Estación Hawksbill | Страница 3 | Онлайн-библиотека


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Hahn miró, y Barrett, a su lado en la puerta, miró también. Lo que veían los seguía maravillando. Uno nunca terminaba de acostumbrarse a la extrañeza de ese lugar, ni siquiera después de haber vivido en él veinte años, como le ocurría a Barrett. Era la Tierra, pero tampoco era la Tierra, porque era un sitio sombrío y vacío e irreal. ¿Dónde estaban las bulliciosas ciudades? ¿Dónde estaban las autopistas electrónicas? ¿Dónde estaba el ruido, la polución, el colorido? Nada de eso había nacido todavía. Ése era un sitio silencioso y estéril.

Por supuesto, los océanos grises estaban llenos de vida. Pero en esa etapa de la evolución no había otra forma de vida sobre tierra firme que los entrometidos hombres de la Estación Hawksbill. La superficie del planeta, donde asomaba saliendo de los mares, era una placa de roca desnuda, vacía y monótona, interrumpida sólo por esporádicas manchas de musgo en las esporádicas manchas de tierra que habían logrado formarse. Hasta habrían acogido con alegría unas pocas cucarachas; pero aparentemente los insectos estaban todavía a un par e períodos geológicos por delante. Para los habitantes de tierra firme aquél era un mundo muerto, un mundo nonato.

Hahn se apartó de la puerta, moviendo la cabeza. Barrett lo condujo por el pasillo hasta la sala pequeña y bien iluminada que servía de enfermería de la Estación. Doc Quesada lo estaba esperando.

En realidad Quesada no era médico, pero en una época había sido técnico de primeros auxilios, y con eso bastaba. Era un hombre compacto y moreno, de pómulos abultados y nariz con forma de cuña invertida. En su enfermería mostraba una total seguridad. Después de todo, no había perdido demasiados pacientes. Barrett le había visto quitar apéndices y suturar heridas y amputar miembros con total aplomo. Con aquella bata ligeramente raída, Quesada tenía suficiente aspecto de médico como para cumplir su papel de manera convincente.

—Doc, éste es Lew Hahn. Está con un shock temporal. Cúralo.

Quesada guió al nuevo hasta una camilla y le bajó la cremallera de la túnica gris. Después buscó el botiquín. Ahora la Estación Hawksbill estaba bien equipada para la mayoría de las emergencias. A la gente de Arriba no le preocupaba mucho lo que sucedía a los prisioneros de la Estación, pero no tenía ninguna intención de ser inhumana con hombres que ya no podrían hacer daño, y de vez en cuando mandaban todo tipo de cosas útiles, como anestesia y pinzas y diagnostatos y medicamentos y sondas cutáneas. Barrett recordaba una época, al principio, cuando no había allí mucho más que chozas vacías, y si un hombre se lastimaba se metía en verdaderas dificultades.

—Ya ha tomado un trago —dijo Barrett—. Creo que es necesario que lo sepas.

—Ya veo —murmuró Quesada. Se rascó el bigote rojizo, corto e hirsuto. El pequeño diagnostato de la camilla se había puesto a trabajar enseguida, mostrando información sobre la presión sanguínea, el nivel de potasio, el grado de dilatación, el flujo vascular, la flexibilidad alveolar y mucho más. Quesada no parecía tener dificultades para comprender el aluvión de datos que pasaban por la pantalla y aterrizaban en la cinta de confirmación. Después de un rato se volvió hacia Hahn y dijo—: ¿Verdad que no estás realmente enfermo? Sólo un poco aturdido… No te culpo. Mira, te voy a inyectar algo para calmarte los nervios, y enseguida te pondrás bien. Tan bien como cualquiera de nosotros, supongo.

Apoyó un tubo en la carótida de Hahn y lo apretó con el pulgar. Hubo un zumbido subsónico y el compuesto tranquilizador entró en el torrente sanguíneo del hombre. Hahn se estremeció.

