Estación Hawksbill | Страница 19 | Онлайн-библиотека


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Barrett escuchó. El sonido era ahora claro: el aullido sibilante de la ionización. Era el sonido producido por un Campo de Hawksbill funcionando. De repente se le puso carne de gallina.

—El Campo está encendido —dijo en voz baja—. Quizá nos lleguen algunos suministros.

—¿A está hora? —dijo Latimer.

—No sabemos qué hora será Arriba. Quiero que todos os quedéis aquí. Yo iré a ver qué pasa con el Martillo.

—Quizá debiera acompañarte, Jim —sugirió Que— ` sada con amabilidad.

—¡Quedaos aquí! tronó Barrett. Después calló, avergonzado de esa muestra de cólera explosiva. Nervios. Nervios. Bajando la voz, agregó—: Con que vaya uno de nosotros a ver qué pasa, es suficiente. No os mováis. Vuelvo enseguida.

Sin esperar a oír más opiniones en contra, Barrett dio media vuelta y se alejó cojeando hacia la sala del Martillo. Abrió la puerta con el hombro y se asomó. No necesitaba encender la luz. La incandescencia intensamente roja del Campo de Hawksbill iluminaba todo. —

Se quedó por el lado de dentro de la puerta. Casi sin atreverse a respirar, clavó la mirada en la masa metálica del Martillo, observando el juego de colores contra los ejes y las barras de potencia y los fusibles. El resplandor del Campo se intensificó, y pasó por varios tonos de rosa hacia el carmesí antes de extenderse y envolver el Yunque. Pasó un momento interminable.

Entonces se oyó el trueno implosivo, y Lew Hahn salió de la nada y se quedó un momento acostado en la ancha placa del Yunque, atontado por el choque temporal.

13

Habían arrestado a Barrett en un espléndido día de octubre de 2006, cuando las hojas estaban secas y amarillentas, cuando el aire era claro y fresco, cuando el cielo despejado y azul parecía reflejar toda la gloria del otoño. Ese día estaba en Boston, como el día que, una decena de años antes, habían arrestado a Janet en su apartamento de Nueva York. Iba por la calle Boylston rumbo a una cita cuando dos jóvenes ágiles con traje de calle gris neutro acompasaron su paso al suyo durante unos cinco metros y se acercaron para flanquearlo.

—¿James Edward Barrett? —dijo el de la izquierda. —Sí.

¿Para qué fingir?

—Nos gustaría que nos acompañaras —dijo el de la derecha.

—Por favor, no intentes usar la violencia —dijo su compañero—. Será mejor para todos. Especialmente para ti.

—No crearé ningún problema —dijo Barrett. Tenían un coche estacionado en la esquina. Sin apartarse de él en ningún momento, lo guiaron hasta el coche y lo metieron dentro. Cuando cerraron las puertas, no las trabaron manualmente sino con aparato de radio.

—¿Puedo hacer una llamada telefónica? —preguntó Barrett.

—No. Lo siento.

El agente que iba sentado a su izquierda sacó un desmagnetizador y rápidamente anuló cualquier dispositivo de grabación que pudiera llevar Barrett. El agente de la derecha comprobó si llevaba instrumentos de comunicación y le encontró el teléfono montado sobre la oreja y hábilmente se lo sacó. Bloquearon a Barrett con un campo inhibidor de microondas que le dejaba bastante libertad para bostezar o desperezarse pero no para tocar a los agentes que iban a su lado. El coche se alejó de la acera.

—Parece que al fin me ha tocado —dijo Barrett—. Llevo esperándolo tantos años que ya empezaba a creer que no me ocurriría nunca.

—Tarde o temprano ocurre —dijo el de la izquierda. —A todos los que estáis en esto —dijo el de la derecha—. Sólo es cuestión de tiempo.

Tiempo. Sí. En 1985, 1986, 1987, los primeros años en el movimiento de resistencia, un Jim Barrett adolescente había esperado constantemente el arresto. El arresto o algo peor: un rayo láser que salía de la nada y le perforaba la calavera. En esos años veía el nuevo gobierno como algo omnisciente y amenazador, y se consideraba en peligro constante. Pero los arrestos habían sido pocos, y con el tiempo Barrett se había ido al otro extremo, convencido ya de que la policía secreta no lo tocaría nunca. Hasta se había convencido de que habían tomado la decisión de no molestarlo, que el régimen no lo detenía para mostrar su tolerancia hacia los disidentes. Cuando el canciller Dantell reemplazó al canciller Arnold, Barrett perdió parte de aquella ingenua confianza en la gracia personal. Pero en realidad no había considerado en serio la posibilidad del arresto hasta el día que se llevaron a Janet. Uno no cree que pueda ser golpeado por un rayo hasta que ve cómo mata al que está al lado. Y después de eso espera siempre que los cielos se vuelvan a abrir cada vez que aparece una nube.

