El mundo interior | Страница 15 | Онлайн-библиотека


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—Yo.

—¿Ha valido la pena?

—Ha sido soberbio —dice él, sorprendido por el aire de indiferencia de Micaela—. Ha sido como siempre imaginé que sería.

Micaela se echa a reír.

—¿Es esto divertido? —pregunta él.

No. Tú lo eres.

—Explícame lo que quieres decir.

—Durante todos estos años te has prohibido a ti mismo las rondas nocturnas por Shanghai, y has preferido ir con los mugros. Y ahora, por la razón más estúpida posible, te ofreces finalmente el lujo de Mamelón…

—¿Cómo sabes que nunca he practicado la ronda nocturna aquí?

—Las mujeres hablan. He preguntado a mis amigas. Tú nunca has tomado a ninguna de ellas. Así que he empezado a hacerme preguntas. He hecho algunas verificaciones. Varsovia, Praga. ¿Por qué has ido allí tan abajo, Jasón?

—Eso ya no tiene ninguna importancia.

—¿Qué es lo que la tiene, ahora?

—Que he pasado la tarde en la plataforma de descanso de Mamelón Kluver.

—Idiota.

—Puta.

—Fracasado.

—¡Esterilizadora!

—¡Mugro!—Espera —dice él—. Espera. ¿Por qué fuiste con Siegmund?

—Para fastidiarte —admite ella—. Porque él es un hombre con futuro, y tú no. Quería excitarte. Obligarte a que te movieras.

—Y así has violado todas las costumbres y rondado agresivamente de día hacia el hombre al que habías elegido. Esto no está bien, Micaela. No es en absoluto femenino, me atrevería a añadir.

—Entonces formamos una pareja ideal. Un marido femenino y una esposa masculina.

—Eres rápida con los insultos, ¿en?

—¿Por qué has ido con Mamelón?

—Para ponerte furiosa. Para pagarte por lo de Siegmund. No porque me importe que te hayas dejado tomar por él. Hemos superado este tipo de inhibiciones, creo. Pero tus motivos. Usando el sexo como un arma. Jugando deliberadamente el papel equivocado. Intentando incitarme. Ha sido repugnante, Micaela.

—¿Y tus motivos? ¿El sexo como venganza? Se supone que las rondas nocturnas reducen las tensiones, no las crean. Y sin tener en cuenta el momento del día en que lo hacías. Deseabas a Mamelón, de acuerdo: es una chica encantadora. Pero entrar aquí y jactarte de ello, como si realmente te importara el excavar esa hendidura…

—No seas obscena, Micaela.

—¡Escuchadle! ¡Escuchadle! ¡Puritano! ¡Moralista!

Los chicos empiezan a llorar. Nunca antes han oído semejantes gritos. Micaela hace un gesto apaciguador para que se callen.

—Al menos yo tengo una cierta moralidad —dice él—. ¿Pero qué tienes que decirme de ti y de tu hermano Michael?

—¿Qué pasa con nosotros?

—¿Cuántas veces te habrá tomado?

—Cuando éramos niños sí, un par de veces —dice ella, enrojeciendo—. ¿Acaso tú nunca has tomado a tus hermanas?

—No tan sólo cuando erais niños. Habéis seguido haciéndolo.

—Creo que estás enfermo, Jasón.

—Michael no me ha tocado en diez años. No quiero decir que lo hayamos considerado como algo que no debemos hacer, sino que simplemente no ha ocurrido. ¡Oh, Jasón, Jasón, Jasón! Has pasado tanto tiempo hundido en tus archivos que te has convertido en un hombre del siglo XX. Estás celoso, Jasón. Nada menos que atormentado ante la idea de un incesto. Y ante el hecho de que yo no obedezca las reglas acerca de la iniciativa de la mujer. ¿Qué ocurre contigo y con tus rondas nocturnas por Varsovia? ¿Estás imponiendo un doble standard, Jasón?

