El mundo interior | Страница 29 | Онлайн-библиотека


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Esto marcará también el fin de su carrera. Louisville no acepta a los hombres que han sufrido crisis. Encontrarán algún puesto subalterno para él en Boston o Seattle, algún trabajo administrativo menor, y le olvidarán. Un joven que prometía tanto. Varios informes de ajustes a la realidad le llegan cada semana a Monroe Stevis. Stevis se lo dirá a Shawke y a Freehouse. ¿Habéis oído lo del pobre Siegmund? Dos semanas en el tanque. Una especie de depresión nerviosa. Sí, triste. Muy triste. Hay que apartarlo, por supuesto.

No.

¿Qué puede hacer? El consultor ha programado ya la petición de ajuste y la ha enviado a la computadora. Los impulsos energéticos están viajando a través del sistema de información, arrastrando su nombre. En la planta 780, los ingenieros morales se están ocupando ya de ello. Muy pronto la pantalla le transmitirá la fecha de su designación. Y si no acude, vendrán a por él. Las máquinas de brazos almohadillados le sujetarán y se lo llevarán.

No.

Le cuenta a Rhea su difícil situación. No a Mamelón, que ya la conoce, sino a Rhea. Ella puede aconsejarle. Siempre le ha apreciado tanto.

—No vayas con los ingenieros —le advierte ella— .

—¿No ir? ¿Pero cómo? La orden ya está dada.

—Anúlala con una contraorden.

La mira como si le hubiera recomendado la demolición de la constelación de monurbs Chipitts.

—Inserta la contraorden en la computadora —dice ella—. Dile a uno de los hombres de los equipos interfaciales que lo haga por ti. Usa tu influencia. Nadie se dará nunca cuenta.

—No puedo hacer esto.

—Entonces tendrás que ir a los ingenieros morales. Y ya sabes a lo que te conducirá esto.

La monurb se desmorona a su alrededor. Nubes de cascotes remolinean en su cerebro.

¿Quién podría arreglar aquello por él?

El hermano de Micaela Quevedo trabajaba en un equipo interfacial, ¿no? Pero ya no está. De todos modos, hay muchos otros. Cuando deja a Rhea, Siegmund consulta las listas en el complejo de acceso. El virus de la blasfemia está empezando a trabajar en su alma. Entonces se da cuenta de que ni siquiera necesita usar su influencia. Le basta con realizar un trámite de rutina profesional. Desde su oficina teclea una petición de información: situación de Siegmund Kluver, para quien hay solicitada terapia en la planta 780. Inmediatamente surge la información de que la terapia para Kluver está prevista para dentro de diecisiete días. El computador no negará nunca un dato al Complejo de Acceso a Louisville. Existe la presunción de que cualquiera que formule una pregunta utilizando el equipo del complejo está autorizado a hacerlo. Estupendo. Ahora el vital paso siguiente. Siegmund da instrucciones a la computadora para que elimine la solicitud de terapia a nombre de Siegmund Kluver. Esta vez hay un asomo de resistencia: la computadora quiere saber quién autoriza la anulación. Siegmund medita acerca de ello por un momento. Luego llega la inspiración. La terapia de Siegmund Kluver, informa a la máquina, es cancelada por orden de Siegmund Kluver, del Complejo de Acceso a Louisville. ¿Funcionará? «No», puede decir la máquina, «usted no puede cancelar su propia solicitud de terapia. ¿Cree que soy estúpida?». Pero la enorme computadora es estúpida. Piensa a la velocidad de la luz, pero es incapaz de enfrentarse a los destellos de la intuición. ¿Tiene Siegmund Kluver, del Complejo de Acceso de Louisville, derecho a cancelar una solicitud de terapia? Sí, por supuesto; actúa en nombre de la propia Louisville. Entonces hay que cancelar. Las instrucciones son transmitidas a través de las conexiones adecuadas. No se trata de la persona que ordena, sino de la autoridad a la que representa. Ya está hecho. Siegmund teclea su consulta: situación de Siegmund Kluver, para quien hay solicitada terapia en la planta 780. Instantáneamente surge la información de que la solicitud de terapia a nombre de Kluver ha sido cancelada. Su carrera está, pues, a salvo. Pero su angustia sigue en él. Hay que erradicarla de algún modo.

Esto es el fondo. Siegmund Kluver vaga incómodo entre los generadores. El peso del edificio le estruja opresivamente. El silbante sonido de las turbinas le desasosiega. Se siente desorientado, un vagabundo en las profundidades. Qué enorme es esta estancia.

Entra en el apartamento 6029, Varsovia.

—¿Ellen? —dice—. Escucha, he vuelto. Quiero pedirte perdón por la otra vez. Fue un tremendo error. —Ella asiente con la cabeza. Ya ha olvidado por completo. Pero le acepta, naturalmente. La costumbre universal. Las piernas abiertas, las rodillas flexionadas. Sin embargo, él solamente besa su mano—. Te quiero —susurra, y huye.

