El mundo interior | Страница 12 | Онлайн-библиотека


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—¿Pero no ves que…?

—¿Pero no ves que…?

—Si tan sólo quisieras escuchar,…

—Si tan sólo quisieras escuchar…

Jasón no quiere ver. El hombre antiguo no quiere ver. Ninguno de los dos quiere escuchar. No hay comunicación. Jasón pasa otro deprimente día luchando con su intratable material. Sólo cuando ya está a punto de irse recuerda el memorándum de la noche anterior. Estudiará las antiguas costumbres sexuales en un nuevo intento de penetrar más profundamente en aquella sociedad desaparecida. Teclea su petición. Los cubos estarán en su escritorio cuando vuelve mañana a la oficina.

Regresa a su casa en Shanghai, a su casa y a Micaela.

Aquella noche los Quevedo tienen invitados a cenar: Michael, el hermano gemelo de Micaela, y su esposa Stacion. Michael es un analocomputador; él y Stacion viven en Edimburgo, en la planta 704. Jasón aprecia su vital y tonificante compañía, aunque el parecido físico entre su cuñado y su esposa, que antes le divertía, ahora le alarma y le turba. Michael lleva el cabello largo hasta los hombros, y es tan sólo un centímetro más alto que su alta y esbelta hermana. Tan sólo son, por supuesto, hermanos gemelos, pero sus rasgos faciales son virtualmente idénticos. Y la identidad es aún mayor cuando hacen muecas, sonríen o fruncen el entrecejo. Incluso el propio Jasón tiene dificultad en distinguirlos, a menos que estén juntos lado a lado; sus posturas son idénticas, los brazos en jarras, las cabezas erguidas. Y como Micaela tiene senos pequeños, la posibilidad de confusión existe también de perfil, y a veces, mirando de frente a uno de ellos, Jasón se ha sentido momentáneamente confuso, sin saber si era Michael o Micaela. ¡Si tan sólo Michael se dejara crecer la barba! Pero sus mejillas son lampiñas.

Jasón siente de nuevo una cierta atracción sexual hacia su cuñado. En cierto modo es una atracción natural, considerando el deseo físico que siempre ha ejercido Micaela sobre él. Viéndola a través de la estancia, ligeramente inclinada con respecto a él, su desnuda y tersa espalda, el pequeño globo de uno de sus senos visibles bajo sus brazos mientras pulsa el terminal de datos, siente la urgente necesidad de ir hacia ella y acariciarla. ¿Y si fuera Michael? ¿Y si deslizara su mano hacia su seno y lo hallara plano y duro? ¿Y si se confundieran en un apasionado abrazo? Se estremece. No. Jasón rechaza aquellas imágenes de su mente. Nuevamente no. Desde los buenos años de su infancia no ha tenido ningún contacto sexual con miembros de su propio sexo. No se lo permitirá. Estas cosas no están penadas, por supuesto, en la sociedad de la monurb, donde todos los adultos son igualmente accesibles. Muchos utilizan esta ventaja. Por lo que él sabe, el propio Michael lo hace. Si Jasón desea a Michael no tiene más que pedírselo. El rehusar es un pecado. Pero no se lo pide. Lucha contra la tentación. No es correcto, un hombre que se parece tanto a mi propia esposa. Es una trampa del diablo. ¿Pero por qué resisto? Si lo deseo, ¿por qué no tomarlo? Pero no. No lo deseo realmente. Es un derivativo, una rama colateral de mi deseo por Micaela. Y la fantasía surge de nuevo. Él y Michael, enlazados. La imagen es tan definida que Jasón se levanta con un movimiento tenso, estando a punto de volcar una botella de vino que Stacion les ha traído para aquella noche, y, mientras Stacion la sujeta en el último momento, cruza la estancia, intentando ocultar la turbación que le domina. Llega junto a Micaela y estruja con la mano uno de sus senos. Se aprieta contra ella, besando su nuca. Ella tolera esta atención en una forma remota, sin interrumpir su programación de la cena. Pero cuando, ansiosamente, él introduce su mano izquierda por la abertura de su sarong, ella se libera con un brusco movimiento y exclama roncamente:

¡Estáte quieto! ¡No con ellos aquí!

