Estación Hawksbill | Страница 2 | Онлайн-библиотека


Выбрать главу

El número de chozas rondaba las ochenta. En ese momento había ciento cuarenta presos en la Estación Hawksbill, cantidad casi récord, que indicaba un aumento de temperatura en la escena política de Arriba. Hacía mucho tiempo que la gente de Arriba no se molestaba en enviarles materiales de construcción, así que todos los nuevos que llegaban tenían que compartir vivienda. Barrett y otros cuyo destierro había empezado antes de 2014 tenían el privilegio de ocupar viviendas privadas si así lo deseaban. Algunos hombres no querían vivir solos; Barrett, para conservar su propia autoridad, creía que estaba obligado a hacerlo.

A medida que iban llegando, los nuevos desterrados se acomodaban con los que vivían solos. Las chozas privadas eran entregadas en orden inverso de antigüedad. A esas alturas, la mayoría de los desterrados que habían llegado antes de 2015 se habían visto obligados a aceptar compañeros de habitación. Si llegaba otra docena de deportados, el grupo de 2014 tendría que empezar a compartir la vivienda. Por supuesto, los mayores iban muriendo, lo que facilitaba un poco las cosas, y había muchos hombres a los que no sólo no les importaba tener compañía en las chozas, sino que la buscaban.

Sin embargo, Barrett creía que un hombre sentenciado a cadena perpetua sin esperanza de libertad condicional debía gozar del privilegio de la privacidad. Uno de los mayores problemas en la Estación Hawksbill era impedir que los hombres enloquecieran por falta de intimidad. En un sitio como ése la proximidad podía ser intolerable.

Norton señaló la enorme cúpula de plástico brillante del edificio principal.

—Está entrando Altman. Y Rudiger. Y Hutchett. ¡Algo sucede!

Con un gesto de dolor, Barrett aceleró el paso. Algunos de los hombres que entraban en el edificio vieron la figura corpulenta que venía por el camino rocoso y la saludaron con la mano. Barrett les respondió levantando un brazo macizo. Sentía que crecía la excitación. La llegada de cada hombre nuevo a la estación era un gran acontecimiento, casi el único acontecimiento que ocurría allí. Sin nuevos hombres, no tenían manera de saber lo que sucedía Arriba. Hacía seis meses que no llegaba nadie a Hawksbill, después del aluvión del año anterior. Durante un tiempo habían aparecido cinco hombres por día, y entonces el flujo se había detenido. Sin más novedades. Seis meses sin ningún desterrado: era el intervalo más largo que recordaba Barrett. Habían empezado a sospechar que no enviarían a nadie más a la Estación. Lo cual sería una catástrofe. Nuevos hombres era lo único que separaba a los presos más antiguos de la locura. Los nuevos traían noticias del futuro, noticias del mundo que ellos habían dejado atrás para toda la eternidad. Y contribuían con la interacción de nuevas personalidades en un grupo cerrado que siempre estaba en peligro de anquilosarse.

Por otra parte, Barrett tenía conciencia de que algunos de los hombres —entre los que él no se contaba— vivían con la ilusa esperanza de que la próxima persona que llegase fuera una mujer.

Por eso acudían todos al edificio principal, para ver qué ocurriría cuando el Martillo empezara a brillar. Barrett renqueó bajando por el camino. Cuando llegaron a la entrada terminaron de caer las últimas gotas.

Dentro del edificio, sesenta o setenta residentes de la estación se apiñaban en la cámara del Martillo: casi todos los hombres del lugar en condiciones físicas y mentales de mostrar alguna curiosidad por un recién llegado. Mientras Barrett avanzaba hacia el centro del grupo, lo fueron saludando a gritos. Barrett asentía, sonreía y desviaba las preguntas con gestos amistosos.

—¿Quién va a ser esta vez, Jim?

—Tal vez una muchacha, ¿verdad? De unos diecinueve años, rubia, con un cuerpo…

—Espero que sepa, de todos modos, jugar al ajedrez estocástico.

