posición, la textura olfatoria y muchos otros detalles más. En caso de que cualquier dato no responda a las características normales de Mordecai, ondulantes chorros de espuma le impedirán moverse mientras los guardias se disponen a investigar la información. Si llegara a ofrecer resistencia en esta etapa, sería inmediatamente destruido. Cinco de estas interfaces protegen las cinco entradas a los aposentos del presidente Genghis Mao. Nunca se han inventado puertas con tanta astucia e ingenio. Ni el mismo Dédalo hubiera sido capaz de idear barreras más ingeniosas para custodiar al Minotauro.

En apenas un micrón de segundo, reconocen a Mordecai y descubren que es él y no un ingenioso simulacro enviado en misión especial para matar al presidente. Con un tenue silbido de engranajes perfectamente ensamblados y un suave murmullo de cojinetes en condiciones inmejorables, la plancha externa de la interfaz se desliza, abriendo así el acceso a un cuarto interior de paredes de piedra, cuyas dimensiones son apenas más grandes que las del doctor. No es precisamente un vestíbulo para darle la bienvenida a un claustrófobo. Aquí, Mordecai vuelve a detenerse y en un micrón de segundo se repite todo el proceso de vigilancia, y sólo después de ser sometido a esta segunda inspección, puede pasar a la residencia imperial propiamente dicha. "La redundancia —dijo el presidente alguna vez— es nuestro principal sendero de supervivencia." Mordecai está de acuerdo. Este complicado proceso de pasar por todas las interfaces le resulta insignificante, un elemento más de las leyes naturales del universo, tan molesto como girar la llave en la cerradura.

La habitación siguiente, una esfera cavernosa conocida como Vector de Vigilancia Uno, es, literalmente, la ventana por la que Genghis Mao ve el mundo. Un deslumbrante despliegue de pantallas de cinco metros cuadrados cada una, ordenadas en hilera, se eleva desde el piso hasta el cielo raso, ofreciendo un variado panorama dé las imágenes transmitidas por los miles de ojos espías distribuidos en todo el planeta. No hay edificio público que no esté vigilado por estos ojos secretos, en todas las calles principales hay radares acechantes y, además, un cuerpo constante de ingenieros oficiales alternan la ubicación de las cámaras o instalan cámaras nuevas en lugares que carecían de control. No todos los ojos secretos mantienen una posición fija: son tantos los satélites espías que se desplazan por el espacio, que si sus órbitas se transformaran en seda, la tierra quedaría envuelta en un espeso capullo. En el centro del Vector de Vigilancia Uno hay un inmenso panel de control por medio del cual Genghis Mao controla la corriente de información que le proporcionan todos estos ojos secretos. Se sienta horas y horas en un elegante sillón similar a un trono y con sólo rápidas pulsaciones emite señales que le permiten ver, a voluntad, todo lo que sucede en Tokio y Bangkok, Nueva York y Moscú, Buenos Aires y El Cairo. La captación de las cámaras es tan aguda, que le permite ver el color de los ojos de un hombre a una distancia de cinco kilómetros.

Cuando el presidente no usa el Vector de Vigilancia Uno, las pantallas continúan funcionando sin interrupción, al tiempo que el mecanismo central recopila, sin orden ni concierto, la información que le proporcionan los dispositivos captadores. Las imágenes aparecen y desparecen, a veces son pantallazos de uno o dos segundos, a veces se prolongan y proporcionan secuencias consecutivas. Al tener que pasar todas las mañanas por esta habitación para llegar a la de su amo, Sadrac Mordecai se ha creado el hábito de detenerse unos minutos a observar este vertiginoso y llamativo despliegue de proyecciones. En sus pensamientos, se refiere a este interludio diario como "El Control de la Sala de Traumas". La Sala de Traumas es el nombre secreto con que Mordecai denomina al mundo en general, ese gran valle de dolor y corrupción física.

De pie en medio de la habitación, Sadrac observa los pesares del mundo. Hoy, las escenas aparecen agitadas. No cabe duda de que la gigantesca computadora que maneja este sistema tiene un día alterado: los controles se dirigen sin descanso de un ojo a otro, y las imágenes aparecen y desaparecen en pantallazos alocados. Sin embargo, se pueden distinguir algunas proyecciones claras: un perro angustiado renquea, lento, por una calle atorada con suciedad; en una cañada polvorienta, un niño negro de ojos saltones y vientre dilatado llora, desnudo, mientras se muerde el pulgar; una anciana de hombros hundidos camina por una plaza llena de guijarros en una ciudad europea, cargando bultos cuidadosamente envueltos mientras jadea agitadamente agarrándose el pecho, finalmente cae y los paquetes ruedan por el suelo. Otra pantalla refleja la imagen de un hombre de rasgos orientales, de piel curtida por el sol, de barba blanca y escasa que lleva una diminuta gorra verde; se lo ve salir de un negocio en el momento que tose y arroja bocanadas de sangre. Una multitud (¿mejicanos?, ¿japoneses?) se agrupa en torno a dos niños que, atacándose con trinchantes, tienen los brazos y el pecho cubiertos de tajos sangrientos; tres niños se acurrucan en el techo de una casa deshecha, arrastrada por la corriente de un río desbordante de aguas grises y blanquecinas; un mendigo de ojos perdidos tiende la mano, una garra acusadora; una mujer joven de pelo negro se arrodilla sobre el borde de la acera y, angustiada, se retuerce de dolor en el suelo mientras dos niños la observan.

En otra de las pantallas se alcanza a ver un automóvil que se desplaza por una carretera a una velocidad vertiginosa, para luego desaparecer en una zanja cubierta de arbustos. El Vector de Vigilancia Uno es como un inmenso tapiz lleno de compartimientos, en cada uno de ellos una historia, un fragmento de vida que constituye un tormento y un desalo al intelecto. Allí, en el resto del mundo, en la gran Sala de Traumas que es el mundo, los dos mil millones de súbditos de Genghis II Mao IV Khan mueren hora a hora, a pesar de los inmejorables intentos del Comité Revolucionario Permanente. No hay nada de nuevo en eso: todos los que viven y han vivido mueren y murieron hora a hora a lo largo de todas sus vidas. Sin embargo, en estos años posteriores a la Guerra del Virus, la muerte parece tomar características diferentes: la podredumbre en que la humanidad está inmersa evidencia una muerte mucho más inmediata y, esta cantidad innumerable de ojos que contemplan el panorama en su totalidad hace que la decadencia general sea más conmovedora. Los radares del Khan captan todo, sin hacer comentarios, sin emitir juicios, limitándose simplemente a colmar estas paredes con imágenes desconcertantes y aterradoras de la condición humana en la postguerra a comienzos del siglo XXI.

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