Estación Hawksbill | Страница 15 | Онлайн-библиотека


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Pero ¿qué estaría haciendo Hahn cerca del Martillo?, se preguntó Barrett.

Altman soltó una risita nerviosa.

—¿Sabes lo que pienso? Que Arriba han decidido exterminarnos. Quieren deshacerse de nosotros. Hahn ha sido enviado aquí como voluntario suicida. Nos está estudiando, preparando todo. Después enviarán una bomba de cobalto a través del Martillo y volarán la Estación. Tendríamos que destrozar el Martillo y el Yunque antes de que puedan hacerlo.

—Pero ¿para qué habrían de enviar un voluntario suicida? —preguntó Latimer—. Si su meta era acabar con nosotros, podrían mandar simplemente una bomba, y ahorrarse el agente. A menos que tengan alguna manera de rescatar a su espía…

—En cualquiera de los casos, no tendríamos que arriesgarnos —argumentó Altman—. Empecemos por destrozar el Martillo. Impidamos que nos bombardeen desde Arriba.

Podría ser una buena idea. ¿Tú qué piensas, Jim? Barrett pensaba que Altman estaba loco y que Latimer lo seguía a poca distancia.

—Yo no me preocuparía tanto por esa teoría de la bomba, Ned —se limitó a decir—. Arriba no tienen ninguna razón para eliminarnos. Y si la tuvieran, estoy de acuerdo. con lo que dice Don: no nos enviarían un agente, sino una bomba.

Aun así, quizá deberíamos inutilizar el Martillo por las dudas…

—No —dijo Barrett. En tono enérgico, agregó—: Si hacemos algo al Martillo es como si nos cortáramos la cabeza. Por eso es tan serio —lo que anduvo haciendo Hahn. Y tú deja también de pensar cosas raras sobre el Martillo, Ned. El Martillo nos envía comida y ropa. No bombas.

—Pero…

—Sin embargo…

—Callaos los dos —gruñó Barrett—. Quiero ver estos papeles.

Habría que proteger el Martillo, pénsó. Él y Quesada tendrían que idear algún sistema de vigilancia, como habían hecho para las provisiones de fármacos. Pero algo más eficaz.

Se apartó unos pasos de Altman y Latimer y se sentó en un saliente de roca. Abrió el fajo de papeles. Empezó a leer.

Hahn tenía una caligrafía apretada que le permitía meter un máximo de información en un mínimo de espacio, como si pensara que era un pecado mortal malgastar papel. Estaba bien, porque allí el papel era un bien escaso. Pero era evidente que Hahn había traído esas hojas de Arriba. Eran delgadas y tenían una textura metálica. Cuando se deslizaban unas sobre otras, producían un susurro.

A pesar de que la letra era pequeña, Barrett no tuvo dificultad para descifrarla. La letra de Hahn era clara. También sus opiniones. Dolorosamente.

Había escrito un análisis detallado de las condiciones en la Estación Hawksbill, y era un trabajo impresionante. En unas cinco mil palabras bien organizadas, Hahn había expuesto todo lo que Barrett sabía que andaba mal. La objetividad de aquel hombre era despiadada. Describía a los hombres como revolucionarios avejentados en quienes el viejo fervor se había vuelto rancio; enumeraba a los evidentemente psicóticos y a los que estaban al borde de serlo, y en otra categoría ponía a los que aún resistían, como Quesada y Norton y Rudiger. A Barrett le interesó ver que Hahn percibía en esos tres una grave tensión, y que podían desmoronarse en cualquier momento. Para él, Quesada y Norton y Rudiger eran casi tan estables como cuando habían caído en el Yunque de la Estación Hawksbill; pero eso quizá se debía al efecto distorsionador de sus propias percepciones borrosas. Para alguien de afuera como Hahn, el panorama era diferente y quizá más preciso.

Barrett se obligó a no saltar hasta la valoración que Hahn hacía de él.

Siguió leyendo con tenacidad la descripción del probable futuro de la población de Hawksbill: nada brillante. Hahn pensaba que el proceso de deterioro era acumulativo e imparable, y que a cualquier hombre que hubiera estado en aquel sitio más de un año o dos lo doblegarían pronto el aislamiento y el desarraigo. Barrett pensaba lo mismo, aunque creía que los más jóvenes resistían algo más. Pero el razonamiento de Hahn era inexorable y su evaluación de las posibilidades parecía convincente. ¿Cómo ha sabido tanto .de nosotros en tan poco tiempo?, se preguntó Barrett. ¿Será tan agudo? ¿O será que somos muy transparentes?

En la quinta página, Barrett encontró la descripción que Hahn hacía de él. No le gustó.

