Estación Hawksbill | Страница 4 | Онлайн-библиотека


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Barrett soltó un escupitajo.

—¡Así que considerados! Buscaban una era en la que no pudiéramos dañar su medio ambiente. Eso significaba que tenían que mandarnos a un tiempo anterior a la evolución de los mamíferos, no fuera que por accidente agarráramos al antepasado de toda la humanidad .y le retorciéramos el pescuezo. Y ya que estaban, decidieron escondernos en un pasado tan remoto que estaríamos a una enorme distancia de toda vida terrestre, siguiendo la teoría de que si matábamos a una cría de dinosaurio, podíamos afectar todo el curso del futuro. Su mundo.

—¿No les,importa que atrapemos unos pocos trilobites?

—Es evidente que creen que no hay riesgos —dijo Barrett—. Los hechos parecen darles la razón. La Estación Hawksbill lleva aquí veinticinco años y no da la sensación de que hayamos alterado la historia futura de manera perceptible. Todo sigue igual, a pesar de nuestra presencia en este sitio. Por supuesto, tienen la precaución de no mandarnos mujeres. —¿Por qué?

—Para que no empecemos a reproducirnos y a perpetuarnos. Eso ¡cómo enredaría las cosas a lo largo del tiempo! Una exitosa avanzada humana plantada aquí, mil millones antes de Cristo, y que ha tenido todo ese tiempo para evolucionar y mutar y crecer.

—Una línea evolutiva aparte.

—Por supuesto —dijo Barrett—. Cuando llegase el siglo xx, mandarían nuestros descendientes, sin importar qué clase de criaturas fueran para ese entonces, y los demás tipos de seres humanos estarían probablemente haciendo trabajos forzados, y se habrían creado más paradojas de las que uno puede imaginar. Por eso no nos mandan mujeres.

—Pero envían mujeres al pasado.

—Sí, claro —dijo Barrett—. Hay también una cárcel para mujeres, pero está a unos cientos de millones de años en el futuro, a finales del silúrico, y los dos grupos jamás se encontrarán. Por eso Ned Altman trata de fabricarse una mujer con tierra y basura. —Dios necesitó menos para hacer a Adán.

—Ned Altman no es Dios —señaló Barrett—. En eso radica su problema. Mira, ésta es la choza donde te vas a quedar, Hahn. Te pongo con Don Latimer. Es una persona sensible, interesante y agradable. Antes de meterse en política era físico, y lleva aquí unos doce años. Tengo que advertirte que últimamente está explorando una firme y algo disparatada veta mística. El tipo con el que vivía se mató el año pasado, y desde entonces Don ha estado tratando de encontrar una manera de salir de la Estación mediante el uso de poderes extrasensoriales.

—¿Lo hace en serio?

—Me temo que sí. Y nosotros también tratamos de tomarlo a él en serio. En la Estación Hawksbill todos aceptamos las rarezas de los demás; es la única manera de evitar una epidemia de psicosis. Latimer quizá trate de que colabores con él en su proyecto. Si no te gusta vivir con él, puedo cambiarte a otro sitio. Pero quiero ver cómo reacciona ante alguien que es nuevo en la Estación. Me gustaría que intentaras vivir con él.

—Quizá pueda incluso ayudarle a encontrar esa puerta extrasensorial que busca.

—Si la encuentras, llévame contigo —dijo Barrett.

Los dos se echaron a reír. Después Barrett llamó a la puerta de Latimer. No hubo respuesta. Esperó un momento y entonces la abrió de un empujón. En la Estación Hawksbill no había cerraduras.

Latimer estaba sentado en el suelo de piedra, con las piernas cruzadas, meditando. Era un hombre delgado, de expresión suave, piel apergaminada y boca triste, y empezaba a mostrar signos de vejez. En ese momento parecía estar por lo menos a un millón de kilómetros de distancia, totalmente ajeno a la presencia de ellos. Hahn se encogió de hombros. Barrett se llevó un dedo a los labios. Esperaron en silencio unos minutos, mientras Latimer comenzaba a salir del trance.

Se levantó de un solo movimiento fluido, sin usar las manos.

—¿Acabas de llegar? —dijo en tono amable, sin levantar la voz.

—Hace menos de una hora. Soy Lew Hahn. —Donald Latimer. —Latimer no ofreció estrecharle la mano—. Lamento tener que conocerte en este ambiente. Pero quizá no tengamos que seguir tolerando esta forma ilegal de prisión durante mucho tiempo más.

—Don, Lew se queda a vivir contigo. Creo que podéis llevaros bien. Él era economista en 2029, hasta que le aplicaron el Martillo.

Los ojos del Latimer se animaron.

—¿Dónde vivías? —preguntó.

—En San Francisco.

Los ojos perdieron el brillo, como si hubieran recibido una mala noticia.

—¿Estuviste alguna vez en Toronto? —dijo Latimer.

—¿Toronto? No —respondió Hahn.

—Yo soy de allí. Tenía una hija que ahora anda por los veintitrés años, Nella Latimer, y pensé si la conocerías…

—No. Lo siento.

