Sadrac en el horno | Страница 38 | Онлайн-библиотека


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2 de enero de 2009

Insistí y finalmente me permitieron. experimentar una sesión transtemporalista. Decían que no era conveniente, por tos riesgos, por los efectos colaterales, por mis responsabilidades de soberano. Finalmente me impuse. No estoy acostumbrado a tener que insistir. Resulta extraño que hable de que "me permitieron". Pero fue una verdadera lucha, que gané, por supuesto, pero me dio trabajo. Visité Karakorum después de la media noche. Nevaba, pero era una nieve liviana. La carpa estaba despejada y los guardias estaban apostados en sus respectivos lugares. Antes de ir, Texeira me hizo una revisión completa, por las drogas que usan. Patente de sanidad limpia: puedo beber el más potente de los brebajes transtemporalistas. A la carpa entonces. Un lugar oscuro, un olor desagradable. Un olor que recuerdo de mi infancia, olor a estiércol quemado, a cuero de cabra sin curtir. Se me acerca un lama pequeño y encorvado. No está impresionado por mi presencia, no está aterrado. Por qué habría de sentir terror por Genghis Mao, si con sólo beber una droga puede visitar al César, a Buda, a Genghis Khan? Luego comienza a preparar la mezcla para ml. Aceites, polvos. Me da la copa y bebo: dulce, gomoso, no tiene sabor agradable. El transtemporalista me toma las manos, murmura algunas palabras y, de pronto, la carpa se transforma en una nube y desaparece, y me encuentro en otra carpa, ancha y baja. Banderas blancas y colgaduras de brocado, y allí está él ante mis ojos, un hombre de edad madura, corpulento, de baja estatura, de largos bigotes negros, ojos pequeños y labios carnosos. Su cuerpo despide olas de sudor como si no se hubiera bañado en años, y, por primera vez en mi vida, me invade el deseo de caer de rodillas frente a otro ser humano, porque este individuo es Temujin, el Gran Khan, sí, es él, el fundador, el conquistador.

No me arrodillo, sino en mi alma. En mi alma caigo tendido —a sus pies, le ofrezco la mano, inclino la cabeza.

Padre Genghis —digo—, he viajado a través del tiempo, a través de novecientos años para rendirte homenaje.

Me mira sin mucho interés. Después de un momento me ofrece una vasija.

—Bebe airag, anciano.

Compartimos la vasija. Yo bebo primero, después el Gran Khan. La indumentaria del Padre Genghis es simple: no viste una túnica de color escarlata, ni ribetes de armiño, ni corona, sino ropas de guerrero. El cabello le llega a los hombros, pero nace desde la nuca. La parte superior de la cabeza está afeitada.

—¿Qué quieres? pregunta.

—Verte.

—Me estás viendo. ¿Qué. más?

Decirte que vivirás para siempre.

—Moriré como todos los hombres, anciano.

—Tu cuerpo morirá, Padre Genghis. Tu nombre vivirá por tos siglos de los siglos.

Genghis Khan piensa en lo que acabo de decir.

—¿Y mi imperio? ¿Qué será de mi imperio? ¿Acaso mis hijos gobernaran después de mi muerte?

—Tus hijos gobernarán la mitad del mundo.

—La mitad del mundo —dice Genghis Khan con voz suave—. ¿Sólo la mitad? ¿Es cierto eso, anciano?

—Serán dueños de Catay…

—Catay ya es mía.

—Sí, pero ellos serán los dueños de toda Catay, de las junglas, de las montañas, de Rusia, de Turkestan, de Afganistán, de Persia. ¡De la mitad del mundo, Padre Genghis!

El Khan de los Khanes gruñe.

Algo más, Padre Genghis. Dentro de novecientos años un khan llamado Genghis gobernará el mundo entero, de polo a polo y todas las almas de esta tierra lo reconocerán como amo del mundo:

—¿Un khan de mi sangre?

—Un verdadero tártaro —aseguró.

Genghis Khan permanece en silencio un largo rato. Es imposible leerle la mirada. Es más pequeño que lo que me hubiera imaginado, y su cuerpo emana un olor desagradable, pero es un hombre de tanta fortaleza y determinación que me siento humillado, porque yo pensaba que era como el; de alguna manera lo soy, y, sin embargo, él es mucho más grandioso que yo. Genghis Khan no sabe de dudas: es un hombre firme, decidido, un hombre que vive el presente, un hombre que, seguramente, nunca se ha detenido a reconsiderar una determinación, y cuya primera determinación ha sido siempre la correcta. Él es más que un príncipe bárbaro, un impetuoso jinete del Gobi, para quien las características de mi vida cotidiana serían un destello de magia esplendorosa. Sin embargo, si Genghis Khan llegara a Ulan Bator sería capaz de entender el funcionamiento del Vector de Vigilancia Uno en tres horas. Un bárbaro, sí, es un bárbaro, pero no simplemente un bárbaro, nada de su personalidad merece ser subestimado, y, a pesar de que en algunos aspectos yo soy superior a él, a pesar de que mi vida y mi poder están más allá de su comprensión, yo soy inferior a él desde todo punto de vista. Me aterra e infunde el respeto que yo esperaba. Al verlo, me invade el deseo de renunciar a la autoridad que ejerzo sobre la humanidad, porque, a su lado, no soy digno. No soy digno.