«La Estación —había escrito Hahn— está nominalmente bajo la autoridad de Jim Barrett, un revolucionario de la vieja guardia que lleva aquí cerca de veinte años. Barrett es el prisionero de mayor jerarquía en cuanto a antigüedad. Toma las decisiones administrativas y parece servir de fuerza estabilizadora. Algunos de los hombres lo adoran, pero no creo que pudiera ejercer una influencia real en caso de que alguien cuestionara su autoridad o intentara derrocarlo. En la imprecisa anarquía social de la Estación Hawksbill, el gobierno de Barrett se basa casi por completo en el consentimiento de los gobernados, y si le retiraran su apoyo, como en la Estación no hay armas, él no podría imponer su voluntad. De todos modos no me parece probable que eso vaya a ocurrir, puesto que la mayoría dé los hombres de este lugar están desvitalizados y desmoralizados, y no tendrían fuerzas para organizar una insurrección contra Barrett aunque lo necesitaran.

»En general Barrett ha sido una fuerza positiva dentro de la Estación. Aunque algunos otros hombres del lugar tienen calidades de liderazgo, es evidente que sin él todo esto se habría fragmentado en una desastrosa confusión hace mucho tiempo. Sin embargo, Barrett es como una viga fuerte roída desde dentro por las termitas. Parece sólido, pero un buen empujón lo quebraría. Una reciente herida en un pie ha tenido para él un efecto evidentemente nefasto. Los otros hombres dicen que solía tener una gran energía física y que su autoridad provenía en gran medida de su estatura y de su fuerza. Ahora Barrett apenas puede caminar. Pero creo que el problema de Barrett es inherente a la vida de la Estación Hawksbill, y que no tiene mucho que ver con su cojera. Lleva muchos años alejado de los impulsos humanos normales. El ejercicio del poder le ha dado la ilusión de estabilidad y le ha permitido seguir funcionando, pero el suyo es un poder en un vacío, y dentro de él han ocurrido cosas de las que no tiene ninguna conciencia. Necesita terapia urgente. Quizá ya no se pueda hacer nada por él. »

Atónito, Barrett leyó ese pasaje varias veces. Las palabras se le clavaban como agujas.

Roída desde dentro por las termitas… … un buen empujón…

… dentro de él han ocurrido cosas… … terapia urgente…

… no se pueda hacer nada por él…

Las palabras de Hahn enfadaron a Barrett menos de lo que esperaba. Hahn tenía derecho a su propia opinión. A lo mejor hasta tenía razón. Barrett llevaba allí demasiados años viviendo separado de los demás; nadie se atrevía a hablarle sin rodeos. ¿Se habría deteriorado? ¿Acaso los demás lo estarían tratando con demasiada amabilidad?

Finalmente, Barrett dejó de releer lo que Hahn había escrito sobre él y continuó hasta la última página de las notas. El ensayo terminaba con estas palabras: «Por lo tanto, recomiendo el rápido cese de la colonia penal de la Estación Hawksbill y, hasta donde sea posible, la rehabilitación terapéutica de sus presos. »

¿Qué demonios era aquello?

¡Parecía el informe de un inspector para conceder una libertad condicional! Pero no había libertad condicional en la Estación Hawksbill. Aquella disparatada frase final anulaba la viabilidad de todo lo precedente. Que Hahn percibiera con tanta claridad y agudeza lo que pasaba en la Estación no servía para nada. Un hombre que podía escribir «Recomiendo el rápido cese de la colonia penal de la Estación Hawksbill» estaba loco.

Era evidente que Hahn fingía preparar un informe para el gobierno de Arriba. Con prosa enérgica y capaz había diseccionado la Estación y ofrecido un análisis total. Pero un muro de mil millones de años de espesor le impedía presentar ese informe. Así que Hahn estaba delirando, tanto como Altman y Valdosto y los demás. En su mente febril creía que podía enviar mensajes a la gente de Arriba, documentos pomposos en los que trazaba los defectos y los puntos flacos de los demás prisioneros.

Eso planteaba una escalofriante posibilidad. Hahn podía estar chiflado, pero no había estado en la Estación el tiempo suficiente para haberse vuelto loco allí. Tenía que haber traído su locura de Arriba.

¿Qué pasaría si hubieran dejado de usar la Estación Hawksbill como campo de prisioneros políticos, se preguntó Barrett, y estuvieran comenzando a usarla como manicomio?

Era una idea tenebrosa: una cascada de psicópatas cayendo en la Estación. Del Martillo llovería todo tipo de desechos humanos. Hombres que habían ido perdiendo la razón de manera honorable a causa de la tensión nerviosa producida por el largo confinamiento tendrían que hacer sitio a locos comunes.

Barrett se estremeció. Apuntó con los papeles de Hahn hacia Latimer, que estaba sentado a pocos metros de distancia observándolo con atención.

—¿Qué te pareció esto? —preguntó Latimer. —Creo que cuesta valorarlo con una sola lectura. —Se frotó la cara con la mano, apretando con fuerza—. Pero es probable que el amigo Hahn tenga algún trastorno mental. Esto no me parece obra de un hombre sano.

—¿Crees que es un espía de Arriba?

—No —dijo Barrett—. No lo creo. Pero me parece que él piensa que es un espía de Arriba. Eso es lo que me resulta más alarmante.

—¿Qué vas a hacer con él? —quiso saber Altman. —Por el momento sólo observarlo y esperar —dijo Barrett con suavidad. Dobló el delgado fajo de papeles y se lo dio a Latimer—. Deja esto exactamente como lo encontraste, Don. Y que Hahn no tenga la menor sospecha de que lo has leído o sacado de allí.

