Estación Hawksbill | Страница 13 | Онлайн-библиотека


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—Quizá tendrías que tomar algo —sugirió Bernstein—. Tranquilizarte un poco. Así no puedes pensar, Jim.

Barrett dijo que sí con la cabeza. Fue al mueblebar. Tenían allí una pequeña reserva, un par de botellas de whisky escocés, un poco de ginebra y ron blanco para los daiquiris que tanto le gustaban a Janet. Pero el mueble-bar estaba vacío. Las visitas lo habían limpiado. Barrett se quedó mirando los estantes desnudos durante mucho tiempo, viendo cómo bailaban las motas de polvo allí dentro.

—Desaparecieron las bebidas alcohólicas —dijo finalmente—. Es lógico. Vamos, salgamos de aquí. No puedo ver más este lugar.

—¿Adónde vas?

—A la oficina de Pleyel.

—Pueden tener vigilantes apostados allí, preparados para arrestar a cualquiera que aparezca —dijo Bernstein.

—Pues me arrestarán. ¿Para qué engañarnos? Pueden arrestar a quien quieran, si así lo desean. ¿Me acompañarás?

Bernstein dijo que no con la cabeza.

—Creo que no. Eres tú quien manda, Jim. Haz lo que te parezca. Seguiremos en contacto.

—Sí.

—Y te aconsejaría que fueras menos impulsivo si quieres seguir en libertad mucho tiempo más. Salieron. Barrett caminó hasta la oficina de empleo, observó con atención el edificio desde la calle, novio nada raro y entró. La oficina estaba intacta. Se encerró en ella y empezó a llamar a los jefes de célula de otros distritos: Jersey City, Greenwich, Nyack, Suffern. Todos informaron de lo mismo: un inequívoco plan repentino de arrestos simultáneos, no necesariamente de líderes máximos. Dos o tres miembros de cada célula habían sido detenidos a media tarde. Algunos habían sido interrogados y liberados ilesos; otros seguían presos. Nadie sabía muy bien dónde estaban estos últimos, aunque Valkenburg, del grupo de Greenwich, se había enterado por una fuente no identificada que los prisioneros estaban siendo distribuidos en cuatro campamentos del sur y el sudoeste. No sabía nada en concreto de Janet. Nadie lo sabía. Todos parecían muy afectados.

Barrett pasó la noche en un sofá en la oficina de Pleyel. Por la mañana volvió al apartamento e inició la aburrida tarea de limpiarlo, con la esperanza de que apareciese Janet. La imaginaba todo el tiempo allí detenida, una chica regordeta, de ojos oscuros y pelo negro prematuramente veteado de mechones blancos, retorciéndose y contorsionándose con desesperación mientras los interrogadores hacían su trabajo, exigiendo nombres, fechas, metas. Sabía cómo interrogaban a las mujeres. En su manera de actuar siempre había un componente de humillación sexual; su teoría, sin duda acertada, era que una mujer desnuda interrogada por seis o siete hombres probablemente no ofrecería mucha resistencia. Janet era dura, pero ¿cuántos pellizcos y pinchazos y miradas lascivas podría soportar? Los interrogadores no tenían que usar atizadores candentes ni pinzas ni el potro para sacar información. Bastaba con transformar a la persona torturada en un simple pedazo de carne para que se le quebrase la voluntad.

En realidad, Janet no podía contarles nada que no supieran ya. El movimiento clandestino poco tenía de organización secreta, a pesar de las contraseñas y de la apariencia. La policía ya conocía los nombres, las fechas, las metas. Esos arrestos eran sólo para destrozarles el estado de ánimo, la astuta manera que tenía el gobierno de comunicar a sus adversarios que no engañaban a nadie. Arbitrariedad: ésa era la esencia. Desconcierta al enemigo. Arresta, interroga, encarcela, ejecuta incluso, pero siempre de manera amable, impersonal, sin mostrar ningún afán de venganza. Sin duda un ordenador del gobierno había sugerido detener ese día a x miembros del movimiento clandestino, como jugada estratégica en la lucha subterránea permanente. Y así se había hecho. Y así había desaparecido Janet.

