Sadrac en el horno | Страница 10 | Онлайн-библиотека


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CAPÍTULO 8

Sadrac está hastiado de Karakorum después del encuentro con Buckmaster, y ahora ve cómo este día dé tanta trabajo ha agotado su vigor y apagado su alma: si pudiera, subiría al tren subterráneo y se dejaría arrastrar hasta Ulan Bator, hasta su hamaca, para gozar, por fin, de un sueño profundo y reconfortante. Pero no puede negársele a Nikki, tan misteriosamente exaltada y radiante de deseo, no está preparado para desilusionarla. Por lo tanto, se dirigen tomados del brazo hacia el refugio para amantes, en el extremo Norte del gran complejo recreativo, una brillante cúpula geodésica de color-naranja y verde. Con sólo pulsar una tala de la placa de admisión, Sadrac reserva una habitación en la que permanecerán tres horas.

La habitación no es extraordinaria. Ocupa un pequeño sector de la vasta cúpula, el techo abovedado, las paredes granuladas de un púrpura azulado, una cama, un lavatorio, un placard. Sí; es cierto, nada extraordinario pero ¿Para qué más? ¿Para qué más…? Nikki, a cuatro metros de Sadrac, se quita su única prenda, el vestido de malla dorada. Su cuerpo desnudo irradia una ola de energía seductora que oscila crepitante en el espectro erótico. Es tan potente esta irradiación, que Sadrac se olvida de su fatigó, transforma al Cotopaxi y a Buckmaster en un pasado ya lejano, y cruza la habitación en busca de su presa: bocas que se encuentran, manos que acarician pechos. Nikki lo abraza, luego se aparta por un momento y ofrece su cadera izquierda al contraceptron que está junto al lavatorio: oprime el botón y recibe el baño bondadoso de una suave radiación esterilizante; luego, vuelve a el. En la cadera cobriza, brilla una estrella verde de nueve puntas, el símbolo anti-emb que indica que la radiación ha cumplido con su función. Nikki lo desviste y se llena de gozo al ver su erecta virilidad. Ésta no es Juana de Arco, de ninguna manera; una guerrera, tal vez, pero no una virgen…

Caen en la cama. Como de costumbre, las manos de Sadrac, hábiles como las de Warhaftig, comienzan de inmediato con los juegos preliminares, fiero Nikki, con un suave movimiento de hombros, le indica que puede saltear esa etapa y pasar directamente al acontecimiento principal.

Mordecai, entonces, entra en el refugio abierto oculto entre los muslos de Nikki en un impulso pródigo que los llena a ambos de placer. Algunas cosas nunca cambian. A sólo cuatrocientos kilómetros al Oeste, hay un hombre a quien ya se le han cambiado cuatro hígados y siete riñones, y en una carpa que está a pocos metros de esta cama, se vende una droga que permite a los hombres ser testigos de la traición del Salvador, y en Ulan Bator hay una maquina que transmite imágenes instantáneas de todo lo que sucede en el resto del mundo. Sólo dos generaciones atrás, todo esto hubiera sido considerado un milagro; sin embargo, en este mundo del año 2012, infestado de milagros, no ha habido aún cambios tecnológicos significativos en cuanto al acto sexual. Sí, claro, hay drogas que, según dicen, realzan las sensaciones y hay otras tantas supercherías bioquímicas que a veces usan los más sofisticados, pero no son más que versiones actualizadas de todo el material accesorio que se viene usando desde la época medieval. La operación básica aún no ha sido digitada o miniaturizada o encuadrada o futurizada: sigue siendo lo que era en la época de los australpitecos y los pitecantropoides, vale decir, la desnudez de dos cuerpos que se oprimen uno contra el otro.