—De acuerdo.

—Y ven a verme en cuanto creas que tengo que enterarme de algo relacionado con él —dijo Barrett—. Puede estar muy enfermo. Quizá necesite toda nuestra ayuda.

11

Barrett no tuvo ninguna mujer estable después de que arrestaron a Janet. Vivía solo, aunque en su cama había bastante compañía transitoria. De algún modo se sentía culpable de la desaparición de Janet, y no quería que alguna otra chica corriese la misma suerte.

Sabía que esa culpa era injustificada. Janet ya estaba en el movimiento clandestino cuando él se enteró de su existencia, y sin duda la policía la había estado observando durante mucho tiempo. Probablemente la habían detenido porque la consideraban peligrosa y no porque estuvieran tratando de llegar a Barrett. Pero no podía evitar la sensación de responsabilidad, la idea de que pondría en peligro la libertad de cualquier chica que fuera a vivir con él.

Pero no tenía dificultades para encontrar compañeras. Ahora era el virtual líder del grupo de Nueva York, y eso le daba un carisma que para las muchachas era irresistible. Pleyel, más asceta y piadoso, se había retirado al papel de teórico puro. Barrett se encargaba de la rutina diaria de la organización. Barrett despachaba a los mensajeros, coordinaba las actividades de las áreas contiguas y planeaba los golpes. Y, como un pararrayos, se convirtió en el foco de los anhelos de muchos jóvenes de ambos sexos. Para ellos era un famoso héroe dé la revolución, un Viejo Revolucionario. Se estaba convirtiendo en una leyenda. Casi tenía treinta años.

Así que las chicas acudían en tropel a su pequeño apartamento. A veces vivía con una chica hasta dos semanas. Entonces le sugería que ya era hora de que se fuera.

—¿Por qué me echas? —preguntaba la chica de turno—. ¿No te gusto? ¿No te hago feliz, Jim?

Y la respuesta de él era más o menos ésta: —Muñeca, eres maravillosa. Pero si te quedas aquí, uno de estos días la policía vendrá a buscarte. No es la primera vez. Te llevarán y no sabremos más de ti.

—Yo no soy nadie. ¿Para qué les serviría?

—Para acosarme —explicaba Barrett—. Por eso conviene que te vayas. Por favor. Por tu propia seguridad.

Finalmente tenía que echarlas. Y entonces seguían una o dos semanas de soledad monástica, buenas para el alma, pero la ropa sucia empezaba a apilarse y no le vendría mal cambiar las sábanas y compren—, día que la vida monástica tenía sus desventajas, y alguna otra adolescente revolucionaria se mudaba emocionada a su apartamento y se dedicaba a las necesidades terrenales de Barrett durante un tiempo. A él le costaba diferenciarlas en el recuerdo. Por lo general tenían piernas largas y se vestían de la manera más inconformista del momento y la mayoría tenían rostros vulgares y buenos cuerpos. La Revolución tendía a atraer a ese tipo de chicas que no pueden— esperar para quitarse la ropa y probar que sus pechos y muslos y nalgas compensaban las deficiencias del rostro.

Ahora nunca faltaba sangre nueva. De eso se había encargado la psicología de estado policial introducida por el canciller Dantell. Dantell conducía con mano firme la nave del Estado, pero cada vez que sus secuaces iban a golpear en una puerta a medianoche, creaban nuevos revolucionarios. Los temores de Jack Bernstein de que el movimiento clandestino terminara en la impotencia como consecuencia de la sabia benevolencia del gobierno eran infundados. El gobierno no era del todo infalible, y no podía resistir del todo la tentación del totalitarismo; así, el movimiento de resistencia sobrevivía de manera desorganizada y crecía un poco cada año. El gobierno del canciller Arnold había sido más astuto, pero el canciller Arnold estaba muerto.

Entre la gente nueva que entró en el movimiento durante esos años difíciles de finales de la década de los noventa estaba Bruce Valdosto. Apareció en Nueva York un día de comienzos de 1997; no conocía a nadie y estaba lleno de ira y de odios no canalizados. Venía de Los Ángeles. Su padre tenía allí una taberna, y cuando un cobrador de impuestos lo acosó demasiado, le rompió la cara y lo arrojó a la calle. (El gobierno sindicalista, famoso por su puritanismo, era casi tan duro con los fabricantes y vendedores de bebidas alcohólicas como con los artistas y los escritores.) Ese día, más tarde, el recaudador de impuestos regresó con seis colegas y entre todos, metódicamente, mataron a golpes a Valdosto padre. El hijo, incapaz de detener la matanza, había sido arrestado por interferir en las funciones de los funcionarios del gobierno, y puesto en libertad después de un mes de intensos interrogatorios, cuya traducción era «torturas». Entonces Valdosto inició la hégira transcontinental que lo llevó al apartamento de Jim Barrett, en el sur de Manhattan.

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Robert Silverberg: Estación Hawksbill 1
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