No la soltaron ese día. Ni el siguiente.

Pleyel regresó de Baltimore con cara de preocupación. Había estado trabajando en el problema desde allí. Se había enterado de que el primer día se habían llevado a Janet a Louisville para interrogarla, la habían transferido a Bismarck el segundo día y a Santa Fe el tercero. Después se acababa la pista. Eso también formaba parte de la campaña de guerra psicológica del gobierno: traslada a los prisioneros de un lado para otro, llévalos de aquí para allí, desconciértalos a todos con el juego. ¿Dónde estaba ella? Nadie lo sabía. De algún modo, la vida continuaba. Celebraron en Detroit un mitin planeado desde hacía mucho tiempo; la policía del régimen estuvo observando de manera benévola, tolerando el acto con aire de suficiencia pero dispuesta a reprimirlo si se ponía violento. Distribuyeron nuevos panfletos en Los Ángeles, Evansville, Atlanta y Boise. Diez días después de la desaparición de Janet, Barrett dejó el apartamento y se fue a vivir a otro, a una calle de distancia.

Era como si el mar la hubiera arrebatado y engullido.

Durante un tiempo, Barrett tuvo la esperanza de que— la soltaran, o que por lo menos su red de información le pudiera decir dónde la tenían detenida. Pero no llegaba ninguna noticia. Con su es— ` tilo impersonalmente arbitrario, el gobierno había escogido a un grupo de víctimas ese día. Quizá estaban muertas, quizá estaban sólo escondidas en el nivel inferior de alguna mazmorra de máxima seguridad. No importaba. Habían desaparecido.

Barrett no la vio nunca más. Nunca supo qué le habían hecho.

El dolor se transformó en pena, y con el tiempo, para su sorpresa, hasta la pena desapareció, y el ` trabajo del movimiento clandestino siguió su curso, una lucha incesante por una meta cada vez más lejana.

9

Pasaron un par de días antes de que Barrett tuviera la oportunidad de discutir a solas de política con Lew Hahn. La expedición al Mar Interior ya había salido para entonces, y en cierto modo eso era una lástima, pues Barrett podría haber usado los servicios de Charley Norton para perforar la armadura de Hahn. Norton era el teórico más dotado de la Estación, un hombre que podía tejer una trama dialéctica con los materiales menos prometedores. Si alguien podía averiguar la profundidad del compromiso revolucionario de Hahn, ese alguien era Norton.

Pero Norton se había ido a dirigir la expedición, y el propio Barrett tuvo que encargarse del interrogatorio. Su marxismo estaba un poco oxidado, y no podía moverse con la habilidad de Charley Norton entre las escuelas leninista, estalinista, trotskista, jruschevista, maoísta, berenkovskista y mgumbwista. Pero sabía lo que tenía que preguntar. Había pasado su buen tiempo en el frente de batalla ideológica, aunque eso quedara ya en un pasado bastante lejano.

Eligió una noche lluviosa en la que Hahn parecía estar bastante sociable. Habían tenido una hora de espectáculo en la Estación, una ingeniosa película generada por ordenador que Sid Hutchett había programado unos días antes. Los de Arriba habían tenido la amabilidad de enviar un modesto ordenador, y Hutchett lo había utilizado para hacer animaciones especificando anchos de línea, sombras de gris y progresiones de unidades maestras. Era un trabajo sencillo pero notablemente ingenioso, y les alegraba las noches aburridas. Podía realizar dibujos animados, imágenes satíricas, entretenimientos eróticos, cualquier cosa.

Después, convencido de que Hahn había bajado un poco la guardia, Barrett se sentó al lado. —Buen espectáculo esta noche, ¿verdad?

—Muy entretenido.