—Novecientos años —dice finalmente. La sombró de una sonrisa se proyecta en su rostro—. Bien. Bien —llama a un sirviente batiendo las palmas—. ¡Más airag! —grita. Volvemos a compartir la bebida y luego él dice que debe partir: es hora de dejar Karakorum y cabalgar hasta las tierras de su hijo Chagadai, donde la familia real celebrará un torneo. No me invita. No tiene interés en mí. a pesar de que vengo de tiempo lejanos, a pesar de que le traigo bellas historias del imperio mogol del futuro. No soy importante para él. Ya le conté todo lo que le interesa saber; ahora he pasado al olvido. Lo único que importa es el torneo. Monta la yegua y echa a cabalgar, seguido por los guerreros de su corte. Todos se han ido, excepto el sirviente y yo.

CAPÍTULO 24

De las profundidades de la carpa de los transtemporalistas emerge Roger Buckmaster, que se dirige al encuentro de Sadrac, acompañado por dos acólitos vestidos con una rústica túnica negra de tela de crin. Buckmaster también lleva una túnica, pero no es igual a la de los transtemporalistas: es una gruesa sotana marrón con capucha, de lana prolijamente tramada. Unas sandalias abiertas le dejan los pies al desnudo, y del cuello pende un macizo colgante cruciforme. AL echarse la capucha hacia atrás, deja ver una tonsura que le cubre la cabeza.

Buckmaster se ha transformado en una especie de monje.

No sólo la austeridad de su ropa indica que Buckmaster ha cambiado. Antes era un hombre impulsivo, violento e inquieto, un hombre en cuyo interior circulaba una especie de energía furiosa y malhumorada, una energía que nunca lograba descargar. Ahora se muestra misteriosamente sereno y reservado, es un hombre que habita un insondable territorio de paz y soledad. Está pálido, muy delgado, casi cadavérico. De pie frente a Sadrac, totalmente inmóvil sino fuera por el movimiento de los dedos, espera y espera en silencio.

Finalmente, Sadrac dice:

—Nunca me imaginé que volvería a verte con vida.

—La vida está llena de sorpresas, doctor Mordecai —la voz de Buckmaster también es distinta, más profunda, una voz sepulcral, sonora, como si toda la agresividad y la furia que la caracterizaba se hubiera consumido.

—Había corrido la noticia de que estabas en el depósito de órganos, descuartizado.

Imbuido de piedad, Buckmaster dice:

—El señor eligió eximirme del castigo.

Sadrac no acepta la piedad de Buckmaster.

—Querrás decir que tus amigos salvaron tu pellejo —dice Sadrac. No termina de hacer el comentario que se arrepiente de su agresividad: no es muy prudente de su parte hablarle de esa manera a una persona cuyos servicios necesita. Sin embargo, Buckmaster no parece ofendido.

—Mis amigos son Sus agentes: Al igual que todos los hombres de la tierra, doctor Mordecai.

—Has estado aquí todo el tiempo.

—Sí. Desde el día siguiente al interrogatorio.

—¿Y la policía no ha venido a husmear?

—La información oficial, doctor Mordecai, es que yo estoy muerto, que mi cuerno ha sido descuartizado al servicio de los miembros del gobierno que necesiten de mis órganos: eso es lo que le dirá la computadora. La policía no busca hombres muertos. Para ellos no soy más que un conjunto de piezas sueltas, un páncreas aquí, un hígado allá, un riñón, un pulmón. Roger Buckmaster ha usado al olvido —por un momento, un destello de malicia le ilumina el rostro curiosamente solemne—. Si les dijera que estoy aquí, lo negarían.

—¿Y qué has estado haciendo? —pregunta Sadrac.

—Los transtemporalistas me consideran un ser sagrado. Todos los días bebo de la copa del tiempo. Todos los días retrocedo en los siglos hasta llegar a los años de la vida de nuestro Señor. Muchas veces he presenciado la Pasión del Salvador en el Calvario, doctor. Caminé entre los apóstoles. He tocado las vestiduras de la Virgen María. He visto los milagros: Caná, Cafarnaum, Lázaro de Betania. He visto cómo lo traicionaron en Getsemaní. He visto cuándo lo llevaban frente a Pilatos. Lo vi todo, doctor Mordecai, todo lo que dicen los Evangelios. Todo es verdad. Es la verdad. Mis ojos son testigos.

Sadrac permanece en silencio un momento, sorprendido ante la inesperada intensidad de la convicción de Buckmaster, ante el sonido de su voz, que parece venir de otro mundo. Es imposible dejar de creer que este pobre hombre haya vagado por Galilea junto con Jesús y Pedro y Santiago, y que haya escuchado los sermones de Juan el Bautista y os lamentos de la Magdalena. No importa que se esté engañando a sí mismo, que sean delirios, ilusiones o alucinaciones. La realidad es que Buckmaster rebosa de alegría, que se ha transformado.