Los cuerpos de Nikki y Sadrac se aferran uno al otro, el cure que abraza al ébano en el antiguo rito. Sadrac sé sorprende por la intensidad de su pasión. Tal vez esta energía provenga de Nikki, a través de una misteriosa transferencia telepática, o quizá sea su propia energía, que estaba reservada en algún rincón de su cuerpo. Cualquiera sea su fuente, Sadrac está agradecido. El rito concluye al fin, y Sadrac se desliza en un profundo sueño que es interrumpido sólo por el timbre suave, aunque ineludible, que indica que ya es hora de dejar la habitación. AL despertar, Sadrac se encuentra cálidamente abrigado por los pechos de Nikki que sonríe en una expresión de felicidad y que, sin duda, hubiera pasado la noche entera acunándolo. La idea es maravillosa, pero, de todas maneras, la noche ya casi ha terminado. Entre mimos se levantan, se bañan, se visten y apenas tomados de la mano, salen al encuentro de la yerta oscuridad salpicada de luna. Como dos niños que no se convencen ante la idea de terminar el recreo, entran sin pensarlo a un garito, a una taberna, a una sala de baile, los tres lugares atestados de hombres y mujeres, corruptos tal vez, en busca de la diversión, pero no permanecen más que unos pocos minutos en cada lugar y, finalmente, admiten que ya ha sido bastante por hoy. A la estación, entonces. Falta poco para que amanezca. Sobre la plataforma de trenes hay un inmenso globo verde y luminoso, suspendido del techo: el televisor público que transmite noticias de última hora. Sadrac lo mira entre bostezos y se encuentra con el rostro serio, sincero y joven de Mangú, quien, aparentemente, está diciendo un discurso. A medida que Mangú habla, Sadrac advierte que se trata del clásico discurso del Antídoto Roncevic, que, por tradición, Genghis Mao pronuncia cada cinco o seis meses, pero que esta vez, según parece, ha sido delegado a su heredero aparente. "…descubrimientos científicos de gran envergadura", dice Mangú, "…en pos del progreso… transformaciones cualitativas fundamentales en a tecnología de producción… los esfuerzos incesantes del Comité Revolucionario Permanente… la conducción tenaz y perseverante de nuestro amado presidente Genghis Mao… ya no puede haber dudas… se distribuye en gran escala por todo el mundo… combatir el flagelo de la corrupción orgánica… las reservas aumentan día a día… pronto llegara el momento en que… hombres felices y sanos…"

Sadrac alcanza a oír el vozarrón de un hombre robusto, de mejillas sonrojadas y ojos saltones que está a unos pocos… metros de él:

—Ya lo creo. En unos noventa o cien años.

—Cállate, Bela —le dice alarmada la mujer que lo acompaña.

—Pero si es la verdad. Es mentira que las reservas aumentan día a día. Yo mismo vi las cifras, y te aseguro que son cifras fidedignas.

Este individuo es Bela Horthy, un físico húngaro, rudo pero alegre, creador de la inmensa usina de fusión de Bayan Hongor que suministra energía a casi todo el sector asiático de Noreste. Además, es el ministro de Tecnología del Comité Revolucionario Permanente, y a Sadrac, aunque le resulta interesante lo que este hombre acaba de decir, no deja de chocarle que una persona tan relacionada con el gobierno haga ese tipo de comentario subversivo y difamatorio en la vía pública. Sí, claro, estamos en Karakorum y es obvio que Horthy está bajo el efecto de algún alucinógeno muy potente pero sin embargo, sin embargo…