¿Tú puedes hacer lo que quieres, y yo debo observar las costumbres? Y trastornado acerca de Siegmund. Y Michael. Estás celoso, Jasón. Celoso. ¡Abolimos los celos hace ciento cincuenta años!

—Y tú eres una arribista social. Una supuesta tramposa. No estás satisfecha con Shanghai, quieres Louisville. Bien, la ambición también ha sido abolida, Micaela. Y no olvides que has sido tú quien ha empezado ese asunto de utilizar el sexo para marcar puntos al contrario. Yendo con Siegmund y asegurándote de que yo lo supiera. ¿Piensas que yo soy un puritano? Tú eres una reaccionaria, Micaela. Estás henchida de moralidad premonurbana.

—¡Si yo soy así es por tu culpa! —grita ella.

—No. Yo me he contaminado de ti. ¡Tú derramas el veneno a tu alrededor! Cuando tú…

La puerta se abre. Un hombre aparece en ella. Charles Mattern, de la 799. El atildado sociocomputador de rápida palabra; Jasón ha trabajado con él en algunos proyectos de Investigación evidentemente ha oído algo de la agria y blasfema conversación, pues su aspecto es de profundo embarazo.

—Dios bendiga —dice en un murmullo—. Estaba haciendo mi ronda nocturna, y había pensado que…

—No —chilla Micaela—. ¡No ahora! ¡Vete!

Mattern muestra su sorpresa. Empieza a decir algo, luego agita la cabeza y sale de la estancia, murmurando una excusa por su intrusión.

Jasón se siente aterrado. ¿Echar de aquel modo a un legítimo rondador nocturno? ¿Ordenarle que se vaya?

—¡Salvaje! —grita, y la abofetea furiosamente—. ¿Cómo has podido hacer eso?

Ella retrocede, frotándose la mejilla.

—¿Salvaje? ¿Yo? ¿Y tú golpeándome? Podría llevarte a las tolvas por…

—Yo podría llevarte a ti a las tolvas por…

Se calla. Ambos quedan silenciosos, mirándose.

—No tendrías que haber echado a Mattern —dice él suavemente, un poco más tarde.

—Y tú no tendrías que haberme golpeado.

—Estaba fuera de mí. Algunas reglas son inviolables. Si él te denuncia a…—No lo hará. Ha visto bien que estábamos discutiendo. Que yo no estaba realmente disponible para él.

—Y discutir de este modo —dice él—. Gritando así. Los dos. Esto podría llevarnos a los ingenieros morales.

—Arreglaré las cosas con Mattern, Jasón. Déjame a mí. Le pediré que venga y le daré una explicación, y le proporcionaré el placer de su vida —sonríe suavemente—. Especie de neuro. —Hay afecto en su voz—. Seguramente hemos esterilizado la mitad de la planta con nuestros gritos. ¿A qué venía esto, Jasón?

—Intentaba hacerte comprender algo acerca de ti misma. Tu esencialmente arcaica personalidad psicológica, Micaela. Si pudieras tan sólo verte a ti misma objetivamente, la mezquindad de tus últimas motivaciones… no, no quiero iniciar otra discusión. Tan sólo intento explicarte…

—¿Y tus motivaciones, Jasón? Tú eres tan arcaico como yo. Ambos pertenecemos a otra época. Nuestras cabezas están llenas de primitivos reflejos moralistas. ¿No lo crees así? ¿No te das cuenta de ello?

Él se aparta de ella. Dándole la espalda, apoya los dedos contra el dispositivo relajante situado en la pared junto al baño, y siente como las tensiones fluyen de él hacia el aparato.

—Sí —dice tras una larga pausa—. Sí, me doy cuenta. Llevamos encima un barniz de monurbanidad. Pero bajo él… los celos, la envidia, el deseo de posesión…

—Sí. Sí.

