Estación Hawksbill | Страница 17 | Онлайн-библиотека


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En un momento de descuido, cargado de ron, Hawksbill permitió que Barrett le preguntase sobre la investigación secreta que estaba haciendo para el gobierno.

—Estoy construyendo un transporte temporal —dijo Hawksbill.

—¿Sigues con eso? Creía que lo habías dejado hace mucho tiempo.

—¿Por qué habría de dejarlo? Las ecuaciones ini= ciales de 1983 son válidas, Jim. Toda una generación ha atacado mi trabajo, y nadie le ha encontrado un punto débil. Así que todo es cuestión de llevar la teoría a la práctica.

—Siempre despreciabas el trabajo experimental. Eras un teórico puro.

—Cambié de idea —dijo Hawksbill. Llevé la teoría hasta donde hace falta. —Se inclinó hacia delante y entrelazó pesadamente los dedos rechonchos y rosados sobre la barriga—. La inversión temporal es un hecho consumado en el nivel subatómico, Jim. Los rusos apuntaron en esa dirección hace por lo menos cuarenta años. Mis ecuaciones confirmaron sus extrañas conjeturas. En el laboratorio se puede invertir la senda temporal de un electrón y enviarlo hacia atrás un segundo.

—¿Hablas en serio?

—Eso ya es cosa vieja. El electrón, cuando se lo acelera, altera su carga y se transforma en positrón. Eso estaría bien, pero tiende a buscar un electrón que avanza por su misma senda y se aniquilan mutuamente.

—¿Causando una explosión atómica? —preguntó Barrett.

—No lo creo. —Hawksbill sonrió—. Se produce una liberación de energía, pero es sólo un rayo gamma. Bueno, al menos hemos logrado prolongar la vida de nuestro positrón, que viaja hacia atrás unos mil millones de veces más que antes, aunque eso no llega a ser ni siquiera un segundo. Sin embargo, si podemos enviar un solo electrón un solo segundo hacia atrás, sabemos que no hay ningún impedimento teórico para enviar un elefante un billón de años hacia atrás. Sólo hay dificultades técnicas. Tenemos que aprender a aumentar la masa de transmisión. Tenemos que resolver la inversión de la carga; de lo contrario sólo mandaríamos bombas de antimateria a nuestro propio pasado, y destruiríamos nuestros laboratorios. También tenemos que averiguar qué hace a un ser viviente la inversión de la carga. Pero ésas son trivialidades. En cinco, diez o veinte años las habremos resuelto. Lo que cuenta es la teoría. La teoría es sólida. —Hawksbill soltó un fuerte eructo—. Mi vaso vuelve a estar vacío, Jim.

Barrett se lo llenó.

—¿Por qué quiere el gobierno financiar tu investigación sobre la máquina del tiempo?

—¿Quién sabe? Lo único que me importa es el hecho de que autorizan mis gastos. No me toca a mí pensar por qué. Yo hago mi trabajo y espero que todo sea para un buen fin.

—Increíble —dijo Barrett en voz baja.

—¿Una máquina del tiempo? No, no es increíble. No lo es si estudias mis ecuaciones.

—No digo que la máquina del tiempo sea increíble, Ed. No si tú dices que puede construirse. Lo que me parece increíble es que estés dispuesto a dejar que el gobierno se apodere de ella. ¿No te das cuenta del poder que les das, la posibilidad de ir y venir por el tiempo a su antojo y eliminar a los abuelos de la gente que les crea problemas? Revisar el pasado para…

—0h —dijo Hawksbill—, nadie podrá ir y venir por el tiempo. Las ecuaciones sólo se refieren al viaje hacia atrás. Ni siquiera me he planteado el movimiento hacia adelante. De todos modos, no creo que sea posible. La entropía es la entropía, y no se la puede invertir, al menos en el sentido que yo empleo. El viaje por el tiempo será en una sola dirección, tal como nos ocurre hoy a todos los pobres mortales. Sólo cambiará de sentido, eso es todo.

