Estación Hawksbill | Страница 14 | Онлайн-библиотека


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Latimer enrojeció de orgullo.

—Puedes contar conmigo, Jim.

—Otra cosa. Busca ayuda. Organiza un pequeño equipo para vigilar a Hahn. Ned Altman parece llevarse bien con él; ponlo también a trabajar. Busca otros, algunos de los más enfermos, que necesitan responsabilidades. Ya sabes de quienes hablo. Te pongo al frente dé este proyecto. Recluta a tus hombres y distribuye las tareas. Reúne información y después transmítemela. ¿De acuerdo?

—De acuerdo —dijo Latimer.

Y se pusieron a vigilar al nuevo.

El día siguiente era el quinto que pasaba Lew Hahn en la Estación. Me1 Rudiger necesitaba a otros dos hombres para ir a pescar, en reemplazo de los que habían salido con la expedición al Mar. Interior. «Llévate a Hahn», sugirió Barrett: Rudiger habló con Hahn, a quien pareció gustarle mucho la oferta.

—No entiendo mucho de pesca con redes —dijo—, pero me encantaría ir.

—Te enseñaré todo lo necesario —dijo Rudiger—. En media hora serás un experto pescador. Tienes que recordar que en realidad no buscamos peces. Lo que cae en nuestras redes son montones de invertebrados tontos, a los que no cuesta mucho engañar. Ven conmigo y te enseñaré.

Barrett se quedó un largo rato en el borde del mundo, observando el pequeño bote que cabeceaba sobre las olas del Atlántico. Durante las siguientes dos horas Hahn estaría fuera de la Estación Hawksbill, sin poder volver hasta que lo decidiera Rudiger: Eso daba a Latimer una oportunidad perfecta para estudiar el cuaderno de Hahn. Barrett no sugirió exactamente a Latimer que violara de esa manera la intimidad de su compañero de vivienda, pero sí le hizo saber que Hahn estaría un rato en el mar. Contaba con que Latimer sacara la conclusión apropiada.

Rudiger nunca se alejaba demasiado de la costa —ochocientos, mil metros—, pero a esa distancia las aguas ya eran bastante turbulentas. Las olas venían rodando con miles de kilómetros de energía acumulada, y golpeaban con fuerza contra los colmillos rocosos que servían de rompeolas. La plataforma continental bajaba con suavidad hacia el mar, y por lo tanto las aguas no eran demasiado profundas incluso a cierta distancia de la costa. Rudiger había hecho mediciones hasta una milla mar adentro, y no había encontrado ninguna profundidad superior a los cincuenta metros.

No era que temieran caerse del mundo si se alejaban demasiado por el este. Lo que motivaba su cautela era sencillamente que para hombres avejentados remar una milla usando pequeños remos fabricados con cajas viejas representaba un gran esfuerzo. Arriba no se les había ocurrido mandarles un motor fuera borda.

Mirando hacia el horizonte, Barrett tuvo un extraño pensamiento. Le habían dicho que el equivalente femenino de la Estación Hawksbill estaba instalado a una distancia segura, un par de cientos de millones de años en el futuro. Pero ¿cómo podía tener la certeza de eso? El gobierno de Arriba no difundía comunicados de prensa sobre los campos de prisioneros que tenía en el pasado y, de todos modos, era insensato creer en algo que saliera de una fuente gubernamental, por indirecta que fuera. En tiempos de Barrett, la ciudadanía ni siquiera conocía la existencia de la Estación Hawksbill. Él se había enterado durante los interrogatorios, cuando habían intentado doblegarlo explicándole adónde podían llegar a mandarlo. Después, tal vez adrede, se habían filtrado algunos detalles. La nación descubrió que sí era cierto que a los políticos incorregibles los enviaban al principio de los tiempos; después se aclaró que los hombres iban a una era y las mujeres a otra, pero Barrett no tenía ningún motivo para creerlo.

