Estación Hawksbill | Страница 7 | Онлайн-библиотека


Выбрать главу

Quesada parecía convencido. Después de un rato, Norton arrugó la frente y dijo:

—Muy bien. Quizá tengas razón.

Barrett no dijo a nadie más lo que pensaba de Hahn. Dejó que lo siguieran interrogando hasta que la reunión perdió interés porque el nuevo resultaba un sujeto poco satisfactorio. Los hombres empezaron a marcharse. Un par de ellos fueron a la habitación trasera a convertir las vagas generalidades y los comentarios evasivos de Hahn en el artículo principal de las siguientes ediciones manuscritas del Times de la Estación Hawksbill: Rudiger se subió a una mesa y gritó que salía de pesca esa noche, y cuatro hombres se adelantaron para acompañarlo. Charley Norton buscó a su habitual compañero de discusiones, el nihilista Ken Belardi, y reabrió, cómo una herida purulenta, su debate sobre las relativas ventajas y desventajas de la planificación y el liberalismo económico, debate que a esas alturas los aburría a más no poder, pero que no podían terminar. Empezaron las partidas nocturnas de ajedrez estocástico. Los solitarios que esa noche habían interrumpido sus rutinas con la visita al edificio principal, nada más que para ver al nuevo y oír sus novedades, volvieron a sus chozas a hacer lo que hacían en ellas solos, cada noche.

Hahn se quedó a un lado, inquieto e inseguro. Barrett se le acercó y ensayó una rápida e incómoda sonrisa.

—No querías que te hicieran preguntas esta noche, ¿verdad? —dijo.

Hahn parecía triste.

—Siento no haber sido más informativo. Lo que ocurre es que he estado un tiempo fuera de circulación.

—Por supuesto. Lo entiendo.

—Barrett también había estado fuera de circulación durante bastante tiempo antes de que decidieran enviarlo a la Estación Hawksbill: Dieciséis meses en una cámara de interrogatorios, y sólo una visita durante esos dieciséis meses. Jack Bernstein había ido a verlo con bastante frecuencia. El bueno de Jack. Después de más de veinte años, Barrett no había olvidado ni una sílaba de aquellas conversaciones. El bueno de Jack. O Jacob, como prefería que lo llamaran entonces. Barrett dijo—: Tú eras políticamente activo, ¿o me equivoco?

—Sí, claro —dijo Hahn—. Por supuesto. —Se pasó la lengua poros labios—. ¿Qué se supone que va a ocurrir ahora?

—Nada en particular. Aquí no tenemos actividades organizadas. Cada hombre hace lo que quiere: la comunidad anarquista perfecta. En teoría.

—¿La teoría se cumple?

—No muy bien —admitió Barrett—. Pero tratamos de hacer como si funcionara, e igual nos apoyamos mutuamente cuando es necesario. Doc Quesada y yo vamos ahora a visitar a los enfermos. ¿Te interesaría acompañarnos?

—¿En qué consiste esa visita? —preguntó Hahn. —En ver a los casos peores. En ayudar y consolar sobre todo las causas perdidas. Puede ser deprimente, pero tendrás enseguida una visión panorámica de la Estación Hawksbill. Pero si prefieres, puedes… —Me gustaría ir.

—Muy bien.

Barrett llamó por señas a Quesada, que vino desde el otro lado de la habitación. Los tres salieron juntos del edificio. Era una noche templada y húmeda. A lo lejos, sobre el Atlántico, resonaban los truenos, y el océano oscuro golpeaba contra la obstinada cadena rocosa que lo separaba de las aguas del Mar Interior.

La visita a los enfermos era para Barrett un ritual nocturno, a pesar de las dificultades que le creaba desde que se había lastimado el pie. Hacía años que no faltaba a la cita. Antes de acostarse recorría la Estación visitando a los locos y a los psicópatas y a los catatónicos, arropándolos, deseándoles que durmieran bien y que despertaran con la mente curada. Alguien tenía que mostrarles que se preocupaba por ellos. Y ese alguien era Barrett.

