Sadrac en el horno | Страница 34 | Онлайн-библиотека


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Sadrac sonríe.

—Nosotros fuimos esclavos en América y no hace tantos años.

—¿Y tenían un dueño judío? No puedo creer que un judío tuviera esclavos. ¡Nunca!

Sadrac trata de explicar que ese dueño llamado Mordecai, si es que alguna vez existo, no tiene por qué haber sido judío, o que pudo muy bien haberlo sido, ya que ni aun los judíos dejaban de tener esclavos en la época de la colonia. Es evidente que Mesach Yakov no se siente del todo cómodo con esta conversación, porque de pronto interrumpe el diálogo para preguntarle a su hermana cuánto falta para la cena. Cambia de tema tan abruptamente que los niños quedan con las palabras cortadas a flor de labios.

—Faltan quince minutos —responde la hermana, que se dirige e a la cocina.

Como obedeciendo a una tácita advertencia de dejar al huésped en paz, Joseph y Leah se retiran a un sota y se ponen a conversar; da una manera albo rígida y extraña, de cosas de la escuela: Joseph está enojado, porque el día del funeral de Mangú se ha declarado feriado mundial, lo cual lo privará de ir a una excursión al Mar Muerto. Leah hace referencia a un comentario hecho por el presidente del CRP de Jerusalén sobre la importancia de rendir homenaje al difunto virrey. Al oír esto, Rebeca da un gritito burlón y hace una brusca acotación acerca de la inteligencia y la cordura de ese funcionario de gobierno, y pronto todo se degenera en una ruidosa e incomprensible discusión sobre cuestiones políticas locales, que une a los cuatro Yakovs en un combate feroz y bilingüe. AL principio, Mesach trata de explicarle a Sadrac algo acerca del elenco de personajes y ubicarlo en tema, pero a medida que la disputa continua, se enreda tanto en ella que no puede seguir con sus comentarios aclaratorios. Sadrac, desconcertado y entretenido al mismo tiempo, mira cómo discuten estas personas tan expresivas y enérgicas hasta que la llegada de la cena indica el fin del debate. No tiene idea de cuál era el tema de discusión —cree que hablaban del reemplazo de un árabe cristiano por un musulmán en el concejo local, pero le alegra ver este despliegue de energía y de convicciones tan determinantes. En Ulan Bator, tan vigilada y controlada, nunca ha presenciado semejante oposición de opiniones. Pero tal vez la vigilancia no tenga nada que ver, tal vez sea sólo por que ha mudo tanto tiempo fuera del marco familiar que se ha olvidado cómo es una verdadera conversación.

A Sadrac le preocupa la cena: ¿tendrá que usar el solideo para comer? ¿Hay alguna otra costumbre que él no conoce? Pero, afortunadamente, no surge ningún problema. Ni Mesach ni su nieto se cubren la cabeza con el solideo; nadie reza antes de empezar a comer, sólo Mesach y su hermana hacen un momento de silencio; la comida es abundante y suculenta, y Sadrac no observa ningún tipo de costumbre dietética en la mesa de los Yakov. Una vez terminada la cena, Joseph y Leah se retiran a sus habitaciones a estudiar, y Sadrac, abrigado por las bondades de un vino tinto israelí y un brandy fuerte, queda en compañía del viejo Yakov, estudiando mapas de los alrededores, porque durante la cena se han puesto de acuerdo en hacer una excursión mañana a la mañana. Visitarán la ciudad vieja, desde luego, las torres e iglesias y mercado, la supuesta tumba de Absalón en el valle del Cedrón y la tumba de David en el. Monte Sión, y el museo arqueológico el museo nacional y…

—Un momento —dice Sadrac— ¿Todo esto en un día?

—Dos días, entonces —dice Mesach.

—Aun así, ¿cree usted que podremos ver tanto en tan poco tiempo?

—¿Por qué no? Usted es un hombre saludable. Creo que puede seguir mi ritmo —el anciano estalla en carcajadas.