A Barrett, gran parte de lo que Hawksbill decía acerca de la máquina del tiempo le resultaba incomprensible, y lo demás insoportable por la petulancia. Pero se quedó con la incómoda sensación de que el matemático estaba al borde del éxito, que en pocos años se habría perfeccionado un proceso para invertir el flujo del tiempo y que estaría en manos del gobierno. Bueno, pensó, el mundo había sobrevivido a Albert Einstein. Había sobrevivido a J. Robert Oppenheimer. De alguna manera también sobreviviría a Edmond Hawksbill.

Quería saber más acerca de la investigación de Hawksbill. Pero justo entonces llegó Jack Bernstein, y Hawksbill, recordando tardíamente que su trabajo era secreto, cambió bruscamente de tema.

Bernstein, como Hawksbill, se había alejado bastante del movimiento clandestino en los últimos años. A efectos prácticos se había retirado después de la ola de arrestos del verano de 1994. Durante los cuatro años siguientes Barrett lo había visto quizá una docena de veces. Sus encuentros eran fríos y distantes. Barrett empezaba a pensar que aquellas tardes, cuando los dos tenían quince años y discutían furiosamente sobre cualquier tema de interés intelectual entre las paredes cubiertas de libros del pequeño dormitorio de Jack, eran producto de su imaginación. Las caminatas por la nieve, la colaboración para las tareas del colegio, los primeros tiempos compartidos en el movimiento clandestino, ¿habrían, ocurrido de verdad? El pasado, para Barrett, se estaba desprendiendo y cayendo como una piel muerta, y su amistad juvenil con Jack Bernstein era lo primero que había perdido.

Bernstein ahora era duro y frío, un hombre pequeño y enjuto que bien podría estar tallado en piedra. Nunca se había casado. Desde que había abandonado el movimiento clandestino ejercía la abogacía; tenía un apartamento en la parte alta de la ciudad, y dedicaba gran parte de su tiempo a viajar por asuntos de negocios. Barrett no entendía por qué Bernstein había empezado a visitarlo de nuevo. Por motivos sentimentales no era, seguramente. Tampoco mostraba el menor interés por las espasmódicas actividades del Frente Continental de Liberación. Quizá lo que le atraía era la figura de Hawksbill, pensó Barrett. Costaba imaginar a una persona tan glacial y reservada como Jack idolatrando a alguien, pero quizá no había superado su admiración adolescente por Hawksbill.

Llegaba, se sentaba, bebía, de vez en cuando hablaba. Hablaba como si cada palabra le costara una libra de carne. Sus labios parecían cerrarse como tijeras entre las sílabas. Sus ojos, pequeños y enrojecidos, parpadeaban como si sufrieran un dolor contenido. Bernstein ponía muy incómodo a Barrett. Siempre había creído que Jack era un hombre atormentado por los demonios, pero ahora esos demonios parecían demasiado cerca de la superficie, demasiado capaces de prorrumpir y atacar a transeúntes inocentes.

Y Barrett sentía el cosquilleo de la burla sorda de Jack. Como ex revolucionario, Bernstein parecía compartir la idea de Hawksbill de que el Frente era inútil y sus miembros unos ilusos. Sonriendo casi a escondidas, Bernstein parecía estar juzgando el grupo al que había dedicado tantos años de su propia vida. Pero sólo una vez dejó aflorar su desprecio. Pleyel entró en la habitación, una figura maravillosa, con una larga barba blanca, absorta en los cálculos para el próximo milenio. Saludó a Bernstein con la cabeza, como si hubiera olvidado quién era. —Buenas noches, camarada —dijo Bernstein—. ¿Cómo va La Revolución?

—Nuestros planes están madurando —dijo Pleyel con voz suave.

—Sí. Sí. Es una excelente estrategia, camarada. Espera pacientemente hasta que los sindicalistas mueran a la décima generación. ¡Después ataca, ataca con dureza!