Afuera, Hahn miró la luna. Esa noche casi estaba llena, y brillaba como una moneda bruñida, con la cara de un color salmón pálido y casi sin marcas.

—Aquí se la ve diferente —dijo Hahn—. Los cráteres… ¿Dónde están los cráteres?

—La mayoría todavía no se han formado —le explicó Barrett—. Mil millones de años es mucho tiempo hasta para la luna. La mayoría de los levantamientos geológicos quedan todavía en el futuro. También creemos que puede tener todavía una atmósfera. Por eso la vemos rosada. Y si tiene atmósfera, vaporiza la mayoría de los meteoros que chocan contra ella, así que no se abren muchos cráteres. Por supuesto, los de Arriba no se han preocupado de mandarnos muchos elementos para hacer observaciones astronómicas. Sólo nos queda hacer suposiciones.

Hahn empezó a decir algo. Se interrumpió después de la primera sílaba.

—No te contengas —dijo Quesada—. ¿Qué ibas a sugerir?

Hahn soltó un bufido, como burlándose de sí mismo.

—Que fueran allí a averiguarlo. Me resultó extraño que se pasaran todos esos años especulando si la luna tiene o no tiene atmósfera en vez de ir allí a mirar. Pero me olvidé.

—Qué útil sería que la gente de Arriba nos mandara una nave —reconoció Barrett—. Pero no se les ha ocurrido. Sólo nos queda mirar y adivinar. Supongo que la luna es un sitio popular en 2029.

—Es el centro turístico más grande del sistema. —Empezaban a crearlo cuando vine aquí —dijo Barrett—. Sólo funcionarios. Un campamento de descanso para los burócratas metidos en el complejo militar que había allí.

—Lo abrieron para una elite no gubernamental antes de mi proceso —dijo Quesada—. Eso fue en 2017 o en el 2018.

—Ahora es un centro turístico comercial —dijo Hahn—. Pasé allí la luna de miel. Leah y yo… Calló de nuevo.

—Ésta es la choza de Bruce Valdosto —se apresuró a decir Barrett—. Val es un viejo revolucionario que más o menos creció conmigo. Estuvo más tiempo que yo en la clandestinidad. No lo enviaron aquí hasta 2022. —Barrett continuó hablando mientras abría la puerta—: Se derrumbó hace unas semanas, y está mal. Cuando entremos, Hahn, quédate detrás para que no te vea. Podría ser violento con un extraño. Val es imprevisible.

Valdosto era un hombre fornido de casi cincuenta años, con piel morena, pelo negro rizado y los hombros más anchos que jamás había tenido un hombre. Sentado parecía aún más corpulento que Jim Barrett, lo que era mucho decir. Pero Valdosto tenía piernas cortas, las piernas de un hombre de estatura normal clavadas en el tronco de un gigante, lo que estropeaba del todo el efecto cuando se levantaba. Mientras vivía Arriba, a Valdosto le podrían haber puesto un par diferente de piernas. Pero en aquellos años se había negado por completo a que le colocaran prótesis. Quería sus propias piernas, aunque fueran nudosas y desproporcionadas. Creía que había que convivir con las deformidades y adaptarse a ellas.

En ese momento estaba amarrado a un catre de gomaespuma. Tenía la frente abultada moteada con gotas de sudor, y sus ojos relucían como mica en la oscuridad. Valdosto era un hombre muy enfermo. Una vez había tenido lucidez suficiente como para arrojar una bomba de aguanieve en una reunión del consejo de síndicos, lo que les produjo un grave envenenamiento gamma, pero ahora casi no podía distinguir el arriba del abajo, la derecha de la izquierda. A Barrett le impresionaba ver el deterioro de Valdosto. Hacía más de treinta años que lo conocía, y esperaba que esa imagen de Valdosto no prefigurara su propia decadencia.

El aire en la choza era húmedo, como si debajo del techo flotara una nube de sudor. Barrett se inclinó sobre el enfermo.