—¿E imaginas lo que representa esto para mi trabajo? —se encoge ligeramente de hombros—. ¿Mi tesis según la cual la adaptación selectiva ha producido una nueva especie de hombre en las monurbs? Quizá sea así, pero en este caso yo no pertenezco a tal especie. tampoco perteneces a ella. Quizá ellos sí, algunos de ellos. ¿Pero cuántos? ¿Cuántos realmente?

Ella se le acerca y se aprieta contra él. Siente su pecho presionando su espalda.

—La mayor parte de ellos, quizá —dice ella—. Tu tesis sigue siendo válida. Pero nosotros estamos fuera de ella. No encajamos aquí.

—Sí.

—Pertenecemos a una repulsiva era ya pasada.

—Sí.

—Así que tenemos que dejar de torturarnos el uno al otro, Jasón. 'Tenemos que camuflarnos mejor. ¿Entiendes lo que quiero decir?

—Sí. De otro modo, terminaremos en las tolvas. Somos blasfemos, Micaela.—Ambos. —Ambos.

Se gira. Sus brazos la rodean. Él sonríe. Ella sonríe. —Bárbaro vengativo —dice ella tiernamente. —Salvaje resentida —susurra él, besando el lóbulo de su oreja. Se deslizan juntos a la plataforma de descanso. Los rondadores nocturnos tendrán que esperar.

Nunca la ha amado tanto como en este preciso instante.

CAPÍTULO QUINTO

En Louisville, Siegmund Kluver se siente aún como un muchachito. No puede persuadirse a sí mismo de lo fundamentado de su trabajo en los niveles superiores. Se ve allí como un extraño. Un intruso sin el menor derecho. Cuando sube a la ciudad de los dueños de la monurb nota una extraña timidez pueril que debe esforzarse en disimular. Siente constantemente el deseo de mirar nerviosamente por encima de su hombro. Espera tropezar con la patrulla que va a interceptarlo, enormes siluetas en posición de firmes bloqueando el corredor. ¿Qué estás haciendo tú aquí, hijo? Tendrías de saber que está prohibido pasear por estas plantas. Louisville es para los administradores, ¿acaso no lo sabes? Y Siegmund balbuceará sus excusas, mientras enrojece. Y correrá hacia el descensor.

Intenta mantener oculto su irrazonable sentimiento de vergüenza. Sabe que no encaja con la imagen que de él se hacen todos los demás. Siegmud el impasible. Siegmund el predestinado. Siegmund el obviamente abocado desde pequeño a entrar en la clase dirigente. Siegmund el conquistador fanfarrón, abriéndose camino imperturbablemente a través de las más hermosas mujeres que la Monada Urbana 116 le puede ofrecer.

Si tan sólo supieran. Tras todo esto se esconde un vulnerable chiquillo. Frágil, inseguro Siegmund. Inquieto por el hecho de que su ascensión sea tan rápida. Pidiéndose perdón a sí mismo por su éxito. Siegmund el humilde, Siegmund el inseguro.

¿O esto es también tan sólo una imagen? A veces piensa que este recóndito Siegmund, este secreto Siegmund, es otra fachada que él mismo ha erigido para seguir amándose a sí mismo, y que bajo esta apariencia subterránea de timidez, en algún lugar más allá de su percepción de sí mismo, se halla agazapado el auténtico Siegmund, tan despiadado y orgulloso y ambicioso como el Siegmund que todo el mundo puede ver. Últimamente está subiendo a Louisville casi todos los días. Es llamado a consulta. Algunos de los hombres más elevados le han hecho su predilecto: Lewis Holston, Nissim Shawke, Kipling Freehouse, hombres situados en los más altos niveles de autoridad. Sabe que le están explotando, descargando en él las más ingratas y tediosas tareas que no quieren realizar por sí mismos. Aprovechándose de su ambición. Siegmund, prepara un informe sobre los esquemas de movilidad de las clases obreras. Siegmund, traza una tabulación del equilibrio de adrenalina en las ciudades intermedias. Siegmund, ¿cuál es la media de la regeneración de desechos de este mes? Siegmund, Siegmund. Siegmund. Pero él también les explota a ellos. Se está haciendo rápidamente indispensable, dejando que tomen la costumbre de usarlo siempre que tengan que pensar. En uno o dos años más, sin ninguna duda, va a ser llamado a la cima. Quizá pueda trepar desde Shanghai hasta Toledo o París; o lo que es también probable, le llamen directamente a Louisville en las próximas vacaciones. ¡Louisville antes de los veinte años! ¿Alguien antes ha conseguido nunca algo así?