Bruscamente, él se dirige al fumador y ofrece a los demás. Stacion rehúsa: está embarazada. Es una plácida chica rubia, complaciente, amable. Fuera de lugar en aquella reunión de hipertensos. Jasón aspira profundamente el humo y nota como en su interior todos sus nudos se van desanudando. Ahora puede mirar a Michael y no sentir innaturales urgencias. Éste es el momento de las especulaciones. ¿Sospecha algo Michael? ¿Se echaría a reír si se lo dijera? ¿Se sentiría ofendido? ¿Irritado por haberme refrenado? Supongamos que él me lo preguntara: ¿qué haría yo? Jasón toma un segundo porro.

—¿Para cuándo el niño? —pregunta, con fingida jovialidad.

—Dios bendiga, dentro de catorce semanas —dice Michael—. El número cinco. Una chica, esta vez.

—La llamaremos Celeste —dice Stacion, palmeándose la barriga. Su traje prenatal es un corto bolero amarillo y una banda marrón que ciñe su talle. Su distendido vientre está desnudo. El salido ombligo parece el mango de aquel deforme fruto. Sus senos henchidos de leche aparecen y desaparecen bajo la abierta chaqueta—. Estamos pensando en solicitar gemelos para el año próximo —añade—. Un chico y una chica. Michael me ha hablado siempre tanto de los buenos tiempos en que él y Micaela eran jóvenes. Como si existiera un mundo especial para los gemelos.

Jasón se siente presa de una serie de visiones eróticas, y se ve hundido de nuevo en sus febriles fantasías de antes. Ve las extendidas piernas de Micaela agitándose bajo el bombeante cuerpo de Michael, ve su extática cara infantil mirando un punto indeterminado por sobre el hombro de su hermano. Los buenos ratos que debieron pasar juntos. Michael, el primero en tomarla. ¿A los nueve años, a los diez quizá? ¿Cuan jóvenes? Sus primeros e inexpertos intentos. Déjame que sea yo esta vez quien esté encima, Michael. Oh, de este modo parece distinto. ¿Crees que esto que hacemos está mal? No, tonta, ¿no hemos estado durmiendo juntos durante nueve meses enteros? Pon tu mano aquí. Sí. Me haces daño Michael. Oh. Oh, así es estupendo. Pero espera, unos segundos tan sólo. Qué buenos ratos debieron pasar.

—¿Te ocurre algo, Jasón? —es la voz de Michael—. Te ves tan crispado.

Jasón se esfuerza por dominarse. Sus manos tiemblan. Toma otro porro. Raramente fuma tres antes de la cena.

Stacion está ayudando a Micaela a sacar la comida del distribuidor.

—He oído que has iniciado una nueva investigación —le dice Michael a Jasón—. ¿Sobre qué tema base?

Qué delicadeza. Se da cuenta de que estoy alterado. Intenta apartarme de mis mórbidos pensamientos. De estas pesadillas que me asaltan.

—Estoy investigando la noción de que esta vida monurbana está creando un nuevo tipo de hombre —responde Jasón—. Un tipo que se adapta completamente al relativamente poco espacio vital de que dispone y al pequeño cociente de intimidad.

—¿Quieres decir una mutación genética? —pregunta Michael, frunciendo el ceño—. ¿Literalmente, una característica social hereditaria?

—Eso es lo que pienso.

—¿Crees que algo así es posible? ¿Puedes hablar realmente de un rasgo genético, cuando la gente decide voluntariamente reunirse en una sociedad como la nuestra y…?

—¿Voluntariamente?

—¿No es así?

Jasón sonríe.

—Dudo de que lo haya sido nunca. Al principio, sabes, fue la necesidad. Debido al caos que imperaba en el mundo. Enciérrese en su edificio o expóngase a los ladrones de alimentos. Estoy hablando de los años de hambruna. Y luego, cuando todo se estabilizó, ¿crees que hubo alguna vez intervención de la voluntad? ¿Crees que hay alguien que tenga realmente la posibilidad de elegir dónde vivir?