—Las reservas del Antídoto se mantienen estables a lo sumo, e incluso diría que se observa una leve disminución —continúa Horthy, elaborando las palabras con exagerada precisión, característica de las personas que están bajo el efecto de una intoxicación—. Mangú miente con el objeto de calmar al pueblo. Cree que diciéndoles esas cosas los hará feliz y hará que lo amen. ¡Puff! —la mujer, ya desesperada, trata de hacerlo callar. Es pequeña, de conformación compacta, el centro de gravedad de su cuerpo está, por lo tanto, cerca del piso; su rostro está en parte oscurecido por un dominó verde, llamativo y adornado, pero Sadrac, después de un momento advierte que se trata de Donna Labile, personaje no menos importante que Horthy, de hecho, la ministra de Demografía cuya función es mantener un balance razonable entre la natalidad y la mortalidad. Enmascarada o no, es ella; la delatan las mandíbulas feroces. Sadrac observa que Horthy también lleva una máscara en la mano izquierda, tal vez piense que la tiene puesta. Donna intenta sin éxito, quitarle el antifaz de la mano y colocarlo en su lugar, pero Horthy la aparta bruscamente y, dirigiéndose a Mordecai, lo saluda con una reverencia tan majestuosa que casi cae a las vías. Donna Labile, aleteando el antifaz desechado, revolotea alrededor como un insecto enfurecido. —¡Ah, doctor Mordecai! —dice Horthy a los gritos—. ¡El devoto Esculapio de nuestro presidente! ¡Es un gusto saludarlo! "…el apogeo de nuestra interminable lucha en contra…" dice Mangú desde la esfera resplandeciente.

—¿Usted cree todas esas pavadas, Mordecai? —dice Horthy, señalando la imagen del heredero aparente.

Mordecai tiene sus sospechas acerca de la sinceridad del Khan con respecto al plan de distribución universal del Antídoto Roncevic, pero son sospechas con muy poco fundamento y, de todas maneras, éste no es un lugar para expresarlas. En tono suave dice:

—No soy miembro del Comité, doctor Horthy. La única información interna que recibo se refiere a cosas como, por ejemplo, el balance endocrino de Genghis Mao.

—Pero supongo que debe tener una opinión, ¿no es así?

—Sí, pero la opinión que yo pueda tener no está fundamentada y, por lo tanto, carece de valor.

—¡Qué diplomático, por Dios! dice Horthy con desprecio.

—No haga caso, por favor —ruega Donna Labile—. Esta noche se ha excedido en placeres. Demasiado kot y yipka, dulces y drogas que lo han vuelto loco. Está poniendo en juego toda su carrera…

—Hoy parece ser una noche especial para eso —comenta Sadrac.

—Un engaño sucio —continúa Horthy rudamente al tiempo que agita el puño en dirección a la pantalla. Tiembla, transpira. A través del rubor de sus mejillas, brota una blanca palidez—, cruel, siniestro, bestial… —y así continúa con una serie de adjetivos sibilantes, ininteligibles, en húngaro tal vez, que concluye en sollozos. Donna Labile, entretanto, desaparece, pero vuelve después de un momento acompañada por dos hombres altos que visten un uniforme gris y azul: son dos policías de la Brigada de la Paz. A Sadrac le resulta extraño ver a una pareja de policías en Karakorum, ya que siempre pensó que era una ciudad libre, sólo vigilada por los ojos espías secretos y receptores de audio, pero no por policías y menos por individuos tan repelentes como éstos. Son idénticos: los dos feos, caras grises, ojos grises, cabezas planas, motudas, cuerpos extraños, desproporcionados, puras piernas y nada de cintura. Parecen seres de otro mundo con características humanas, caminan a trancos como un par de robots defectuosos. Es probable que el Comité, ante la escasez de voluntarios, esté preparando un clan de monstruos para que presten servicios policiales. Rodean a Horthy y le hablan en voz baja, apremiante. Uno de ellos, arrebatando el antifaz de las manos de Donna Labile, cubre la cara de Horthy con ademanes inquietos, casi bruscos. Luego, deslizando sus brazos por debajo de los del ministro de Tecnología, lo levantan, de manera tal que los pies apenas llegan al piso, y se dirigen hacia una puerta pintada de gris, en el otro extremo de la plataforma. Mordecai tiene dudas en cuanto al arresto de Horthy: tal vez fue instigado por Donna Labile, o lo más probable es que lo lleven a algún cuarto que esté fuera de escena antes de que siga gritando cosas comprometedoras para su carrera.

