Estación Hawksbill | Страница 6 | Онлайн-библиотека


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—Metí los vectores de distribución en el ordenador de la Universidad de Nueva York sin que nadie se diera cuenta. El resultado es la desintegración de ambos partidos políticos, una elección presidencial no concluyente y la formación de un sistema político totalmente diferente y no representativo. —¿Cuándo? —preguntó Pleyel…

—A los tres meses de las elecciones, con un margen de error de catorce días —dijo Hawksbill. La voz que salía de aquel cuerpo bajo y fornido carecía por completo de resonancia y de inflexión; era una pálida corriente de sonido fláccido—. Es probable que las persecuciones empiecen en febrero, cuando la nueva administración intente reprimir a los disidentes con el argumento de restablecer el orden.

—¡Muéstranos los parámetros! —dijo el hombre que había estado leyendo el borrador del manifiesto en la hoja de papel amarillo—. Quiero que nos expongas todo paso a paso, Hawksbill.

—Seguramente no es necesario. Si nosotros… —dijo Pleyel.

—No, lo voy a explicar —dijo el matemático, sin inmutarse. Empezó a sacar papeles del maletín—. Punto uno. La elección en 1972 del presidente Delafield, del nuevo Partido Conservador Americano, que lleva a cambios fundamentales en el papel económico del gobierno y conduce al boom de 1973. Punto dos, el Pánico de 1976, que marca el comienzo de la Depresión Permanente. El punto tres es la victoria del Partido Liberal Nacional en 1976, cuando los Conservadores Americanos sólo ganaron en dos estados. Ahora, si relacionamos las elecciones de 1980 con sus corrientes perturbadoras extremadamente sutiles…

—Sabemos todo eso —dijo una voz aburrida. Hawksbill se encogió de hombros. —Tomando bloques análogos de votantes es posible demostrar matemáticamente que ninguno de los grandes partidos tiene posibilidades de conseguir la mayoría en noviembre, lo cual obligará a la Cámara de Representantes a hacer esa elección, pero como consecuencia de la situación generada por las elecciones parlamentarias de 1982, incluso por ese método resultará imposible elegir presidente. Con lo cual…

—El país será un caos. —Exacto —dijo Hawksbill.

Barrett notó que el comentario había salido de un punto cercano a su codo izquierdo. Miró hacia abajo y vio a Janet. Absorto en la cantinela de Hawksbill, ni siquiera se había dado cuenta de la presencia de ella en la habitación, pero allí estaba, á su lado; muy cerca, en realidad. Jack Bernstein parecía molesto, a juzgar por su mirada.

—Lo que están diciendo ¿no te parece aterrador? —comentó la muchacha.

Barrett comprendió que le hablaba a él. , —Sabía que las cosas estaban mal —dijo con voz tensa—, pero no creía que tanto. Si llega a suceder todo eso…

—Sucederá. Si el ordenador de Ed Hawksbill dice que va a suceder, sucederá. La llamamos la Segunda Revolución Americana. Norm Pleyel está en contacto con hombres importantes de todo el país, tratando de encabezarla.

A Barrett aquello le parecía irreal. Sabía, por supuesto, que había huelgas, marchas de protesta, sabotajes. Sabía que millones de personas se habían quedado sin trabajo, que habían devaluado el dólar cuatro veces desde 1976, que los países comunistas seguían presionando aunque su economía no estuviera tampoco en buena forma. Y que la estructura política de la nación era un lío, con los viejos partidos extintos y los nuevos fragmentados en bloques minoritarios. Pero tanto él como todas fas personas que conocía tenían la sensación de que aquello se arreglaría después de un tiempo. La gente del sótano parecía adoptar una posición deliberadamente pesimista. ¿Una revolución? ¿El fin de la constitución vigente?

Janet le ofreció un cigarrillo. Barrett lo aceptó, dándole las gracias con un movimiento de cabeza. Se sentaron juntos en el banco. El muslo caliente de la muchacha se apretaba contra el suyo. Jack estaba al otro lado de Janet, y cada vez parecía más molesto. Barrett se sorprendió pensando que esa chica no tendría tan mal aspecto si perdiera diez kilos, si se comprara un sujetador decente, si se lavara la cara más a menudo, si se pusiera algo de maquillaje… Y entonces su fácil aceptación lo hizo sonreír. A primera vista le había parecido una cerda, pero ya había empezado a cambiar de opinión.

Sentado tranquilamente en un rincón de la habitación, trató de seguir lo que pasaba en la reunión. El punto central era Hawksbill y los que lo interrumpían. Pleyel, el supuesto líder del grupo, se mantenía al margen. Pero Barrett notaba que cuando la conversación se descarriaba demasiado, Pleyel intervenía y ponía las cosas en su lugar. El hombre dominaba el arte de conducir sin dar la sensación de que conducía, y eso impresionó a Barrett.