Por lo que sabía, podía haber otra Estación Hawksbill en alguna parte de ese mismo año, y nadie de los que vivían allí tenía cómo enterarse. Un campó de mujeres del otro lado del Atlántico, digamos, o quizá sólo del otro lado del Mar Interior.

Barrett comprendía que eso no era muy probable. Con todo el pasado a su disposición para desterrar a los activistas políticos, los nerviosos hombres de Arriba no correrían el riesgo de que los dos grupos deportados se juntaran y engendraran una pequeña tribu de subversivos. Tomarían todas las precauciones necesarias para poner entre los hombres y las mujeres una impenetrable barrera de épocas.

Pero era una idea tentadora. De vez en cuando Barrett pensaba si Janet no estaría en esa otra Estación Hawksbill.

Cuando examinaba la idea racionalmente, sabía que era imposible. Janet había sido arrestada en el verano de 1994, y desde entonces nadie había vuelto a tener noticias de ella. Las deportaciones a la Estación Hawksbill no habían empezado hasta 2005. En 1998, la última vez que había hablado con él del tema, el propio Hawksbill no había perfeccionado el proceso de transferencia en el tiempo. Eso significaba que habían pasado por lo menos cuatro años, probablemente más de once, entre el momento de la detención de Janet y el comienzo de los envíos a la era cámbrica.

Si Janet hubiera estado en una prisión estatal todo ese tiempo, el movimiento clandestino seguramente se habría enterado de alguna manera. Pero nadie había tenido noticias. Por lo tanto, la conclusión lógica era qué el gobierno se había deshecho de ella, con toda probabilidad a los pocos días de su arresto. Era una locura pensar que Janet había llegado viva a 1995, y mucho menos que la habían mantenido incomunicada hasta que Hawksbill terminó su investigación y que después la habían enviado a aquel segmento del pasado.

No, Janet estaba muerta. Pero Barrett, como cualquier otro, se permitía el lujo de algunas ilusiones. Así que a veces tenía la fantasía de que la habían mandado al pasado, y eso lo llevaba a otra fantasía aún más descabellada, según la cual podría encontrarla allí mismo, en esa época. Ahora, calculaba, tendría cerca de setenta años. Hacía treinta y cinco años que no la veía. Trató de imaginarla como una viejecita gorda, y no pudo. Sabía que la Janet que había vivido en su recuerdo todas esas décadas era muy diferente de cualquier Janet que hubiera podido sobrevivir… Mejor ser realista y admitir que estaba muerta, pensó. Mejor no esperar encontrarla, porque el deseo podía cumplirse, y acabar de manera terrible con su sueño.

Pero la idea de una Estación Hawksbill femenina en esa misma época planteaba interesantes posibilidades que podían ser muy útiles. Barretr se preguntó si podía transmitir la idea a los demás de manera convincente. Quizá sí. Quizá con un poco de esfuerzo podría hacerles creer en la existencia de dos estaciones Hawksbill simultáneas en la misma época, separadas no por el tiempo sino apenas por la geografía.

Si creyeran eso, pensó, podría ser su salvación. Los ejemplos de psicosis degenerativa empezaban ahora a multiplicarse. Demasiados hombres llevaban allí demasiado tiempo, y un colapso alimentaba el siguiente. La tensión de vivir en ese mundo baldío y estéril, que no estaba hecho para los seres humanos, iba erosionando a los presos. El destino de Valdosto y Altman y los otros enfermos sería el destino de todos los demás. Los hombres necesitaban proyectos continuos para seguir funcionando, para combatir el aburrimiento mortal. Empezaban a caer en la esquizofrenia, como Valdosto, o se metían en proyectos disparatados, como la novia de Frankenstein de Altman o la búsqueda de la puerta extrasensorial de Latimer.

