El mundo interior | Страница 9 | Онлайн-библиотека


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Ah, por fin. Aquí están. Suavemente, el inversor doppler improvisa sobre uno de sus temas, captando algo del menguante fervor de los esquemas estelares de Dillon. E inmediatamente el arpa cometaria lo cubre con una sensacional serie de vibrantes tonos que se transmutan inmediatamente en entrecruzados estallidos de luz verde. Es alcanzada por el domador espectral, que los eleva hasta el límite y, con un gemido de placer, los lanza hacia el ultravioleta en un haz de silbantes destellos. El viejo Sophro introduce su buceador orbital, con un pizzicato seguido por un punteado y de nuevo otro pizzicato, en contrapunto con el domador espectral pero de un modo tan sutil que tan sólo alguien del grupo puede apreciar su virtuosismo. Entonces entra el encontador, portentoso, rugiente, enviando sus reverberaciones contra las paredes, empujando el significado de los esquemas tonales y astronómicos hacia una convergencia de una belleza casi insoportable. Esto es lo que estaba esperando el absortor gravitatorio, que rompe toda estabilidad con un maravilloso y alucinante estallido de energía. En este momento Dillon ha recuperado su lugar como coordinador y unificador del grupo, transmitiendo un conjunto melódico aquí, un destello de luces allá, embelleciendo todo lo que surge a su alrededor. Ahora toca en un tono medio. Su febril excitación ha pasado; actuando de un modo puramente mecánico, es más espectador que músico, apreciando tranquilamente las variaciones y divagaciones que producen sus compañeros. Ya no experimenta la necesidad de llamar de nuevo la atención. Puede continuar así, ump, ump, ump, todo el resto de la noche. Pero es imposible; toda la edificación se desmoronaría si él no siguiera proporcionando nuevos datos cada diez o quince minutos. Pero éste es su turno de deslizarse. Uno tras otro, sus compañeros van efectuando su solo. Dillon ya no ve al público. Se balancea, gira, transpira, solloza; acaricia furiosamente los proyectrones; se encierra a sí mismo en un capullo de ardiente luz; hace juegos malabares con las alternancias de luz y oscuridad. Su excitación sexual ha pasado. Se siente calmado en mitad de la tormenta, un auténtico profesional, realizando tranquilo su trabajo. Piensa que este mismo momento de éxtasis le ha ocurrido ya otro día, en otra actuación, aunque quizá se trate de otro hombre. ¿Cuánto tiempo ha durado su solo? Ha perdido el sentido del tiempo. Pero la actuación continúa todavía, y sabe que Nat el metódico sabrá controlar el horario.

Tras su frenética obertura, el concierto se ha vuelto rutinario. El centro de la acción se ha centrado en el inversor doppler, que está ejecutando series de flashes convencionales. Es hermoso, pero parece mecánico, ejecutado muchas veces, carente de espontaneidad. Su sencillez ha contagiado a los demás, y todo el grupo prosigue tocando rutinariamente por quizá veinte minutos, repitiendo los mismos esquemas que entumecen los ganglios y atrofian el alma, hasta que finalmente Nat los despierta espectacularmente con un salvaje grito luminoso que atraviesa el espectro desde algún punto al sur de los infrarrojos hasta tan lejos como lo que podría ser la frecuencia de los rayos X, si alguien pudiera decirlo, y su brusca arrancada no sólo estimula un renacer de la inventiva sino que señala también el final del show. Todos se unen a él en una explosiva improvisación, girando y flotando y derivando, formando una sola entidad con siete cabezas mientras bombardean con montañas de sobrecargas a su flácida y amorfa audiencia. Sí sí sí sí. Uau uau uau uau uau. Flash flash flash flash flash. Oh oh oh oh oh. Ven ven ven ven ven. Dillon se halla en el centro de aquel remate, brillando con destellos púrpura, absorbiendo soles y masticándolos y sintiéndose más realizado que en su gran solo, porque ahora se trata de una obra común, una mezcla, una fusión, y sabe que lo que está sintiendo ahora es la explicación de todo: esta es la finalidad de la vida, esta es la razón de todo. Sintonizar con la belleza, sumergirse directamente en la ardiente fuente de la creación, abrirse y dejar que todo penetre en el interior de uno y darlo también todo, dar dar dar dar