Pleyel parecía desconcertado. Sonrió y se marchó a consultar algo con Valdosto, obviamente sin registrar el amargo sarcasmo de Bernstein. Barrett estaba molesto.

Jack, si buscas un blanco, úsame a mí. Bernstein soltó una risa áspera.

—Tú eres demasiado grande, Jim. Contigo no podría errar el tiro, y entonces no sería deporte. Además, es cruel disparar a una presa fácil.

Esa noche —a finales de noviembre de 1998— fue la última vez que Bernstein acudió al apartamento de Barrett. Hawksbill hizo una sola visita más, tres meses más tarde.

—¿Sabes algo de Jack? —le preguntó Barrett. —Ahora se hace llamar Jacob. Jacob Bernstein. —Siempre detestó ese nombre. Lo guardaba en secreto.

Hawksbill parpadeó de manera afable.

—Allá él. Cuando lo reconocí y lo llamé Jack, me explicó que se llamaba Jacob. Lo hizo de una manera bastante brusca.

—Yo no he vuelto a verlo desde aquella noche de noviembre. ¿Qué está haciendo?

—¿De veras no te has enterado?

—No —dijo Barrett—. ¿Es algo que yo deba saber? —Supongo que sí —dijo Hawksbill, ahogando una risita—. Jacob tiene un nuevo trabajo, y es probable que no vuelva a visitar socialmente a los líderes del Frente. Quizá les haga visitas profesionales, pero no sociales.

—¿Qué tipo de trabajo tiene? —dijo Barrett controlando la voz.

Hawksbill parecía disfrutar diciéndolo.

—Ahora es interrogador. Para la policía del régimen. Un trabajo que se acomoda muy bien a su personalidad, ¿no te parece? Seguramente va a tener mucho éxito.

12

La expedición de pesca regresó a la Estación en las primeras horas de la tarde. Barrett vio que el bote de Rudiger estaba rebosante, y a Hahn, desembarcando con brazadas de trilobites arponeados, se lo veía bronceado y contento.

Barrett se acercó a mirar lo que habían pescado. Rudiger estaba de un humor efusivo, y levantó un crustáceo de un rojo vivo que podía haber sido el tatarabuelo de todas las langostas hervidas, pero no tenía pinzas delanteras y donde debería tener la cola le brotaba una púa triple de aspecto maligno. Medía algo más de medio metro de largo y era feo.

—¡Una nueva especie! —dijo Rudiger con orgullo—. No hay nada parecido en ningún museo. Dios mío, cómo me gustaría tener un sitio donde ponerlo para que después lo encontraran. Quizá en la cima de alguna montaña.

—Si se pudiera encontrar, ya lo habrían encontrado —le recordó Barrett—. Algún paleontólogo del siglo xx lo habría desenterrado y exhibido en algún sitio, y tú te habrías enterado de todo. Así que olvídate, Mel.

—He estado pensando en eso —dijo Hahn—. ¿Cómo es posible que nadie de Arriba haya encontrado jamás los restos fósiles de la Estación Hawksbill? ¿No les preocupa que alguno de los primeros cazadores de fósiles los encuentre en los estratos del cámbrico y arme un escándalo? Por ejemplo, alguno de los excavadores de dinosaurios del siglo xix. Qué sorpresa se llevaría si encontrara chozas y huesos humanos y herramientas en un estrato más antiguo que los dinosaurios.

Barrett movió negativamente la cabeza.

—En primer lugar, ningún paleontólogo, desde el origen de la ciencia hasta la fundación de Hawksbill en el año 2005, desenterró la Estación. De eso hay datos: no sucedió, así que no hay de qué preocuparse. Y si la Estación apareciera después de 2005, todo el mundo sabría qué es y no pasaría nada. No habría ninguna paradoja.