¿Qué pasaría, pensó Barrett, si pudiera entusiasmarlos con la idea de llegar a otros continentes? Una expedición alrededor del mundo. Quizá podrían construir algún tipo de barco grande. Eso ocuparía a muchos hombres durante un largo tiempo. Y tendrían que inventar algunos instrumentos de navegación: brújulas, sextantes, cronómetros, etcétera. Alguien tendría que improvisar una radio. Por supuesto, los fenicios se las habían arreglado bastante bien sin radios y sin cronómetros, pero en realidad no habían salido al mar abierto. Se habían mantenido cerca de la costa. Pero en ese mundo casi no había costas, y además los presos de la Estación no eran fenicios. Necesitarían ayuda para navegar.

Diseñar y construir el barco y los instrumentos era el tipo de proyecto que podía llevar treinta o cuarenta años. Algo de largo alcance donde centrar nuestras energías, pensó Barrett. Por supuesto, no viviré lo suficiente para ver zarpar ese barco, pero no importa. Es una manera de conjurar el colapso. La verdad es que no me importa lo que pueda haber del otro lado del mar, pero sí me importa, y mucho, lo que le pasa aquí a mi gente. Hemos construido la escalera que lleva al mar, pero ya está terminada…Ahora necesitamos hacer algo más grande. Las manos ociosas propician mentes ociosas… mentes enfermas… Le gustaba la idea que se le había ocurrido. Llevaba semanas preocupado por el deterioro de las condiciones de la Estación, y buscando alguna manera nueva de hacerle frente. Ahora creía que tenía la solución. ¡Un viaje! ¡El arca de Barrett!

Al volver la cabeza vio a Don Latimer y a Ned Altman a sus espaldas.

—¿Cuánto hace que estáis aquí? —preguntó. —Dos minutos —dijo Latimer—. No queríamos interrumpirte. Parecías muy concentrado.

—Estaba soñando —dijo Barrett.

—Tenemos algo para mostrarte —dijo Latimer. Entonces Barrett vio el fajo de papeles que tenía en la mano.

Altman asintió vigorosamente con la cabeza. —Tienes que leerlo. Lo trajimos para que lo leas. —¿Qué es? —preguntó Barrett.

—Las notas de Hahn —dijo Latimer.

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Barrett vaciló un momento, sin decir nada, sin intentar quitar los papeles de la mano de Latimer. Estaba contento de que Latimer hubiera hecho eso, pero tenía que ser prudente. La propiedad privada era sagrada en la Estación Hawksbill. Inmiscuirse en lo que otro había escrito era una falta ética grave. Por eso Barrett no había ordenado expresamente a Latimer que registrara la litera de Hahn. No podía implicarse en un delito tan flagrante.

Pero, por supuesto, tenía que saber en qué andaba. Sus responsabilidades como líder de la Estación, se dijo, trascendían el código moral. Por eso había pedido a Latimer que vigilara a Hahn. Y por eso había pedido a Rudiger que llevase a Hahn a pescar. Latimer había dado el paso siguiente sin necesidad de que se lo insinuaran.

—Esto de revisar las pertenencias de alguien no me convence mucho, Don —dijo Barrett finalmente. —Tenemos que saber algo más sobre ese hombre, Jim.

—Sí, pero una sociedad tiene que regirse por su propia moral, aunque se esté defendiendo de posibles enemigos. Ésa era nuestra queja contra los sindicalistas, ¿recuerdas? Ellos no jugaban limpio. —¿Acaso somos una sociedad? —dijo Latimer. —Claro que sí. Somos toda la población del mundo. Un microcosmos. Y yo represento al Estado, que ha de tener sus leyes. No sé si quiero mirar esos papeles que tienes ahí, Don.

—Me parece que deberías hacerlo: Cuando caen en manos del Estado pruebas importantes, el Estado tiene la obligación de examinarlas. Me refiero a que aquí no sólo está en juego el bienestar de Hahn. También tienes que velar por el resto de los presos.