dar

dar

y terminar. Rematarlo todo. Da el acorde final y corta bruscamente con una impresionante nota, una conjunción planetaria pentagonal y una triple fuga, un último paroxismo que no dura más de diez segundos. Entonces corta el contacto y se produce un muro de silencio de noventa kilómetros de altura. Esta vez lo ha conseguido. Ha vaciado todos los cerebros. Permanece inmóvil, temblando ligeramente, mordiéndose los labios, cegado por las luces, reprimiendo sus deseos de gritar. No se atreve a mirar a sus compañeros del grupo. ¿Cuánto tiempo transcurre en esta situación? ¿Cinco minutos, cinco meses, cinco siglos, cinco milenios? Y, finalmente, la reacción. Un estampido de aplausos. Toda Roma está de pie, aullando, palmeándose las mejillas —el mayor tributo, 4.000 personas extirpándose de sus confortables sillas para palmear sus rostros con sus manos abiertas—, y Dillon se echa a reír a carcajadas, echando hacia atrás su cabeza, levantándose, saludando, señalando con la mano a Nat, Sophro, a todos sus seis compañeros. Por alguna razón, esta noche hemos estado mejor que nunca. Incluso esos romanos se han dado cuenta de ello. ¿Pero por qué motivo se lo han merecido? Quizá ha sido su propia indolencia, piensa Dillon, la que ha extirpado de nosotros lo mejor. Para hacerles vibrar con algo. Y se lo hemos dado. Les hemos vapuleado sus miserables y aburridas mentes.

Los aplausos continúan.

Estupendo. Estupendo. Somos grandes artistas. Ahora tengo que salir de aquí antes de que caiga demasiado bajo.

Nunca se relaciona con el resto del grupo tras una actuación. Todos ellos han descubierto que cuanto menos se vean en sus horas libres, mejor será su colaboración profesional; no existe la amistad entre los miembros del grupo, ni tampoco las relaciones sexuales. Se dan cuenta de que cualquier clase de copulación, homo, hetero y múltiple, sería su muerte: esto queda para terceros. Ellos tienen su música para unirles. Así que se retira silenciosamente. El público se dirige en oleadas hacia las salidas y, sin decirle nada a nadie, Dillon se dirige a la puerta de artistas y huye al nivel inferior. Sus ropas están arrugadas y empapadas de transpiración, húmedas e inconfortables. Hay que hacer aprisa algo al respecto. Yendo por la planta 529 en busca de un descensor, abre la primera puerta de apartamento que encuentra y tropieza con una pareja, dieciséis y diecisiete años, acurrucados frente a la pantalla. Él está desnudo, ella lleva tan sólo caperuzas sobre sus senos, ambos viajan bajo los efectos de una de las drogas más duras, pero esto no impide que le reconozcan.

—¡Dillon Chrimes! —jadea la chica, y su exclamación despierta a dos o tres niños.

—Ah, hola —dice Dillon—. Sólo quiero utilizar el baño, ¿de acuerdo? No quiero molestaros. Ni siquiera quiero hablar, ¿comprendéis? Aún estoy flotando. Se quita sus empapadas ropas y se mete bajo la ducha. Las partículas limpiadoras zumban y murmuran y crepitan contra él. Luego se dedica a sus ropas. La chica se arrastra hacia él. Se ha quitado sus caperuzas; las blancas huellas del metal en su oscilante y rosada carne están adquiriendo rápidamente un tono rojizo. Se arrodilla ante él.

—No —dice él—. No.

—¿No?

—Aquí no puedo.

—¿Pero por qué?

—Sólo quería usar el limpiador. Hedía. Esta noche he de realizar mi ronda nocturna por la planta 500.

Se viste de nuevo; la chica se queda mirándole, atónita, mientras él ajusta sus ropas.

—¿No quieres?. —pregunta.

—No aquí No aquí.

Ella sigue mirándole aún cuando sale del apartamento. Su mirada tiene un aire afligido. Esta noche él tiene que ir al centro del edificio, pero mañana, seguro, volverá a ella y se lo explicará todo. Toma nota del número de la estancia. 52908. Se supone que las rondas nocturnas se realizan siempre al azar, pero le importa un cuerno; le debe aquello. Mañana.

Afuera, se dirige a un distribuidor de éxtasis y solicita su píldora, marcando en la consola su coeficiente metabólico. La máquina realiza los cálculos necesarios y suministra una dosis para cinco horas, ajustada para comenzar su efecto dentro de veinte minutos. La engulle y se dirige al descensor.

Planta 500.

