Estación Hawksbill | Страница 21 | Онлайн-библиотека


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—Se te juzgará la semana próxima —dijo Bernstein. —Felicitaciones —dijo Barrett—. Hiciste un trabajo magistral para quebrar mi espíritu. Ahora estoy completamente derrotado. Tengo la voluntad por el suelo. Me he rendido en todos los aspectos. Eres un lujo para tu profesión… Jack.

La mirada que le dirigió Jacob Bernstein estaba cargada de ácido.

El proceso tuvo lugar en la fecha anunciada: Sin jurado, sin defensor, sólo un funcionario del gobierno sentando ante una serie de datos generados por un ordenador. La confesión de Barrett fue incluida en su prontuario. El propio Barrett agregó una declaración verbal. En el transcurso del proceso hubo que poner fecha a todos aquellos informes, y así Barrett se enteró de que estaban en el verano de 2008. Llevaba en el centro de interrogatorios veinte meses.

—El veredicto, como ya esperaba, fue de culpabilidad. James Edward Barrett, lo condenamos a cadena perpetua, que deberá cumplir en la Estación Hawksbill.

—¿Dónde?

No hubo respuesta. Lo sacaron de allí.

¿La Estación Hawksbill? ¿Qué era eso? ¿Acaso algo relacionado con la máquina del tiempo? Barrett pronto lo descubrió.

Lo llevaron a una enorme habitación repleta de máquinas improbables. En el centro de todo había una reluciente placa metálica de unos ocho metros de diámetro. Encima, bajando del alto techo, había un conglomerado de aparatos que pesaban muchas toneladas, una serie de colosales pistones y núcleos de energía que parecían un monstruo prehistórico a punto de atacar… o quizá un gigantesco martillo. La sala estaba llena de técnicos muy atareados, mirando con atención diales y pantallas. Nadie habló con Barrett. Lo pusieron encima de la enorme placa parecida a un yunque debajo del martillo monstruoso. A su alrededor, la sala era pura actividad. Cuánto alboroto, se dijo, por un cansado prisionero político. ¿Irían a enviarlo ya mismo a la Estación Hawksbill?

En la sala había ahora un resplandor rojo. Pero durante un rato no ocurrió nada. Barrett se levantó pacientemente, sintiéndose un poco absurdo.

—¿Cómo está el calibrado? —dijo un voz a sus espaldas.

—Bien. Lo lanzaremos exactamente mil millones de años hacia atrás.

—¡Un momento! —gritó Barrett—. Mil millones de años…

No .le prestaron atención. No podría moverse. Se oyó un sonido agudo, y apareció un extraño olor en el aire. Entonces sintió el dolor, el dolor más intenso y desgarrador que había experimentado jamás. ¿Acaso habría bajado aquel martillo y lo habría aplastado? No veía nada. No estaba en ninguna parte. Y…

… caía…

… aterrizando…

… se incorporó, aturdido, sudando, desconcertado. Estaba en otra sala, rodeado por el mismo tipo de máquinas, pero las caras que lo rodeaban no eran las caras inexpresivas de técnicos impersonales. Reconoció esas caras. Miembros del Frente de Liberación Continental… hombres que no veía desde hacía años, hombres que habían sido arrestados, cuyo paradero no conocía nadie.

Allí estaba Norman Pleyel, con lágrimas en los dulces ojos.

—iJim… Jim Barrett… así que finalmente te mandaron aquí también, Jim! No intentes levantarte. Ahora estás bajo un shock temporal, pero pronto se te pasará.

—¿Ésta es la Estación Hawksbill? —dijo Barrett con voz ronca.

—Ésta es la Estación Hawksbill. Tal como la ves. —¿Dónde está?

—No dónde, Jim, sino cuándo. Esto queda en el pasado, a mil millones de años de distancia.

—No. No.