Pero todo lo demás no le impresionó nada. Todos parecían muy seguros de que el país iba mal, y concordaban en que Había Que Hacer Algo. Pero más allá de ese punto todo era bruma y caos. Ni siquiera podían ponerse de acuerdo para el texto de un manifiesto que distribuirían delante de la Casa Blanca, y para qué hablar del programa para rescatar la constitución. Esas personas parecían tan fragmentadas como el club de ajedrez de un colegio secundario, y tan capaces de ejercer la fuerza política. ¿Bernstein esperaría que tomase en serio a ese grupo? ¿Qué meta tenía? ¿Qué métodos? Él sería ingenuo en el plano político, pero al menos podía formarse un juicio acerca de ese comité de fervorosos , revolucionarios y verles las deficiencias.

La monótona conversación se prolongó casi dos horas más.

A veces se volvía apasionada, pero sobre todo era aburrida, pura dialéctica y teoría hueca. Barrett veía que quien hablaba más y más fuerte era Jack Bernstein, seguramente el más joven del grupo, soltando cascadas de pirotecnia verbal. Allí Jack parecía estar en su elemento. Pero las palabras tenían muy poca sustancia. Barrett percibía sobre todo la evidente entrega de Pleyel a la causa, la evidente agudeza mental de Hawksbill y el evidente amor a la retórica fogosa de Jack, pero estaba convencido de que había perdido el tiempo asistiendo a esa reunión.

Hacia las once, Janet dijo: —¿Dónde vives?

—En Brooklyn. ¿Sabes dónde queda el Prospect Park?

—Yo soy del Bronx. ¿Trabajas? —No, estudio.

—Ah. Sí. Claro. Eres compañero de clase de Jack. —Ja net parecía estar estudiándolo—. ¿Eso significa que tenéis la misma edad?

—Sí, dieciséis.

—Pareces mucho mayor, Jim.

—No eres la primera que lo dice.

—Quizá podríamos vernos en algún momento —dijo ella—. Es decir, sin intenciones revolucionarias. Me gustaría conocerte mejor.

—Por supuesto —dijo Barrett—. Buena idea.

De repente, Barrett se encontró preparando una cita. Se justificó diciéndose que eso era lo que correspondía: hacer que una chica tan gorda y fea se ilusionase alguna vez en la vida. Sin duda resultaría fácil. Entonces no se daba cuenta de que al organizar esa salida con Janet estaba destrozando a Jack Bernstein, pero más tarde, cuando lo pensó, llegó a la conclusión de que no había hecho nada malo. Jack le había dado la lata intentando convencerlo de que fuera a ese lugar, prometiéndole que conocería chicas, ¿y acaso tenía él la culpa de que la promesa se hubiera cumplido?

Esa noche, mientras volvían en metro a Brooklyn, Jack estaba tenso y triste.

—Fue una reunión aburrida —dijo—. No siempre salen así.

—Me imagino.

—A veces algunos se dejan dominar por la dialéctica. Pero la causa es buena.

—Sí —dijo Barrett—. Supongo que sí.

Entonces no tenía pensado asistir a otra reunión. Pero se equivocaba, como le ocurriría tantas veces en aquellos años. Barrett no sabía que la pauta de su vida adulta había quedado fijada en aquel sótano ventoso, ni que se había comprometido de manera ineludible, ni que había iniciado una relación amorosa duradera, ni que esa noche había encontrado su Némesis. Tampoco imaginaba que acababa de transformar a un amigo en un enemigo salvaje y vengativo que un día lo arrojaría a un extraño destino.

5

La noche del día en que llegó Lew Hahn, como todas las noches, los hombres de la Estación Hawksbill se reunieron en el edificio principal para la cena y el esparcimiento. No era obligatorio —poco lo era en aquel lugar—, y algunos hombres preferían por lo general comer solos. Pero esa noche casi todos los que estaban en pleno uso de sus facultades mentales asistieron, porque era una de las raras ocasiones en que tenían a mano a un recién llegado, al que se le podrían hacer preguntas acerca de los acontecimientos de Arriba, en el mundo de la humanidad.

Hahn parecía incómodo con esa fama repentina. Daba la sensación de que era sobre todo un hombre tímido, poco dispuesto a aceptar tanta atención. Allí estaba, sentado en el centro del grupo de desterrados, mientras hombres que le llevaban veinte y treinta años lo bombardeaban con preguntas. Era evidente que no disfrutaba de la sesión.

Sentado a un lado, Barrett participaba poco de la conversación. Su curiosidad acerca de los cambios ideológicos en el mundo de Arriba había disminuido hacía mucho tiempo. Era para él un esfuerzo recordar que alguna vez le habían preocupado furiosamente conceptos tales como el sindicalismo y la dictadura del proletariado y el sueldo anual garantizado. Cuando tenía dieciséis años, y Jack Bernstein lo arrastraba a reuniones clandestinas, ni siquiera pensaba en esas cosas. Pero el virus de la revolución lo había infectado, y a los veintiséis años, y más aún a los treinta y seis, se había involucrado tanto en asuntos candentes que estaba dispuesto a ir por ellos a la cárcel o al exilio. Ahora había dado un giro completo, volviendo a la apatía política de la adolescencia.

