El mundo interior | Страница 13 | Онлайн-библиотека


Выбрать главу

—Jasón Quevedo —dice—. De Shanghai.

Ella parpadea. Parece como si le costara enfocar su mirada.

—¿Shanghai? ¿Qué se supone que estás haciendo aquí?

—¿Quién dice que no puedo estar?

Ella pondera la pregunta.

—Nadie lo dice. Pero los de Shanghai nunca vienen hasta aquí. ¿Eres realmente de Shanghai? ¿Tú?

—¿Tengo que mostrarte mi placa de identidad? —pregunta él rudamente.

Las educadas inflexiones de su voz derriban la resistencia de la mujer. Empieza a acicalarse, arreglándose el cabello, buscando un spray de cosmético para vaporizar su rostro, mientras él se desviste. Jasón sube a la plataforma. Ella dobla sus rodillas hasta su pecho, ofreciéndose. Crudamente, impacientemente, Jasón se abalanza sobre ella. Michael, piensa. Micaela. Michael. Micaela. Gruñendo, la inunda con su fluido.

Por la mañana, en su oficina, inicia su nueva línea de investigación, estudiando los datos acerca de las costumbres sexuales de los tiempos antiguos. Como es habitual, se concentra en el siglo XX, que considera el apogeo de la edad antigua, y por ello el más significativo, revelando todo un conjunto de actitudes y respuestas que se fueron acumulando en la era industrial premonurbana. El siglo XXI es menos utilizable para sus propósitos, ya que es un período de transición, esencialmente caótico y confuso, y el siglo XXII forma ya parte de los tiempos modernos, con el inicio de la era monurbana. Así que el siglo XX es su área preferida de estudio. Semillas del desastre, portentos del destino, lo recorren de extremo a extremo, como los hilos multicolores de un tapiz psicodélico.

Jasón está atento a no caer víctima de la trampa de los historiadores, la falsa perspectiva. Puesto que el siglo XX, visto a tal distancia, parece ana entidad simple y sabe que esto es un error de evaluación causado por una excesiva esquematización; de acuerdo en que existen unos esquemas aparentes que trazan una curva continua a través de las diez décadas, pero hay que tener en cuenta que existen también una serie de cambios cualitativos en la sociedad que engendran discontinuidades históricas de orden mayor entre década y década. La liberación de la energía atómica creó una de estas discontinuidades. El desarrollo de los transportes intercontinentales rápidos formó otra. En la esfera moral, la posibilidad de obtener rápidos y sencillos contraceptivos originó un cambio fundamental en las actitudes sexuales, una revolución que no puede ser adscrita a la simple insubordinación. La llegada de la era psicodélica, con sus especiales problemas y alegrías, marcó otro nuevo gran vértice, dividiendo todo ello el siglo en apartados señalados con un antes y un después. Así 1910 y 1930 y 1950 y 1970 y 1990 forman cúspides individuales dentro del siglo a las que Jasón puede referirse particularmente.

Montones de evidencias están a su disposición. Pese a las dislocaciones causadas por el colapso, existe una enorme cantidad de datos relativos a las eras premonurbanas, almacenadas en alguna bóveda subterránea cuya ubicación ignora Jasón. Naturalmente, el banco central de datos (si es que existe realmente tan sólo uno, y no una serie de ellos repartidos alrededor del mundo) no se halla en la Monurb 116, y duda que esté en el interior de la constelación Chipitts. Pero esto no le interesa. Puede tener acceso a ese enorme depósito de información general siempre que lo necesite, y de forma casi instantánea. El único problema es formular correctamente la petición para recibir los datos solicitados.

