El mundo interior | Страница 8 | Онлайн-библиотека


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Piensa en Orfeo. Me despedazarían, se dice, si realmente pudiera comunicarme con ellos.

Se dirige paseando hacia el centro sónico.

Haciendo un alto a mitad del camino del auditorio, un cruce de corredores, Dillon se da cuenta repentinamente, en una estática conciencia, del esplendor de la monurb. Es una frenética aparición: la ve como un mástil suspendido entre el cielo y la tierra. Y él se halla ahora casi en su mismo centro, con algo más de quinientas plantas sobre su cabeza, un poco menos de quinientas plantas bajo sus pies. Y la gente moviéndose a su alrededor, copulando, comiendo, dando a luz, realizando un millón de benditas cosas, cada uno de los 800 mil y algo más que describen su propia órbita. Dillon ama el edificio. Se da cuenta de que podría emborracharse con la multiplicidad de todas aquellas vidas al igual que otros se remontan con drogas. Yacer en el ecuador, beber el divino equilibrio… ¡oh, sí, sí! Porque existe por supuesto un medio de experimentar toda la salvaje complejidad de la monurb en un solo destello de información. Nunca antes lo ha intentado; fuma de tanto en tanto, pero siempre se ha mantenido lejos de las drogas más elaboradas, aquellas que abren la mente de uno a todas las cosas que pueden penetrar en ella. Ahora sin embargo, aquí, en medio de la monurb, se da cuenta de pronto de que es la noche en que debe probar el multiplexor. Tras la actuación. Tomar una píldora, y dejar que se derrumben todas las barreras mentales, dejar que toda la inmensidad de la Monada Urbana 116 se interpenetre con su conciencia. Sí. Irá a la planta 500 para hacerlo. Si la actuación tiene éxito. Hará su ronda nocturna por Bombay. Claro que quizá fuera preferible quedarse en la ciudad donde debe celebrarse el concierto de esta noche, pero Roma termina en la planta 521, y él debe alcanzar la 500. Para conseguir la mística simetría de la experiencia. Aunque esto también sea inexacto. ¿Dónde se halla el auténtico punto medio de un edificio de un millar de plantas? En algún lugar entre la 499 y la 500, ¿no? Pero la planta 500 servirá. Hay que aprender a vivir en la aproximación.

Entra en el centro sónico.

Es un magnífico auditorio, de tres plantas de altura, con un escenario en forma de hongo en el centro y las gradas formando círculos concéntricos a su alrededor. Globos luminosos errantes en el aire. Miles de altavoces en las ornamentadas bóvedas, llenas de alvéolos y hendiduras sónicas. Una cálida sala, una buena sala, erigida allí por la divina bondad de Louisville para llevar un poco de alegría a las vidas de aquellos tristes y resecos romanos. No hay otra sala mejor en toda la monurb para un grupo cósmico. Los otros miembros del grupo están ya allí, probando sus instrumentos. El arpa cometaria, el encantador, el buceador orbital, el absortor gravitatorio, el inversor doppler, el domador espectral. El auditorio resuena ya con las vibraciones sonoras y las danzantes manchas de color, y un torbellino de materia impalpable, abstracta e inmanente, está surgiendo del cono central del inversor doppler. Todos le saludan.

—Llegas tarde —dicen. Y—: ¿Por dónde andabas? —Y—: Creíamos que te habías largado.

—Estaba por los corredores, gritándoles mi amor a los romanos — dice él, y todos se echan a reír. Sube al escenario. Su instrumento se halla en el mismo borde, con sus flácidas tramas colgando, su barroca superficie apagada. Una máquina elevadora se halla a su lado, esperando el momento de colocarlo en su lugar. La máquina es la que ha llevado el instrumento hasta el auditorio; podría también ajustado si se le ordenara, pero por supuesto no va a hacerlo. Los músicos tienen la mística costumbre de ajustar personalmente sus instrumentos. Aunque él va a necesitar dos horas para hacerlo, mientras que la máquina podría realizar el mismo trabajo en diez minutos. El personal de mantenimiento y la demás gente mugro y de las clases bajas tienen la misma mística. No es extraño: uno debe luchar constantemente contra su propia obsolescencia si quiere mantener su dignidad y su razón de vivir.

—Por aquí encima —dice Dillon a la máquina.

Delicadamente, esta conduce el vibrastar hasta la toma de energía y hace las conexiones. Dillon no hubiera podido mover nunca el inmenso instrumento. La verdadera misión de la máquina es mover las tres toneladas hasta su emplazamiento, pero ahí termina su trabajo. Dillon coloca sus manos sobre el manipulatrix y siente la energía vibrando a través del teclado. Estupendo.