—Supongo que podríamos salir afuera si realmente lo deseáramos —dice Michael—, y vivir en lo que pueda existir en el exterior.

—Pero no lo hacemos. Porque reconocemos que esto sería una absurda fantasía. Nos quedamos aquí, nos guste o no. Y aquellos a quienes no les gusta, aquellos que eventualmente no pueden soportarlo más… Bueno, tú ya sabes lo que les ocurre.

—Pero…

—Espera. Dos siglos de adaptación selectiva. Michael. Las tolvas para los neuros. E indudablemente algunos que consiguieron huir de los edificios, al menos al principio. Los que se quedaron se ajustaron a las circunstancias. Les gusta la vida monurbana. Les parece natural.

—¿Pero es eso realmente genético? ¿No se le podría llamar más simplemente condicionamiento psicológico? Por ejemplo, en los países asiáticos, ¿acaso la gente no ha vivido siempre apretada como lo estamos nosotros, sólo que mucho peor, sin condiciones sanitarias, sin regulación… y lo han aceptado siempre como una cosa natural?

—De acuerdo —dice Jasón—. Porque el rebelarse contra el orden natural de las cosas es algo que fue extirpado de sus cerebros hace muchos miles de años. Los que se quedaban, los que se reproducían, eran los que aceptaban este estado de cosas. Lo mismo que aquí.

—¿Cómo puedes establecer la línea divisoria —dice dubitativamente Michael— entre el condicionamiento psicológico y la selección educativa a largo término? ¿Cómo puedes saber lo que resultó de una cosa y de otra?

—Nunca he enfocado el problema desde este ángulo —admite Jasón.

—¿No has pensado en trabajar en colaboración con un genético?

—Quizá lo haga más tarde. Cuando haya establecido los parámetros de mi investigación. Ya sabes que aún no estoy preparado para defender esta tesis. Tan sólo estoy reuniendo datos para descubrir si puede ser defendida. El método científico. No quiero elaborar primero hipótesis y luego mirar a mi alrededor en busca de pruebas; primero examino las pruebas y luego…

—Sí, sí, entiendo. Sin embargo, entre nosotros, crees que esto es lo que ocurrió realmente, ¿no? Una nueva especie monurbana.

—Lo creo, sí. Dos siglos de adaptación selectiva drásticamente ejercida. Y todos nosotros nos hemos ajustado perfectamente a este modo de vida.

—Ah. Sí. Todos nosotros perfectamente ajustados.

—Con algunas excepciones —dice Jasón, echándose un poco hacia atrás. Él y Michael intercambian miradas circunspectas. Jasón se pregunta qué pensamientos se ocultan tras los fríos ojos de su cuñado—. Pero una aceptación general, de todos modos. ¿Dónde ha ido a parar la vieja filosofía expansionista occidental? Yo digo: ha sido extirpada de la raza. ¿El instinto del poder? ¿El ansia de nuevos espacios y bienes? Extirpados. Extirpados. Extirpados. Pienso que ha sido un proceso de condicionamiento. Sospecho que se ha despojado a la raza de algunos genes que la conducían a…

—La cena, profesor —llama Micaela.