Sin embargo, Jasón ya se ha familiarizado con la operativa de solicitar los datos de forma adecuada. Pulsa los controles correspondientes, y poco después aparecen los nuevos cubos. Novelas. Films. Programas de televisión. Carteles. Folletos. Sabe que durante casi medio siglo las actitudes de la gente en relación con los temas sexuales se desarrollaron a dos niveles, el lícito y el ilícito: las novelas y los films de explotación comercial, y una corriente subterránea clandestina, las obras eróticas «prohibidas». Jasón investiga ambos grupos. Debe tener en cuenta las distorsiones del erotismo subterráneo frente a las distorsiones del material legitimado: sólo prescindiendo de este newtoniano juego de fuerza es posible conseguir una visión objetiva. Y hay que vigilar también los códigos legales, con su serie de leyes en vigor únicamente en determinadas zonas. Ésta es, por ejemplo, la ley en Nueva York: «Cualquier persona que exhiba lúbrica y complacientemente, toda ella o alguna de sus partes íntimas, en cualquier lugar público o en cualquier lugar donde se hallen presentes otras personas, o incite a otro a exhibirse en idéntica forma, será culpable de…» En el estado de Georgia, lee, cualquier pasajero de coche cama que permanezca en otro compartimiento distinto del que le ha sido asignado es culpable de delito menor y será castigado con una multa máxima de 1.000 dólares o dos meses de prisión. La ley del estado de Michigan dice «Cualquier persona que trate médicamente a otra persona del sexo femenino, y en el curso de este tratamiento le haga creer que es necesario o beneficioso para su salud tener relaciones sexuales con un hombre, y cualquier hombre que no sea el esposo de dicha mujer, que tenga relaciones sexuales con ella en razón de dicho dictamen, serán culpables de felonía, y castigados con una pena máxima de diez años.» Extraño. Y extraño también: «Cualquier persona que conozca carnalmente, o tenga relaciones sexuales de cualquier tipo con un animal o pájaro, es culpable de sodomía…» ¡No es extraño que todo eso se haya extinguido! ¿Y esto?: «Cualquiera que tenga trato carnal con cualquier persona, de sexo masculino o femenino, contranatura, o intente acto carnal con un cadáver… 2.000 dólares y/o cinco años de prisión…» Y lo más estremecedor de todo: en Connecticut el uso de artículos contraceptivos estaba prohibido, bajo pena de una multa máxima de 50 dólares o sesenta días a un año de prisión, y en Massachusetts «cualquiera que venda, alquile o exponga (u ofrezca) cualquier instrumento o droga, o medicina, o cualquier artículo destinado a prevenir la concepción, será merecedor de una pena máxima de 1.000 dólares». ¿Qué? ¿Qué? ¿Meter a un hombre en prisión por media década por practicar cunnilingus con su esposa, e imponer una sentencia tan ligera a los propagadores de la contracepción? Y de todos modos, ¿dónde estaba Connecticut? ¿Dónde estaba Massachusetts? Pese a ser historiador, no está seguro de ello. Dios bendiga, piensa, esos desgraciados se merecieron el apocalipsis que les cayó encima. ¡Qué extrañas leyes, tan clementes hacia los partidarios de la limitación de la natalidad!

Hojea algunos libros y revisa unos cuantos films. Aunque se halla tan sólo en el primer día de su investigación, detecta algunas pautas, una especie de relajación de algunos tabúes a lo largo del siglo, acelerándose fuertemente entre 1920 y 1930 y después de 1960. Tímidos experimentos que se inician mostrando el tobillo hasta llegar al seno desnudo. La curiosa costumbre de la prostitución se erosiona a medida que las libertades empiezan a ser comúnmente aceptadas. La desaparición de tabúes en el vocabulario popular sexual. Jasón apenas puede creer en lo que está aprendiendo. ¡Qué comprimidas estaban sus almas! ¡Qué frustrados sus deseos! ¿Y por qué? ¿Por qué? Por supuesto, no se puede negar una cierta evolución. Pero terribles restricciones siguen prevaleciendo a lo largo de aquel siglo oscurantista, excepto en sus postrimerías, cuando el colapso está cerca y los límites se desgarran. Pero incluso entonces hay algo retorcido en su liberación. Jasón ve allí una forzada y semiconsciente moda de amoralidad intentando ver la luz. Los tímidos nudistas. Los libertinos con complejo de culpabilidad. Los adúlteros intentando justificarse. Extraño, extraño, extraño. Se siente irresistiblemente fascinado por los conceptos sexuales del siglo XX. La esposa como una propiedad del marido. El premio a la virginidad: bueno, parece que intentaban liberarse de eso. La intervención del estado, dictando posiciones con respecto a las relaciones sexuales y prohibiendo algunos actos suplementarios. ¡Restricciones incluso en las palabras! Una frase en una supuestamente seria obra de crítica social del siglo XX le llama la atención: «Entre los progresos más significativos de la década hay que señalar la consecución, por fin, de libertad para los escritores responsables de usar palabras tales como joder y coño cuando son necesarias para su obra.» ¿Cómo puede ocurrir algo así? ¿Cómo puede darse tanta importancia a unas simples palabras? Jasón pronuncia las viejas palabras prohibidas en su cubículo de investigación: «Joder. Coño. Joder. Coño. Joder». Suenan anticuadas. E inofensivas, por supuesto. Busca los equivalentes modernos. «Tomar. Hendidura. Tomar. Hendidura. Tomar.» No tienen mayor impacto. ¿Cómo pueden haber tenido nunca unas palabras un contexto tan inflamatorio que hayan conducido a una mente en apariencia inteligente a celebrar la libertad de usarlas públicamente? Jasón se siente consciente de sus limitaciones como historiador cuando tropieza con tales cosas. Simplemente no puede comprender la obsesión del siglo XX hacia simples palabras. El insistir en escribir Dios con mayúscula, ¡cómo si Él fuera a sentirse disgustado si le llamaran sencillamente dios! ¡Suprimir libros por imprimir palabras como c…, j… y p…!