Negó con la cabeza aturdida. Así que la máquina de Hawksbill había funcionado, y los rumores tenían fundamento, y era allí adonde mandaban a los revolucionarios más problemáticos. Janet ¿estaba también en ese sitio?, preguntó. No, dijo Pleyel. Allí sólo había hombres. Veinte o treinta prisioneros que de algún modo se las arreglaban para sobrevivir.

A Barrett le costaba creerlo. Pero entonces le ayudaron a bajar del Yunque y lo sacaron del edificio para mostrarle cómo era el mundo, y se quedó mirando fascinado la curva de roca desnuda que bajaba suavemente hasta el mar gris, la costa deshabitada e impoluta, y entonces le cayó encima la realidad del destierro, y el golpe fue aún más doloroso que el que le había descargado el Martillo.

14

Al principio, en la oscuridad, Hahn no advirtió la presencia de Barrett. Se levantó despacio, sacudiéndose los abrumadores efectos de un viaje por el tiempo. Después de unos segundos se empujó hasta el borde del Yunque y dejó las piernas colgando. Las balanceó para reactivar la circulación. Aspiró profundamente varias veces. Por último se deslizó hasta el suelo. El resplandor del campo había desaparecido en el momento de su llegada, así que se movía con cautela, como tratando de no chocar contra nada.

De repente, Barrett encendió la luz y dijo: —¿Qué has estado haciendo, Hahn?

El joven retrocedió como si lo hubieran pinchado en el estómago. Ahogó un grito, saltó algunos pasos hacia atrás y levantó las dos manos en actitud defensiva…

—Contéstame —dijo Barrett.

Hahn pareció recuperar el equilibrio. Echó una rápida mirada más allá de la voluminosa figura de Barrett, hacia el vestíbulo, y dijo:

—Déjeme pasar. Ahora no se lo puedo explicar.

—Más vale que me lo expliques.

—Será más fácil para todos si no lo hago —dijo Hahn—. Por favor. Déjeme pasar.

Barrett siguió bloqueándole la puerta.

—Quiero saber dónde estuviste esta noche. Y qué anduviste haciendo con el Martillo.

—Nada. Sólo estudiándolo un poco.

—Hace un minuto no estabas en esta habitación. Después apareciste de la nada. ¿De dónde saliste, Hahn?

—Se equivoca. Estaba detrás del Martillo. No… —Te vi caer en el Yunque. Hiciste un viaje por el tiempo, ¿verdad?

—No.

—¡No me mientas! No sé cómo lo haces, pero has encontrado alguna manera de viajar hacia adelante en el tiempo, ¿no es así? Nos has estado espiando, y fuiste a alguna parte a llevar tu informe… y ahora estás de regreso.

La frente pálida de Hahn brillaba.

—Barrett, se lo advierto, no haga demasiadas preguntas en este momento —dijo con voz tensa—. Sabrá todo lo que quiere saber a su debido tiempo. Éste no es el momento adecuado. Ahora, por favor, déjeme pasar.

—Primero las respuestas —dijo Barrett.

Se dio cuenta de que estaba temblando. Ya conocía las respuestas, y eran respuestas que lo sacudían hasta el fondo del alma. Sabía dónde había estado Hahn.

Pero el propio Hahn tenía que admitirlo.

Hahn no dijo nada. Dio un par de pasos indecisos hacia Barrett, que no se movió. Hahn parecía estar adquiriendo impulso para iniciar una repentina carrera hacia la puerta.

—No saldrás de esta habitación —dijo Barrettmientras no me digas lo que quiero saber.

Hahn arremetió.

Barrett se plantó con firmeza, la muleta contra el marco de la puerta, la pierna sana apoyada en el suelo, y esperó al joven. Calculaba que pesaba por lo menos. cuarenta kilos más que Hahn. Eso podía alcanzar para equilibrar el hecho de que Hahn tenía unos treinta años menos y una pierna más. Al entrar en contacto, Barrett le agarró los hombros, tratando de sujetarlo para obligarlo a volver a la habitación.

Hahn cedió tres o cuatro centímetros. Miró a Barrett sin decir una palabra y empujó de nuevo. —No lo hagas —gruñó Barrett—. No… te… dejaré… —No quiero hacer esto —dijo Hahn.