—Es obra de Sid Hutchett. Tipo raro, ese Hutchett. ¿Llegaste a conocerlo antes de que partiera con la expedición al Mar Interior?

—¿El alto de nariz afilada, sin mentón?

—Ése —dijo Barrett—. Un chico listo. Fue el principal técnico informático del Frente Continental de Liberación hasta que lo detuvieron en 2019. Él fue quien programó la falsa emisión en la que el canciller Dantell denunciaba su propio régimen. ¡Dios mío, cómo me gustaría haber estado allí para oírla! ¿La recuerdas?

No estoy seguro. —Hahn frunció el ceño—. ¿Cuántos años hace que ocurrió eso?

—La emisión fue en 2018. ¿Es eso anterior a tu época? Hace sólo once años…

—Entonces yo tenía diecinueve. Supongo que no estaba muy politizado. Podríamos decir que era un chico ingenuo, nada precoz.

—Nos pasó a muchos. Sin embargo, a los diecinueve años ya se es bastante mayor. Supongo que estarías muy ocupado estudiando economía. Hahn sonrió.

—Es cierto. Estaba muy metido en esa ciencia deprimente.

—¿Y nunca oíste la emisión? ¿Tampoco oíste hablar de ella?

—Debo de haberme olvidado.

—El engaño más grande del siglo —dijo Barrett— y tú lo olvidas. El logro máximo del Frente Continental de Liberación. Conoces, por supuesto, el Frente Continental de Liberación.

—Sí, claro.

Hahn parecía incómodo.

—¿A qué grupo dijiste que pertenecías? —A Cruzada Popular por la Libertad.

—No lo conozco. ¿Es uno de los grupos nuevos? —De menos de cinco años. Empezó a funcionar en California en el verano de 2025.

—¿Qué programa tiene?

—Bueno, la línea revolucionaria habitual —dijo Hahn—. Elecciones libres, gobierno representativo, apertura de los archivos policiales, fin de la detención preventiva, restablecimiento del hábeas corpus y de otras libertades civiles.

—¿Y la orientación económica? ¿Puramente marxista o una de las ramas?

—Supongo que ninguna de —las dos cosas. Creíamos en una especie de… bueno, de capitalismo con algunas limitaciones impuestas por el Estado.

—¿Un poco a la derecha del socialismo estatal y un poco a la izquierda del liberalismo? —sugirió Barrett.

—Algo por el estilo.

—Pero ya probaron ese sistema a mediados del siglo xx, y fracasó, ¿verdad? Tuvo su día. Llevó inevitablemente al socialismo total, lo que produjo la violenta reacción compensadora del capitalismo total, y después la caída y el nacimiento del capitalismo sindicalista. Eso nos dio un gobierno que se hacía pasar por libertario mientras reprimía toda las libertades individuales en nombre de la libertad. Entonces, si lo que quería tu grupo era retrasar el reloj económico hasta el año 1955, digamos, sus ideas no debían de tener mucha sustancia.

Hahn parecía aburrido con esa sucesión de abstracciones.

—Usted tiene que entender que yo no estaba en los consejos ideológicos más altos —dijo.

—¿Eras sólo un economista?

—Exacto.

—¿Qué responsabilidades concretas tenías en el partido?

—Planificaba la conversión final a nuestros sistemas.

—¿Basando tus procedimientos en el liberalismo modificado de Ricardo?

—Sí, en cierto modo.

—¿Y evitando, espero, la tendencia al fascismo que aparecía en el pensamiento de Keynes? —Podríamos decir que sí —dijo Hahn, levantándose y ensayando una sonrisa rápida, vaga—. Mire, Jim, me encantaría seguir discutiendo todo esto con usted en otro momento, pero ahora tengo que irme. Ned Altman me pidió que fuera a ayudarle a hacer una danza para atraer los rayos, con la esperanza de que infunden vida a aquel montón de tierra. Así que si no le molesta…

Hahn se retiró rápidamente.