Latimer soltó un suspiro.

—No era muy probable que la conocieras. Pero me encantaría saber en qué clase de mujer se ha convertido. La última vez que la vi era una niña pequeña. Tenía… a ver… tenía diez años, casi once. Supongo que ahora estará casada. A lo mejor hasta tengo nietos. O quizá la mandaron a la otra Estación. Es posible que haya actuado en política y… —Latimer hizo una pausa—. Nella Latimer… ¿Estás seguro de que no la conociste?

Barrett los dejó solos, Hahn con expresión preocupada y comprensiva, Latimer confiado, abierto, esperanzado. Daba la sensación de que se iban a llevar muy bien. Barrett le pidió a Latimer que a la hora de la cena acompañase al nuevo al edificio principal para poder presentarlo a todos, y se fue. Había empezado a caer de nuevo una llovizna fría. Barrett caminó despacio, con dolor, subiendo la cuesta, ahogando un gruñido cada vez que apoyaba el cuerpo en la muleta.

Había sido triste ver cómo desaparecía la luz de los ojos de Latimer al oír que Hahn no sabía nada de su hija. La mayor parte del tiempo, los hombres de la Estación Hawksbill trataban de no hablar de su familia. Preferían, sabiamente, tener bien reprimidos esos torturadores recuerdos. Pensar en los seres amados era sentir el dolor de la amputación, desesperado e incurable. Pero la llegada de nuevos prisioneros solía remover los viejos lazos. Nunca había noticias de los parientes, y obtenerlas resultaba imposible porque los hombres de la Estación no tenían manera de comunicarse con nadie de Arriba. Enviar algo hacia adelante en el tiempo, aunque sólo fuera una milésima de segundo, resultaba imposible.

Imposible pedir la foto de un ser amado, imposible encargar remedios o instrumentos, imposible conseguir un libro determinado o una cinta codiciada. De manera mecánica, impersonal, las autoridades de Arriba hacían envíos periódicos a la Estación de cosas que podían ser útiles para los presos: material de lectura, medicinas, equipo, alimentos. Pero eso siempre estaba elegido al azar, de manera impredecible, extraña. De vez en cuando sorprendían con su generosidad, como cuando enviaron una caja de Borgoña, o un paquete de cintas sensoriales, o un aparato para cargar la batería. Esos regalos significaban por lo general que se había producido un breve deshielo en la situación del mundo. El descenso de la tensión solía producir un efímero deseo de ser buenos con los chicos de la Estación Hawksbill.

Pero tenían una política estricta en cuanto al envío de información sobre los parientes. O en cuanto al envío de periódicos y revistas. Buen vino, sí; un tridim de una hija que no podrían abrazar nunca más, no.

Por lo que sabían Arriba, no había nadie vivo en la Estación Hawksbill. Una plaga podía haber matado a todo el mundo hacía diez años, pero no tenían manera de averiguarlo. Ni siquiera podían estar seguros de que los desterrados hubiesen sobrevivido durante el viaje al pasado. Todo lo que habían comprobado, a partir de los experimentos de Hawksbill, era que un viaje al pasado de menos de tres años probablemente no sería fatal; alargar la duración de los experimentos más allá de ese punto resultaba poco práctico. ¿Qué efecto produciría moverse mil millones de años a través del tiempo? Eso no lo había sabido con certeza ni siquiera el propio Edmond Hawksbill.

De manera que siguieron haciendo envíos a los prisioneros, basados en la suposición ciega de que estaban vivos y podían recibirlos. El gobierno hacía señas con previsible continuidad, cuidando a quienes había condenado a una separación eterna del Estado. El gobierno, aunque fuera muchas otras cosas, no era malvado. Barrett había aprendido hacía mucho tiempo que la tiranía represora y sangrienta no es la única forma de totalitarismo.

Barrett se detuvo en la cima de la colina para recuperar el aliento. Naturalmente, el olor de aquel aire extraño ya no le resultaba nada raro. Se llenó los pulmones hasta que se sintió un poco mareado. La lluvia cesó de nuevo. Los rayos de sol atravesaban la atmósfera gris, haciendo brillar y chispear las rocas desnudas. Barrett cerró los ojos un momento y se apoyó en la muleta, y como si estuviera mirando una pantalla interior, mental, vio las criaturas de muchas patas que salían del mar, y las anchas alfombras de musgo que se extendían por la tierra, y las plantas sin flores que se desenroscaban y alargaban las ramas grisáceas y escamosas, y el pálido pellejo de anfibios extraños de hocico chato que brillaban en la orilla del agua, y el calor tropical de la época carbonífera que bajaba como un guante asfixiando el mundo.

Todo eso quedaba en un futuro lejano. Dinosaurios.

Pequeños mamíferos parlanchines. Pitecántropos que cazaban con hachas de mano en los bosques de Java.

Sargón y Aníbal y Atila y Orville Wright y Thomas Edison y Edmond Hawksbill. Y finalmente, un gobierno benévolo para el que los pensamientos de ciertos hombres resultaban tan intolerables que decidía desterrarlos a una roca desnuda en los orígenes del tiempo.

