Estación Hawksbill | Страница 11 | Онлайн-библиотека


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Mientras miraba, un enorme trilobites salió inesperadamente del agua. Tenía cola puntiaguda y medía alrededor de un metro de largo, con caparazón de un lustroso color berenjena y finas espinas amarillas en los bordes. Debajo parecía que tenía un montón de patas. El trilobites se arrastró por la orilla, donde no había arena ni playa, sólo rocas, y avanzó tierra adentro hasta alejarse tres o cuatro metros de las olas.

Que tengas suerte, pensó Barrett. Quizá seas el primero que salió a tierra firme para ver cómo era. El pionero. El precursor.

Se le ocurrió que aquel trilobites aventurero podría ser el antepasado de todas las criaturas terrestres de los eones futuros. Esa idea era un disparate biológico, y Barrett lo sabía. Pero su mente cansada evocó la imagen de una larga procesión evolutiva, con los peces y los anfibios y los reptiles y los mamíferos y el hombre saliendo en una secuencia ininterrumpida de aquella grotesca criatura blindada que se movía describiendo vacilantes círculos cerca de sus pies.

¿Y si te aplastara con un pie?, pensó.

Un movimiento rápido, un crujido de quitina, un desenfrenado pataleo…

… y toda la cadena de la vida se quebraría en el primer eslabón.

Se desharía la evolución. No aparecerían criaturas terrestres. Con la caída brutal de aquel pesado pie, todo el futuro cambiaría instantáneamente, y nunca existiría la raza humana, ni la Estación Hawksbill, ni James Edward Barrett (1968–?). En un solo instante no sólo se vengaría de quienes lo habían condenado a pasar el resto de sus días en aquel sitio yermo, sino que se libraría de la sentencia.

No hizo nada. El trilobites terminó su lento paseo por las rocas de la orilla y volvió a meterse sano y salvo en el mar.

Entonces la suave voz de Don Latimer dijo: —Te vi ahí sentado, Jim. ¿Te molesta si me quedo contigo?

Barrett se sobresaltó. Giró con rapidez. Latimer había hecho tan poco ruido al bajar que Barrett no lo había oído. Pero se recuperó y ensayó una sonrisa y le indicó a Latimer por señas que se sentara en la piedra de al lado.

—¿Pescando? —preguntó Latimer.

—Sentado aquí. Un viejo tomando el sol. —¿Hiciste todo este maldito viaje para tomar el sol? —Latimer se echó a reír—. No me tomes el pelo. Estás tratando de huir de todo, y quizá hubieras preferido que no te molestara, pero fuiste demasiado educado para echarme. Lo siento. Me iré si…

—No es cierto. Quédate aquí. Podemos conversar, Don.

—Si prefieres que te deje en paz, dímelo con franqueza.

—No prefiero que me dejes en paz —dijo Barrett—. Y de todos modos quería verte. ¿Cómo te llevas con Hahn, tu nuevo compañero de vivienda?

La alta frente de Latimer se arrugó.

—Ha sido extraño —dijo—. Ésa es una de las razones por las que quise venir a hablar contigo cuando te vi. —Se inclinó hacia adelante y miró atentamente los ojos de Barrett—. Jim, dime la verdad: ¿crees que estoy loco?

—¿Qué motivos podría tener para pensarlo? —Toda la cosa extrasensorial. Mi intento de penetrar en otra esfera de la conciencia. Sé que eres duro y escéptico con todo lo que no puedes tener en la mano y medir y apretar. Quizá pienses que toda esa cosa extrasensorial es una tontería.

Barrett se encogió de hombros.

—Si quieres que te diga la verdad, sí. No creo ni remotamente qué vayas a conducirnos a alguna parte, Don. Puedes llamarme materialista si quieres, y reconozco que no sé mucho del tema, pero a mí me parece pura magia negra, y nunca vi que la magia negra sirviera para nada. Creo que es una total pérdida de tiempo que te pases ahí horas tratando de utilizar los poderes extrasensoriales o lo que sean. Pero no, no creo que estés loco. Creo que tienes derecho a tu obsesión, y que haces algo en el fondo inútil de. manera razonablemente equilibrada. ¿Está bien?