Una espléndida comida. Filetes de proteínas, ensalada de raíces, budín, sazones, sopa de pescado. Nada reconstituido y casi nada sintético. Durante las dos próximas semanas Micaela y él tendrán que disminuir sus raciones para nivelar el déficit de su cuota de lujo. Oculta su irritación. Michael es siempre recibido cuando viene de visita con gran boato gastronómico; Jasón se pregunta por qué, teniendo en cuenta que Micaela no tiene por costumbre mostrarse tan pródiga con sus otros siete hermanos y hermanas. Tan sólo ha invitado a dos o tres, y muy raramente. Pero Michael viene al menos cinco veces al año, y cada vez es recibido con un festín. Las sospechas de Jasón renacen. ¿Existe todavía algo inconfesable entre ellos dos? ¿Las pasiones infantiles siguen aún encendidas? Quizá sea algo encantador el que dos gemelos de doce años copulen, ¿pero sigue siéndolo a los veintitrés años y ambos casados? ¿Michael un rondador nocturno en mi plataforma de descanso? Jasón se siente molesto consigo mismo. No basta con tener que luchar contra aquella estúpida fijación homosexual hacia Michael; ahora tiene que atormentarse a sí mismo con el miedo a un asunto de incesto a sus espaldas. Envenenando sus horas de relajación. ¿Pero y si fuera cierto? No hay nada socialmente objetable en ello. Tomad vuestro placer allá donde queráis. En el cuerpo de vuestra hermana si éste es vuestro deseo. ¿Todos los hombres de la Monada Urbana 116 tienen acceso a Micaela Quevedo, salvo el infortunado Michael? ¿Puede su condición de haber compartido el mismo seno materno excluirle? Sé realista, se dice a sí mismo Jasón. Los tabúes incestuosos sólo tienen sentido cuando se mezcla con ellos la procreación. Por otro lado, probablemente quizá no lo hayan cometido, quizá no lo cometan nunca. Se pregunta cómo su cerebro ha podido imaginar tal bajeza. Es culpa de las fricciones de mi vida con Micaela, decide. Su frialdad está empujándome hacia todo tipo de actitudes impías, la muy zorra. Si no pone término a esto voy a…

¿A qué? ¿A seducir a Michael para quitárselo? Se sonríe ante lo tortuoso de sus planteamientos.

—¿Qué es tan divertido? —pregunta Micaela—. Cuéntanoslo, Jasón.

Él levanta los ojos, desconcertado. ¿Qué puede decir?

—Una tontería —improvisa—. Respecto a ti y a Michael, y a lo mucho que os parecéis. Estaba pensando en la posibilidad de que quizá alguna noche tú y él cambiarais de habitaciones, y entonces algún rondador nocturno podría llegar hasta aquí buscándote, meterse bajo las sábanas esperando encontrarte, y descubrir entonces que estaba en la cama con un hombre y que… que… —Jasón se da cuenta de que no puede continuar, y murmura algunas inconexidades antes de apagarse en un mustio silencio.

—Vaya extravagencia —dice Micaela.

—Y de todos modos, ¿qué hay con ello? —pregunta Stacion—. No veo por ningún lado qué tiene la situación de divertida.

—Déjalo correr —gruñe Jasón—. Ya os he dicho que era algo idiota. Micaela ha insistido en saber lo que pasaba por mi cabeza, y se lo he dicho, pero yo no soy responsable si es algo que no tiene el menor sentido, ¿no? ¿No? —Toma bruscamente la botella de vino y se echa en su copa casi todo el que queda—. Es bueno —murmura.

Tras la cena, comparten un expansivo, todos menos Stacion. Flotan silenciosamente durante un par de horas. Poco antes de medianoche, Michael y Stacion se van. Jasón prefiere no observar como su esposa y su hermano se despiden con un fuerte abrazo. Tan pronto como sus huéspedes se han marchado, Micaela se despoja de su sarong y le mira con una ardiente y feroz mirada, como desafiándole a tomarla esta noche. Pero aunque Jasón sabe lo poco amable que es ignorar su muda invitación, se siente tan deprimido por la experiencia interior que ha vivido que prefiere huir.

—Lo siento —dice—. Estoy inquieto.

La expresión de ella cambia: el deseo se esfuma y es reemplazado por la perplejidad, y luego por la rabia. Pero él no espera. Se marcha apresuradamente, precipitándose hacia un descensor y sumergiéndose hasta la planta 59. Varsovia. Entra en un apartamento y halla a una mujer de unos treinta años, de rizado cabello rubio y blando y carnoso cuerpo, durmiendo sola en una revuelta plataforma de descanso. A su alrededor, ocho niños duermen en sus camitas en los rincones. La despierta.

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