Es lo más semejante al centro que puede conseguir. Una fantasía metafísica, pero, ¿por qué no? No ha agotado su capacidad de entregarse a nuevos juegos. Nosotros los artistas seguimos siendo felices porque nunca dejamos de ser niños. Le quedan quince minutos para el momento. Toma un corredor y va abriendo puertas. En la primera estancia descubre a un hombre, una mujer, otro hombre.

—Perdón —dice, y cierra la puerta.

En el segundo hay tres chicas. Se siente momentáneamente tentado, pero sólo momentáneamente. De todos modos, parecen muy ocupadas entre ellas.

—Perdón, perdón, perdón.

En la tercera estancia hay una pareja de mediana edad; se muestran esperanzados, pero no se queda. La cuarta vez tiene suerte. Una chica de cabello oscuro, sola, ligeramente triste. Obviamente su marido ha salido a su ronda nocturna y nadie ha acudido a ella, un azar estadístico que parece disgustarla. Debe tener unos veinte años, calcula Dillon, observando su estilizada y recta nariz, sus brillantes ojos, sus elegantes senos, su olivácea piel. La piel sobre sus párpados es gruesa, quizá dentro de diez años afeará su rostro, pero ahora le confiere una mirada profunda y sensual. Debe haber permanecido rumiando su soledad durante horas, piensa Dillon, porque su mal humor no se desvanece hasta unos quince segundos después de su entrada; tarda en darse cuenta de que él la ha tomado como punto final de su ronda nocturna.

—Hola —dice él—. ¿Una sonrisa? ¿No quieres sonreír un poquito?

—Te conozco —dice ella—. ¿Del grupo cósmico?

—Dillon Chrimes, sí. El vibrastar. Esta noche hemos actuado en Roma.

—¿Actuado en Roma, y vienes de ronda a Bombay?

—¿Y qué importa? Tengo razones filosóficas. Quiero estar en el centro del edificio, ¿comprendes? O al menos lo más cerca posible de él. No me pidas que te lo explique —mira a su alrededor en la estancia. Seis niños. Uno de ellos, despierto, tiene casi nueve años, y la misma piel olivácea que la mujer. Entonces, su madre no es tan joven como parece a primera vista. Quizá veinticinco años. Dillon no se preocupa por ello. Muy pronto intentará estar en contacto con toda la monurb, con todos sus habitantes, de todas las edades, sexos, condiciones.

—Tengo que decirte que voy a viajar —dice—. Estoy bajo la acción de una multiplexer. Va a empezar a hacer efecto en seis minutos.

Ella apoya la mano sobre sus labios.

—Entonces no tenemos mucho tiempo. Has de estar en mí antes de que despegues.

—¿Es así como funciona?

—¿No lo sabías?

—Nunca lo he intentado antes —confiesa Dillon—. Nunca he tomado multiplexer.

—Yo tampoco. Ni siquiera sabía que se siguieran haciendo multiplexers. Pero he oído lo que se supone que hay que hacer.

Se desviste mientras habla. Sus piernas son sorprendentemente delgadas; cuando están rectas, su cara interna forma unos huecos pronunciados. Existe una leyenda acerca de las chicas construidas así, pero Dillon no consigue recordarla. Se desviste también. La droga está empezando a hacerle efecto unos minutos antes de lo previsto… las paredes empiezan a estremecerse, las luces parecen nebulosas. Extraño. Sin embargo, el hecho es que la dosis ha sido calculada en función de su estado de excitación tras el concierto. Quizá su metabolismo haya variado ligeramente, principalmente en lo que se refiere a la percepción de la luz y el sonido. Bueno, no es grave. Avanza hacia la plataforma de descanso.

—¿Cuál es tu nombre? —pregunta.

—Alma Clune.

—Me gusta como suena. Alma —la abraza. Teme que para ella no vaya a ser una extraordinaria experiencia erótica. Cuando esté completamente bajo los efectos del multiplexer, duda que pueda concentrarse correctamente en las exigencias de ella, y de todos modos el elemento tiempo hace necesario el prescindir de cualquier preámbulo. Pero ella parece darse cuenta. No lastrará su viaje.

—Adelante —dice—. Todo va bien. Ya estoy lo suficientemente estimulada.

Sus labios se buscan; sus cuerpos se abrazan.

—¿Despegas? —pregunta ella.

—Creo que estoy despegando —dice finalmente—. Es como si estuviera con dos chicas a la vez. Percibo ecos.