CAPÍTULO 22

Unos días más tarde, Sadrac está en Estambul. Aquí está solo, sin guía, caminando confundido por esta intrincada ciudad de distintos relieves, deseando encontrar a un Mesach Yakov o a un Bhishma Das, pero no aparece nadie que pueda ayudarlo. El mapa que le dieron en el hotel no le sirve, porque indica el nombre de muy pocas calles, y cada vez que se aleja de un bulevar termina perdido en un laberinto de callejuelas anónimas. El turismo ha muerto en Estambul después de la Guerra del Virus, y los taxistas no hablan otra cosa que turco, y sólo entienden las instrucciones evidentes: "Santa Sofía", "Santa Teodosia", pero cuando Sadrac quiere ir a visitar el antiguo muro bizantino en las afueras de la ciudad, no encuentra manera de hacérselo entender al taxista, y finalmente, como último recurso, le pide que lo lleve a la mezquita de Kariya, en las afueras de la ciudad, y de ahí caminará hasta el primer muro que encuentre. Tendrá que jugar a las adivinanzas, ya que no sabe exactamente en donde queda el muro que busca.

Estambul es una ciudad arenosa, sucia, arcaica, extraña e irritante. Sadrac está fascinado por la mezcla de estilos arquitectónicos, los opulentos palacios otomanos y las gloriosas mezquitas coronadas de alminares y las casas de madera del siglo XVIII y las inmensas avenidas del siglo XX y los deteriorados fragmentos de la vieja Constantinopla que sobresalen de la tierra como dientes rotos, restos de acueductos y cisternas y basílicas y estadios. Este lugar, sin embargo, es demasiado caótico para él. A pesar de su poderosa atracción histórica, de su pasado tan rico y complejo, esta ciudad le resulta deprimente y repulsiva.

Además, Sadrac no puede soportar semejante densidad humana, ya que aún ahora hay mas de un millón de habitantes en este lugar. Como en todas partes, la tragedia de, la descomposición orgánica se hace visible en toda su magnitud, un sin fin de niños vagabundos, algunos no más de tres o cuatro años, se apiñan en las calles como animalitos desesperados, y en todos los rincones se ven policías al acecho, caminando de a dos. Sadrac sabe que lo vigilan a él. No, no es paranoia, lo persiguen a él. Genghis Mao, no muy conforme por haberle dado piedra libre a su médico para que salga a vagar por el mundo, lo mantiene bajo control, de manera que, cuando al Khan se le ocurra, lo pueden llevar de vuelta a Ulan Bator. Sadrac no pensó en desaparecer, en ningún momento —por el contrario, volver a Ulan Bator constituye un factor esencial para llevar a cabo el plan de acción que está preparando, aunque todavía no sabe cuándo será el momento apropiado para regresar—, pero la idea de que lo estén espiando no le atrae en absoluto. Después de dos días en Estambul, un paseo a la ligera que solo le permitió ver las atracciones turísticas más conocidas, vuela a Roma, donde permanece una semana.

