Estación Hawksbill | Страница 9 | Онлайн-библиотека


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—Hay un plan maestro, Jack —dijo Pleyel—. Estoy en contacto con muchos grupos.

—¿Un plan programado con ordenadores? —insistió Bernstein.

Pleyel levantó las largas manos de manera elocuente. Prefería no responder.

—Así tendría que ser —dijo Bernstein—. Contamos en nuestro grupo con un hombre que es el genio matemático más grande desde Descartes. Hawksbill tendría que estar preparando todo eso. Pero ¿dónde demonios se ha metido?

—No viene mucho por aquí últimamente —dijo Barrett.

—Ya lo sé. Pero ¿por qué?

—Está ocupado, Jack. Tratando de construir una máquina del tiempo o algo por el estilo.

Bernstein se quedó boquiabierto. De su garganta brotó un chorro de risa áspera y amarga.

—¿Una máquina del tiempo? ¿Quieres decir una cosa de verdad para viajar de manera literal por el tiempo?

—Creo que es eso lo que dijo —musitó Barrett=. No lo dijo exactamente con esas palabras. No soy matemático y no pude entender mucho de lo que decía, pero…

—Eso es lo que tú consideras un genio. —Bernstein hizo crujir los nudillos con furia—. Una dictadura en el poder, la policía secreta que detiene a gente todos los días, la situación que empeora todo el tiempo y él ahí sentado inventando máquinas del tiempo. ¿Dónde tiene el sentido común? Si quiere ser inventor, ¿por qué no inventa algo para echar al gobierno?

—Quizá esa máquina nos sirva para algo —dijo Pleyel con voz suave. Si pudiéramos, por ejemplo, retroceder en el tiempo hasta 1980 o 1982, y tomar las medidas correctivas necesarias para impedir las causas de la crisis constitucional…

—¿Hablas en serio? —preguntó Bernstein—. Mientras se desarrollaba la crisis, nosotros nos quedamos sentados lamentando el triste estado del cosmos, y finalmente lo que todos habíamos pronosticado ocurrió, y no habíamos hecho absolutamente nada para impedirlo. Y ahora hablas de subir a una loca máquina del tiempo e ir a cambiar el pasado. No lo puedo creer. No lo puedo creer.

—Sabemos mucho más sobre los vectores de la revolución, Jack —dijo Pleyel—. Quizá funcione. —Con asesinatos selectivos, puede ser. Pero ya has . descartado el asesinato como forma de discurso político. ¿Qué harás entonces con la máquina de Hawksbill? ¿Mandar a Barrett a 1980 a agitar banderas en las concentraciones? Ay, qué locura. Todo esto me está dando asco. Creo que voy a tener que ir a Union Square a vomitar.

Salió corriendo de la habitación.

—Es inestable —le dijo Barrett a Pleyel—. Casi echaba espuma por la boca. ¿Sabes una cosa? Ojalá se fuera del movimiento. Uno de estos días se indignará tanto con nuestra inflexibilidad que nos denunciará a todos a la policía secreta.

—Lo dudo, Jim. Claro que es excitable. Pero también es muy brillante. Genera ideas de todo tipo, algunas sin valor, algunas útiles. Tenemos que soportarle los momentos difíciles porque lo necesitamos. Tú tendrías que saber eso mejor que cualquiera de nosotros, Jim. ¿Acaso no es amigo tuyo de la infancia? Barrett negó con la cabeza.

—Lo que hubo entre Jack y yo no creo que pueda llamarse amistad. De todos modos, eso acabó hace años. Me odia a muerte. Le encantaría verme aplastado en una alcantarilla.

Poco después se levantó la reunión. Hubo las habituales mociones para investigar las recomendaciones propuestas y el acostumbrado reparto de tareas para preparar informes especiales sobre las conclusiones. Y eso fue todo. Los miembros de la célula contrarrevolucionaria salieron de la habitación. Finalmente sólo quedaron Janet y Barrett, vaciando los ceniceros y acomodando las sillas.