—Vete —le dice a la máquina, y ésta se aleja deslizándose silenciosamente. Luego acaricia y pulsa los proyectrones del manipulatrix. Es como si lo estuviera ordeñando. Hay un placer sensual en el contacto con la máquina. Un pequeño orgasmo en cada crescendo. Más. Más. Más.

—¡Sintonicemos! —avisa a los demás músicos.

Todos practican los últimos ajustes a sus instrumentos; de lo contrario, la alteración electrónica producida por su entrada podría dañar tanto a los instrumentos como a ellos mismos. Uno tras otro indican con sus cabezas que están preparados, el del absortor gravitatorio el último, y finalmente Dillon puede desembragar. ¡Adelante! La sala se llena de luz. Surgen estrellas de las paredes. La bóveda se cubre de destilantes nebulosas. El es el instrumento básico del grupo, la piedra angular, la base sobre la cual los demás podrán construir sus improvisaciones. Observa el ajuste con ojo experto. Espléndido. Nat, el domador espectral, dice:

—Marte está un poco apagado, Dill.

Dillon busca Marte. Sí. Sí. Le añade un impacto extra de naranja. ¿Y Júpiter? Una brillante esfera de fuego blanco. Venus. Saturno. Y todas las estrellas. Se siente satisfecho de las visuales.

—Y ahora adelante con el sonido —dice.

Sumerge sus manos en el panel de control. De las profundidades de los reproductores de sonido surge un suave lamento de voz neutra. La música de las esferas. Empieza a darle un toque de color, incrementando su volumen galáctico, acordándolo con el tono e intensidad de la luminosidad estelar. Luego, con un golpe seco sobre los proyectrones, introduce los sonidos planetarios. Saturno silba como un agitar de afilados puñales. Júpiter retumba.

—¿Qué tal? —grita—. ¿Cómo marcha la intensidad?

—Sube un poco los asteroides, Dill —dice Sophro, el buceador orbital. Obedece, y Sophro asiente con la cabeza, en trance, con sus mejillas temblando de placer.

Tras media hora de pruebas preliminares Dillon ha terminado con los ajustes primarios. Pero esta es tan sólo su parte de solista. Ahora hay que coordinarla con los demás. Un trabajo difícil, delicado: lograr una completa reciprocidad con todos los demás instrumentos, uno por uno, hasta lograr una perfecta trama de interrelaciones, una comunión heptagonal. Una tarea difícil ya que, debido al Efecto Heisenberg, la entrada de cada nuevo instrumento requiere toda una nueva gama de ajustes y reglajes. El cambio de un solo factor significa el cambio de todo el conjunto, y hay que ir haciendo nuevos ajustes una vez, y otra vez, y otra vez. Empieza con el domador espectral. Sencillo. Dillon extrae un racimo de cometas y Nat los modula agradablemente en soles. Entonces se les une el encantador. Una ligera estridencia inicial, fácilmente corregida. Estupendo. Luego el absortor gravitatorio. Sin problemas. Ahora el arpa cometaria. ¡Cras! ¡Cras! Los receptores se enturbian y todo el conjunto se desajusta. Dillon y el encantador tienen que acordarse de nuevo separadamente, unirse, y dejar que el arpa cometaria entre de nuevo. Esta vez la cosa funciona. Amplios arcos sonoros se curvan bajo la bóveda. Entonces el buceador orbital. Durante quince interminables minutos, el equilibrio oscila locamente. Dillon espera que el conjunto se derrumbe de un momento a otro, pero no, se mantiene, y finalmente alcanza un nivel de estabilidad. Y entonces entra el más difícil de todos ellos el inversor doppler, que está clasificado como un instrumento doble debido a que no solamente actúa en el plano visual y audio, sino que es también generador y no tan sólo modulador de las frecuencias emitidas por los demás, lo cual hace que a veces entre en fase consigo mismo. Casi consiguen la fusión. Pero entonces el arpa cometaria se pierde. Lanza un sonido quejumbroso y se corta en seco. Retroceden dos pasos y comienzan de nuevo. El equilibrio es precario, y amenaza con romperse en cualquier momento. Hace apenas cinco años los grupos cósmicos estaban formados tan sólo por cinco instrumentos; era demasiado difícil acordar ninguno más. Algo parecido a añadir un cuarto actor a una tragedia griega: una proeza técnicamente imposible, o al menos eso es lo que pretendía Esquilo. Ahora es posible acordar razonablemente bien hasta seis instrumentos, y un séptimo con mucho esfuerzo, conectando el circuito con el complejo computador de Edimburgo, aunque es un trabajo alucinante el conseguir sincronizarlos todos. Dillon gesticula locamente con su hombro izquierdo, animando al inversor doppler a unírseles.

—Ven, ven, ven, ¡ven! —y esta vez lo consiguen.

