Estación Hawksbill | Страница 8 | Онлайн-библиотека


Выбрать главу

—Ayer estaba ahí —dijo Barrett—. Debe de haber empezado otra vez a cambiar de orientación sexual. Quesada salió de la choza de Altman con una expresión sombría. Los tres echaron a andar por el sendero rocoso.

Esa noche Barrett no hizo el recorrido completo. Generalmente habría ido hasta la choza de Don Latimer, sobre el mar, pues Latimer, con su obsesión por encontrar una puerta extrasensorial para huir de la Estación Hawksbill, estaba en su lista de enfermos que necesitaban especial atención. Pero Barrett ya había visitado a Latimer una vez ese día, para presentarle a Hahn, y creía que no debía volver a forzar tan pronto la dolorida pierna sana.

Así que cuando él y Quesada y Hahn terminaron de visitar todas las chozas más accesibles, dio por terminada la noche. Habían visitado a Gaillard, el hombre que rezaba para que seres de otro sistema solar fueran a rescatarlos de la soledad y el suplicio de la Estación Hawksbill. Habían visitado a Schulz, el hombre que intentaba entrar en un universo paralelo donde todo era como debería ser, una auténtica utopía. Visitaron a McDermott, que no había elaborado ninguna psicosis imaginativa y extravagante, pero que se pasaba todo el tiempo acostado, sollozando, día tras día. Después Barrett se había despedido y permitido que Quesada condujera a Hahn hasta su choza.

—¿Está seguro que no quiere que lo acompañemos? —preguntó Hahn, mirando la muleta de Barrett. —No. No, estoy bien. Podré llegar sólo.

Se separaron. Barrett empezó a subir por la cuesta rocosa.

Llevaba medio día observando a Hahn. Y no sabía sobre él mucho más que cuando había caído en el Yunque. Eso era raro. Pero quizá Hahn se abriera un poco más después de pasar allí un tiempo y darse cuenta de que ésos eran los únicos compañeros que tendría por el resto de su vida. Barrett miró la luna de color salmón y por costumbre metió la mano en el bolsillo para acariciar el pequeño trilobites, y entonces recordó que se lo había dado a Hahn. Arrastrando los pies, caminó hasta la choza. ¿Cuánto tiempo haría que Hahn había pasado allí arriba la luna de miel?

6

Jim Barrett había empleado dos años de duro trabajo en dar a Janet la imagen adecuada. No quería forzar en ella ningún cambio, porque sabía que eso garantizaría el fracaso. Su labor era más sutil, e incluía algunas de las tácticas de persuasión indirecta que había aprendido de Norm Pleyel. Todo eso funcionó. Janet nunca llegó a ser verdaderamente hermosa, pero por lo menos dejó de rendir culto al desaliño. Y el cambio fue considerable. Barrett se marchó de casa y empezó a vivir con ella a los diecinueve años. Ella tenía veinticuatro, pero eso no importaba.

Para entonces había llegado la revolución, y la contrarrevolución estaba en camino.

La desintegración, cumpliendo con la predicción del ordenador de Edmond Hawksbill, se produjo tal como estaba previsto a finales de 1984, jubilando un sistema político que había celebrado un muy sombrío bicentenario sólo ocho años antes. El sistema sencillamente había dejado de funcionar y, como era de suponer, los que desde hacía mucho tiempo desconfiaban del proceso democrático fueron a ocupar el vacío. La Constitución de 1985 había sido pensada aparentemente como un documento provisional, y con ella surgió un gobierno temporal que supervisaría la restauración de las libertades civiles en Estados Unidos y después se desvanecería. Pero a veces las constituciones provisionales y los gobiernos temporales no se desvanecen cuando tienen que hacerlo. .