—¿Hay algo importante en los papeles de Hahn? —Vaya si lo hay —intervino Altman—. ¡Es totalmente culpable!

—Recuerda —dijo Barrett con voz tranquila— que nunca te pedí que me trajeras esos documentos. Que hayas curioseado en ellos es un problema tuyo con Hahn, al menos hasta que se demuestre que hay motivos para tomar medidas contra él. ¿Está claro? Latimer parecía un poco dolido.

—Supongo que sí. Encontré los papeles escondidos en la litera de Hahn después de su partida en el bote de Rudiger. Sé que no tengo que invadir su intimidad, pero me vi obligado a observar qué es lo que está escribiendo. Y mira lo que descubrí. Es un espía.

Ofreció el fajo de papeles doblados a Barrett. Barrett los agarró y les echó una rápida mirada sin leerlos.

—Los estudiaré un poco más tarde —dijo—. ¿Qué es lo que ha escrito Hahn? En pocas palabras. —Una descripción de la Estación, y un perfil de la mayoría de los hombres que ha conocido —dijo Latimer. Sonrió con frialdad—. Los perfiles son muy detallados y no muy halagadores. La opinión que Hahn tiene de mí es que he perdido la razón y que no quiero reconocerlo. Su opinión sobre ti es un poco más favorable, Jim, pero no mucho.

—Las opiniones de ese hombre no son de mucho valor —dijo Barrett—. Tiene todo el derecho a pensar que somos un montón de viejos chiflados. Quizá lo seamos. Ha hecho un pequeño ejercicio literario a nuestra costa. Nosotros…

—También ha andado merodeando por el Martillo —dijo Altman en tono rotundo.

—¿Qué?

—Vi cómo iba hasta allí por la noche, tarde. Entró en el edificio. Lo seguí sin que se diera cuenta. Se quedó un largo rato mirando el Martillo. Caminando alrededor y estudiándolo. No lo tocó.

—¿Por qué demonios no me lo dijiste enseguida? —preguntó Barrett con brusquedad.

Altman parecía confundido y aterrorizado. Parpadeó cinco o seis veces y retrocedió nerviosamente, alejándose de Barrett, pasándose las manos por el pelo amarillo.

—No estaba seguro de que fuera importante —dijo finalmente—. Quizá era sólo curiosidad. Primero tuve que hablar del tema con Don. Y no pude hacerlo hasta que Hahn se fue de pesca.

La cara de Barrett se llenó de sudor. Se recordó que estaba hablando con un individuo un poco psicótico y contuvo la voz todo lo posible, disimulando la alarma repentina que se había apoderado de él.

—Escucha, Ned. Si alguna vez vuelves a sorprender a Hahn cerca del equipo de transmisión temporal, me lo haces saber enseguida. Vienes a verme inmediatamente, esté despierto o dormido, comiendo o descansando. Sin consultar a Don ni a nadie. ¿De acuerdo?

—De acuerdo —dijo Altman.

—¿Sabías esto? —dijo Barrett dirigiéndose a Latimer. Latimer dijo que sí con la cabeza.

—Ned me lo contó poco antes de venir para aquí. Pero pensé que era más urgente darte los papeles. Me refiero a que Hahn no podría dañar el Martillo mientras está en el bote, y lo que pueda haber hecho anoche, hecho está.

Barrett tuvo que darle la razón. Pero no podía quitarse la angustia. El Martillo, por insatisfactorio que les pareciera, era su único punto de contacto con el mundo que los había expulsado. Dependían de él para los suministros, para el nuevo personal, para las escasas noticias que traían los nuevos de Arriba. Si algún perturbado destrozaba el Martillo, caería sobre ellos el asfixiante silencio del aislamiento total. Incomunicados con todo, viviendo en un mundo sin vegetación, sin materias primas, sin máquinas, volverían al estado salvaje en pocos meses.

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Robert Silverberg: Estación Hawksbill 1
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