—Lancémonos ahora de lleno —canta Nat en voz alta—. A fondo. Danos el tono, maestro.

Dillon se inclina adelante y empuña los proyectrones. Les transmite su energía. Siente un estremecimiento sensual; los pulsadores se le aparecen repentinamente como las redondeces de las nalgas de Electra bajo sus manos. Sonríe ante esta sensación. Firmes, suaves, fríos. ¡Adelante, a fondo! Y lanza todo el universo en un estallido de luz y de sonido. La sala se inunda de imágenes. Las estrellas saltan y se entrecruzan y se unen. El hombre del encantador pulsa sus sónicos y entra de lleno, aumentando, multiplicando, intensificando, hasta hacer retemblar toda la monurb. El arpa cometaria se desliza en vertiginosos contrapuntos de estridentes y sincopados arabescos, proponiendo a Dillon un nuevo esquema de constelaciones. El buceador orbital, inactivo hasta entonces, se sumerge bruscamente en el momento más inesperado, y los diales giran locamente en todos los paneles de control, pero su entrada es tan devastadora que Dillon le aplaude interiormente. Con suavidad, el absortor gravitatorio absorbe el tono. Luego entra en juego el inversor doppler, proyectando su propio esquema luminoso, con chisporroteos y hervores durante unos treinta segundos antes de que el domador espectral lo capture y juegue con él y entonces los siete instrumentos participan en la improvisación, cada uno de ellos intentando empujar a los demás todavía más lejos, lanzando su amasijo de señales con tanta intensidad que seguramente deben ser visibles desde Boshwash hasta Sansan.

—¡Alto! ¡Alto! ¡Alto! —grita Nat—. ¡No nos vaciemos! ¡Muchachos, no nos vaciemos!

Y cortan bruscamente su impulso y descienden lentamente, y se sientan silenciosamente, sudorosos, con los nervios en tensión. Es doloroso apartarse de tanta belleza. Pero Nat tiene razón: no deben desgastarse inútilmente antes del concierto.

Comen frugalmente, en el mismo escenario. Ninguno de ellos tiene demasiada hambre. Por supuesto, los instrumentos no son ni desconectados ni desajustados. Sería una locura romper la sincronía tras haber trabajado tan duro para conseguirla. Ocasionalmente, alguno de los instrumentos, sobrecargándose, emite por sí mismo una mancha de luz o un agudo sonido. Tocarían por sí mismos si les dejásemos, piensa Dillon. Qué ironía si ellos pudieran permanecer sentados allí, sin hacer nada, mientras los instrumentos, auto programados, daban el concierto. Quizá ocurrieran cosas realmente sorprendentes. La mentalidad de la máquina. Por otro lado, sería infernalmente frustrante descubrir que uno es en el fondo superfluo. Qué frágil es nuestro prestigio. Hoy somos artistas consagrados, pero si el secreto se difunde, mañana nos veremos empujados como chatarra hacia los mugros que pueblan Reykjavik.

El público empieza a llegar a las 1945. Son todos viejos; para el estreno en Roma, las invitaciones han sido distribuidas según la edad, y los menores de veinte años se han quedado fuera. Dillon, en mitad del escenario, no intenta ocultar su desprecio hacia aquella gente gris y flácida que se va sentando dispersamente a su alrededor. ¿Les alcanzará realmente la música? ¿Acaso hay algo que pueda alcanzarles? ¿O bien permanecerán sentados pasivamente, sin intentar entrar en el concierto? Pensando en hacer más niños. Ignorando a los exaltados artistas; con sus gordas posaderas cómodamente descansando en un buen asiento, sin ver nada de los fuegos artificiales dirigidos a ellos. Os proyectaremos todo el universo, y vosotros no lo captaréis. ¿Acaso porque sois viejos? ¿Qué puede sentir una gordezuela madre de varios hijos, de treinta y tres años de edad, ante el empuje de un show cósmico? No, no es la edad. En las ciudades más sofisticadas no hay ningún problema con la respuesta del auditorio, sea joven o viejo. No, es un problema de actitud básica en relación con el mundo del arte. En las profundidades del edificio, los mugros responden con sus ojos, sus entrañas… Se sienten fascinados por las luces de colores y los alucinantes sonidos, o se muestran desconcertados y hostiles, pero nunca indiferentes. En los niveles superiores, donde el usar la inteligencia está no tan sólo permitido sino también estimulado, penetran activamente en el espectáculo, sabiendo que cuanto más aporten más recibirán a cambio. ¿Y el mayor objetivo de la vida no es extraer las mayores percepciones sensoriales posibles de los acontecimientos con los que uno se enfrenta? ¿Existe acaso alguna otra cosa? Pero aquí, aquí, en los niveles intermedios, todas las respuestas son apagadas. Muertos andantes. Para ellos lo más importante es estar presente en el auditorio, no dejar que otro utilice su entrada, quedándose ellos fuera. El espectáculo en sí no tiene importancia. Es tan sólo algo de ruido y luces, unos chicos locos de San Francisco que hacen cosas raras en el escenario. A eso es a lo que vienen estos romanos, con su sesera desconectada de todo lo que no sea ellos mismos. ¿Qué clase de broma es esa, romanos? La auténtica Roma no era así, por supuesto. Llamarle a esta ciudad Roma es un crimen contra la historia. Dillon les mira ceñudamente. Luego, desenfocando sus ojos, los borra deliberadamente de su alrededor; se niega a ver sus flácidas y grises caras, temiendo que puedan pervertir su inspiración. Está aquí para dar. Aunque ellos no sean capaces de tomar nada de lo que se les ofrezca.