—Esta noche daba miedo ver a Jack —dijo ella—. Parecía poseído por los demonios. Podría haber hablado durante horas sin titubear.

—En lo que decía había algo de razón.

—Algo, sí, Jim. Por ejemplo, habría que planear las cosas de manera más detallada, y aprovechar mejor a Ed Hawksbill. Pero lo que me asustó no fue lo que dijo, sino cómo lo dijo. Era como un pequeño demagogo, caminando de un lado para otro, escupiendo las palabras. Imagino que Hitler debía de ser muy parecido cuando estaba empezando. Quizá también Napoleón.

—Entonces tenemos suerte de que Jack esté de nuestro lado —dijo Barrett.

—¿Estás seguro de que es así?

—¿Acaso parecía un sindicalista esta noche? Janet juntó unos papeles tirados en el suelo y los metió en el procesador de basura.

—No, pero me lo imaginé pasando con mucha facilidad al otro lado. Como tú mismo dijiste, es inestable. Brillante pero inestable. Si encontrara la motivación apropiada, sería muy capaz de cambiar de bando. Aquí no está cómodo. Quiere disputar el liderazgo de Pleyel en el grupo, pero teme ofender a Norm, y eso lo frustra, y Jack no es el tipo de persona que encaje bien las frustraciones.

—Además, nos odia.

—Sólo nos odia a ti y a mí —dijo Janet—. No creo que tenga nada contra los demás.

—Todavía.

—Podría trasladar a todo el grupo el odio que nos tiene —reconoció Janet.

Barrett frunció el entrecejo.

—Hace dos años que no puedo hablar racionalmente con él. Siempre aparecen esos tremendos celos. El odio. Todo porque ligué con su novia sin saber lo que hacía. Hay otras mujeres en el mundo. —Y además yo nunca fui su novia —dijo Janet—. ¿Aún no te diste cuenta? Salí con él tres, cuatro veces antes de que tú ingresaras en el grupo. Pero nunca hubo nada serio entre él y yo. Nada.

—Te acostaste con él, ¿verdad?

Los ojos oscuros y fríos de Janet subieron y quedaron a la altura de los ojos de Jim Barrett.

—Una vez. Porque me lo suplicó. Fue como dormir con el taladro de un dentista. Nunca más dejé que me tocara. No tenía ninguna relación conmigo. Aunque crea lo contrario, él es el culpable de la situación. Nos presentó.

—Sí —dijo Barrett—. Me rogó que entrara en el grupo. Me arengó. Me acusó de no tener ningún compromiso con la humanidad, y supongo que no le faltaba razón. Yo no era más que un zopenco de dieciséis años, grande e ingenuo, a quien le gustaban el sexo y la cerveza y los bolos, y que de vez en cuando miraba un periódico y se preguntaba qué demonios significaban todos aquellos titulares. Bueno, Jack se propuso despertar mi conciencia y lo consiguió, y en el camino encontré a una chica, y ahora…

—Ahora eres un zopenco de diecinueve años, grande e ingenuo, a quien le gustan el sexo y la cerveza y los bolos y las actividades contrarrevolucionarias. —Exacto.

—Así que al demonio con Jack Bernstein —dijo Janet—. Uno de estos días crecerá y dejará de envidiarte, y podremos empezar a trabajar juntos para arreglar el lío en el que se ha metido el mundo. Mientras tanto, concentrémonos en el día a día y hagamos las cosas lo mejor posible. ¿Qué otro camino nos queda?

—Supongo que tienes razón —dijo Barrett.