—Además —dijo Rudiger con tristeza—, dentro de otros mil millones de años esta cadena rocosa estará en el fondo del Atlántico, con tres kilómetros de sedimento encima. Es imposible que nos encuentren. O que alguien de Arriba vea alguna vez a este bicho que atrapé hoy. En realidad, me importa un bledo. Yo lo vi. Yo lo disecaré. Ellos se lo pierden.

—Pero lamentas el hecho de que la ciencia no pueda conocer nunca esta especie —dijo Hahn—. La ciencia del siglo xxi.

—Sí, claro. Pero no tengo yo la culpa. La ciencia conoce esta especie. Yo. Yo soy la ciencia. Soy el principal paleontólogo de esta época. ¿Acaso es culpa mía que no pueda publicar los descubrimientos en las revistas profesionales?

Funció el entrecejo y se marchó llevando al enorme crustáceo rojo.

Hahn y Barrett se miraron y sonrieron, respondiendo con naturalidad al malhumorado arranque de Rudiger. Entonces la sonrisa se borró de la cara de Barrett.

… termitas.:. un buen empujón… terapia… —¿Pasa algo? —preguntó Hahn.

—¿Por qué?

—De pronto puso una cara muy triste.

—Sentí una punzada en el pie —dijo Barrett—. Me pasa a veces. Vamos. Te ayudaré a llevar esas cosas. Está noche habrá cóctel fresco de trilobites.

Empezaron a subir por los escalones hacia la propia Estación. De repente se oyó un fuerte grito en lo alto, la voz de Quesada:

—¡Atrapadlo! ¡Va hacia vosotros! ¡Atrapadlo! Alarmado, Barrett levantó la cabeza y vio a Bruce Valdosto que bajaba apresuradamente por los escalones de la cara del acantilado, desnudo del todo y arrastrando jirones del colchón de gomaespuma donde había estado aprisionado. Quizá unos treinta metros más arriba estaba Quesada, chorreando sangre por la nariz, con cara de aturdido y apaleado. Valdosto, bajando hacia ellos, tenía un aspecto terrible. Nunca había sido un hombre ágil, a causa de las piernas, pero ahora, después de semanas bajo el efecto de los sedantes, apenas se podía tener de pie. Avanzaba tambaleándose, tropezando y cayendo, levantándose y recorriendo unos metros antes de volver a caer. Le brillaba el cuerpo velludo, cubierto de sudor, y tenía una mirada desorbitada; separaba los labios hacia atrás en una sonrisa rígida.

Parecía un animal que acaba de soltarse de la correa y huye al mismo tiempo, de manera desordenada, hacia la libertad y la destrucción.

Barrett y Hahn apenas tuvieron tiempo de dejar en el suelo la carga de trilobites cuando ya tenían a Valdosto encima.

—Ponga su hombro contra el mío —dijo Hahn—, así lo bloquearemos. Barrett dijo que sí con la cabeza, pero no pudo moverse con suficiente rapidez, y Hahn lo agarró del brazo y lo colocó en la posición correcta. Barrett se afirmó en la muleta.

Valdosto chocó contra ellos como una piedra. Bajaba medio corriendo y medio cayendo por los escalones, y cuando estaba todavía tres metros por encima de ellos se arrojó al aire.

—¡Val! —jadeó Barrett, tratando de detenerlo, pero entonces Valdosto lo golpeó entre el pecho y la cintura.

Barrett absorbió todo el impacto. La muleta se le incrustó en la axila, y giró sobre las rodillas, torciendo la pierna sana y mandando un violento mensaje de dolor a lo largo de todo el cuerpo. Para no dislocarse el hombro, soltó la muleta, y mientras la muleta caía sintió que también él iba hacia el suelo, y la atrapó antes de perder del todo el equilibrio. Al cambiar de posición, quedó un hueco entre él y Hahn. Como una pelota saltarina, Valdosto se metió por esa abertura. Eludió la mano de Hahn que intentaba aferrarlo y se alejó escaleras abajo.

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Robert Silverberg: Estación Hawksbill 1
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