—Adelante, muchachos —murmura Nat—. ¿Estás preparado, Dill?

Está preparado. Levanta sus manos para un virtuoso arranque, y las abate sobre los proyectrones. ¡La vieja sensación de estallido! La luna y el sol y los planetas y las estrellas surgen tempestuosamente de su instrumento. Todo el centelleante universo hace irrupción en la sala. No se atreve a mirar al público. ¿Se balancean? ¿Se humedecen o mordisquean sus gruesos labios inferiores? Venid, venid, ¡venid! Sus compañeros, sintiendo su especial estado de ánimo, le dejan ejecutar un solo de introducción. Las furias revolotean por su cerebro. Golpea el manipulatrix. ¡Plutón! ¡Saturno! ¡Betelgeuse! ¡Deneb! Mirad, todos vosotros que estáis sentados, gentes que desperdiciaréis todas vuestras vidas encerrados en el interior de un único edificio; mirad todas las estrellas en una única exaltante impulsión. ¿Quién ha dicho que nunca podía empezarse con un clímax? El consumo de energía debe ser inmenso; las luces deben brillar hasta Chicago. ¿Y qué? ¿Acaso Beethoven se preocupaba por el consumo de energía? Adelante. Adelante. Adelante. Dispersión de estrellas a todo nuestro alrededor. Hagámoslas estremecerse y vibrar. Un eclipse de sol… ¿por qué no? Dejad que la corona se quiebre y estalle. Hagamos que la luna baile. Y aumentemos también la intensidad del sonido, exhalemos una gran nota de pedal que los envuelva en sonido, una gran pica de vibraciones de cincuenta ciclos que los empale sobre sus gordos traseros. Ayudémosles a digerir su cena. Dillon ríe. Lamenta no poder ver su propio rostro en este momento; debe ser algo demoníaco. ¿Y cuándo va a terminar este solo? ¿Qué esperan los otros para entrar? Se está consumiendo, dándose por entero. Pero no le importa agotarse completamente a través de su máquina, excepto por el paranoico temor de que, los demás estén demorándose deliberadamente con el fin de que se queme se desgaste se desmorone por completo más allá de sus fuerzas. El resto de su vida convertido en una babosa inútil, balbuceando balbuceando balbuceando. ¡No yo! Se lanza más allá de todos los límites. ¡Fantástico! Nunca antes había llegado tan lejos. Debe ser la rabia que le inspiran esos estúpidos romanos. Todos ellos inmóviles e insensibles. Pero no importa; lo que cuenta es lo que ocurre dentro de él mismo, su propia realización como artista. Si pudiera aporrear sus cabezas sería mejor, por supuesto. Pero esto es el éxtasis. Todo el universo vibra a su alrededor. Un gigantesco solo. El propio dios debió conocer la misma sensación al realizar su trabajo el primer día. Afiladas agujas de sonido brotan de los altavoces. Un potente crescendo de luz y sonido. Siente la energía surgiendo a su alrededor; está tan eufórico que se nota crecer en lo más íntimo, y se echa hacia atrás en su silla para que este crecimiento sea claramente visible para todo el mundo a través de sus ropas. ¿Alguien ha hecho antes algo semejante, una improvisada sinfonía como aquélla para vibrastar solo? ¡Hola, Bach! ¡Hola, Mick! ¡Hola, Wagner! ¡Adelante! ¡Volvemos todos juntos! Ha alcanzado la cúspide, y empieza a descender, no siendo ya el impetuoso torrente sino un riachuelo más sutil, moteando Júpiter de manchas doradas, cambiando las estrellas a gélidos puntos blancos, reemplazando las rugientes sonoridades con sincopadas frases melódicas. Hace trinar a Saturno: una señal para los demás. ¿Quién ha oído nunca abrir un concierto con una cadenza? Pero todos se unen a él.

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