—Déjalo descansar cinco minutos —le dijo Quesada a Barrett—. Entonces se le habrá pasado.

Dejaron a Hahn acostado en la camilla y salieron de la enfermería.

—Éste es mucho más joven de lo habitual —dijo Quesada en el pasillo.

—Ya me di cuenta. Y también el primero en varios meses.

—¿Crees que está ocurriendo alguna cosa rara Arriba?

—No sé qué decir. Pero una vez que Hahn recupere un poco de energías tendré con él una larga conversación. —Barrett miró al diminuto médico y dijo—: Hay algo que te quería preguntar. ¿Cuál es el estado de Valdosto?

Valdosto había sufrido un colapso psicótico hacía varias semanas. Quesada lo tenía drogado y trataba de que volviera poco a poco a aceptar la realidad de la Estación Hawksbill.

—No ha habido ningún cambio —contestó, encogiéndose de hombros—. Esta mañana esperé a que saliera del efecto de las drogas, y seguía en el mismo estado.

—¿Crees que se recuperará?

—Lo dudo. Se ha quebrado para siempre. Arriba podrían haberlo recompuesto; pero…

—Sí —dijo Barrett—. Si hubiera podido volver Arriba, Valdosto no se habría quebrado. Por lo tanto, haz todo lo necesario para que se sienta feliz. Si no puede estar cuerdo, que por lo menos esté cómodo.

—Te duele mucho lo que le ha pasado a Valdosto, ¿verdad, Jim?

—¿Tú qué crees? —Los ojos de Barrett parpadearon un instante—. Él y yo anduvimos juntos casi desde el principio. Cuando empezaba a organizarse el partido, cuando estábamos llenos de fuerza y de ideales. Yo era el coordinador, él el tirabombas. Creía tanto en los derechos del hombre que era capaz de mutilar a cualquiera que no acatase una adecuada línea liberal. Tenía que calmarlo todo el tiempo. No sé si sabes que cuando éramos muy jóvenes Val y yo compartimos un apartamento en Nueva York…

—Tú y Val no fuisteis muy jóvenes al mismo tiempo —le recordó Quesada.

—No, es cierto —dijo Barrett—. Él tenía quizá dieciocho años y yo rondaba los treinta. Pero él siempre aparentó ser mayor de lo que era. Y teníamos ese apartamento. Y chicas. Chicas todo el tiempo, que iban y venían y a veces vivían allí unas semanas. Val siempre decía que un verdadero revolucionario necesita mucho sexo. Hawksbill, el cabrón, también iba por allí, aunque no sabíamos que estaba trabajando en algo que después nos dañaría a todos. Y Bernstein. Nos quedábamos despiertos toda la noche, bebiendo ron barato, y Valdosto sé ponía a planear asaltos terroristas y nosotros lo hacíamos callar y… —Barrett frunció el ceño—. Al diablo con todo eso. El pasado está muerto. Quizá sería mejor que Val también lo estuviese.

Jim…

—Cambiemos de tema —dijo Barrett—. ¿Qué tal está Altman? ¿Sigue con los temblores?

—Está construyendo una mujer —dijo Quesada. —Es lo que me dijo Charley Norton. ¿Qué usa? Un trapo, un hueso…

—Le di algunos productos químicos sobrantes para que se entretuviera. Elegidos, sobre todo, por el color. Tiene algunos feos compuestos verdes de cobre y un poco de alcohol etílico y algo de sulfato de zinc y seis o siete cosas más, y juntó un poco de tierra y la mezcló con muchos mariscos muertos y está esculpiendo todo eso, dándole una forma según él femenina y esperando a que le caiga un relámpago y le infunda vida.

—En otras palabras —dijo Barrett—, se ha vuelto loco.

—Creo que no te equivocas. Pero por lo menos ya no molesta a sus amigos. Por lo que recuerdo, no creías que la fase homosexual de Altman fuera a durar mucho.