Quizá, por aquel entonces, se sienta cómodo entre los miembros de la clase dirigente.

Puede ver que en su fuero interno se están riendo de él, lo nota en el brillo de sus ojos. Ellos, que han llegado a la cima desde hace tantos años, que han olvidado que existen otros que están luchando por abrirse camino. Para ellos, sabe Siegmund, debe parecer cómico… un concienzudo y voluntarioso pequeño arribista, con las entrañas ardiendo por el ansia de llegar. Le toleran porque es capaz… más capaz, quizá, que muchos de ellos. Pero no le respetan. Piensan que es un idiota aspirando hasta tal punto algo de lo que ellos no han tenido aún tiempo de cansarse.

Nissim Shawke, por ejemplo. Posiblemente uno de los dos o tres hombres más importantes de la monurb. (¿Quién es el más importante? Ni siquiera Siegmund lo sabe. En aquel nivel tan elevado, el poder se convierte en una nebulosa abstracción; en un cierto sentido, todo el mundo en Louisville tiene autoridad absoluta sobre todo el edificio, mientras que desde otro ángulo nadie la tiene). Shawke tendrá unos sesenta años, supone Siegmund. Aunque se le ve mucho más joven. Un hombre delgado, atlético, de piel olivácea, fríos ojos, físico poderoso. Despierto, prudente, un hombre de una gran y elástica fuerza. Crea la ilusión de un enorme potencial dinámico. Una fecunda reserva de potencial. Y, sin embargo, por lo que Siegmund puede ver, no hace absolutamente nada. Pasa todos los asuntos gubernamentales a sus subordinados; se desliza a través de sus oficinas en la cúspide de la monurb como si los problemas del edificio fueran meros fantasmas. ¿Y por qué habría de luchar con ellos? Está en la cima. Ha engañado a todo el mundo, a todos excepto quizá a Siegmund. Shawke no necesita hacer, sino tan sólo estar. Ahora deja transcurrir el tiempo y disfruta del confort de su posición. Algo parecido a un príncipe del Renacimiento. Una palabra de Nissim Shawke es suficiente para enviar a cualquiera a las tolvas. Un simple memorándum suyo puede alterar algunos de los más fundamentales aspectos políticos de la monurb. Y, sin embargo, no da origen a ningún problema, no plantea proposiciones, desvía todos los problemas. Tener tanto poder y negarse a ejercitarlo se le aparece a Siegmund como estar jugando con la propia idea del poder. La pasividad de Shawke trae implícito consigo el desdén hacia los méritos de Siegmund. Su sardónica sonrisa se burla de toda ambición. Niega que sea un mérito servir a la sociedad. Estoy aquí, dice Shawke con cada gesto, y esto es bastante para mí; dejad que la monurb se ocupe de sí misma; cualquiera que asuma voluntariamente esta carga es un idiota. Siegmund, que sueña con gobernar, siente que Shawke sumerge su alma en la duda. ¿Y si Shawke tuviera razón? ¿Y si al llegar yo a su lugar dentro de quince años descubriera que nada tiene sentido? Pero no. Shawke está enfermo, eso es todo. Su alma está vacía. La vida debe tener una finalidad, y servir a la comunidad cumple con esta finalidad. Yo estoy cualificado para gobernar a mis semejantes, sería traicionar a la humanidad y traicionarme a mí mismo si rehusara cumplir con mi deber. Nissim Shawke está equivocado. Siento piedad por él.

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