—Más que bien. No pido que creas en nada de lo que estoy investigando, pero no quiero que me taches de lunático porque trato de encontrar una puerta extrasensorial para huir de este sitio. Es importante que me consideres cuerdo; de lo contrario, lo que quiero contarte acerca de Hahn no tendrá ningún valor.

—No veo la relación.

—Es esto —dijo Latimer—. A partir del conocimiento de una noche me he formado una opinión sobre Hahn. Es el tipo de opinión que podría haberse formado cualquier paranoico vulgar y corriente, y si crees que estoy chiflado es probable que no tengas en cuenta mis ideas sobre Hahn. Por lo tanto quiero dejar claro que te parece que estoy cuerdo antes de intentar comunicarte la sensación que tengo con él. —No creo que estés chiflado. ¿Qué idea tienes? —Que nos está espiando.

Barrett tuvo que esforzarse para no soltar la salvaje carcajada que, estaba seguro, destrozaría la frágil autoestima de Latimer.

—¿Espiando? —dijo con naturalidad—. Don, no es posible que digas eso. ¿Cómo puede espiar a alguien aquí? Aunque tuviéramos a un espía, ¿cómo haría para informar de sus descubrimientos?

—No lo sé —dijo Latimer—. Pero anoche me hizo un millón de preguntas. Acerca de ti, acerca de Quesada, acerca de enfermos como Valdosto. Quería saber todo.

—¿Y qué tiene eso de raro? Es la curiosidad normal de un hombre que trata de adaptarse al medio. Jim, tomaba notas. Lo vi cuando creía que yo estaba dormido. Se quedó dos horas escribiendo todas mis respuestas en una libreta.

Barrett frunció el ceño.

—Quizá Hahn vaya a escribir una novela sobre nosotros.

—Hablo en serio —dijo Latimer. Se llevó una mano tensa al oído—. Preguntas… notas. Y es escurridizo. ¡Trata de que diga algo sobre sí mismo!

—Lo hice. No me enteré de mucho.

—¿Sabes por qué lo mandaron aquí?

—No.

—Yo tampoco —dijo Latimer—. Crímenes políticos, me contó, pero fue muy impreciso. Daba la impresión de no saber casi nada sobre el actual gobierno, y menos cuál era su postura ante él. No detecto unas condiciones filosóficas apasionadas en el señor Hahn. Y tú y yo sabemos muy bien que la Estación Hawksbill es el basurero de los revolucionarios y los agitadores y los subversivos y gente por el estilo, y que nunca hemos tenido ningún otro tipo de prisionero.

—Admito que Hahn es un misterio —dijo Barrett con serenidad—. Pero ¿para quién podría estar espiando? Si es un funcionario del gobierno, no tiene cómo mandar sus informes. Está varado aquí para siempre, lo mismo que los demás.

—Quizá lo enviaron para vigilarnos, para asegurarse de que no estábamos ideando alguna manera de fugarnos. Quizá es un voluntario que aceptó renunciar a su vida en el siglo xxi para venir aquí y frustrar lo que estuviéramos tramando. Una persona entregada, un voluntario mártir de la sociedad. Supongo que conocerás ese tipo de personalidad. —Sí, pero…

—Quizá teman que hayamos inventado el viaje temporal hacia el futuro. O que nos hayamos convertido en una amenaza para la ordenada cronología del mundo. Cualquier cosa. Así que Hahn aparece aquí entre nosotros para vigilar y bloquear toda actividad peligrosa antes de que se transforme en algo realmente problemático. Por ejemplo, mis propias investigaciones extrasensoriales, Jim.