—No, pero tampoco creía que fuera a pasarse para el otro lado, Doc. Si un hombre necesita sexo y encuentra aquí a alguien dispuesto a complacerlo, no me parece mal, siempre que no ofendan a nadie abiertamente. Pero cuando Altman se pone a fabricar una mujer con tierra y carne podrida de braquiópodos, no hay duda de que lo hemos perdido para siempre. Qué pena.

Los ojos oscuros de Quesada miraron hacia el suelo.

Jim, a todos nos espera ese destino, tarde o temprano.

—Yo todavía no me he quebrado. Tú tampoco. —Danos tiempo. Tú llevas aquí sólo once años. —Altman lleva sólo ocho —dijo Barrett—. Valdosto aún menos.

—Algunos caparazones se rompen con más rapidez que otros —dijo Quesada—. Bueno, ahí está nuestro amigo.

Hahn había salido de la enfermería para reunirse con ellos. Todavía se lo veía pálido y abatido, pero ya no tenía aquel susto en la mirada. Empezaba, pensó Barrett, a adaptarse a lo impensable.

—No pude evitar oír parte de vuestra conversación —dijo—. ¿Son muy comunes aquí las enfermedades mentales?

—Algunos de los hombres no han encontrado la manera de hacer algo que tenga sentido para ellos —dijo Barrett—. Los carcome el aburrimiento.

—¿Qué se puede hacer aquí que tenga sentido? —Quesada cuenta con su trabajo médico. Yo tengo responsabilidades administrativas. Un par de compañeros están estudiando la vida marina, haciendo una verdadera investigación científica. Tenemos un periódico que aparece de vez en cuando y que mantiene ocupados a algunos de los muchachos. Están la pesca y el excursionismo transcontinental. Pero siempre hay algunos que se abandonan a la desesperación y se quiebran. Diría que en este momento, entre los ciento cuarenta residentes, tenemos aquí treinta o cuarenta locos de verdad.

—No está tan mal —dijo Hahn— si tenemos en cuenta la inherente inestabilidad de los hombres enviados a este sitio y las condiciones de vida poco comunes que encontraron.

—¿Inherente estabilidad? —repitió Barrett—. Eso no lo sé. La mayoría creíamos que éramos muy cuerdos, y que luchábamos del lado justo. ¿Tú crees que por ser revolucionario un hombre está ipso facto loco? Y silo crees, Hahn, ¿qué demonios haces aquí?

—Me malinterpreta, señor Barrett. Sabe Dios que no estoy estableciendo ningún paralelo entre las actividades antigubernamentales y los desequilibrios mentales. Pero tendrá que admitir que mucha de la gente que atrae cualquier movimiento revolucionario es… bueno, un poco trastornada.

—Valdosto —murmuró Quesada—. Tirando bombas. —De acuerdo —dijo Barrett, soltando una carcajada—. Eh, Hahn, qué expresivo te has vuelto de repente. No te pareces al hombre que hacía unos minutos no podía articular ni una palabra. ¿Qué tenía eso que te inyectó Doc Quesada?

—No quise darme ningún aire de superioridad —se apresuró a decir Hahn—. Si parecí petulante y condescendiente, lo que quise decir fue que…

—Olvídalo. De todos modos ¿qué hacías Arriba? —Era economista.

Justo lo que necesitamos —dijo Quesada—. Nos puede ayudar a resolver el problema del balance de pagos.

—Si allá eras economista, aquí tendrás mucho de que hablar ~dijo Barrett—. Este sitio está lleno de teóricos de la economía chiflados que querrán contrastar sus ideas con las tuyas. En algunos casos rozan la cordura. Me refiero a las ideas. Acompáñame; quiero mostrarte el sitio donde vas a parar.

3

El sendero que llevaba del edificiq principal a la choza donde vivía Donald Latimer era sobre todo cuesta abajo, cosa que Barrett agradecía aunque sabía que dentro de un rato, al volver, tendría que esforzarse subiendo la cuesta. La choza de Latimer estaba en el borde oriental de la Estación y un poco por encima. Hahn y Barrett caminaron despacio hacia ella. Hahn se mostraba preocupado por la pierna herida de Barrett, y a Barrett le molestaba el esfuerzo exagerado que hacía el joven para seguirle el ritmo.