Bajo el nuevo sistema, un Consejo de Síndicos de dieciséis hombres dirigido por un canciller desempeñaba la mayoría de las funciones gubernamentales. Esos nombres eran extraños en un país acostumbrado desde hacía mucho tiempo a presidentes, senadores, secretarios de Estado y cosas parecidas. La gente había tenido la sensación de que todos esos cargos eran eternos e inmutables, y de repente dejaban de serlo porque habían introducido una nueva retórica de mando en sustitución de las palabras conocidas. El cambio fue rotundo en los niveles más altos; la burocracia y la administración apenas sufrieron transformaciones para evitar que la nación se derrumbara.

Los nuevos gobernantes eran una extraña mezcla. No se les podía llamar ni conservadores ni liberales en el sentido que se había dado a esos términos durante casi todo el siglo xx. Creían en una filosofía activista del Estado, que privilegiase las obras públicas y la planificación central, lo que quizá permitiría calificarlos de marxistas o al menos de liberales del New Deal. Pero también creían en la represión del disenso en nombre de la armonía, cosa que nunca había hecho el New Deal, aunque era inherente a las perversiones del marxismo leninista-estalinista-maoísta. Por otra parte, la mayoría eran capitalistas recalcitrantes, que insistían en la supremacía del sector empresarial de la economía y dedicaban muchas energías a restablecer el clima del comercio de, digamos, 1885. En cuanto a las relaciones exteriores, eran abiertamente reaccionarios, aislacionistas y anticomunistas hasta el extremo de la xenofobia., Aquélla era, para decirlo con suavidad, una filosofía estatal muy variopinta.

—No es ni siquiera una filosofía —sostuvo Jack Bernstein, descargando un puño en la palma de la mano—. Es apenas una pandilla de hombres duros que por casualidad encontraron un vacío de poder y lo ocuparon. No tienen ningún programa de gobierno: Se limitan a hacer lo que les parece necesario para perpetuarse en el poder y que las cosas no vuelvan a estallar. Se han apoderado del gobierno y ahora improvisan día a día.

Entonces están condenados al fracaso —dijo Janet con voz suave—. Sin una visión central de gobierno, un bloque de poder cae con seguridad, tarde o temprano. Cometerán errores críticos, y descubrirán que no pueden evitar el abismo.

—Llevan tres años en el poder —dijo Barrett—. No hay nada que indique que van a caer. Diría que son más fuertes que nunca. Se van a quedar ahí mil años.

—No —insistió Janet—. Van en una trayectoria autodestructiva. Pueden ser otros tres años, pueden ser diez, puede ser apenas cuestión de meses, pero fracasarán. No saben lo que hacen. No se puede unir el capitalismo de McKinley con el socialismo de Roosevelt y llamar a la suma capitalismo sindicalista y pensar que con eso se puede gobernar un país del tamaño del nuestro. Es inevitable…

—¿Quién dice que Roosevelt era socialista? —preguntó alguien desde el fondo de la habitación. Tema secundario —advirtió Norman Pleyel—. No entremos en temas secundarios.

—Discrepo con Janet —dijo Jack Bernstein—. No creo que el actual gobierno sea inherentemente inestable. Como dice Barrett, es más fuerte que nunca. Y nosotros aquí hablando. Hablábamos mientras se apoderaban del poder, y seguimos hablando durante otros tres años…

—No sólo hemos hablado —lo interrumpió Barreta. Bernstein iba y venía por la habitación, encorvado, tenso, cargado de energía interior. —¡Volantes! ¡Peticiones! ¡Manifiestos! ¡Convocatorias para huelgas! ¿Para qué sirvió todo eso? ¿Para qué? —A los diecinueve años Bernstein no era más alto que en el año de la gran conmoción, pero le había desaparecido de la cara la gordura de bebé.