—¡Mira el brillo! ¡Está aumentando!

Barrett, como los demás, miró el Martillo, y advirtió el cambio que se estaba produciendo en la gruesa columna que era el dispositivo de viaje temporal. La compleja e intrincada colección de instrumentos insondables ardía ahora con un color rojo cereza, anunciando el paso de quién sabe cuántos kilovatios bombeados por los generadores en el otro extremo de la línea, Arriba. Hubo un silbido en el aire; el suelo retumbó un poco. El brillo se había extendido ahora al Yunque, la ancha placa de aluminio sobre la que caían todos los cargamentos del futuro. En otro instante…

—¡Condición Carmesí! —gritó alguien—. ¡Ahí viene!

2

Mil millones de años en el futuro estaba entrando una ola de energía en el verdadero Martillo del que aquél no era más que una réplica parcial. La potencia crecía por momentos en la enorme habitación sombría que en la Estación Hawksbill todos recordaban de manera muy vívida. Un hombre —u otra casa, quizá un envío de suministros— estaba en ese momento en aquella habitación, en el centro del verdadero Yunque, engullido por el destino. Barrett sabía lo que era estar allí, esperando a que el Campo de Hawksbill lo envolviera a uno y lo lanzara hasta comienzos del paleozoico. Unos ojós fríos lo miraban a uno mientras esperaba el destierro, y aquellos ojos brillaban de manera triunfal, diciéndote que estaban encantados de deshacerse de ti. Y entonces el Martillo hacía su trabajo y tú emprendías el viaje sin regreso. El efecto de ser enviado por el tiempo se parecía mucho al golpe de un gigantesco Martillo clavándote en las paredes del continuo: de ahí las metáforas para las partes funcionales de la máquina.

Todo lo que tenían en la Estación Hawksbill había llegado a través del Martillo. El montaje de la Estación había sido un trabajo largo, lento y caro, obra de hombres metódicos, dispuestos a realizar todos los esfuerzos necesarios para deshacerse de sus opositores de una manera que consideraban humana y acorde con el siglo xx. Primero, el Martillo había abierto un sendero en el tiempo y enviado al pasado el núcleo de la Estación receptora. Como no había una Estación receptora a mano en el paleozoico para recibir la Estación receptora, algunas cosas se habían perdido de manera inevitable. No era estrictamente necesario tener un Martillo y un Yunque en el extremo receptor, excepto para, controlar de manera precisa la dispersión temporal; pero sin el equipo receptor, el campo tendía a desviarse un poco. Envíos realizados de manera consecutiva el mismo día o la misma semana, sin un equipo receptor que los guiase podían desparramarse con facilidad a lo largo de veinte o treinta años en el pasado. Había mucha de esa basura temporal, alrededor de la Estación Hawksbill: materiales destinados a la instalación original que, debido a imprecisiones en el envío en los días anteriores al Martillo, habían aterrizado a un par de décadas (y a un par de cientos de kilómetros) del sitio deseado.

A pesar de esas dificultades, las autoridades habían terminado enviando al sitio temporal matriz la cantidad suficiente de componentes como para construir una Estación receptora. Era como enhebrar una aguja por control remoto usando manipuladores de kilómetros de largo, pero lo consiguieron. Por supuesto, durante todo ese tiempo la Estación estuvo deshabitada; el gobierno no había querido perder a ninguno de sus ingenieros enviándolos a montar el mecanismo, porque no podrían regresar. Pero finalmente habían ido los primeros prisioneros: prisioneros políticos, claro, pero elegidos por su formación técnica. Antes de ser enviados al pasado habían recibido instrucciones para armar las partes del Martillo y del Yunque.

Al llegar a la Estación podrían, desde luego, negarse a cooperar. Allí estaban fuera del alcance de las autoridades. Pero les convenía preparar la Estación receptora para así tener nuevos suministros de Arriba. Habían hecho el trabajo. Después, hacer funcionar la Estación Hawksbill había resultado fácil.