Barrett estaba más perplejo que nunca. Hahn no había «discutido» nada. Lo único que había hecho era mantener una conversación pobre, débil y evasiva, dejándose llevar de un lado para otro por las preguntas de Barrett. Y había dicho un montón de tonterías. Daba la sensación de que no sabía cuál era la diferencia entre Keynes y Ricardo, y que no le importaba, cosa rara en un supuesto economista. Parecía no saber ni remotamente qué representaba su partido político. No había protestado cuando Barrett le soltó una serie de conceptos doctrinarios deliberadamente estúpidos. Tenía tan poca preparación revolucionaria que desconocía la asombrosa broma de Hutchett once años antes.

Parecía falso de la cabeza a los pies.

¿Cómo era posible, entonces, que le hubieran encontrado suficientes méritos para mandarlo a la Estación Hawksbill? Allí sólo enviaban a los principales activistas y a los más eficaces opositores del gobierno. Sentenciar a un hombre a la Estación Hawksbill era casi como sentenciarlo a muerte, paso que no podía dar a la ligera un gobierno tan preocupado por mostrarse benévolo, respetable y tolerante.

Barrett no entendía por qué estaba allí Hahn. Parecía sinceramente angustiado por ese destierro, y era evidente que había dejado Arriba a una esposa amada, pero no había en él ninguna otra cosa que resultara convincente.

¿Sería, como había sugerido Don Latimer, algún tipo de espía?

Barrett rechazó la idea enseguida. No quería que lo afectara la paranoia de Latimer. No era nada probable que el gobierno enviara a alguien a finales del período cámbrico, en un viaje sin retorno, y sólo para espiar a un grupo de revolucionarios avejentados que nunca podrían volver a crear problemas. Entonces ¿qué estaba haciendo allí Hahn?

Habría que seguir vigilándolo, decidió Barrett. El propio Barrett se encargó de parte de esa vigilancia. Pero se ocupó de conseguir ayuda. Cuando menos, el proyecto de vigilancia de Hahn podría servir como una especie de terapia para los casos psicopáticos ambulatorios, los que eran superficialmente funcionales pero que estaban llenos de miedos y supersticiones. Podrían aprovechar esos miedos y supersticiones y jugar a los detectives, lo que mejoraría su propia imagen y ayudaría a Barrett a comprender el significado de la presencia de Hahn en la Estación.

Al día siguiente, durante el almuerzo, Barrett llevó aparte a Don Latimer.

—Anoche hablé un poco con tu amigo Hahn —dijo Barrett—. Y las cosas que me contó me parecieron un poco raras.

Latimer se animó.

—¿Raras? ¿En qué sentido?

Traté de ver qué sabía de economía y de teoría política. O no sabe nada de ninguna de las dos cosas o cree que soy tan imbécil que no necesita decir nada coherente cuando habla conmigo. En cualquier caso, es raro.

—¡Te dije que era sospechoso!

—Bueno, ahora te creo —dijo Barrett.

—¿Qué vas a hacer?

—Por ahora, nada. Así que vigílalo y trata de descubrir por qué está aquí.

—¿Y si es un espía del gobierno? Barrett negó con la cabeza.

—Tomaremos todas las medidas necesarias para protegernos, Don. Pero lo más importante es no actuar de manera precipitada. Quizá lo estamos malinterpretando, y no quiero hacer nada que vuelva incómoda nuestra convivencia. En un grupo como éste, para mantener la cohesión tenemos que evitar las tensiones antes de que ocurran. Así que no seremos nada duros con Hahn, pero lo tendremos controlado. Quiero que me informes con regularidad, Don. Vigílalo atentamente. Hazte el dormido y obsérvalo. Si fuera posible, echa una mirada a escondidas a esas notas que ha estado tomando, pero hazlo con discreción, sin que sospeche.

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Robert Silverberg: Estación Hawksbill 1
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