Barrett sintió una fría punzada de alarma. Ahora veía lo cerca que andaba Latimer de la paranoia: en media docena de tranquilas frases, Latimer había pasado de la expresión racional de algunas sospechas justificadas al fastidioso miedo de que los hombres de Arriba fueran a cerrarle el camino que él estaba tan cerca de perfeccionar.

—No creo que tengas que preocuparte, Don —dijo sin levantar la voz—. Hahn parece un tipo raro, pero no está aquí para crearnos problemas. La gente de Arriba ya nos ha hecho todo el mal que podía. Si no revocaron las ecuaciones de Hawksbill, no hay manera de que podamos molestar a nadie, nunca. Entonces, ¿para qué perder a un hombre enviándolo a espiarnos?

—¿Lo vigilarás de todos modos? —preguntó Latimer. —Sabes que sí. Y no dudes en avisarme si Hahn hace alguna otra cosa fuera de lo común. Tú estás en mejor posición que nadie para darse cuenta.

—Me mantendré alerta, Jim. No podemos tolerar que los de Arriba nos manden espías. —Latimer se levantó y miró a Barrett con una sonrisa que casi parecía anular la paranoia—. Ahora te dejaré seguir tomando el sol —dijo.

Latimer echó a andar cuesta arriba. Barrett lo miró hasta que casi había llegado a la cima, un punto apenas visible contra el fondo rocoso. Después de un largo rato Barrett agarró la muleta y logró ponerse de pie. Se quedó mirando las olas, hundiendo la punta de la muleta en el agua para asustar a un par de seres diminutos que venían por el fondo. Finalmente dio media vuelta e inició el largo y lento ascenso de regreso a la Estación.

8

Barrett no sabía con certeza el momento exacto, pero en algún punto del camino todos habían dejado de verse como contrarrevolucionarios y se consideraban revolucionarios por derecho propio. El cambio semántico se había producido a principios de los noventa, y había sido gradual. Durante los primeros años después de los disturbios de 1984–1985, los revolucionarios, con justicia, habían sido los sindicalistas, pues habían derrocado un establishment de más de dos siglos. Por lo tanto, los conspiradores antisindicalistas clandestinos eran forzosamente contrarrevolucionarios: Pero después de un tiempo la revolución sindicalista se había institucionalizado. Había dejado de ser una revolución para transformarse a su vez en un establishment.

Así que ahora Barrett era un revolucionario. Y la meta del movimiento clandestino se había capitalizado de manera sutil en La Revolución. La Revolución iba a llegar cualquier día, cualquier mes, cualquier año… Sólo hacía falta más planificación. Entonces transmitirían La Palabra y por toda la nación se levantarían los revolucionarios.

No cuestionaba la verdad de esas proposiciones. Aún no. Hacía su trabajo, y mientras pasaban los días esperaba confiado la caída de los sindicalistas, cada vez más afianzados y seguros.

La Revolución era la única carrera de Barrett. Con facilidad, sin arrepentirse, había dejado la universidad antes de terminar los estudios. De todos modos, la universidad estaba dominada por los sindicalistas, y la dosis diaria de propaganda lo ofendía. Entonces había ido a ver a Pleyel, y Pleyel le había dado un trabajo. Oficialmente, Pleyel dirigía una agencia de empleo; eso era, al menos, la tapadera. En un pequeño despacho en el centro de Manhattan, seleccionaba los candidatos para la clandestinidad mientras trabajaba de manera legal parte del tiempo. Janet era su secretaria; Hawksbill aparecía de vez en cuando a programar el ordenador de la agencia; Barrett fue contratado como subdirector: El salario era bajo, pero le permitía comer regularmente y pagar el alquiler del pequeño apartamento que compartía con Janet. Durante treinta horas a la semana se ocupaba de actividades de la agencia de empleo en apariencia inocentes, liberando a Pleyel, que entonces se dedicaba a otro tipo de trabajo más delicado.