Ahora brillaba el Martillo. Eso significaba que habían activado el Campo de Hawksbill en el extremo emisor, alrededor de 2028 o 2030. Todo se enviaba desde allí. Todo se recibía aquí. El viaje temporal no funcionaba en sentido contrario. Nadie sabía bien por qué, aunque se decían muchas cosas superficialmente profundas acerca de la entropía y de la velocidad temporal infinita que habría que lograr para tratar de acelerar siguiendo el eje normal del flujo cronológico, es decir, del pasado al futuro.

El silbido que se oía en la sala empezó a aumentar de manera ensordecedora a medida que los bordes del Campo de Hawksbill empezaban a ionizar la atmósfera. Entonces llegó el esperado trueno de la implosión causada por el solapamiento imperfecto de la cualidad del aire sacado de esa época y la cantidad introducida en ella desde el futuro.

Y entonces, bruscamente, un hombre cayó desde el Martillo y se quedó, aturdido y blando, sobre el brillante Yunque.

Parecía muy joven, lo cual sorprendió bastante a Barrett. Aparentaba bastante menos de treinta años. Por lo general, sólo condenaban al exilio en la Estación Hawksbill a hombres dé edad madura. Sólo enviaban a los incorregibles, a los hombres que había que separar de la humanidad por él bien de la mayoría. El hombre más joven del lugar rondaba los cuarenta en el momento de la llegada. Al ver a ese muchacho delgado y bien parecido, un par de hombres que había en la sala soltaron un silbido de angustia, y Barrett entendió la constelación de emociones que los atormentaba.

El nuevo se incorporó. Se desperezó, un niño que sale de un sueño largo y profundo. Miró alrededor. Llevaba puesta una túnica gris sencilla, y debajo una tela de hilo iridiscente. Tenía cara en forma de cuña, que se estrechaba en el mentón, y ahora estaba muy pálido. Sus labios delgados parecían exangües. Sus ojos azules parpadearon con rapidez. Se frotó las cejas, que eran rubias y casi invisibles. Movió la boca como si quisiera decir algo pero no encontrara las palabras.

Las sensaciones producidas por el viaje en el tiempo no eran psicológicamente nocivas, pero podían vivirse como un fuerte golpe. Los últimos momentos antes del descenso del Martillo se parecían mucho a los momentos finales bajo la guillotina, dado que el destierro a la Estación Hawksbill equivalía a una sentencia de muerte. El prisionero a punto de partir miraba por última vez el mundo del transporte en cohetes y de órganos artificiales y de visifonos, el mundo en el que había vivido y amado y agitado por una causa política sagrada, y entonces el Martillo bajaba y lo clavaba instantáneamente hasta el pasado inconcebiblemente remoto, en una trayectoria irreversible. Resultaba bastante tenebroso, y no era nada sorprendente que llegaran a la Estación Hawksbill en un estado de shock émocional.

Barrett se abrió paso hacia la máquina. Automáticamente, le hicieron sitio. Llegó al borde del Yunque y se inclinó, alargando una mano hacia el nuevo. Su ancha sonrisa recibió como respuesta una mirada de vidriosa perplejidad.

—Soy Jim Barrett. Bienvenido a la Estación Hawksbill.

—Yo… la Estación…

—Mira, sal de ahí antes de que te caiga encima una carga de verduras. Quizá estén transmitiendo todavía.

Barrett, ocultando un gesto de dolor mientras cambiaba de postura, ayudó al hombre a bajar del Yunque. No sería nada raro que los idiotas de Arriba enviasen otro cargamento un minuto después de mandar al hombre, sin preocuparse de que el hombre hubiese tenido tiempo para salir del Yunque. Cuando se trataba de prisioneros, los de Arriba no mostraban ninguna empatía.