Había habido arrestos durante el período duro de mediados de la década de los noventa, pero a él nunca lo habían buscado para interrogarlo. Con el tiempo llegó a pensar de nuevo que era inmune. Después de veinte años conviviendo de manera intermitente con la idea del arresto, Barrett había relegado esa posibilidad a un rincón de la mente y se había desentendido del asunto. Y ahora habían ido finalmente a buscarlo.

Buscó en el alma alguna reacción, y la única que encontró —alivio— lo sorprendió. La incertidumbre había terminado. También el duro trabajo. Ahora podría descansar.

Tenía treinta y ocho años. Era comandante supremo de la División Oriental del Frente Continental de Liberación. Desde la adolescencia había trabajado para provocar el derrocamiento del gobierno, dando un millón de pequeños pasos que no lo habían llevado a ninguna parte. De todos los que habían estado presentes en su primera reunión clandestina, aquel día de 1984, sólo quedaba él. Janet estaba desaparecida y probablemente muerta. Jack Bernstein, su mentor en temas revolucionarios, se había pasado alegremente al enemigo. Hacía pocos años había muerto Hawksbill, hinchado e hipotiroideo, a los cuarenta y tres. Decían que su trabajo sobre los viajes por el tiempo había sido un éxito. Había construido una máquina del tiempo que funcionaba y la había entregado al gobierno. Existía el rumor de que el gobierno hacía experimentos con la máquina, usando como sujetos a los prisioneros políticos. Barrett había oído que el viejo Pleyel había sido una de las personas usadas. Lo habían arrestado en marzo de 2005; y ahora nadie sabía dónde estaba. El arresto de Pleyel había dejado a Barrett al mando del sector, tanto en lo nominal como en la práctica, pero había esperado tener algo más de tiempo antes de que lo detuvieran también a él.

Así que de los demás revolucionarios de 1984 no había nadie: todos estaban muertos o desaparecidos o se habían pasado al otro bando. Sólo quedaba él, y ahora estaba a punto también de desaparecer o de morir. Curiosamente, casi no se lamentaba. Estaba dispuesto a dejar que otros se encargaran de la aburrida tarea de prepararse para La Revolución.

La Revolución que jamás llegaría, pensó con amargura. La tenían perdida desde antes de empezar. A través del tiempo le llegaban las palabras de Jack Bernstein en 1987: « ¡Si no nos apropiamos de los niños que están creciendo, perderemos! Los sindicalistas se —apropian de ellos, los educan para que piensen que el sindicalismo es verdadero y bueno y hermoso, y cuanto más dure eso, más durará. Es algo que se autoperpetúa. Aquel que quiera volver a la vieja constitución, o que quiera enmendar la nueva, pasará por un radical peligroso, y los sindicalistas serán los chicos agradables, seguros, conservadores que siempre hemos tenido y que siempre queremos. Al llegar a ese punto, todo se habrá acabado para siempre. » Sí. Jack tenía razón. El Frente sé había apropiado de algunos niños que estaban creciendo, pero no de los suficientes. A pesar de una campaña propagandística cada vez más sofisticada, a: pesar de la astuta mezcla de agitación revolucionaria con entretenimiento popular, a pesar del apoyo financiero de algunas de las mejores mentes de la nación, no habían logrado nada. No habían podido movilizar a la enorme y plácida masa de ciudadanos que estaban satisfechos con el gobierno, fuera cual fuese ese gobierno, ni a los que temían más ponerse a mover peligrosamente el barco que el barco los devorara.

Entonces, que me arresten, se dijo Barrett. Estoy acabado. No me queda nada que pueda ofrecer al Frente. He admitido mi derrota interior, y si me quedo envenenaré a los más jóvenes con mi pesimismo.

Era cierto. Hacía años que había dejado de ser un agitador revolucionario. Ahora era un burócrata de la revolución, un representante de los intereses creados. Si ahora estallara La Revolución, ¿se alegraría o se espantaría? Se había acostumbrado a vivir al borde de la revolución. Allí estaba cómodo. Su compromiso con el cambio estaba erosionado.

—Estás muy tranquilo —dijo el agente que tenía a la izquierda.

—¿Tendría que estar gritando y sollozando? —Esperábamos tener más problemas contigo —dijo, el agente de la derecha—. Un máximo como tú… —Tú no me conoces muy bien —dijo Barrett—. Estoy en una etapa en la que ya no me importa lo que hagáis conmigo.

—¿De veras? No es ése el perfil tuyo que tenemos. Tú, Barrett, eres un revolucionario devoto desde hace mucho tiempo. Eres un radical peligroso. Te hemos estado observando.

—Entonces ¿por qué tardasteis tanto en arrestarme? —No creemos que haya que detener a todo el mundo al mismo tiempo. Tenemos un programa de arrestos de largo alcance. Todo es programado para lograr un impacto. Detenemos a un líder este año, al otro el próximo, a otro dentro de cinco años…

—Claro —dijo Barrett—. Podéis daros el lujo de esperar, porque de cualquier manera no representamos una verdadera amenaza. No somos más que una pandilla de farsantes.

—Casi parece que hablas en serio —dijo el agente de la izquierda.

Barrett se echó a reír.