Ésta es la oficina de Jasón Quevedo, historiador, en la planta 185, Pittsburgh. Aquí están los archivos. Jasón está sentado tras su escritorio, manejando cubos de datos, cuando entra Siegmund.

—Todo está aquí, ¿no? —¿pregunta Siegmund—. La historia del colapso de la civilización. Y cómo la reconstruimos de nuevo. La verticalidad considerada como el empuje filosófico básico de los esquemas de conformidad humana. Cuéntame la historia, Jasón. Cuéntamela.

Jasón le mira de una forma extraña.

—¿Estás enfermo, Siegmund?

Y Siegmund:

—No, en absoluto. Qué perfectamente bien me encuentro. Micaela me ha explicado tu tesis. La adaptación genética de la humanidad a la vida monurbana. Me gustaría oír más detalles. Cómo hemos llegado a ser que somos. Nosotros, los seres felices. —Siegmund toma dos de los Cubos de Jasón y los acaricia, casi sexualmente, dejando las huellas de sus dedos en sus sensibles superficies. Jasón se los quita delicadamente—. Muéstrame el mundo antiguo —dice Siegmund, pero sale mientras Jasón introduce el cubo dentro de la ranura del reproductor.

Ésta es la muy industrial ciudad de Birmingham. Pálido, sudoroso, Siegmund Kluver observa a las máquinas fabricando otras máquinas. Aburridos y ceñudos trabajadores humanos supervisan la tarea. Aquella cosa con brazos ayudará a la recolección del próximo otoño en una comuna. Este lustroso y oscuro tubo volará encima de los campos, pulverizando veneno sobre los insectos. Siegmund se da cuenta de pronto de que está llorando. Nunca verá las comunas. Nunca hundirá sus dedos en la rica tierra marrón. La magnífica trama ecológica del mundo moderno. La poética interrelación entre comuna y monurb para beneficio de todos. Qué hermoso. Qué hermoso. Entonces, ¿por qué estoy llorando?

San Francisco es donde viven los músicos y los artistas y los escritores. El ghetto cultural. Dillon Chrimes está en pleno ensayo con su grupo cósmico. La resonante cadena de sonidos. Un intruso.

—¿Siegmund? —dice Chrimes, interrumpiendo su concentración—. ¿Cómo te encuentras, Siegmund? Me alegro de verte.

Siegmund ríe. Señala el vibrastar, el arpa cometaria, el encantador y los demás instrumentos.

—Por favor —murmura—, continuad tocando. Estoy simplemente buscando a dios. ¿No os molesta que escuche? Quizá él esté aquí. Seguid tocando un poco más.

En la planta 761, el nivel inferior de Shanghai, encuentra a Micaela Quevedo. No tiene buen aspecto. Su negro cabello está revuelto y deslustrado, sus ojos son amargos, sus labios fruncidos. Mira sorprendida a Siegmund, que acude a ella a esta hora del mediodía.

—¿Podemos hablar un poco? —dice Siegmund rápidamente—. Querría preguntarte algunas cosas acerca de tu hermano Michael. Por qué huyó del edificio. Qué esperaba encontrar afuera. ¿Puedes darme alguna información?

La expresión de Micaela se hace más dura. Fríamente, dice:

—No sé nada al respecto. Michael se volvió neuro, eso es todo. No me dijo nunca nada.

Siegmund sabe que esto es mentira. Micaela está ocultándole datos vitales…

No seas despiadada —la urge—. Necesito saber. No para Louisville, Tan soto para mi mismo. —Su mano sujeta la muñeca de ella—. Estoy pensando en abandonar también el edificio —confiesa Siegmund.

Hace «n alto en su propio apartamento, en la planta 787. Mamelón no está. Como de costumbre, ha ido al Centro de Realización Somática, a cuidar su esbelto cuerpo. Siegmund graba un breve mensaje para ella:

—Te amaba —dice—. Te amaba. Te amaba.

Encuentra a Charles Mattern en el gran pasillo central de Shanghai.

—Venid a cenar hoy con nosotros —dice el sociocomputador—. Principessa se siente siempre tan feliz de veros. Y los niños. Indra y Sandor no hacen más que hablar de ti. Incluso Marx. ¿Cuándo vendrá de nuevo Siegmund?, preguntan. Todos queremos tanto a Siegmund.

Siegmund agita la cabeza.

—Lo siento, Charles. Esta noche no. Pero gracias por tu invitación.

Mattern se alza de hombros.

—Dios bendiga, lo dejaremos para otro día, ¿eh? —dice. Y se aleja, dejando a Siegmund en medio de la riada de gente.

Esto es Toledo, donde los mimados hijos de la casta administrativa tienen sus hogares. Rhea Shawke Freehouse vive aquí. Siegmund no se molesta siquiera en llamarla. Es demasiado intuitiva; comprenderá inmediatamente que se halla en la fase última de su colapso, e indudablemente intentará prevenir su acción. Siegmund se detiene unos instantes delante de su apartamento y posa tiernamente sus labios en la puerta. Rhea. Rhea. Rhea. También te amaba. Sigue subiendo.

