El mundo interior | Страница 18 | Онлайн-библиотека


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Con una desesperada urgencia, se integra en la algarada. Depende mucho de ello. Debajo de él yacen 974 plantas de la monurb, y si quiere permanecer allí debe saber cómo tiene que jugar. Se siente desilusionado de que los administradores sean así. Tan simples, tan vulgares, el fácil hedonismo de la clase dirigente. Parecen duques florentinos, nobles parisinos, Borgias, ebrios boyardos. Incapaz de aceptar esta imagen de dios, Siegmund se construye una fantasía: han organizado su orgía con el único fin de probar su carácter, de determinar si es tan sólo un aburrido burócrata servil o si tiene realmente la amplitud de mente que necesitan los hombres de Louisville. Qué locura pensar que iban a desperdiciar su precioso tiempo comiendo, bebiendo y tomando así; pero son flexibles, pueden disfrutar de la vida, enfrentan con igual placer el trabajo y la diversión. Y si él quiere vivir entre ellos, debe demostrar idéntica madurez. Lo hará. Lo hará.

Su embotado cerebro gira bajo la acción de conflictivos mensajes químicos.

—¡Cantemos! —grita desesperadamente—. ¡Cantemos todos! —y empieza:

Si vienes a mí en la oscuridad de la noche Con tu bendita tan incandescente Y te deslizas silencioso a mi lado Intentando alcanzarme en lo más profundo…

Todos cantan con él. No puede oír su propia voz. Unos oscuros ojos se clavan en los suyos.

—Dios bendiga —susurra una voz de arrastradas ondulaciones—. Eres encantador. El famoso Siegmund Kluver —pequeñas burbujas surgen aún de sus labios.

—Creo que nos hemos visto antes, ¿no?

—Una vez, creo, en el despacho de Nissím. Scylla Shawke.

La esposa del gran hombre. Deslumbrante en su belleza. Joven. Joven. No más de veinticinco años. Ha oído un rumor acerca de que la primera señora Shawke, la madre de Rhea, terminó en las tolvas, completamente neuro. Algún día investigará qué hay de cierto en ello. Scylla Shawke se suelda a él. Su suave cabello negro cosquillea su rostro. Se siente casi paralizado por el terror. Las consecuencias; ¿puede ir tan lejos como esto? Temerariamente, la sujeta y hunde su mano bajo su túnica. Ella coopera. Sus cálidos senos. Sus húmedos labios. ¿Va a fallar su test por exceso de osadía? No pensar en nada. No pensar en nada. ¡Feliz Día de la Realización Somática! Sus dos cuerpos forman uno solo, y repentinamente se da cuenta de que podría tomarla perfectamente ahora, aquí, entre aquella masa confusa de cuerpos humanos en el suelo del enorme despacho de Kipling Freehouse. Demasiado temerario, demasiado aprisa. Se libera de su abrazo. Nota el destello de decepción y reproche en los ojos de ella. Tropieza con alguien: Rhea.

—¿Por qué no has seguido? —le susurra ella. Y Siegmund confiesa:

—No puedo —antes de que otra chica se arrodille junto a él y le introduzca algo dulce y viscoso en la boca. Su cerebro se convierte en un remolino dentro de su cráneo.

—Ha sido un error —le dice Rhea—. Se te estaba ofreciendo. —Sus palabras parecen estallar y la estancia resuena con mil ecos de ellas, rebotando y planeando a través del aire. Algo extraño le ocurre a las luces; parecen como prismáticas, radiando fantasmagóricos destellos desde todas las superficies. Siegmund se arrastra entre el tumulto, buscando a Scylla Shawke. En su lugar, tropieza con Nissim.

—Me gustaría discutir contigo el asunto de la petición de Chicago sobre el coeficiente de sexos —le dice el administrador—. Ahora.

Cuando, horas más tarde, Siegmund regresa a su apartamento, encuentra a Mamelón paseando nerviosamente arriba y abajo.

