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Robert Silverberg

Estación Hawksbill

PRÓLOGO

En sí mismo, el puesto avanzado que Robert Silverberg llama Estación Hawksbill es un marávilloso invento de la ciencia ficción. Se trata de una penitenciaría, pero una penitenciaría insólita, pues está situada en la era paleozoica, en el lejano pasado terrestre, donde los prisioneros no tienen ninguna posibilidad de fugarse porque faltan más de mil millones de años para que haya algún sitio adonde fugarse. ¿Qué mejor forma podría encontrar una sociedad futura de deshacerse de sus ciudadanos menos queridos? (Siempre y cuando, claro está, esa sociedad dispusiera de una máquina del tiempo unidireccional para mandarlos al pasado, pero eso es el «si condicional» que tienen permitido los escritores de ciencia ficción.) Sin embargo, en manos de Silverberg, esta buena idea es sólo el telón de fondo para desarrollar una novela sobre los eternos temas del hombre y el poder y, en particular, la política.

Algunas personas se sorprenden al descubrir que existe una ciencia ficción política. Esas personas, por lo general, no han leído nunca ciencia ficción o han leído mucha pero no han percibido ese aspecto. Por ejemplo, existen obras literarias a secas, como 19,84 de George Orwell, On the Beach de Nevil Shute, el olvidado Micromegas de Voltaire y Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift. Pocos se atreverían a negar que son intensamente políticas: la de Orwell, una diatriba contra el comunismo de estilo soviético; la de Shute, una advertencia de catástrofe nuclear; las de Voltaire y Swift, ataques despiadados a los aires y a las hipocresías de las instituciones de la época. Lo que algunos no comprenden es que todas esas obras son también, sin duda, ciencia ficción; tanto, por ejemplo, como Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, y tan deliberadamente propagandísticas. (Cuando le preguntaron a Bradbury si el sombrío mundo de su novela era una predicción exacta del futuro, él contestó: «No intento predecir el futuro. ¡Quiero impedirlo! » )

En realidad, la ciencia ficción política es tan común que quizá no haya ningún otro tipo de ciencia ficción. Puestos a escribir un relato de ciencia ficción, resulta casi imposible que no contenga elementos políticos. De lo que trata la ciencia ficción —toda la ciencia ficción— es del cambio; sin ese elemento, la ciencia ficción no existe. Para crear una historia de ciencia ficción, un escritor tiene que inventar un mundo que de alguna manera es nuestro propio mundo transformado. Y al contrastar las partes que están cambiadas y los efectos de esos cambios con el mundo real que nos rodea, el relato se convierte inevitablemente en un comentario político. (¿Y acaso no está bien que eso ocurra? ¿No es maravilloso que podamos examinar las consecuencias de casi cualquier acontecimiento futuro imaginable en forma de ciencia ficción, donde los desastres se quedan en la página en vez de manifestarse de manera catastrófica en la vida real?)

Así que todo relato de ciencia ficción tiene un subtexto político, pero en Estación Hauiksbill Silverberg es aún más directo. El contenido político de la novela no está meramente implícito, sino que ocupa el primer plano y se desarrolla de manera detallada.

Sin embargo, quiero hacer una advertencia. Para mi sorpresa descubro que en esta novela mi respetado amigo Bob hizo algo que desde hace mucho tiempo aconsejo evitar. Puso fechas reales a algunos de los acontecimientos que describe. Y algunas de esas fechas quedan ahora en el pasado… y los acontecimientos sencillamente no han ocurrido.

No dejes que esa pequeña molestia interfiera en el placer de la lectura. Olvídate de las fechas. Imagina que todo eso pasó en un tiempo paralelo. O que quizá Bob se equivocó de cronología y aún no ha pasado.

Un poco más arriba me referí a Robert Silverberg como amigo: lo es y lo ha sido la mayor parte de nuestra vida. Quizá deba revelar algo más, y es que durante muchos de esos años también fui su editor. Por eso cuando escribió Estación Hawksbill (me refiero a la novela corta que dio origen a esta novela), enseguida me envió el manuscrito. Por supuesto, me gustó, e inmediatamente la publiqué como relato principal en el siguiente número de Galaxy, la revista de la que era director.

Todo eso ocurrió hace un tercio de siglo, pero Estación Hawksbill sigue siendo una brillante muestra de imaginación que me gusta tanto como el primer día.

FREDERIK POHL

Palatine, Illinois, febrero de 2000

1

Barrett era el rey sin corona de la Estación Hawksbill. Nadie se lo discutía. Él era quien más tiempo llevaba allí, quien más había sufrido, quien tenía más fortaleza interior. Antes del accidente habría podido dar una paliza a cualquier hombre del lugar. Ahora, claro, era un lisiado, pero aún conservaba ese halo de poder que le daba autoridad. Cuando había problemas en la Estación, se los llevaban a Barrett y él los resolvía. Eso se daba por sentado. Él era el rey.

Además, vaya reino el que gobernaba. En realidad era el mundo entero, de polo a polo y de meridiano a meridiano, toda la bendita Tierra. Por lo que valiera. No valía mucho.