Fue hasta la ventana y tocó el botón del mando. La opacidad fue desapareciendo, y miró a través de la oscuridad hacia la calle, quince pisos más abajo. Del otro lado había estacionados dos coches verde botella de la policía; habían detenido a un pequeño coche eléctrico de color dorado y azul y estaban interrogando al conductor. Desde allí arriba Barrett no podía ver mucho, pero las manifestaciones de inocencia del hombre, que hablaba con voz aguda, llegaban a la ventana. Después de un rato apareció un tercer coche de la policía. Metieron en uno de ellos al hombre, que no dejaba de protestar, y se fueron. Barrett opacó de nuevo la ventana. Mientras se oscurecía y se empañaba, el cristal le mostró el reflejo de Janet, desnuda detrás de él con los hinchados globos de los pechos que subían y bajaban expectantes. Barrett se volvió. Janet era mucho más atractiva ahora que se había quitado todo aquel peso, pero él no encontraba ninguna manera delicada de decírselo sin dar a entender que antes era una cerda.

—Ven a la cama —dijo ella—. Deja de mirar por la ventana.

Jim Barrett avanzó hacia ella. Le llevaba más de treinta centímetros, y cuando se detuvo a su lado se vio como un árbol encima de un arbusto. Sus brazos la rodearon, y sintió el suave calor de aquel cuerpo contra el suyo, y mientras se hundían en el colchón imaginó que oía la voz aflautada y furiosa de Jack Bernstein aullando en la noche, y la envolvió y la apretó en un abrazo feroz.

7

Lo que Rudiger había pescado estaba exhibido delante del edificio principal a la mañana siguiente cuando Barrett llegó a desayunar. Era evidente que Rudiger había tenido una buena noche de pesca. Casi siempre era así. Rudiger salía al Atlántico tres o cuatro noches por semana si hacía buen tiempo, usando la pequeña lancha que había improvisado hacía unos años con cajones y otros materiales, y llevaba consigo a un equipo de amigos que había adiestrado en el uso de las redes de arrastre. Por lo general volvían con una buena carga de mariscos.

Resultaba irónico que Rudiger, el anarquista, el hombre que creía profundamente en el individualismo y en la abolición de todas las instituciones políticas, dirigiese tan bien a un equipo de pescadores. A Rudiger no le interesaba la labor de equipo como idea abstracta. Pero pronto había descubierto que le costaba manipular las redes solo, y se había puesto a organizar un pequeño microcosmos social. La Estación Hawksbill tenía muchas pequeñas ironías de ese tipo. Los teóricos políticos —Barrett lo sabía muy bien— tienden a tragarse las teorías cuando se ven forzados por cuestiones pragmáticas de supervivencia.

La estrella de la pesca era un cefalópodo de unos cuatro metros de largo, un tubo rígido, verdoso y cónico, del que colgaban unos débiles tentáculos anaranjados, como de calamar, que latían de manera espasmódica. Ahí había abundante carne, pensó Barrett. Gomosa pero buena; si uno se acostumbraba. Alrededor del cefalópodo había expuestos docenas de trilobites que variaban desde los tres centímetros de largo —especiales para cócteles— hasta un metro, con dermatoesqueletos barrocos y complejos. Rudiger pescaba buscando tanto alimento como conocimientos; esos trilobites eran sin duda descartes, representantes de especies que él ya había estudiado, o no los habría dejado allí para que los metiesen en los depósitos de alimentos. Tenía la choza repleta hasta el techo de trilobites, ordenados y clasificados por género y especie. Reunirlos y analizarlos y escribir sobre ellos ayudaba a Rudiger a conservar la cordura, y a nadie en aquel sitio le molestaba ese pasatiempo.

Cerca de la pila de trilobites había algunos grupos de braquiópodos articulados parecidos a veneras torcidas, y un montón de caracoles. Las aguas tibias y poco profundas de la plataforma costera, en llamativo contraste con la tierra yerma, estaban llenas de vida invertebrada. Rudiger también había traído un montículo de algas negras brillantes para las ensaladas. Barrett esperaba que alguien juntara todo aquello y lo llevara al refrigerador de la Estación antes de que se estropease. Allí las bacterias de la descomposición actuaban mucho más despacio que Arriba, pero en unas pocas horas deteriorarían lo que había pescado Rudiger. Barrett renqueó hasta la cocina, donde encontró a tres hombres trabajando. Los hombres lo saludaron con un respetuoso movimiento de cabeza.