No se detiene tampoco a ver a nadie de Louisville, aunque le hubiera gustado ver a alguno de los dueños de la monurb esta noche, a Nissim Shawke o a Monroe Stevis o a Kipling Freehouse. Nombres mágicos, nombres que resuenan en su alma. Pero es mejor evitarlos. Sube directamente al área de aterrizaje, en la planta mil. Sale a la plataforma barrida por el fuerte viento. Es de noche ahora. Las estrellas brillan impetuosamente. Allí arriba está dios, inmanente y eterno, flotando serenamente en mitad de las mecánicas celestes. Bajo los pies de Siegmund se halla la totalidad de la Monada Urbana 116. ¿Cuál es la población de hoy? 888.904. O sea +131 con respecto a ayer y +9.902 con respecto a principios de año, teniendo en cuenta la partida de aquellos que fueron a poblar la nueva Monurb 158. Quizá todas estas cifras estén equivocadas. No tiene importancia. El edificio rebosa de vida, de todos modos. Crecer y multiplicarse. ¡Dios bendiga! Tantos siervos de dios. Las 34.000 almas de Shanghai. Varsovia. Praga. Tokio. El éxtasis de la verticalidad. Tantos miles de vidas en esta sola y majestuosa torre. Conectadas al mismo tablero de distribución. Homeostasis, el fracaso de la entropía. Estamos tan bien organizados aquí. Demos todos las gracias a nuestros dedicados administradores.

¡Y mira, mira ahí! ¡Las monurbs vecinas! ¡La maravillosa alineación de todas ellas! La monurb 117, 118, 119, 120. Las cincuenta y una torres de la constelación Chipitts. Su población global ahora: 41.516.883. O algo así. Y al este de Chipitts se encuentra Boshwash. Y al oeste de Chipitts está Sansan. Y al otro lado del mar están Berpar y Wienburd y Shankong y Bocarac. Y muchas más. Cada enjambre de torres con sus millones de almas encapsuladas. ¿Cuál es la población de nuestro mundo ahora? ¿Han sido superados ya los 76.000.000.000? Se proyectan 100.000.000.000 para un futuro no muy lejano. Muchas nuevas monurbs deberán ser edificadas para albergar a todos estos miles de millones suplementarios. Pero hay todavía tantos espacios libres. Y se pueden habilitar plataformas en el mar.

Hacia el norte, en la línea del horizonte, imagina que puede divisar el resplandor de las fogatas de una comuna. Como el destello de un diamante a la luz del sol. Los campesinos danzando. Sus grotescos ritos. Pidiendo fertilidad para sus tierras. ¡Dios bendiga! Todo sea para lo mejor. Siegmund sonríe. Abre sus brazos al máximo. Si pudiera tan sólo abrazar las estrellas, quizá descubriría a dios. Avanza hasta el borde de la plataforma de aterrizaje. Una alambrada y un campo de fuerza le protegen de las ráfagas de viento que a aquella altura le arrastraría ululando hacia la muerte. Son muy fuertes aquí. Al fin y al cabo, son tres kilómetros de altitud. Una aguja apuntando al ojo de dios. Si tan sólo pudiera brincar hacia el cielo. Desde lo alto su mirada podría dominarlo todo, ver la constelación Chipitts bajo él, las alineaciones de torres, las tierras cultivadas rodeándolas, el milagroso ritmo urbano de la verticalidad uniéndose al milagroso ritmo comunal de la horizontalidad. Qué hermoso es el mundo esta noche. Siegmund echa hacia atrás la cabeza. Sus ojos brillan. Y aquí está dios. El santificador tenía razón. ¡Aquí está! ¡Aquí! ¡Espera, estoy llegando! Siegmund sube a la alambrada. Vacila un poco. Las ráfagas de viento le abofetean. Ahora se halla por encima del campo de fuerza. Tiene la impresión de que es el edificio el que se está moviendo bajo él. Piensa en el calor corporal generado por 888.904 seres humanos viviendo bajo el mismo techo. Piensa en la gran cantidad de productos que diariamente van a parar a las tolvas. Y todas esas vidas encadenadas. El tablero de distribución. Y dios velando sobre todo nosotros. ¡Estoy llegando! Estoy llegando. Siegmund flexiona sus rodillas, tensa sus músculos, inspira profundamente. Y se lanza hacia dios en un salto espléndido.

Ahora el sol matutino está ya lo suficientemente alto como para iluminar las cincuenta últimas plantas de la Monada Urbana 116. Muy pronto toda la fachada oriental del edificio brillará como la superficie del mar al amanecer. Miles de ventanas, activadas por los primeros fotones del alba, se desopacifican. Los durmientes se desperezan. La vida prosigue. ¡Dios bendiga! Está empezando otro nuevo día.

Fin
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