Empujó otra vez. Barrett sintió que se doblaba ante el impacto. Hundió las manos todo lo posible en los hombros de Hahn, y trató de meterlo de nuevo en la habitación. Pero Hahn resistió, y toda la energía de Barrett se redujo a un empujón hacia atrás que rebotó sobre él mismo. Perdió el control de la muleta, que resbaló por el marco de la puerta y se le escapó de debajo del brazo. Por un angustioso instante todo el peso de Barrett se apoyó en la aplastada inutilidad de su pie izquierdo, y entonces, como si las extremidades se le estuvieran derritiendo debajo del cuerpo, empezó a hundirse hacia el suelo. Aterrizó con un resonante estrépito.

Quesada, Altman y Latimer entraron corriendo en la habitación. Barrett se retorcía de dolor en el suelo, clavando los dedos en el muslo de la pierna herida. Hahn estaba de pie a su lado con cara triste, las manos entrelazadas.

—Lo siento —dijo—. No tendría que haberme cerrado así el paso.

Barrett lo miró furioso.

—Viajaste por el tiempo, ¿no es así?. ¡Ahora puedes contestarme!

—Sí —dijo por fin Hahn—. Fui Arriba.

Una hora más tarde, después de que Quesada le inyectó suficientes calmantes para que no aullara de dolor, Barrett oyó la historia completa. Hahn no quería revelar aquello tan pronto, pero había cambiado de idea después de la pequeña pelea.

Todo era muy sencillo. El viaje por el tiempo funcionaba ahora en ambas direcciones. Toda la palabrería sobre el flujo de la entropía había quedado sencillamente en eso: palabras vacías.

—No —dijo Barrett—. Yo mismo lo discutí con Hawksbill en… a ver… en 1998. Hawksbill y yo nos conocíamos. Le dije: Con tu máquina ¿la gente puede viajar para adelante y para atrás en el tiempo?, y él dijo que no, que sólo se podía viajar hacia atrás. El movimiento hacia adelante era imposible según sus ecuaciones.

—Sus ecuaciones eran incompletas —dijo Hahn—. Obviamente. Hawksbill nunca desarrolló la parte del movimiento hacia el futuro.

—¿Cómo pudo haberse equivocado un hombre del nivel de Hawksbill?

—Al menos cometió un error. Después hubo otras investigaciones, y ahora sabemos movernos en ambas direcciones. Hasta a Einstein tuvieron que corregirlo. ¿Por qué no a Hawksbill?

Barrett negó con la cabeza. Sí, ¿por qué no, a Hawksbill?, se preguntó. Pero él se había convencido de que el trabajo de Hawksbill era perfecto, y que estaba condenado a vivir hasta sus últimos días en el comienzo de los tiempos.

—¿Cuánto tiempo hace, que se conoce la posibilidad de viajar en ambas direcciones? —preguntó Barrett.

—Por lo menos cinco años —dijo Hahn. Todavía no sabemos con exactitud cuándo se produjo el gran avance. Cuando terminemos de revisar todos los archivos secretos del anterior gobierno…

—¿El anterior gobierno?

Hahn asintió.

—La revolución se produjo en enero. De 2029. No fue nada violenta. Los sindicalistas se enmohecieron por dentro, y cuando recibieron el primer empujón se cayeron. Había un gobierno revolucionario esperando entre bastidores para hacerse cargo del poder y restituir las viejas garantías constitucionales.

—¿Fue el moho? —preguntó Barrett ruborizándose—. ¿O las termitas? No te equivoques de metáfora.

Hahn miró para otro lado.

—Lo que importa es que cayó el viejo gobierno. Ahora tenemos un régimen liberal provisional, y habrá elecciones libres dentro de unos seis meses. No me pregunte demasiado por la filosofía de la nueva administración. No soy un teórico político. Ni siquiera un economista. Usted acertó.

—Entonces ¿qué eres?