Ahora llovía de nuevo. Barrett se levantó con aquel gesto rápido y fácil que le costaba una agonía infinita muy bien disimulada y arrastró los pies hasta la puerta de la choza. La lluvia, el tipo de lluvia que caía en ese sitio, lo ponía tenso e impaciente. El golpeteo constante de aquellas gotas redondas y grasientas contra el techo de chapa de zinc bastaba incluso para sacar de quicio a Jim Barrett. Faltaban todavía mil millones de años para que se inventase el tormento chino de la gota de agua, pero Barrett ya entendía muy bien sus efectos.

Empujó la puerta con el codo. Desde allí, en la entrada de la choza, Barrett contempló su reino. Vio rocas áridas casi hasta el horizonte. Una placa interminable de dolomita pura. Las gotas de lluvia bailaban y rebotaban y salpicaban en aquel bloque continental de piedra lustrosa. Nada de árboles. Nada de hierba. Detrás del sol de Barrett estaba el encrespado mar, gris e inmenso. También el cielo era gris, incluso cuando no llovía.

Cojeando, Barrett salió a la lluvia.

Cada vez le resultaba más sencillo manejar la muleta. Al principio los músculos de la axila y del costado se habían rebelado ante la idea de que necesitaba ayuda para caminar, pero habían terminado aceptándolo, y la muleta parecía ahora una simple extensión de su cuerpo. Se apoyó cómodamente, dejando oscilar en el aire el aplastado pie izquierdo.

Un desprendimiento de piedras lo había atrapado un año antes, durante un viaje a la orilla del Mar Interior. Lo había atrapado y herido. En su mundo, Barrett habría sido llevado al hospital público más cercano, le habrían colocado unas prótesis y todo arreglado: un tobillo nuevo, un arco nuevo, ligamentos y tendones renovados, una masa de fibras de acrílico homogéneas en el sitio del pie dañado. Pero su mundo estaba a mil millones de años de la Estación Hawksbill, y volver a él era imposible. La lluvia lo golpeó con fuerza, haciendo un ruido sordo contra su cráneo, aplastándole el pelo canoso contra la frente. Frunció el entrecejo. Pensativo, se alejó un poco de la choza.

Barrett era un hombre grande, de un metro noventa y cinco, con ojos oscuros, nariz prominente y un mentón que era un monarca entre méntones. Había llegado a pesar más de ciento veinticinco kilos en su mejor momento, en los viejos tiempos de agitación Arriba, cuando llevaba banderas y gritaba furiosas consignas y escribía manifiestos. Pero ahora pasaba de los sesenta y empezaba a encogerse un poco y la piel se le aflojaba alrededor de los sitios donde habían estado los fuertes músculos. Resultaba difícil conservar el peso en la Estación Hawksbill. La comida era nutritiva, pero le faltaba… intensidad. Después de un tiempo se llegaba a añorar con pasión un filete. Comer guiso de braquiópodos y picadillo de trilobites no era lo mismo.

Pero a Barrett ya se le había pasado toda la amargura. Ése era otro motivo por el que los hombres lo consideraban el líder de la Estación. Era sólido. No se quejaba No despotricaba. Se había resignado a su destino y toleraba el exilio eterno, de manera que podía ayudar a los demás a superar el difícil y desgarrador período de transición, cuando tomaban conciencia del hecho abrumador de que habían perdido para siempre el mundo conocido.

Llegó una figura trotando con torpeza bajo la lluvia: Charley Norton. El jruschevista doctrinario de inclinaciones trotskistas, un revisionista de otros tiempos. Norton era un hombre pequeño y excitable que adoptaba con frecuencia el papel de mensajero cuando había novedades en la Estación. Llegó corriendo hacia la choza de Barrett, resbalando y deslizándose por las piedras desnudas, moviendo frenéticamente los codos.

Al acercarse, Barrett le tendió una mano rolliza.

—Tranquilo, Charley. ¡Tranquilo! ¡Tómatelo con calma o te romperás la crisma!

Norton se detuvo con dificultad delante de la choza. La lluvia le había pegado el cabello ralo contra el cráneo, formando un extraño entretejido. Sus ojos tenían la intensidad fija y brillante del fanatismo, aunque quizá no fuera más que astigmatismo. Mientras trataba de recuperar el aliento se tambaleo hasta la puerta abierta, donde se sacudió como un cachorro mojado. Era evidente que había venido corriendo desde el edificio principal de la Estación, a trescientos metros de distancia. Bajo aquella lluvia había sido una carrera larga y peligrosa; la placa rocosa era muy resbaladiza.

—¿Por qué te quedas ahí en la lluvia? —preguntó Norton.

—Para mojarme —dijo Barrett entrando en la choza y mirando a Norton—. ¿Qué noticias tienes? —El Martillo está brillando. Pronto vamos a tener compañía.

—¿Cómo sabes que va a ser una remesa viva? —El Martillo brilla desde hace quince minutos. Eso significa que están tomando precauciones con lo que envían. Es evidente que nos mandan un nue—, vo prisionero. Por ahora no hay previsto ningún envío de suministros.