—Eres muy curioso —dijo el agente de la derecha—. Nunca habíamos detenido a nadie como tú. Ni siquiera pareces un agitador. Casi podrías pasar por un abogado o algo parecido. Algo respetable.

—Entonces, ¿estáis seguros de haber detenido a la persona que buscabais? —preguntó Barrett.

Los dos agentes se miraron. El hombre de la derecha detuvo el coche y desactivó el campo inhibidor dentro del cual estaba enjaulado Barrett. Agarró la mano derecha de Barrett y la llevó hasta la placa de datos del tablero de mandos. Tecleó algo en el ordenador y esperó. Pasó un momento mientras el ordenador central cotejaba las huellas digitales de Barrett con sus archivos.

—Sí, eres Barrett —dijo el agente con evidente alivio. —Creo que nunca lo negué. Sólo pregunté si estabais seguros.

—Bueno, ahora estamos más seguros todavía. —Muy bien.

—Eres muy raro, Barrett.

Le llevaron al aeropuerto. Allí esperaba un pequeño avión del gobierno. El viaje duró dos horas, tiempo casi suficiente para cruzar todo el continente, pero Barrett no tenía ninguna certeza de que hubiesen viajado semejante distancia. Podían haber estado dando vueltas sobre Boston todo ese tiempo; sabía que el gobierno hacía esas cosas. Cuando aterrizó ya era de noche. Casi no vio ningún detalle del aeropuerto, pues acercaron una cápsula sellada de transporte al avión y lo metieron en ella a toda prisa. Eso impidió a Barrett saber dónde podía estar. Pero no necesitaba que le dijeran cuál era el destino. Terminó el viaje en uno de los campamentos de interrogatorios del gobierno. A sus espaldas se cerró una puerta de metal lisa, suave y negra. Dentro todo era pulcro, intensamente iluminado, antiséptico. Podría haber sido un hospital. Los pasillos se alejaban en muchas direcciones; las luces indirectas producían un agradable resplandor entre verdoso y amarillo.

Le dieron de comer. Le dieron un uniforme de una sola pieza hecho con una tela de aspecto imperecedero.

Lo metieron en una celda.

Barrett se sorprendió y se alegró un poco al descubrir que no había caído en un sector de máxima seguridad. Su celda era una habitación cómoda, de unos diez por catorce, con una litera, un inodoro, un baño ultrasónico y un ojo de vídeo detrás de una barrera casi invisible en el techo. En la puerta de la celda había una reja a través de la cual podría entablar conversaciones con los prisioneros de las células de enfrente. No reconocía sus nombres. Algunos pertenecían a grupos clandestinos de los que él nunca había oído hablar, a pesar de que él creía estar enterado de todo. Al menos unos cuantos de sus vecinos probablemente fueran espías del gobierno, pero eso a Barrett no le importaba porque era algo con lo que ya contaba.

—¿Con qué frecuencia vienen los interrogadores? —preguntó Barrett.

—No vienen nunca —dijo el hombre barbudo y fornido que tenía enfrente. Se llamaba Fulks—. Yo llevo aquí un mes y todavía no han venido a interrogarme.

—No vienen aquí a interrogar ~dijo el hombre de al lado de Fulks—. Te sacan y te interrogan en alguna otra parte. Después ya no regresas aquí. Pero no tienen prisa: Yo llevo aquí un mes y medio.

Pasó una semana y nadie parecía darse por enterado oficialmente de la presencia de Barrett. Lo alimentaban con regularidad, le permitían solicitar ciertas lecturas y cada tres días lo sacaban de la celda para hacer ejercicio en el patio. Pero no había ningún indicio de que fueran a interrogarlo o a procesarlo o incluso a acusarlo de algo. Según la ley de detención preventiva, si se lo consideraba peligroso para la continuidad del Estado podían retenerlo de manera indefinida sin obligación de hacerlo comparecer ante un juez.

A algunos de los prisioneros se los llevaban. No regresaban nunca. Todos los días llegaban prisioneros nuevos.

Gran parte de la conversación se centraba en el programa de los viajes temporales.

—Están haciendo experimentos —informó un recién llegado, delgado y de expresión severa llamado Anderson—… Están estudiando un proceso que les permite enviar conejos y monos hacia el pasado, un par de años. Ya casi lo han perfeccionado. Después empezarán a enviar prisioneros. Nos van a mandar un millón de años hacia atrás para que nos coman los dinosaurios.

A Barrett le parecía improbable, aunque había hablado del proyecto con su inventor hacía seis años. Bueno, ahora Hawksbill estaba muerto, y su trabajo era propiedad de quienes le habían pagado los gastos, y pobres de nosotros si aquellas historias descabelladas eran ciertas. ¿Un millón de años hacia el pasado? El gobierno, piadosamente, declaraba que había renunciado a la pena capital; pero quizá podía meter a un hombre en la máquina de Hawksbill y enviarlo quién sabe a dónde o a cuándo y tener la conciencia limpia.

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Robert Silverberg: Estación Hawksbill 1
PRÓLOGO 1
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