"…una época gloriosa en la espléndida historia de la raza humana…" —concluye Mangú efusivo.

El tren subterráneo llega a destino. Los sobrevivientes de la orgía nocturna de Karakorum comienzan a moverse en el interior, lentos y adormecidos.

CAPÍTULO 9

Ya amaneció. Antes de dirigirse a su habitación, Sadrac visita al Khan. A pesar de que los nódulos le dicen que todo marcha a la perfección, se siente obligado a hacer una visita personal a su paciente después del paseo. Genghis Mao duerme plácidamente: el nódulo electroencefalográfico implantado en el glúteo de Mordecai, vibra rítmicamente con las pacíficas ondas delta del presidente. Toda la información telemetrada que llega a Sadrac es alentadora. La presión sanguínea, normal; los pulmones, desprovistos de líquido; la temperatura ha vuelto al grado normal; la actividad cardíaca, excelente; la producción biliar, perfecta. Es obvio que el nuevo hígado ya se ha instalado y ha comenzado a subsanar los deterioros de las últimas semanas. Sadrac atraviesa la Interfaz y entra en la habitación en la que duerme el Khan, envuelto en ese intrincado capullo que es el equipo de mantenimiento de terapia intensiva. Las lecturas biométricas en el panel del equipo de mantenimiento, confirman al instante el diagnóstico que Sadrac elaboró a larga distancia: el presidente se recupera magníficamente. No fue necesario recurrir al equipo de emergencia, ni a la carpa de oxígeno ni a la máquina de electrodiálisis ni al oxigenador corazón pulmón ni a los otros doce o catorce instrumentos. He aquí al presidente a este hombre de unos noventa años tal vez, relajado, una tenue sonrisa se dibuja en sus labios delgados. Sólo han pasado dieciséis horas después de la operación y ya casi ha recuperado sus fuerzas para retomar el ritmo intenso de la vida normal. De más está decir, sin embargo, que no hay nada de normal en el cuerpo de Genghis Mao, que ha sido tantas veces reconstruido con la ayuda de órganos ajenos y sanos: como un rey caníbal, se deleita con la carne de héroes, consumiendo sus fuerzas para transformarlas en propias. Y además, Sadrac supone, la mente contenida en ese pequeño cráneo triangular posee una virtud que no admite la debilidad física, que la destierra completamente del ciclo metabólico. El doctor permanece unos minutos de pié al lado de la cama, admirando la fortaleza física de Genghis Mao, esperando tal vez el típico guiño del presidente, pero el sueño se ha apoderado de él por completo.

A su habitación, entonces. El perfecto estado de Genghis Mao le permite ahora retirarse a descansar todo lo que sea necesario hasta recuperar las horas de sueño perdido, así tenga que dormir hasta las dos de la tarde. Se desviste y se acomoda en la hamaca, tratando de no despertar a Nikki que, hace un rato ya, dormita acurrucada. Se arrima a ella con delicadeza, las piernas y muslos de Sadrac al amparo de la espalda y nalgas cobrizas de Nikki. El sueño, por fin, se adueña de su conciencia.

Unas horas más tarde, se despierta sobresaltado por una convulsión interna tan violenta que casi cae de la hamaca. Un geiser de adrenalina inunda la corriente sanguínea de Sadrac, su cuerpo entero tiembla y late; todos los sistemas en marcha en un violento arranque de alarma. Instantáneamente, Sadrac comienza a elaborar el autodiagnóstico, considerando y descartando en menos de un segundo posibilidades tales como una trombosis coronaria, una hemorragia cerebral, un edema pulmonar, pero a medida que la atronadora taquicardia comienza a apaciguarse y la respiración retoma el ritmo normal, comprueba que no es mas que un estado de shock que lleva a un clásico síndrome de enfrentamiento-huida. AL instante, empero, se da cuenta que nada tiene que ver con su cuerpo. Acaba de recibir una violenta sobrecarga a través del sistema de telemedición que lo une a Genghis Mao.

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