Cuanto más avanza en su trabajo del día, más convencido está de la validez de su tesis. Ha habido un cambio monumental en la moralidad sexual en los últimos trescientos años, y no puede ser explicado tan sólo a través de argumentos culturales. Somos diferentes, se dice a sí mismo. Hemos cambiado, y es un cambio celular, una transformación corporal tanto como espiritual. Ellos no hubieran permitido nunca, ni siquiera animado, nuestra sociedad de total accesibilidad. Nuestras rondas nocturnas, nuestra desnudez, nuestra libertad con respecto a los tabúes, nuestro desprecio a todo tipo de celos irracionales, todo ello les parecería extraño, repugnante, abominable. Incluso aquellos que vivían en una forma aproximada a la nuestra, y eran muy pocos, lo hacían por razones equivocadas. Respondían no a una necesidad social positiva sino a la existencia de un sistema represivo. Nosotros somos distintos. Básicamente distintos.

Cansado, satisfecho de lo que ha establecido, abandona su oficina una hora antes de lo habitual. Cuando regresa a su apartamento, Micaela no está.

Eso le sorprende. A aquella hora ella siempre está allí. Los niños están solos, jugando con sus juguetes. Claro que él ha llegado antes de lo acostumbrado, aunque no demasiado. ¿Habrá salido a charlar con alguien? No lo entiende. No ha dejado ningún mensaje.

—¿Dónde está mami? —pregunta a su hijo mayor.

—Ha salido.

—¿Dónde?

Un encogimiento de hombros.

—De visita.

—¿Hace mucho rato?

—Una hora. Quizá dos.

Es una ayuda. Nervioso, alterado, Jasón llama a un par de mujeres de la misma planta, amigas de Micaela. No la han visto. El chico mira a su padre y dice resueltamente.—Ha ido a visitar a un hombre.

Jasón le mira con el ceño fruncido.

—¿Un hombre? ¿Eso es lo que ha dicho? ¿Qué hombre?

Pero el chico ha agotado toda su información. Temeroso de que haya ido a verse con Michael, duda sin llamar a Edimburgo. Sólo para saber si ella está allí. Se debate interiormente. Furiosas imágenes cruzan su cabeza. Micaela y Michael estrechamente unidos, indistinguibles, inflamados. Confundidos en un incestuosa pasión. Como quizá todas las tardes. ¿Cuánto tiempo hace que esto dura? Y luego viene de nuevo a mí para la cena, cada noche, caliente y húmeda de él. Llama a Edimburgo, y Stacion aparece en la pantalla. Calmada en su protuberancia.

—¿Micaela? No, claro que no está aquí. ¿Se supone que tenía que haber venido?

—Creí que quizá… tal vez había pasado por ahí…

—No hemos sabido de ella desde que nos vimos en vuestra casa.

Jasón duda. Sólo se decide cuando ve que ella va a cortar la comunicación.

—¿Tienes idea de dónde puede estar Michael en este momento?

—¿Michael? Trabajando. Equipo Interfacial Nueve.

—¿Estás segura?

Stacion le mira con visible sorpresa.

—Por supuesto que estoy segura. ¿Dónde podría estar si no? Su equipo termina a las 1730. —Sonríe—. ¿Estás sugiriendo que Michael… que Micaela…?

—Por supuesto que no. ¿Qué clase de idiota crees que soy? Sólo pensaba que… quizá… si… —no sabe cómo continuar—. Olvídalo, Stacion. Dale un abrazo de mi parte a Michael cuando vuelva a casa. — Jasón corta la comunicación. Su cabeza zumba, sus ojos están llenos de indeseadas visiones. Los largos dedos de Michael acariciando a su hermana, dos imágenes frente a frente como el reflejo de un espejo. Las bocas uniéndose. No. ¿Dónde está Micaela, pues? Se siente tentado a intentar la comunicación con el Equipo Interfacial Nueve. Saber si Michael está realmente allí. O quizá en algún oscuro cubículo tomando a su hermana. Jasón se echa de bruces en la plataforma de descanso para considerar su posición. Se dice a sí mismo que no tiene la menor importancia que Micaela se deje tomar por su hermano. En absoluto. No va a dejarse atrapar en una primitiva actitud moral propia del siglo XX. Por otro lado, es una considerable violación de costumbres para Micaela salir a media tarde con tales propósitos. Si desea a Michael, piensa Jasón, que le deje acudir decentemente después de medianoche, como un rondador nocturno. Que se deje de esas simulaciones y fingimientos. ¿Piensa realmente que me sentiré escandalizado de saber que es su amante? ¿Debe ocultarse de mí de esta manera? Hace cien años que ya no debe ocultar uno esas cosas. Hacerlo introduce una nota de decepción. El adulterio a la antigua; la cita secreta.

¡Qué vergüenza! Tengo ganas de decirle…

La puerta se abre y entra Micaela. Está desnuda bajo su ligera y translúcida ropa, y se la ve alterada, con el rostro enrojecido. Le sonríe a Jasón. Él percibe la aversión bajo aquella sonrisa.

—¿Y bien? —pregunta.

—¿Y bien?

—Me he sorprendido al no encontrarte en casa cuando he vuelto.

Micaela se desviste fríamente. Se mete bajo la ducha. El modo como frota su cuerpo no deja ninguna duda acerca de lo que ha estado haciendo. Tras unos instantes, dice:

—Me he retrasado un poco, ¿no? Lo siento.

13