—¿Dónde estabas? —pregunta ella—. El Día de la Realización Somática ya casi ha terminado. He llamado a todas partes, he enviado rastreadores por todo el edificio. Creo que…

—Estaba en Louisville —dice Siegmund—. En la fiesta de Kipling Freehouse. —Pasa tambaleándose ante ella, y hunde su rostro en la plataforma de descanso. Primero surgen los sollozos tanto tiempo contenidos, las lágrimas. Cuando finalmente éstos se detienen, el Día de la Realización Somática ya ha terminado.

CAPÍTULO SEXTO

El Equipo Interfacial Nueve trabaja en una plana y alargada franja de sombrío espacio que se extiende alrededor de la columna central de servicios de la Monada Urbana 116, entre las plantas 700 y 730. Aunque el área de trabajo es profunda, es relativamente estrecha, no más de cinco metros de anchura, y sirve para conducir las motas de polvo hasta los filtros aspirantes. Cuando permanecen en ella, los diez miembros del Equipo Interfacial Nueve están como comprimidos entre las zonas periféricas de los sectores residencial y comercial y el corazón secreto de la monurb, la columna de servicios, donde se alojan las computadoras.

Los miembros del equipo entran raramente en la columna propiamente dicha. Su trabajo está en su periferia, controlando los paneles que contienen las conexiones y los accesos de energía de la computadora principal. Suaves luces amarillas y verdes parpadean en los paneles, enviando constantemente información acerca del estado y funcionamiento de los invisibles aparatos. Los hombres del Equipo Interfacial Nueve forman el último dispositivo de seguridad después de los sistemas auto correctores que supervisan el trabajo de las computadoras. Cuando se produce algún hecho que los sistemas automáticos no pueden controlar, su misión es actuar rápidamente antes de que se produzca algún daño irreparable. No es un trabajo muy difícil, pero es vital para el funcionamiento de todo el gigantesco edificio.

Cada día, a las 12:30, cuando se produce el cambio de turno, Michael Statler y sus nueve compañeros reptan a través de la compuerta circular de Edimburgo, en la planta 700, y se abren camino en las eternas tinieblas interfaciales para ascender hasta sus puestos. Sillas elevadoras los transportan hasta sus niveles asignados —Michael controla la Sección comprendida entre las plantas 709 y 712— y durante el día se mueve arriba y abajo a lo largo de la entrecara hacia las zonas donde se presenta algún problema. Michael tiene veintitrés años. Es analocomputador en aquel equipo interfacial desde hace nueve años. Ahora, su trabajo es puramente automático para él; se ha convertido en una simple extensión de la maquinaria. Moviéndose a lo largo de la entrecara, impulsa o drena, separa o une, mezcla o disocia, atendiendo cualquier necesidad de la computadora a la que sirve, y todo ello con una fría e irreflexiva eficiencia, operando tan sólo por reflejos. Lo cual no es reprensible. No es deseable para un analocomputador pensar, sino tan sólo actuar correctamente; incluso ahora, tras cinco siglos de tecnología en computadoras, el cerebro humano tiene mayor capacidad por centímetro cúbico para tratar la información, y un equipo interfacial convenientemente entrenado es efectivamente un grupo de diez excelentes pequeños computadores orgánicos conectados a la unidad central. Es por ello por lo que Michael sigue los parpadeantes esquemas de las luces, hace los ajustes necesarios, pero deja que los centros cerebrales de su mente queden libres para otras cosas.

Sueña mucho mientras trabaja.

Sueña con todos esos extraños lugares fuera de la Monada Urbana 116, lugares que ha visto en la pantalla. Él y su esposa Stacion son devotos espectadores, y raramente se pierden uno de esos reportajes retrospectivos. Las descripciones del antiguo mundo premonurbano, con sus reliquias, esas polvorientas ruinas. Jerusalén. Estambul. Roma. El Taj Mahal. Los muñones de lo que fue Nueva York. Las cimas de los edificios de Londres sobresaliendo de las aguas. Todos aquellos extraños y románticos lugares lejanos tan distintos al mundo monurbano. El Vesubio. Los géiseres de Yellowstone. Las llanuras de África. Las islas del Pacífico Sur. El Sahara. El Polo Norte. Viena. Copenhague. Moscú. Angkor Wat. La Gran Pirámide y la Esfinge. El Gran Cañón. Chichén Itzá. La jungla del Amazonas. La Gran Muralla de China.