—Un policía —dijo Hahn—. Parte de la comisión que estudia el régimen penitenciario del anterior gobierno. Incluyendo esta prisión.

—¿Qué pasa con los prisioneros que están Arriba? —dijo Barrett—. Los políticos.

—Los están liberando. Revisamos sus casos y por lo general los soltamos enseguida.

Barrett asintió.

—¿Y los sindicalistas? ¿Qué ha pasado con ellos? No sé si podrás contarme algo sobre uno en particular, un interrogador llamado Jacob Bernstein. Quizá lo conozcas.

—¿Bernstein? Sí, claro. Pertenecía al Consejo de Síndicos. Fue jefe de interrogación.

—2Fue?

—Se suicidó —dijo Hahn—. Muchos Síndicos hicieron lo mismo cuando cayó el régimen. Bernstein fue el primero.

—No me extraña —dijo Barrett, sintiéndose curiosamente conmovido.

Se produjo un largo silencio.

—Había una chica —dijo Barrett—. Hace mucho tiempo… desapareció… La arrestaron en 1994, y nadie pudo averiguar qué le había ocurrido. Me pregunto si… si…

Hahn negó con la cabeza.

—Lo siento —dijo con suavidad—. Eso fue hace treinta y cinco años. No encontramos a ningún prisionero que hubiera estado en la cárcel más de seis o siete años. El núcleo de la oposición fue enviado a la Estación Hawksbill, y los demás… Bueno, si era una amiga especial suya… no es probable que aparezca.

—No —dijo Barrett—. Tienes razón. Lo más proba= ble es que haya muerto hace mucho tiempo. Pero no pude dejar de preguntártelo, por las dudas…

Miró a Quesada y después a Hahn. Los pensamientos le giraban en la cabeza como un torbellino, y no pudo recordar la última vez que se había sentido tan abrumado por los acontecimientos. Tenía que esforzarse para evitar de nuevo los temblores. La voz le falló un poco cuando le dijo a Hahn:.

—Tú viniste a observar la Estación Hawksbill, ¿verdad?, a ver cómo estábamos. Y fuiste Arriba esta noche a contarles lo que habías visto aquí. Supongo que te pareceremos un grupo bastante lamentable.

Aquí todo el mundo ha sufrido una enorme tensión —dijo Hahn—. Dadas las circunstancias de este encarcelamiento… El destierro a esta era remota… Lo interrumpió Quesada.

—Si ahora hay un gobierno liberal en el poder y se puede viajar por el tiempo en ambas direcciones, ¿acierto si digo que los prisioneros de la Estación Hawksbill serán enviados Arriba?

—Por supuesto —dijo Hahn—. Se hará lo antes posible, en cuanto dispongamos de toda la logística. Ése ha sido el motivo de mi viaje de reconocimiento. Primero averiguar si todos estaban todavía vivos, pues ni siquiera sabíamos si alguien habría sobrevivido al viaje por el tiempo. Y después ver en qué estado estaban, qué necesidades de tratamiento había. Desde luego, todo el mundo contará con los recursos de la terapia moderna, sin reparar en gastos.

Barrett casi no prestaba atención alas palabras de Hahn. Había estado temiendo algo parecido toda la noche, desde que Altman le avisó de que Hahn andaba tocando el Martillo. Pero nunca se había permitido del todo creer que aquello fuese posible. Ahora veía que su reino se desmoronaba.

Se veía regresando a un mundo que no podría empezar a comprender, un Rip van Winkle rengo volviendo después de veinte años.

Y se veía arrancado de un sitio que había llegado a ser su hogar.

—¿Sabes una cosa? —dijo Barrett con voz cansada—. Algunos hombres no van a poder adaptarse al impacto de la libertad. Si los metes en el mundo real otra vez, pueden morirse. Tenemos aquí a muchos psicópatas graves. Tú mismo los has visto. Viste lo que hizo Valdosto esta tarde.

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Robert Silverberg: Estación Hawksbill 1
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