Barrett llamó por señas a Mel Rudiger, un anarquista regordete y pecoso de cara blanda y rosada. Rudiger entregó al nuevo una cápsula de alcohol. El nuevo la apretó contra el brazo sin decir una palabra, y se le animó la mirada.

—Toma un caramelo —dijo Charley Norton—. Enseguida te subirá el nivel de la glucosa.

El hombre lo rechazó, moviendo la cabeza como si estuviera en una atmósfera líquida. Parecía atontado, un verdadero caso de shock temporal, pensó Barrett, quizá el peor que había visto hasta ese momento. El recién llegado ni siquiera había hablado todavía. El efecto ¿podía de verdad ser tan extremo? Quizá para un joven la impresión de ser arrancado de su época resultaba más fuerte que para los demás.

—Te llevaremos a la enfermería —dijo Barrett con voz suave—, y te harán una revisión, ¿de acuerdo? Después te asignaré un sitio para vivir. Más tarde habrá tiempo para que veas esto y conozcas a todo el mundo. ¿Cómo te llamas?

—Hahn. Lew Hahn.

La voz del hombre fue un susurro áspero. —No te oigo —dijo Barrett.

—Hahn —repitió el hombre, con voz apenas audible.

—¿De qué año vienes, Lew? —De 2029.

—¿Te sientes muy mal?

—Horrible. No puedo creer que esto me está ocurriendo a mí. La Estación Hawksbill no existe, ¿verdad?

—Me temo que sí —dijo Barrett—. Al menos para la mayoría de nosotros. Algunos de los muchachos creen que es una ilusión inducida por drogas, que seguimos estando en el siglo xxi. Pero yo tengo mis dudas. Si es. una ilusión, es una ilusión muy buena. Mira.

Rodeó la espalda de Hahn con un brazo y lo guió entre los hombres de la Estación, sacándolo de, la cámara del Martillo y llevándolo por el pasillo hacia la cercana enfermería. Aunque Hahn parecía delgado, casi frágil, Barrett se sorprendió al sentir los abultados y acerados músculos de aquellos hombros. Sospechaba que ese hombre era mucho menos indefenso e inútil de lo que parecía en el momento. Tenía que serlo, para merecer el destierro a la Estación Hawksbill. Resultaba caro arrojar a un hombre a tanta distancia en el tiempo; no enviaban allí a cualquiera.

Barrett y Hahn salieron por la puerta abierta del edificio.

—Mira aquello —ordenó Barrett.

Hahn miró. Se pasó una mano por los ojos como si quisiera quitarse una telaraña invisible y volvió a mirar.

—Un paisaje de finales del período cámbrico —dijo Barrett con voz tranquila—. Ver esto sería el sueño de cualquier geólogo, pero parece que los geólogos no tienden a convertirse en prisioneros políticos. Delante tienes lo que llaman la región de los Apalaches. Es una franja de roca de unos pocos centenares de kilómetros de ancho y unos pocos miles de kilómetros de largo, que va del golfo de México a Terranova. Al este tenemos el océano Atlántico. Un poco al este hay una cosa llamada el geosinclinal de los Apalaches, una depresión de cerca de ochocientos kilómetros de ancho llena de agua. Unos tres mil kilómetros hacia el oeste hay otra depresión, lo que llaman el geosinclinal cordillerano. También está llena de agua, y en esta etapa de la historia geológica el sendero de tierra que separa los dos geosinclinales está por debajo del nivel del mar, de manera que la región de los Apalaches termina donde está el Mar Interior, allá por el oeste. Del otro lado del Mar Interior hay una estrecha masa terrestre, llamada Cordillera de las Cascadas, que corre de norte a sur y que algún día será California y Oregón y Washington. No es necesario contener la respiración hasta que ocurra. Ojalá te guste el marisco, Lew.

2
Robert Silverberg: Estación Hawksbill 1
PRÓLOGO 1
1 1
2 2
3 3
4 4
5 6
6 8
7 9
8 11
9 13
10 14
11 15
12 17
13 19
14 21