—Hay comida delante de la puerta —dijo Barrett—. Rudiger volvió, y descargó todo allí afuera. —Podría habérselo dicho a alguien, ¿verdad? —Quizá no había nadie aquí a quien decírselo cuando llegó. ¿Lo buscarás y lo pondrás a enfriar? —Sí, Jim. Por supuesto.

Ese día Barrett planeaba reclutar a algunos hombres para la expedición anual al Mar Interior. Tradicionalmente, era una caminata que él siempre había dirigido, pero la herida del pie le impedía siquiera pensar en hacer el viaje ese año. Quizá no podría volver a hacerlo nunca más.

Todos los años, más o menos una docena de hombres sanos salían en una amplia expedición de reconocimiento. Describían un enorme arco circular serpenteando hacia el noroeste hasta llegar al Mar Interior, y después doblaban hacia el sur y volvían por la franja de tierra firme hasta la Estación. Uno de los propósitos del viaje era reunir toda la basura temporal que hubiese podido materializarse en las cercanías de la Estación durante el último año. Era imposible saber qué margen de error había existido durante las primeras tentativas de montar la Estación, y la técnica de enviar materiales al pasado de manera dispersa había resultado bastante poco precisa.

Todo el tiempo aparecían materiales nuevos. Su meta era el año –1.000.000.2005 d.C., pero no ¡llegaron hasta unas décadas más tarde. Ahora, en el año –1.000.000.2029 d…C., todavía seguían apareciendo cosas programadas para el primer año de funcionamiento de la Estación. La Estación Hawksbill necesitaba todo el equipo que podía conseguir, y Barrett no perdía ninguna oportunidad para recoger restos de envíos del futuro.

Pero había otro motivo, más sutil, para hacer esas expediciones al Mar Interior. Eran el centro del año, un ritual anual, algo donde fijar las costumbres. La expedición era el rito de primavera del lugar. Los doce hombres más fuertes, al ir a pie a las lejanas costas rocosas del tibio mar que inundaba el corazón de Norteamérica, cumplían lo que más se acercaba en la Estación Hawksbill a una función religiosa, aunque ellos, al llegar al Mar Interior, no hicieran nada más místico que pescar unos pocos trilobites y comerlos.

El viaje también significaba más para Barrett de lo que él mismo había sospechado jamás. Ahora que no podía ir, se daba cuenta. Durante años había dirigido todas las expediciones a través de aquel paisaje invariable, monótono, subiendo por cuestas resbaladizas y bajando hacia el mar, los ojos barriendo siempre el horizonte en busca de signos de . basura temporal. Guiso de trilobites cocinado en fogatas de medianoche lejos de las deprimentes chozas de la Estación Hawksbill. Un arco iris sobre el mar donde algún día estaría Ohio. El atronador crepitar de los relámpagos distantes, el olor penetrante del ozono en la nariz, la gratificante sensación del dolor muscular al final de un día de marcha. La peregrinación era para Barrett el pivote sobre el que giraba el año. Ver las aguas verdigrises del Mar Interior era como llegar a casa.

Pero el año anterior Barrett se había ido a escarbar entre los cantos rodados aflojados por la incansable acción de las olas, aventurándose en un territorio peligroso sin ningún motivo racional que pudiera recordar, y los envejecidos músculos lo habían traicionado. Muchas noches se despertaba sudando y temblando para escapar del sueño en el que revivía el desagradable momento: resbalando y deslizándose, arañando las rocas, una masa de piedra se soltó de alguna parte y le cayó angustiosamente sobre un pie, inmovilizándolo, aplastándolo.

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Robert Silverberg: Estación Hawksbill 1
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