Lo desconcertaba ese Hahn. El hombre estaba lleno de aparentes contradicciones. Como, por ejemplo, aparecer allí con el peor caso de shock temporal que Barrett había visto jamás y después recuperarse con notable rapidez. O parecer frágil y tímido, pero ocultar sólidos músculos debajo de la túnica. Dar una apariencia exterior de incompetencia general, pero mostrar un tranquilo dominio a la hora de hablar. Barrett se preguntaba qué habría hecho ese joven pulcro para ganarse el viaje a la Estación Hawksbill. Pero ya tendría tiempo de averiguarlo. Todo el tiempo del mundo.

Hahn señaló el horizonte con la mano y dijo: —¿Todo es así? ¿Roca y océano?

—Eso es todo. La vida terrestre aún no ha evolucionado. No lo hará por bastante tiempo. Todo es maravillosamente simple, ¿verdad? Nada de amontonamientos. Nada de expansiones urbanas. Nada de atascos. Hay algo de musgo trasladándose a la tierra firme, pero no mucho.

—¿Y en el mar? ¿Hay dinosaurios nadando por ahí?

Barrett negó con la cabeza.

—No habrá vertebrados hasta dentro de treinta, cuarenta millones de años. Llegarán en el ordovícico, y nosotros estamos en el cámbrico. Ni siquiera tenemos peces todavía, y mucho menos reptiles. Sólo podemos ofrecer cosas que se arrastran. Algunos mariscos, unas cosas grandes y feas parecidas a calamares, y trilobites. Tenemos, más o menos, setecientos mil millones de especies diferentes de trilobites. Y un hombre del grupo, llamado Mel Rudiger, el que te dio el trago cuando llegaste, los colecciona. Rudiger está escribiendo el texto definitivo sobre los trilobites. Su obra maestra.

—Pero nadie tendrá la oportunidad de leerlo… en el futuro.

—Arriba, decimos nosotros. —Arriba.

—Qué pena —dijo Barrett—. Una obra tan brillante y desaprovechada, porque aquí a nadie le importa un bledo la vida y las desgracias de los trilobites, y Arriba nadie se enterará jamás. Pedimos a Rudiger que grabara el libro en placas de oro imperecederas con la esperanza de que lo encontraran algún día los paleontólogos. Pero dice que hay muy pocas probabilidades de que eso llegue a sus manos. Mil millones de años, de geología comerán las placas sin remedio antes de que alguien las encuentre. Y si alguna vez aparecieran, lo más probable es que fue tan usadas para iniciar una nueva religión o algo parecido. .

Hahn hizo una mueca.

—¿Por qué el aire tiene un olor tan extraño? —La composición es diferente —dijo Barrett—. La hemos analizado. Más nitrógeno, un poco menos de oxígeno, casi nada de dióxido de carbono. Pero en realidad no te resulta extraño por eso. Ocurre que aquí el aire es puro, incontaminado por los júbilos de la vida. Nadie excepto nosotros lo ha estado respirando, y no somos tantos.

—Me defraudó un poco que esto esté tan vacío —dijo Hahn, sonriendo—. Esperaba junglas exuberantes de plantas extrañas, y pterodáctilos girando en el aire y quizá un tiranosaurio chocando contra uña valla de la Estación.

—Nada de junglas. Nada de pterodáctilos. Nada de tiranosaurios. Nada de vallas. No hiciste tus deberes.

—Lo siento.

—Estamos a finales del período cámbrico. La vida es exclusivamente marina.

—Fueron muy considerados al elegir una era tan pacífica como basurero para los prisioneros políticos —dijo Hahn—. Tenía miedo de que no hubiera más que dientes y garras.

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Robert Silverberg: Estación Hawksbill 1
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