¿Existen aún todos esos lugares?

Michael no tiene la menor idea. Un gran número de los reportajes que han visto en la pantalla tienen cien años o más. Sabe que la edificación de la civilización monurbana requirió la demolición de mucha parte de lo que existía antes. La eliminación de un pasado cultural. Cada cosa, por supuesto, fue grabada cuidadosamente en tres dimensiones antes de ser destruida. Pero fue destruida. Una nube de humo blanco; el olor de la piedra pulverizada, seco a las mucosas, amargo. Desaparecido. Tal vez se hayan salvado los monumentos más famosos. No es necesario destruir las Pirámides con el fin de obtener más espacio para futuras monurbs. Pero grandes espacios han tenido que ser limpiados. Las antiguas ciudades, por ejemplo. Después de todo, ellos forman parte de la constelación Chipitts, y ha oído a su cuñado Jasón Quevedo, el historiador, decir que antes había allí dos ciudades llamadas Chicago y Pittsburgh señalando los dos polos opuestos de la actual de la actual constelación, con una franja continuada de asentamientos urbanos entre ellas. ¿Dónde están ahora Chicago y Pittsburgh? No hay rastro de ellas, sabe Michael; las cincuenta y una torres de la constelación Chipitts se extienden a todo lo largo de esta franja. Todo limpio y perfectamente organizado. Hemos devorado nuestro pasado y excretado monurbs. Pobre Jasón; debe añorar los tiempos antiguos. Yo también. Yo también.

Michael sueña con una aventura fuera de la Monada Urbana 116.

¿Por qué no salir afuera? ¿Debe permanecer años y años sentado en su silla elevadora en la entrecara, cosquilleando sin cesar conexiones y más conexiones? Salir afuera. Respirar el extraño aire no filtrado, lleno de olor de plantas verdes. Ver un río. Volar de alguna manera alrededor del agreste planeta, buscando lugares salvajes. ¡Escalar la Gran Pirámide! ¡Nadar en un océano, cualquier océano! Agua salada. Qué curioso. Permanecer al aire libre, exponer la piel al ardiente resplandor del sol, contemplar el negro firmamento a la pálida luz de la luna. El anaranjado brillo de Marte. La sonrisa de Venus, el alba.

—Creo que es posible —le dice a su esposa, la plácida e hinchada Stacion. Gestante de su quinto hijo, una niña, cuyo nacimiento está previsto para dentro de unos meses—. No tengo ningún problema en arreglar una conexión de modo que me facilite un pase de salida. Y bajar por el pozo y salir del edificio antes de que nadie se dé cuenta. Correr por la hierba. Atravesar los prados. Ir hacia el este. Ir hasta Nueva York, siguiendo la línea de la costa. No han demolido completamente Nueva York, Jasón me lo dijo. Simplemente han limpiado sus alrededores. Lo han dejado como un monumento a los tiempos difíciles.

—¿Y cómo piensas alimentarte? —pregunta Stacion. Es un chica práctica.

—Viviré de lo que me dé la naturaleza. Semillas silvestres y nueces, como hacían los indios. ¡Cazar! Manadas de bisontes. Son grandes, de color marrón, lentos; me acercaré a uno de ellos por al espalda y saltaré a su lomo, exactamente encima de su grasa joroba, y clavaré mis manos en su garganta, ¡yank!. Él no comprenderá lo que ocurre. Nadie ya los caza. Caerá muerto, y tendré comida para varias semanas. Podré incluso comerla cruda.

—Ya no hay bisontes, Michael. Ya no queda en ninguna parte ningún animal salvaje. Tú lo sabes.