Tensión. No quiere alcanzar el clímax antes de que la droga haga efecto en él y todavía faltan unos noventa segundos. Todos estos cálculos lo enfrían. Y entonces todo deja de tener importancia.

Yendo y viniendo. Yendo y viniendo. Y de nuevo multiplicándose. Su mente se dilata. La droga lo vuelve psicosensitivo; anula las defensas químicas de su cerebro que bloquean la recepción telepática, de modo que ahora puede percibir las informaciones sensoriales de aquellos que están a su alrededor. Y se amplía cada vez más, momento a momento. En el clímax, se dice, todos los ojos y todos los oídos son los tuyos; pueden captar infinidad de respuestas, eres todo el mundo en todo el edificio. ¿Es cierto? ¿Hay otras mentes entreverándose con la suya? Empieza a creerlo. Nota como el ardiente manto de su alma engloba y absorbe a Alma, y ahora es él y ella a la vez, y cada vez que se sumerge en ella puede sentir también la gruesa daga penetrando en sus propias entrañas. Y esto es sólo el principio. Ahora es también los hijos de Alma. El impúber niño de nueve años. El balbuceante bebé. Es los seis niños y la madre. ¡Qué sencillo es todo! Es la familia de la puerta contigua. Ocho hijos, la madre, un rondador nocturno de la planta 495, Extiende su alcance al nivel superior. Y al inferior. Y a lo largo de los corredores. En una maravillosa multiplicación va tomando posesión de todo el edificio. Estratos de derivantes imágenes le envuelven: 500 plantas por encima de su cabeza, 499 por debajo, y ve la totalidad de las 999 como una columna de estratos horizontales. Pequeñas estrías en una enorme lanza. Con hormigas. Y él es todas las hormigas a la vez. ¿Por qué no lo ha intentado nunca antes? ¡Convertirse en toda una monurb!

Ahora es capaz de abarcar veinte plantas en cada una de las dos direcciones. Y sigue expandiéndose. Prolongando zarcillos en todas direcciones. Apenas comenzando. Mezclando su sustancia con la totalidad del edificio.

Alma está debajo de él, pero sólo uno de sus átomos está pendiente de la mujer. El resto está vagando por los corredores de las ciudades que forman la Monada Urbana 116. Entrando en cada estancia. Parte de él arriba en Boston, parte de él abajo en Londres, y todo él en Roma y Bombay. Centenares de estancias. Miles. Un enjambre de abejas bípedas. Es cincuenta lactantes chillando en tres estancias londinenses. Es dos bostonianos de avanzada edad en su 5.000 congreso sexual. Es un rondador nocturno de trece años, de sangre caliente, rondando la planta 483. Es seis parejas intercambiándose en un dormitorio de Londres. Se prolonga de nuevo, alcanzando San Francisco, luego Nairobi. El proceso se acelera, cada vez más aprisa, cada vez más fácil. La colmena. La vigorosa colmena. Abraza Tokio. Abraza Chicago. Abraza Praga. Toca Shanghai. Toca Viena. Toca Varsovia. Toca Toledo. ¡París! ¡Reykjavik! ¡Louisville! ¡Louisville! La cima, ¡la cima! Ahora es todos los 881.000 habitantes en todas las mil plantas. Su alma se ha distendido hasta el límite. Su cerebro está absorbiendo. Las imágenes van y vienen a través de su mente, flujos de realidad, oleosos jirones de nubes arrastrando rostros, ojos, dedos, sonrisas, lenguas, codos, perfiles, sonidos, texturas. Suavemente, se unen, se engranan, luego se separan. Ahora es todo el mundo y en todos los lugares. ¡Dios bendiga! Por primera vez comprende la naturaleza del delicado organismo que es la sociedad; ve el control y el equilibrio, el sutil juego de los compromisos que mantienen unido el conjunto. Y todo ello es maravillosamente hermoso. Armonizar aquella vasta ciudad formada por muchas otras ciudades es idéntico a acordar el grupo cósmico: todo debe ser ajustado entre sí, cada cosa debe encajar con todo lo demás. El poeta en San Francisco es parte del cargador mugro en Reykjavik. El pequeño arribista ambicioso en Shanghai es parte del plácido fracasado en Roma. ¿Qué quedará de todo esto, se pregunta Dillon, cuando yo aterrice? Su mente es un torbellino. Se ve transportado por miles de otras almas.

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