Se aloja en un antiguo hotel, suntuoso y decadente, a unas pocas cuadras de las Termas de Diocleciano. También en Roma hay una gran densidad de habitantes y el ritmo urbano es enérgico y frenético, pero por alguna razón esta ciudad no soporta muchas heridas de la Guerra del Virus y de toda la pesadilla que siguió a la guerra. Sadrac logra relajarse en este, lugar, y tranquilizarse en un agradable ritmo de vida mediterráneo pasea por las espléndidas calles, saborea aperitivos en los cafés de las aceras, se deleita hasta hastiarse con pastas y vino blanco en trattorias alejadas del centro, y todos los traumas de la Bala de Traumas se vuelven insignificantes. Es cierto que ésta es una Ciudad Eterna capaz de absorber los daños más fuertes de todos los tiempos, y de no abandonar nunca su resistencia. ¿Los monumentos imperiales? Desde luego, cómo iba a dejar de verlos; el Arco de Tito, símbolo de invasión romana a Jerusalén, los templos y palacios del Capitolino y Palatino, la magnífica maraña que es el Foro, la ruina encantada del Coliseo. Visita la basílica de San Pedro, y al mirar hacia el Vaticano recuerda la voz burlona y agitada de Genghis Mao cuando le ofreció elegirlo Papa. Visita la Capilla Sixtina, la colección Etrusca en Villa Giulia, la galería Borghese, y una docena de iglesias más, las mejores iglesias barrocas. A medida que descubre las infinitas antigüedades de Roma, Sadrac siente que sus energías aumentan en lugar de flaquear. Lo curioso es que no responde con intensa alegría a los famosos monumentos clásicos, sino a aquellos viejos edificios de color gris, altos y angostos que ve en Trastevere y en el barrio judío. ¿Son acaso los mismos edificios de la época del Cesar, edificios que una vez fueron mansiones y que ahora son conventillos? ¿Es posible que aún estén habitados, después de dos mil años? ¿Por qué no? Los antiguos romanos sabían construir edificios de seis pisos de alto y aún más altos, y los hacían de material muy resistente. No hubiera sido difícil, a pesar de los saqueos, de los incendios y de las revoluciones. mantener estos edificios intactos, reconstruirlos, volver a revocarlos, enmendar lo viejo y renovarlo, retocarlo y restaurarlo constantemente. Es probable, por lo tanto, que estas torres grises hayan alojado alguna vez a los súbditos de Calígula, y Tiberio, y un agradable escalofrío lo estremece a Sadrac, al pensar que estos edificios han estado continuamente habitados a través de los siglos. Pensándolo bien, sin embargo, es posible que no haya sido así, recapacita Sadrac, porque no hay nada de uso cotidiano que pueda durar tanto tiempo. Lo más probable es que sean edificios del siglo XII, o del XIV, o aun del XVII. Si, son viejos, pero no son tan antiguos, aunque lo serían si se tiene en cuenta el concepto de que todo lo que antedata a la llegada de Genghis Mao, que haya sobrevivido alas penurias de la Guerra del Virus, al mundo prediluviano, es antiguo.

Desearía quedarse en Roma para siempre. Es una lástima, piensa Sadrac, que lo de nombrarlo Papa fuera una broma. Después de una semana, sin embargo, decide seguir viaje: es demasiado agradable este lugar, demasiado tranquilo. Además, la otra noche, una noche cálida y húmeda, mientras saboreaba un Strega en su café favorito, advirtió a dos policías sentados en una mesa del café de enfrente, que lo único que hacían era mirarlo, no conversaban ni bebían. ¿Acaso lo están cercando, están ajustando las redes? ¿Acaso lo atraparán mañana o pasado y le dirán que debe volver a Ulan Bator,? Compra un pasaje a Londres, lo cancela a último momento, y sube a bordo de un avión que lo llevará a California, en el otro extremo del mundo.

En un abrir y cerrar de ojos está en San Francisco, una ciudad de juguete, blanca y delicada, elevada sobre formidables colmas y ceñida por una bahía rutílame. Sadrac nunca había estado aquí antes, y se sorprende al descubrir que San Francisco, como Jerusalén, es una ciudad pequeña. ¿Por qué siempre espera que las ciudades famosas sean gigantescas? Tan pequeña es San Francisco, que si se la trasladara a Roma, a Nairobi, o a la despareja y frenética Estambul, se esfumaría por completo. También el clima frío es sorprendente. Sadrac siempre pensó que California era un lugar de piscinas y palmeras, de partidos de fútbol bajo el cálido sol de espléndidas tardes de enero, pero la California de sus sueños probablemente este en otra parte, más al sur, en Los Ángeles: en el mes de junio, la ciudad de San Francisco tiene esa atmósfera triste de fines de invierno, cargada de neblinas grises y espesas, y vientos intensos y penetrantes. Aun al atardecer, cuando la niebla se consume y la ciudad se ilumina de luz brillante bajo un cielo límpido y claro, el aire conserva todavía el frío de la brisa marina, y Sadrac se acurruca en su chaqueta de verano, muy poco apropiada para este clima.