—¿Cómo estás, Val? —preguntó. —¿Quién eres?

Jim. Tenemos una noche preciosa, Val. Llovió un poco, pero ya paró, y salió la luna. ¿Qué te parece si sales a tomar un poco de aire fresco? Casi hay luna llena.

—Tengo que descansar. Mañana, la reunión del comité…

—Se ha postergado.

—Pero ¿cómo? La Revolución…

—También se ha postergado. De manera indefinida.

Los músculos de las mejillas de Valdosto se estremecieron.

—¿Están disolviendo las células? —preguntó con dureza.

—Aún no lo sabemos. Esperamos órdenes; y mientras no lleguen podríamos ir a sentarnos un rato afuera. El aire te hará bien, Val.

—Hay que matar a todos esos cabrones. Es la única manera —murmuró Valdosto—. ¿Quién les dijo que podían gobernar el mundo? Una bomba en la cara… una buena bomba de aguanieve, un dispositivo de fragmentación cargado de radiación…

—Tranquilo, Val. Ya habrá tiempo para tirar bombas. Te vamos a sacar del catre.

Sin dejar de murmurar, Valdosto permitió que lo desataran. Quesada y Barrett lo ayudaron a levantarse y esperaron a que recuperara el equilibrio. Se lo veía muy inestable, cambiando el peso de una pierna a la otra, flexionando las enormes pantorrillas torcidas. Después de un rato Barrett le agarró un brazo y lo metió por la puerta de la choza. Vio a Hahn allí de pie en las sombras, con cara de angustia.

Ahora estaban todos fuera de la choza. Barrett señaló la luna.

—Allí está. Qué bonito color tiene, ¿verdad? No como la cosa muerta que brilla Arriba. Y mira aquello, Val. El mar que rompe en la costa rocosa. Rudiger está pescando. Veo su lancha a la luz de la luna.

—Lubinas rayadas —dijo Valdosto—. Róbalos. Sí, quizá pesque algunos róbalos.

—Aquí no hay róbalos. Todavía no han evolucionado.

Barrett metió la mano en el bolsillo y sacó algo arrugado y duro y lustroso, de unos cinco centímetros de largo. Era el exoesqueleto de un pequeño trilobites. Se lo ofreció a Valdosto, que lo rechazó con un brusco movimiento de cabeza.

—No me des ese cangrejo torcido.

—Es un trilobites, Val. Un animal extinto, como nosotros, que vivimos mil millones de años antes de nuestra época.

—Debes de estar loco —dijo Valdosto, sin levantar la voz, en un tono tranquilo que no se correspondía con aquellos ojos desorbitados: Sacó el trilobites de la mano de Barrett y lo arrojó contra las piedras—. Cangrejo torcido —murmuró. Después agregó—: A ver, ¿por qué estamos aquí? ¿Por qué tenemos que seguir esperando? Vayamos mañana a buscarlos. Primero a Bernstein, ¿de acuerdo? Él es el peligroso. Y después a los otros. Uno a uno, tendremos que deshacernos de ellos, echarlos de este mundo para que vuelva a ser un sitio seguro. Estoy cansado de esperar. No aguanto más, Jim. ¿Jim? Eres tú, ¿verdad? Jim… Barrett…

Por el mentón de Valdosto corría un hilo de saliva, y Quesada hizo un gesto de tristeza. El terrorista se puso en cuclillas, quejándose en voz baja, apretando las rodillas hinchadas contra la roca. Sus manos arañaron la superficie árida, buscando sin éxito suficiente tierra como para reunir un puñado. Quesada lo ayudó a levantarse, y él y Barrett llevaron de nuevo al enfermo dentro de la choza. Valdosto no protestó cuando el médico le apretó la cápsula sedante contra el brazo y la activó. Su mente cansada, rebelándose con todas sus fuerzas contra la monstruosa idea de que lo habían desterrado para siempre en un pasado inconcebiblemente remoto, aceptó el sueño sin reservas.