—Estaba bromeando. ¿Me crees realmente capaz de matar? ¿Matar?¡Dios bendiga, puedo ser un tanto raro, pero no estoy loco! No. Escucha, haré incursiones en las comunas. Me deslizaré en ellas por la noche y tomaré hortalizas, un montón de bistecs de proteínas, todo lo que encuentre. Esos lugares no están vigilados. No esperan que la gente de las monurbs ronde así por los alrededores. Podré comer. Y podré ver Nueva York, Stacion, ¡podré ver Nueva York! Quizá incluso encuentre allí una sociedad de hombres salvajes. Con barcos, aviones, algo que me permita cruzar el océano. ¡A Jerusalén! ¡A Londres! ¡África!

Stacion sonríe.

—Te quiero cuando te pones a hacer el neuro de esta manera —dice, y lo atrae hacia ella. Hace que pose su palpitante cabeza en la tensa curva de su vientre—. ¿Oyes a la pequeña? —pregunta—. ¿Está cantando? Dios bendiga, Michael, cómo te quiero.

Ella no le toma en serio. ¿Quién lo haría? Pero piensa seriamente en irse. Moviéndose en la entrecara, girando mandos y haciendo conexiones, se ve a sí mismo como un viajero del mundo. Un proyecto: visitar todas las ciudades auténticas que han dado su nombre a las ciudades de la Monurb 116. Al menos las que aún existan. Varsovia, Reykjavik, Louisville, Colombo, Boston, Roma, Tokio, Toledo, París, Shanghai, Edimburgo, Nairobi, Londres, Madrid, San Francisco, Birmingham, Leningrado, Viena, Seattle, Bombay, Praga. Y también Chicago y Pittsburg, si aún no han desaparecido. Y las demás. ¿He olvidado alguna? Intenta enumerarlas de nuevo. Varsovia, Reykjavik, Viena, Colombo. Se pierde. Pero no importa. Iré afuera. Incluso si no puedo cubrir todo el mundo. Quizá sea mucho mayor de lo que imagino. Pero podré ver algo. Sentiré la lluvia sobre mi rostro. El ruido de las olas. Mis pies hollando la fría y blanda arena. ¡Y el sol! ¡El sol, el sol! ¡Curtiendo mi piel!

Presumiblemente algunos eruditos deben viajar alrededor del mundo, visitando los antiguos lugares, pero Michael no conoce a nadie que lo haya hecho. Jasón, pese a haberse especializado en el siglo XX, no ha salido nunca. Hubiera podido ir a visitar las ruinas de Nueva York, debe tener derecho a ello. Le hubiera dado una impresión más vivida de lo que está estudiando. Claro que Jasón es Jasón, nunca saldrá afuera aunque esté autorizado a hacerlo. Y sin embargo, debería. En su lugar, yo iría. ¿Acaso hemos sido creados para malgastar todas nuestras vidas en el interior de un solo edificio? Ha visto algunos de los cubos de Jasón relativos a los viejos tiempos, las calles abiertas al aire libre, los coches moviéndose, los pequeños edificios alojando a una sola familia, tres o cuatro personas. Increíblemente extraño. Irresistiblemente fascinante. Por supuesto, la cosa no había funcionado; toda aquella desordenada sociedad había terminado derrumbándose. Nosotros hemos conseguido que las cosas estén mucho mejor organizadas. Pero Michael comprende el empuje de esta forma de vida. Siente la fuerza centrífuga hacia la libertad, y querría probar algo de ella. No podemos vivir como vivían ellos, pero tampoco podemos vivir de esta otra manera. No todo el tiempo. Salir afuera. Experimentar la horizontalidad. Olvidar el sentido de arriba y abajo. Nuestras mil plantas, nuestros Centros de Realización Somática, nuestros centros sónicos, nuestros santificadores, nuestros ingenieros morales, nuestros consultores, nuestro todo. Debe haber más cosas que esto. Una breve visita afuera: la suprema sensación de mi vida. Iré. Moviéndose en la entrecara, obedeciendo serenamente a los impulsos impresos en sus reflejos, se promete a sí mismo que no morirá sin ver realizado su sueño. Saldrá afuera. Algún día.

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