Aquí no hay palacios antiguos, ni gacelas y avestruces salvajes, ni muros medievales ni iglesias barrocas. Pero sí hay, en cambio, calles elegantes de casas victorianas, desde inmensas mansiones hasta bungalows de madera, todas ellas decoradas con adornos de voluta y cornisas y frisos y capiteles y aun con vidrios de colores. Casi todos los edificios están perfectamente conservados, todos han sobrevivido a los incendios, terremotos, rebeliones, a la guerra bioquímica, y a la decadencia de toda esta nación americana. Hay árboles y arbustos por todas partes, casi todos florecidos: esta ciudad, fría o no, se parece mucho a Nairobi en el colorido de sus flores. Sadrac se deleita mirando los árboles que arden con retoños colorados, y los gigantescos pinos y los cipreses que el aire ondula y modela con el viento, y las laderas de las colinas ocultas bajo fragantes arboledas de eucaliptos. Un día de sol generoso, Sadrac sale a caminar, atraviesa la ciudad desde la bahía hasta el mar, y, alejándose de esa exuberante vegetación de ensueño, se retira a la playa. De pie a orillas del Pacifico, contempla absorto el horizonte. A miles de kilómetros al Noroeste, en la lejana Mongolia, Genghis Mao acaba de despertarse y se dispone a cumplir con su gimnasia matutina. Sadrac piensa en las funciones renales del Khan, en el ritmo del pulso, en los niveles de fosfato y calcio, en el equilibrio endocrino, y en los miles y millones de datos que estaba tan acostumbrado a recibir. Advierte que ha comenzado a echar de menos la transmisión que le enviaba el cuerpo de. Genghis Mao. Extraña ese desafío cotidiano de mantener en funcionamiento los mecanismos internos de Genghis Mao, indómitos pero cada vez más vulnerables. Y aun es probable que eche de menos al mismo Genghis Mao. ¡Qué extraño, qué sombrío, qué misterioso! ¡Ah, las obligaciones hipocráticas!

¿Cómo está el Khan? El Khan sigue viviendo y prosperando a juzgar por el diario que compra Sadrac, —es la primera vez que se digna a leer un diario desde que salió de maje— repleto de fotografías del funeral de Mangú, celebrado la semana pasada con pompa y majestuosidad faraónica. Aquí está Genghis Mao, cabalgando en la inmensa procesión. Aquí está otra vez, dando su benévola bendición a los millones de súbditos agolpados en la plaza Sukhe Bator. (¿Millones? Bueno, eso es lo que dice. Miles, más bien.) Y otra vez, y otra vez, el Khan haciendo esto, el Khan haciendo aquello, el Khan combinando los restos de energía de este destrozado planeta en un despliegue de dolor mundial. Sadrac descubre que la ciudad de Ulan Bator ahora se llamará Altar Mangú, —Mangú Dorado". Para Sadrac, todo esto es ridículo y excesivo, pero supone que —ya se acostumbrará al nuevo nombre. El otro nombre, que significa "Héroe Rojo", ya era obsoleto desde la caída de la República Popular en 1995, y todos estos años Genghis Mao tenía en mente cambiar el nombre de la capital por otro más adecuado. Bueno, Altar Mangú, está bien, decide Sadrac:, un ruido en lugar de otro ruido.

¡Páginas y más páginas dedicadas a las ceremonias del funeral! Ni la muerte de un presidente de los Estados Unidos de América hubiera tenido tanta difusión. Y el funeral fue la semana pasada. ¿Quiere decir que desde entonces los diarios estuvieron publicando esta infinidad de fotografías? Es probable. Es probable. El funeral es el relato importante del mes, más importare aún que la muerte de Mangú, que fue demasiado repentina, que la faltó la extensión temporal necesaria para que una noticia sea realmente importante. En fin, ¿Que otras noticias hay? ¿Qué la gente se muere de descomposición orgánica? ¿Qué el Comité dedica sus nobles esfuerzos para aumentar a la mayor brevedad posible las reservas del Antídoto? ¿Que el médico personal del Khan está libre en un paseo sin rumbo alrededor del mundo, mientras en algún recóndito lugar de su mente, planea frustrar el proyecto que tiene el presidente de tomar posesión de su cuerpo? Las imágenes del funeral son mucho más interesantes que cualquiera de esas noticias.

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