Al salir de nuevo, Barrett vio a Hahn con el trilobites en la mano, mirando maravillado el extraño ser. Hahn ofreció devolvérselo, pero Barrett, lo rechazó con un ademán.

—Guárdalo si te gusta —dijo—. Dónde lo encontré hay más. Muchos.

Se pusieron otra vez en marcha.

Encontraron a Ned Altman junto a su choza, en cuclillas y dando forma con las manos a una figura tosca y torcida que, por los bultos exagerados donde tendrían que estar los pechos y las caderas, parecía la imagen de una mujer. Al verlos sé levantó de un salto. Altman era un hombre pequeño y pulcro, de pelo muy rubio y ojos celestes. A diferencia de todos los demás habitantes de la Estación, él había sido funcionario del régimen en una época, hacía quince años, hasta que entendió la falsedad del capitalismo sindicalista e ingresó en una de las facciones clandestinas. Con su privilegiada perspectiva de las operaciones gubernamentales, la intervención de Altman había tenido un. valor incalculable para la clandestinidad, y el gobierno había trabajado mucho para encontrarlo y enviarlo a ese sitio. Ocho años en la Estación Hawksbill lo habían afectado.

Altman señaló su golem de barro y dijo:

—Hoy esperaba que con la lluvia cayesen rayos. Eso sería la solución. El soplo de vida. Pero me parece que en esta época del año, aunque llueva, hay pocos relámpagos.

—Pronto tendremos tormentas eléctricas —dijo Barrett.

Altman asintió con entusiasmo.

—Y entonces le caerá un rayo y cobrará vida y echará a andar. En ese momento necesitaré tu ayuda, doctor. Necesitaré que le des algunas inyecciones y la estilices un poco.

Quesada esbozó una sonrisa forzada.

—Con mucho gusto, Ned. Pero ya sabes las condiciones.

—Claro. Cuando yo termine, es tuya. ¿Acaso crees que me gusta el maldito monopolio? Hay que ser justos. La compartiré. Habrá una lista de espera. Pero no quiero que nadie se olvide de que la hice yo. Cada vez que la necesite, será mía. —Por primera vez, Altman advirtió la presencia de Hahn—. Tú ¿quién eres?

—Un nuevo prisionero —explicó Barrett—. Lew Hahn. Llegó esta tarde.

—Me llamo Ned Altman —dijo Altman con una elegante reverencia—. Ex funcionario del gobierno. Qué joven eres, ¿verdad? Ese color en las mejillas. ¿Qué orientación sexual tienes, Lew? ¿Hetero? Hahn hizo una mueca. —

—Sí, lo siento.

—Está bien. Puedes relajarte. No te tocaré. Ya superé esa etapa y tengo un proyecto en marcha. Sólo quiero que sepas, si eres hetero, que te pondré en la lista. Eres joven y probablemente tengas más necesidades que algunos de nosotros. Aunque seas nuevo no me olvidaré de ti, Lew.

—Eres muy amable —dijo Hahn.

Altman se arrodilló. Pasó las manos con delicadeza— por las curvas de aquella tosca figura, deteniéndose en los afilados pechos cónicos, dándoles forma, tratando de alisarlos. Era como si estuviera acariciando la vibrante carne de una mujer verdadera.

Quesada tosió.

—Ned, me parece que tendrías que descansar un poco. Quizá mañana caigan rayos.

Ojalá.

—Vamos, entonces. Levántate.

Altman no se resistió. El médico lo llevó dentro de la choza y lo acostó. Barrett y Hahn se quedaron afuera y examinaron la obra de aquel hombre. Hahn señaló el centro de la figura.

—Parece que no le puso algo esencial, ¿verdad? —comentó—. Si piensa hacer el amor con esta chica cuando termine de crearla, tendría que…

7
Robert Silverberg: Estación Hawksbill 1
PRÓLOGO 1
1 1
2 2
3 3
4 4
5 6
6 8
7 9
8 11
9 13
10 14
11 15
12 17
13 19
14 21