Barrett asintió.

—De acuerdo. Iré a ver qué pasa. Si llega uno nuevo supongo que lo pondremos con Latimer.

Norton soltó una risa áspera.

—Quizá sea un materialista. Si lo es, Latimer lo enloquecerá con todas sus tonterías místicas. Quizá lo podríamos poner con Altman.

—Y en media hora lo habría violado.

—No sé si sabes que a Altman ya no le da por eso —dijo Norton—. Ahora, en vez de buscar sustitutos de segunda, trata de crear una mujer verdadera.

—Quizá a nuestro nuevo compañero no le sobre ninguna costilla.

—Muy gracioso, Jim. —A Norton no parecía divertirle la situación. De repente sus ojos brillaron con mayor intensidad—. ¿Sabes qué me gustaría que fuera el nuevo? —preguntó—. Un conservador. Un perfecto reaccionario salido directamente de Adam Smith. ¡Eso es lo que quiero que nos envíen esos cabrones!

—¿No te conformarías con un camarada bolchevique, Charley?

—Este sitio está repleto de bolcheviques —dijo Norton—. Tenemos toda la gama, del rosa pálido al escarlata intenso. ¿Crees que no estoy cansado de ellos? Todo el día por ahí pescando trilobites y discutiendo los méritos relativos de Kerensky y Malenkov. Necesito a alguien con quien hablar, Jim. Alguien con quien pueda pelear.

—Muy bien —dijo Barrett, poniéndose la ropa de lluvia—. Veré qué puedo hacer para sacar del Martillo a alguien con quien puedas discutir. ¿Qué te parece un objetivista alborotador? —Barrett soltó una carcajada. Bajando la voz, agregó—: ¿Sabes una cosa, Charley? Quizá desde las últimas noticias que tuvimos hubo una revolución Arriba. Quizá la izquierda echó a la derecha del poder, y a partir de ahora no nos enviarán más que reaccionarios. ¿Qué te parece? Supongamos que para empezar nos mandan cincuenta o cien soldados de asalto. Tendrías material de sobra para tus debates económicos. Irían ocupando este sitio a medida que rodasen cabezas Arriba. Aumentarían hasta superarnos en número, y entonces los recién llegados podrían incluso dar un golpe y deshacerse de todos los apestosos izquierdistas enviados aquí por el viejo régimen y…

Barsett se calló. Norton lo, miraba con inexpresivo asombro, los ojos descoloridos muy abiertos, alisándose convulsivamente el cabello ralo para ocultar la angustia y la vergüenza.

Barrett comprendió que había cometido uno de los crímenes más atroces de la Estación Hawksbill: había hablado de más. Ese arrebato no tenía ninguna justificación. Lo que hacía más embarazosa la situación era el hecho de que él mismo se hubiera permitido ese lujo. Se daba por sentado que él era el hombre fuerte del lugar, el estabilizador, el hombre de integridad y principios y cordura absolutos en quien podían apoyarse los demás cuando sentían que se descontrolaban. Y de repente era él quien había perdido el control. Mala señal. Volvió a sentir un dolor punzante en el pie muerto; quizá fuera ésa la razón.

—Vamos —dijo Barrett conteniendo la voz—. A lo mejor ya tenemos allí al nuevo.

Salieron. La lluvia estaba acabando y la tormenta se trasladaba hacia el mar. Por el este, sobre lo que un día se llamaría el, Atlántico, el cielo estaba todavía cubierto de arremolinadas volutas de niebla gris.

El tono de gris normal que presagiaba tiempo seco. Antes de ser enviado a ese lugar, Barrett había esperado encontrar un cielo prácticamente negro, porque en un pasado tan remoto tendría que haber menos partículas de polvo y la luz no se refractaría lo necesario para crear tanto color azul. Pero el cielo había resultado ser de un beige aburrido. Para eso servían las teorías. De todos modos, nunca había pretendido ser un científico.

Los dos hombres caminaron hacia el edificio principal de la Estación bajo la lluvia cada vez menos fuerte. Norton se acomodó sutilmente a la renqueante marcha de Barrett, y Barrett, blandiendo con furia la muleta, hacía lo imposible para que sus padecimientos no los obligaran a aminorar la marcha. En dos ocasiones estuvo a punto de perder pie, y las dos veces se esforzó para que Norton no se diera cuenta de ello.

La Estación Hawksbill se extendía delante de ellos. La Estación ocupaba unas doscientas hectáreas y tenía forma de medialuna. En el centro de todo se levantaba el edificio principal, una enorme cúpula donde se guardaba la mayor parte del equipo y las provisiones de los prisioneros. Flanqueándola a intervalos amplios, brotando de la lustrosa placa rocosa, como enormes y grotescos hongos verdes, se veían las burbujas plásticas de las viviendas individuales. Algunas chozas, como la de Barrett, estaban revestidas con chapas de hojalata que habían rescatado de los envíos de Arriba. Otras no tenían protección, no eran más que plástico desnudo, tal como había salido del estampador.

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