Eso no significaba que hubieran dejado de preocuparle los sufrimientos de la humanidad: sólo participaba menos en los problemas políticos del siglo xxi. Después de dos décadas en la Estación Hawksbill, Arriba se había vuelto un sitio desdibujado y brumoso para Jim Barrett, que centraba sus energías en las crisis y los desafíos de lo que había llegado a considerar «su propio» tiempo: finales del período cámbrico.

Así que escuchaba, pero atendiendo más a lo que la conversación revelaba sobre Lew Hahn que acerca de los actuales acontecimientos de Arriba. Y lo que revelaba sobre Lew Hahn era que había un afán de no revelar nada.

Hahn no decía demasiadas cosas. Contestaba con evasivas.

—¿Hay algún signo de debilitamiento del falso conservadurismo? —quiso saber Charley Norton—. Me refiero a que durante treinta años han estado prometiendo el fin del gobierno fuerte, y cada vez se fortalece más. ¿Cuándo empezará el proceso de desmántelamiento?

Hahn se movió incómodo en la silla.

—Lo siguen prometiendo. En cuanto las condiciones se estabilicen…

—¿Cuándo ocurrirá eso?

—No lo sé. Supongo que lo dicen por decir algo. —¿Qué pasa con la comuna marciana? —preguntó Sid Hutchett—. ¿Han estado infiltrando agentes en la Tierra?

—La verdad es que no lo sé —murmuró Hahn—. No tenemos muchas noticias de Marte.

—¿Qué me puedes contar del Producto Global Bruto? —quiso saber Mel Rudiger—. Me interesa la curva. ¿Sigue en el mismo nivel o ha empezado a bajar?

Hahn se tocó pensativo una oreja.

—Creo que empieza lentamente a descender. Sí, a descender.

—Pero ¿en qué cifra está el índice? —preguntó Rudiger—. El último dato que tuvimos, para el año 2025, era que estaba en 909. Pero en cuatro años…

—Ahora podría andar por 875 —dijo Hahn—. No estoy muy seguro.

A Barrett le pareció un poco raro que un economista hablara de manera tan imprecisa sobre las estadísticas económicas básicas. Claro que no sabía cuánto tiempo había estado preso Hahn antes de que le aplicaran el Martillo. Quizá lo que ocurría era que sencillamente no estaba al día con los números. Barrett guardó silencio.

Charley Norton le apuntó con un índice pequeño y grueso y dijo:

—Háblame de los derechos legales básicos de los ciudadanos hoy en día. ¿Rige de nuevo el hábeas corpus? ¿Y la orden de registro? ¿Qué pasa con la acumulación de pruebas sin conocimiento del acusado?

Hahn no supo responder.

Rudiger le preguntó sobre el impacto del control climático: si el gobierno supuestamente conservador de libertadores, dedicado a mantener los derechos de los gobernados contra los abusos de los gobernantes, seguía imponiendo el clima programado a los ciudadanos.

Hahn no estaba seguro.

Hahn no pudo dar demasiados detalles sobre las funciones de la judicatura, ni si había recuperado algo del poder que le habían quitado con el Acta Habilitante de 2018. No tenía nada que comentar sobre el difícil tema del control demográfico. No tenía mucho que decir sobre los tipos impositivos. De hecho, su actuación fue notable por la falta de información concreta.

Charley Norton se acercó al callado Barrett. —No dice absolutamente nada que valga la pena —refunfuñó—. El primer hombre que recibimos en seis meses, y es una almeja. Está poniendo una cortina de humo. No sé si es que sabe y no cuenta o si sencillamente no sabe.

—A lo mejor no es muy brillante —sugirió Barrett. —Entonces ¿qué hizo para que lo enviaran aquí? Debe de haber estado muy comprometido en algo. Pero no se le nota, Jim. Es un chico inteligente, pero no parece relacionado con nada de lo que nos interesaba a nosotros.

Doc Quesada propuso una idea.

—Supongamos que este chico no es un político. Supongamos que ahora mandan aquí un tipo diferente de prisioneros. Por ejemplo, a los que matan con hachas. Un chico callado que con toda tranquilidad sacó un láser y descuartizó a dieciséis personas un domingo por la mañana. Por supuesto, no le interesa la política.

—Y se hace pasar por economista —dijo Nortonporque no quiere que sepamos el motivo de su envío a la Estación.

Barrett dijo que no con la cabeza.

—Lo dudo. Creo que no cuenta cosas porque es tímido o porque se siente incómodo. Recuerda que es la primera noche que pasa en este sitio. Acaban de echarlo de su mundo, al que nunca podrá volver, y eso duele. Quizá dejó allá a una mujer y a un hijo. Esta noche quizá no tenga el menor interés en estar ahí sentado entre todos esos personajes, hablando de abstracciones filosóficas; lo más probable es que quiera irse a llorar solo. Yo digo que tendríamos que dejarlo en paz. Hablará cuando tenga ganas.

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Robert Silverberg: Estación Hawksbill 1
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