Con aspereza intencionada, Sadrac pregunta:

—¿Puedes seguir haciendo trabajos de microingeniería?

Esta pregunta tan fuera de lugar toma a Buckmaster desprevenido. Está perdido en fantasías sagradas, oculto en una mística serenidad y alegría trascendental. Entre asombrado y confundido, emite un suspiro entrecortado como si le hubiera golpeado la espalda. Está desconcertado. Tose y, frunciendo el ceño, dice:

—Pienso que podría. Nunca se me había cruzado por la mente.

Tengo un trabajo para ti.

—No sea absurdo, doctor.

—Estoy hablando muy en serio. He venido a verte porque hay un trabajo que tú y sólo tú puedes hacerlo bien. Eres el único en quien confío para esta tarea.

—El mundo se ha alejado de mí, doctor. Y yo me he alejado del mundo. Aquí es donde vivo. Los intereses del mundo ya no son mis intereses.

—Antes te interesabas por las injusticias que cometían Genghis Mao y el CRP.

—Mi vida actual está más allá de la justicia y la injusticia.

—No digas eso. Tú crees que impresionas con lo que dices, Roger, pero es una tontería peligrosa. El pecado del orgullo, ¿no es así? Tus compañeros te salvaron. Les debes la vida. Se arriesgaron por ti, y tú estás en deuda con ellos.

—Rezo por ellos todos los días.

—Hay algo mucho más útil que puedes hacer.

—La oración es lo mejor que conozco —dice Buckmaster—. Considero que es más importante que la microingeniería. No logro entender cómo un trabajo de microingeniería puede ayudar a mis compañeros.

—Yo sé de un trabajo que puede ayudarlos.

—No logro entender como…

—Genghis Mao será sometido a otra operación dentro de muy poco tiempo.

—¿Qué es Genghis Mao para mí? El me ha olvidado. Yo lo he olvidado a él.

—Una operación en el cerebro —continúa Sadrac— Se ha producido una acumulación de líquido en el cráneo de Genghis Mao. Es necesario drenar ese líquido, de lo contrario morirá. La operación consistirá en instalar un sistema de drenaje con una válvula a través de la cual se eliminará el líquido. Al mismo tiempo, instalarán un nuevo nódulo de telemedición en mi cuerpo. Y ésa es la pieza que quiero que tú construyas, Roger.

—¿Qué función tendrá?

—Me permitirá controlar la acción de la válvula —responde Sadrac.

Dos horas más tarde, Sadrac se encuentra entre formones y mazos y serruchos, en la Gran capilla de carpintería en el complejo recreativo de Karakorum. Trata de alcanzar el estado de meditación inicial, pero no logra hacerlo bien. Por momentos siente que comienza a concentrarse, y cuando cree que por fin ha logrado el grado de concentración adecuado, vuelve a perderlo de nuevo. Buckmaster tiene la culpó. Buckmaster no desaparece del primer plano de la conciencia de Sadrac.

Si le hubiera hecho caso a Buckmaster, Sadrac no estaría aquí en este momento, sino entre los transtemporalistas, dormido bajo el efecto de la droga, y su alma estaría viajando a través de los milenios para presenciar el rito del Calvario.

—Venga conmigo —le insistió Buckmaster—. Visitaremos juntos la Pasión del Señor —pero Sadrac se negó. Algún otro día, fue la respuesta, cortés por cierto, que le dio a Buckmaster. Los viajes transtemporales consumen demasiada energía, y Sadrac necesita todas sus fuerzas para la difícil empresa que lleva a cabo en los próximos días. Buckmaster entendió, o por lo menos, parecía estar dispuesto a perdonar que Sadrac no tuviera deseos de beber la droga transtemporalista en ese momento. Y Sadrac se fue de la carpa, con la promesa de Buckmaster de que terminaría el diseño del nuevo nódulo en un día o dos.

Sadrac, sin embargo, ha quedado obsesionado con la conducta de Buckmaster. ¡Qué extraña y sorprendente fue su reacción al comprender todo lo que el pedido de Sadrac implicaba: se le iluminó el rostro, sus ojos recuperaron aquel brillo frenético que los caracterizaba! Comenzó a respirar agitado, despojado ya de esa apacible imagen monástica. De sus labios, se desprendió un torrente de preguntas acerca de las especificaciones, de los umbrales de rendimiento, de los parámetros de tamaño, del lugar del cuerpo en que sería instalado el nuevo aparato. Como poseído por la furia, tomaba apuntes, trazaba esquemas y al cabo de sólo media hora el borrador del diseño estuvo terminado. Necesitaría la ayuda de una computadora para el diseño definitivo. dijo, pero eso no era problema: Ficifolia podría instalarle un relevados que lo conectaría directamente con la computadora maestra de Genghis Mao. Buckmaster reía con carcajadas estridentes. De pronto, se transfiguró, volvió a recuperar la serenidad, olvidándose de la microingeniería, transformándose nuevamente en el monje calmo, remoto y glacial. Luego dijo:

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