El gobierno era demasiado civilizado para matar a los hombres por actividades subversivas, y demasiado cobarde para dejarlos vivos y en libertad. El término medio era la muerte viviente de la Estación Hawksbill. Mil millones de años de tiempo infranqueable era una. buena forma de aislamiento hasta para las ideas más nihilistas.

Haciendo algunas muecas, Barrett anduvo penosamente el resto del camino hasta la choza. Hacía tiempo que había aceptado el hecho de su destierro, pero aceptar la ruina del pie era una cosa muy diferente. Siempre había tenido fortaleza física. Temía la vejez porque podría mermarle las fuerzas; pero había llegado a los sesenta años y la edad no le había minado la salud tanto como temía, aunque ya no era la misma; sin embargo, si no fuera por aquel absurdo accidente, que podría haberle ocurrido a cualquier edad, aún podría estar disfrutando de todas sus fuerzas. El deseo vano de encontrar la manera de recuperar la libertad de su propia época ya no lo atormentaba; pero Barrett deseaba con todo el corazón que las autoridades sin rostro de Arriba enviasen el equipo necesario para reconstruirle el pie.

Entró en la choza, arrojó a un lado la muleta y se hundió inmediatamente en el catre. Cuando Barrett había llegado a la Estación Hawksbill no había catres. Entonces uno dormía en el suelo, y el suelo era de piedra. Si te sentías ambicioso, salías y escarbabas en las grietas y pliegues de la placa rocosa, buscando la nueva y escasa tierra, y puñado a puñado te hacías una cama de dos centímetros de altura. Ahora las cosas estaban un poco mejor.

Barrett había sido enviado allí cuando la Estación llevaba cuatro años funcionando y no había más que una docena de edificios y pocas comodidades. Eso era en el año 2008, tiempo de Arriba. La Estación era entonces un sitio salvaje y deprimente, pero los constantes envíos de Arriba la habían convertido en un sitio relativamente tolerable para vivir.

De los más o menos cincuenta desterrados que habían precedido a Barrett en Hawksbill, no quedaba ninguno vivo. Hacía casi diez años que ocupaba la más alta jerarquía del campo de prisioneros, desde la muerte del viejo Pleyel, el hombre de barba blanca a quien Barrett consideraba un santo. Allí el tiempo había pasado exactamente al mismo ritmo que Arriba; el Martillo estaba anclado en ese punto del tiempo, sincronizado de manera perfecta con su contrapartida en el lejano futuro, de manera que Lew Hahn, para llegar poco más de veinte años después de Barrett, había partido de Arriba en una fecha situada en el calendario exactamente veinte años y unos meses después de la expulsión de Barrett. Hahn venía de 2029, toda una generación posterior al mundo que había dejado Barrett. Barrett no había tenido valor para ponerse a pedirle datos sobre esa generación. Ya tendría tiempo de enterarse de todo lo necesario. Igual no le serviría de mucho. Barrett buscó un libro. Pero las caminatas alrededor de la Estación lo habían fatigado más de lo que creía. Miró un instante la página y después lo dejó y cerró los ojos.

Detrás de los párpados desfilaron algunas caras. Bernstein. Pleyel. Hawksbill. Janet. Bernstein. Bernstein. Bernstein.

Se quedó dormido.

4

Jimmy Barrett tenía dieciséis años y Jack Bernstein le estaba diciendo:

—¿Cómo, siendo tan grande y feo, no te importan un bledo los débiles de este mundo?

—¿Quién dice que no me importan un bledo? —No hace falta decirlo. Es evidente. ¿Dónde está tu compromiso? ¿Qué haces para que no se desintegre la civilización?

—La civilización no se está…

—Se está… —dijo Bernstein con desdén—. Qué torpe eres. Ni siquiera lees los periódicos. ¿Te das cuenta de que hay una crisis constitucional en este país, y que a menos que personas como tú y yo nos pongamos a hacer algo, dentro de menos de un año habrá una dictadura en Estados Unidos?

—Exageras —dijo Barrett—. Como siempre. —¿Ves? ¡No te importa un bledo!

Barrett estaba exasperado, pero eso no era nada nuevo. Jack Bernstein lo exasperaba desde el momento en que se habían conocido, cuatro años antes, en 1980. Entonces los dos tenían doce años. Barrett ya andaba por el metro ochenta, fornido y fuerte;

Jack era delgado y pálido, demasiado pequeño para su edad y más pequeño todavía cuando estaba al lado de Barrett. Algo los había unido: quizá la atracción de los opuestos. Barrett valoraba y respetaba la mente rápida y ágil de ese muchacho pequeño, y sospechaba que Jack lo había buscado como protector. Jack necesitaba protección. Era el tipo de persona a la que daban ganas de pegarle sin ningún motivo especial, aunque no hubiera dicho nada, y cuando finalmente abría la boca uno sentía aún más ganas de pegarle.

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Robert Silverberg: Estación Hawksbill 1
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