Era delgado, descarnado, con pómulos salvajes y piel cetrina sobre la que las marcas y cicatrices de la enfermedad cutánea brillaban como faros. Ahora usaba un descuidado bigote. Bajo la presión de los acontecimientos, todos se estaban transformando; Janet había perdido la grasa a fuerza de dietas, Barrett se había dejado crecer el cabello, y hasta el imperturbable Pleyel tenía ahora una barba rala que acariciaba como si fuera un talismán. Bernstein fulminó con la mirada al pequeño grupo reunido en el apartamento que compartían Barrett y Janet—. ¿Sabéis por qué este gobierno ilegal ha sido capaz de mantenerse en el poder? Por dos razones. Primero, tiene una red inmoral de policía secreta con la que reprime a la oposición. Segundo, tiene el firme control de todos los medios de comunicación, con lo cual se perpetúa persuadiendo a los ciudadanos de que no les queda otra alternativa que apoyar al sindicalismo. ¿Sabéis lo que va a pasar en otra generación? ¡Esta nación y el sindicalismo estarán tan firmemente unidos que no se separarán durante siglos!

—Imposible, Jack —dijo Janet—. Para mantenerse, un sistema de gobierno necesita algo más que una policía secreta.

—Cállate y déjame terminar —dijo Bernstein. Las palabras de Bernstein fueron un gruñido. Ya casi nunca se cuidaba de ocultar su intenso odio hacia Janet. Cuando estaban en la misma habitación, bastante a menudo dadas las circunstancias, se veían volar las chispas.

—Muy bien, adelante. Termina. Bernstein aspiró hondo.

—Este país es en esencia conservador —dijo—. Siempre lo ha sido. Siempre lo será. La Revolución de 1776 fue una revolución conservadora en defensa de los derechos de propiedad. En los doscientos años siguientes no hubo aquí cambios fundamentales en la estructura política. Francia tuvo una revolución y seis, siete constituciones, Rusia tuvo una revolución, Alemania e Italia y Austria se convirtieron en países totalmente diferentes, y hasta Inglaterra cambió calladamente toda su organización, pero Estados Unidos no se movió. Sí, ya sé que hubo cambios en la ley electoral, pequeños retoques, y que se amplió el derecho de voto a las mujeres y a los negros, y que gradualmente se aumentaron los poderes del presidente, pero todo eso estaba dentro del marco original. Y en las escuelas se enseñó a los niños que en ese marco había algo sagrado. Era un factor de estabilidad incorporado: los ciudadanos querían que el sistema no cambiase porque siempre había sido así, etcétera, etcétera, en un eterno círculo. Esta nación no podía cambiar porque no tenía capacidad para cambiar. Se le había enseñado a odiar el cambio. Por eso los presidentes en ejercicio eran siempre reelectos a menos que fueran un verdadero desastre. Por eso la constitución fue enmendada quizá sólo veinte veces en dos siglos. Por eso cada vez que aparecía un hombre que quería cambiar las cosas en serio, como Henry Wallace, como Goldwater, era aniquilado por la estructura del poder. ¿Alguien estudió la elección de Goldwater? Supuestamente era un conservador, ¿no es así? Pero perdió, ¿y quien lo combatió con verdadera dureza sino los conservadores, que sabían que era un radical y temían la llegada de un radical al poder?