A Barrett le agradaba la clandestinidad. Le ponía en contacto con personas, y eso le gustaba. Por la oficina pasaba todo tipo de neoyorquinos desocupados, algunos de ellos radicales buscando la clandestinidad, otros simplemente buscando trabajo, y Barrett hacía por ellos todo lo que podía. No sé daban cuenta de que era poco más que un adolescente, y algunos de ellos incluso lo tenían por modelo y guía. Eso lo ponía un poco incómodo, pero les ayudaba cuanto podía.

El trabajo clandestino seguía a un ritmo constante en aquellos años.

Barrett sabía que esa frase, «el trabajo clandestino», era una abstracción casi vacía de contenido. ¿En qué consistía tal trabajo? En la interminable planificación de un levantamiento que se iba aplazando día a día. En llamadas telefónicas transcontinentales en una jerga que ocultaba intrigas subversivas. En la publicación subrepticia de propaganda antisindicalista. En la osada distribución de libros de historia no censurados. En la organización de mítines de protesta. Una serie infinita de pequeñas acciones que en el fondo de poco servían. Pero Barrett, en pleno arrebato de entusiasmo juvenil, estaba dispuesto a ser paciente. Algún día, se decía, encajarían todas las piezas dispersas. Algún día llegaría La Revolución.

En nombre del movimiento viajaba por todo el país. Con los sindicalistas la economía se había reactivado, y los aeropuertos eran otra vez sitios muy concurridos; Barrett llegó a conocerlos muy bien. Pasó la mayor parte del verano de 1991 en Alburquerque, Nuevo México, trabajando con un grupo de revolucionarios que en el viejo orden ~de cosas hubieran sido calificados de derechistas extremistas. A Barrett le costaba digerir buena parte de su filosofía, pero el grupo odiaba tanto a los sindicalistas como él, y compartía su amor por la Revolución de 1776 y por todo el simbolismo que la acompañaba. Ese verano estuvo varias veces a punto de ser arrestado.

En el invierno de 1991–1992 viajó todas las semanas a Oregón para coordinar un grupo en Spokane que estaba montando una oficina de propaganda para el noroeste. El viaje de dos horas se convirtió en un esfuerzo tedioso después de un tiempo, pero Barrett siguió con esa rutina, visitando diligentemente a los compañeros de Spokane los miércoles por la noche y después regresando a Nueva York. La primavera siguiente trabajó sobre todo en Nueva Orleans, y pasó ese verano en St. Louis. Pleyel continuaba moviendo los peones de un lado para otro. Su teoría era que había que estar al menos tres pasos por delante de los agentes de policía.

En realidad se producían pocos arrestos importantes. Los sindicalistas habían dejado de tomar en serio al movimiento clandestino, y de vez en cuando detenían a un líder sólo para mantenerse en forma. En general, consideraban a los revolucionarios maniáticos inofensivos, y les permitían ensayar todos los ritos de la conspiración mientras no llegaran al sabotaje o al asesinato. Después de todo, ¿quién podía oponerse al gobierno sindicalista? El país era próspero. La mayoría de la gente volvía a tener empleo regular. Los impuestos eran bajos. El flujo interrumpido de maravillas tecnológicas estaba otra vez en marcha, y cada año se presentaba una maravilla nueva: control climático, transmisión telefónica de imágenes en color, vídeo tridimensional, trasplante de órganos, periódicos por línea de fax, etcétera. Entonces, ¿de qué quejarse? ¿Acaso las cosas habían funcionado mejor con el viejo sistema? Incluso se hablaba de restituir el sistema bipartidista en el año 2000. Las elecciones libres habían vuelto a ponerse de moda en 1990, aunque, por supuesto, el Consejo de Síndicos ejercía el derecho a veto de los candidatos. Ya nadie hablaba de la naturaleza «provisional» de la Constitución de 1985, pues esa constitución parecería encaminada a quedarse, pero el gobierno introducía pequeñas enmiendas para ajustarla más a las pasadas tradiciones nacionales.

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Robert Silverberg: Estación Hawksbill 1
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