Jack, me parece que exageras la…

—Maldita sea, déjame terminar. —Bernstein tenía la cara roja. El sudor le corría por las mejillas demacradas—. Fue un país condicionado desde el nacimiento para evitar cambios fundamentales. Pero finalmente un gobierno se comprometió demasiado y perdió el control, y se metieron en él los radicales y cambiaron tanto las cosas que todo se desmoronó y sufrimos la crisis constitucional de 1982–1984, y después el golpe sindicalista. El golpe fue tan traumático que millones de personas todavía no se han recuperado. Abren los periódicos y ven que ya no hay presidente, sino algo llamado canciller, y en vez del Congreso aprobando leyes hay un Consejo de Síndicos, y se preguntan qué son esos extraños nombres, en qué país estamos; no puede ser en el viejo Estados Unidos de Norteamérica, ¿verdad? Pero sí. Y se sienten tan aturdidos que enferman más y creen que son erizos. Muy bien. Muy bien. Pero la discontinuidad se ha producido. El viejo sistema ha sido reemplazado por algo nuevo. Los niños siguen naciendo. Las escuelas están abiertas y los maestros enseñan lo que es el sindicalismo, porque saben muy bien que tienen que enseñar eso si quieren conservar el empleo. Hoy los alumnos de quinto grado piensan que los presidentes son dictadores peligrosos. Sonríen ante los enormes tridims del canciller Arnold todas las mañanas. Los de tercer grado ni siquiera saben qué eran los presidentes. Dentro de diez años, esos niños serán adultos. Dentro de veinte dirigirán la sociedad. Tendrán, como siempre han tenido los adultos norteamericanos, un gran interés en el statu quo, y para ellos el statu quo serán los sindicalistas. ¿No lo veis? ¿No lo veis? ¡Si no nos apropiamos de los niños que están creciendo, perderemos! Los sindicalistas se apropian de ellos, los educan para que piensen que el sindicalismo es verdadero y bueno y hermoso, y cuanto más dure eso, más durará. Es algo que se autoperpetúa. Aquel que quiera volver a la vieja constitución, o que quiera enmendar la nueva, pasará por un radical peligroso, y los sindicalistas serán los chicos agradables, seguros, conservadores que siempre hemos tenido y que siempre queremos. Al llegar a ese punto, todo se habrá acabado para siempre. —Bernstein hizo una pausa—. Quiero beber algo. ¡Rápido!

La voz suave de Pleyel se oyó por encima del fuerte alboroto.

—Muy buen razonamiento, Jack. Pero me gustaría oír alguna sugerencia tuya, algún plan de la acción positiva.

—Tengo muchas sugerencias —dijo Bernstein—. Y todas empiezan por descartar la estructura contrarrevolucionaria que hemos montado. Usamos métodos apropiados para 1917, o quizá para 1848, y los sindicalistas usan métodos de 1987 y nos están matando. Nosotros seguimos entregando volantes y pidiendo que la gente firme peticiones. Y ellos tienen los canales de televisión, toda la maldita red de comunicaciones convertida en una enorme cadena de propaganda… Y las escuelas. —Levantó una mano y se puso a contar programas con los dedos—. Uno. Encontrar los medios electrónicos para entrar en los canales informáticos y otros medios para interferir en la propaganda del gobierno. Dos. Meter nuestra propia propaganda cuando sea posible, no en forma impresa sino en los medios. Tres. Organizar un cuadro de niños inteligentes de diez años para sembrar el descontento en quinto grado. ¡Y basta de risitas! Cuatro. Un programa de asesinatos elegidos para quitar…

—¡Un momento! —dijo Barrett—. Nada de asesinatos.

Jim tiene razón —dijo Pleyel—. El asesinato no es un método válido de discurso político. Además, es inútil y contraproducente, porque lleva al primer plano a líderes nuevos y más hambrientos, y convierte a los villanos en mártires.

—Allá tú. Me pediste sugerencias. Mata a diez síndicos y estaremos mucho más cerca de la libertad, pero como quieras. Cinco. Formula un plan coherente y esquemático para la toma del gobierno, por lo menos tan bien definido y organizado como el que usó la pandilla sindicalista en 1984–1985. Es decir, averigua cuántos hombres hacen falta en los puntos clave, qué clase de trabajo habría que hacer para apoderarse de los medios de comunicación, cómo podemos inmovilizar a las autoridades existentes, cómo podemos inducir deserciones estratégicas en el estado mayor de las fuerzas armadas. Los sindicalistas usaron para eso ordenadores. Lo menos que podemos hacer es imitarlos. ¿Dónde está nuestro plan maestro? Supongamos que el canciller Arnold renuncia mañana y dice que entrega el país al movimiento clandestino. ¿Seríamos capaces de formar un gobierno o terminaríamos como un montón de células fragmentadas que sólo saben soltar-teorías caducas?

8
Robert Silverberg: Estación Hawksbill 1
PRÓLOGO 1
1 1
2 2
3 3
4 4
5 6
6 8
7 9
8 11
9 13
10 14
11 15
12 17
13 19
14 21