Estación Hawksbill | Страница 10 | Онлайн-библиотека


Выбрать главу

No podía olvidar aquel ruido moliéndole los huesos.

Tampoco olvidaría la marcha de regreso sobre cientos de kilómetros de piedra lisa bajo un sol inmenso, su voluminoso cuerpo sostenido por las formas inclinadas de sus compañeros. Hasta ese momento nunca había sido un carga para nadie. «Dejadme aquí», había dicho, sin verdadera con vicción, y ellos sabían que eso era sólo una manera de disculparse por las molestias que les estaba causando. «No seas tonto», le dijeron, y siguieron llevándolo. Pero para ellos era un gran esfuerzo, y en los momentos en que el dolor le dejaba pensar con claridad se sentía culpable por crearles tantos problemas. Era tan corpulento. Si cualquiera de los otros hubiera sufrido un accidente como ése, no habría costado tanto transportarlo. Pero él era el más grande.

Barrett pensaba que iba a perder el pie. Pero Quesada le había ahorrado la amputación. El pie quedaría en su sitio, pero Barrett no podría apoyarlo en el suelo ni ponerle un peso encima, ni ahora ni nunca. Quizá sería más sencillo que le cortasen ese apéndice muerto; pero Quesada se había opuesto.

—Quién sabe —había dicho—. A lo mejor un día nos mandan todo lo necesario para hacer trasplantes. Una pierna amputada no puedo reconstruirla. Una vez que te la cortáramos, lo único que podría hacer es ponerte una prótesis, y aquí no hay ninguna prótesis.

Así que Barrett se había quedado con el pie aplastado. Pero desde el accidente ya no era el mismo. Mientras estaba tendido en la roca reluciente, junto al Mar Interior, había perdido algo más que sangre. Y ahora otra persona tendría que encargarse de dirigir la marcha anual.

¿Quién sería?, se preguntó.

Quesada era el candidato con más posibilidades. Después de Barrett era el hombre más fuerte que había en aquel lugar, en todos los sentidos que importaban. Pero Quesada no podía abandonar sus responsabilidades en la Estación. Quizá vendría muy bien tener a un médico cerca durante el viaje, pero en la Estación era de vital importancia.

Después de meditarlo, Barrett propuso a Charley Norton como jefe de la expedición. Norton era alegre y hablador y se excitaba con demasiada facilidad, pero en el fondo era un hombre sensato, capaz de inspirar respeto. Barrett agregó a Ken Belardi a la lista: alguien con quien Norton pudiera hablar durante las largas y aburridas horas de caminata. Que siguieran discutiendo; un ballet interminable de posturas fijas.

¿Rudiger? Rudiger había sido un gran apoyo durante el viaje del año pasado, después del accidente de Barrett. Él se había hecho cargo de la situación mientras los demás, al ver a su jefe herido, andaban por allí nerviosos y boquiabiertos, mirando hacia el suelo. Pero Barrett no quería dejar que Rudiger se ausentase tanto tiempo de la Estación. Para la expedición necesitaba, por supuesto, hombres capaces, pero no quería reducir la población de la base a inválidos, chiflados y psicóticos.

Así que Rudiger se quedó. Barrett puso en la lista a dos miembros de su equipo de pesca, Dave Burch y Mort Kasten. Después agregó los nombres de Sid Hutchett y Arny Jean-Claude.

Barrett pensó en incluir a Don Latimer en el grupo. Latimer estaba ahora en el límite de la cordura, pero cuando no se perdía en sus meditaciones extrasensoriales era bastante racional, y pondría empeño en la expedición. Por otra parte, Latimer era el compañero de vivienda de Lew Hahn, y Barrett quería allí a Latimer para observar a Hahn de cerca. Estuvo pensando en mandar a los dos, pero descartó la idea. Hahn era todavía alguien desconocido. Resultaba demasiado arriesgado permitirle ese año integrar la expedición al Mar Interior. Pero podría ir en el grupo del año siguiente. Sería una tontería no aprovecharse dei vigor juvenil de Hahn. Cuando aprendiera el funcionamiento de las cosas, sería un jefe ideal para años futuros.

Finalmente, Barrett había escogido a una docena de hombres. Una docena bastaría. Escribió sus nombres con tiza en la pizarra, delante del comedor, y entró a buscar a Charley Norton.

Norton estaba sentado. solo, desayunando. Barrett se sentó en el banco frente a él, y realizó la compleja serie de movimientos que constituían su manera de sentarse sin soltar la muleta.

—¿Elegiste a los hombres? —preguntó Norton. Barrett dijo que sí con la cabeza.

—La lista está ahí afuera.

—¿Yo voy?

—Eres el jefe.

Norton parecía halagado.

—Eso me suena raro, Jim. Es decir, que no seas tú el que manda…

—Este año no hago el viaje, Charley:

—Cuesta acostumbrarse. ¿Quién va?

—Hutchett. Belardi. Burch. Kasten. Jean-Claude. Y algunos más.

—¿Rudiger?

—No, Rudiger no. Tampoco Quesada, Charley: Los necesito aquí.

—Muy bien, Jim. ¿Tienes alguna instrucción especial para nosotros?

—Lo único que pido es que volváis sanos y salvos. —Barrett agarró una botella de agua y la rodeó con las enormes manos—. Quizá tendríamos que suspenderla esta vez. No tenemos a tantos hombres sanos.

A Norton se le iluminaron los ojos.

—¿Qué estás diciendo, Jim? ¿Suspender el viaje? —¿Por qué no? Sabemos lo que hay entre este sitio y el, mar: nada.

—Pero los objetos…

—Eso puede esperar. En este momento no andamos escasos de materiales.

Jim, nunca te había oído hablar de esa manera. Siempre has sido un gran defensor del viaje. El punto culminante del año, decías. Y ahora…

—No participo en éste, Charley.

Norton calló un momento, pero sus ojos no se apartaron de Barrett.

—De acuerdo —dijo entonces—, no vas. Sé cuánto debes de sufrir por eso. Pero hay aquí otros hombres. Ellos necesitan el viaje. No tienes derecho a suspenderlo sólo porque tú no puedas ir. No es una actividad inútil.

—Lo siento, Charley —dijo Barrett—. No era ésa mi intención. Claro que se hará el viaje. Estaba hablando de más, otra vez.

—Debe de ser duro para ti, Jim.

—Sí. Pero no tanto. ¿Sabes ya por qué ruta irás? —Supongo que por la del noroeste. ¿No es ésa la línea habitual de distribución de la basura para los años impares? Y después hacia el Mar Interior. Seguiremos la costa creo que unos ciento cincuenta kilómetros. Y volveremos por el camino de abajo. —Muy bien —dijo Barrett.

En el ojo de su mente vio la superficie rizada de aquel mar poco profundo que se extendía hacia la distante zona de tierra occidental. Año tras año había ido hasta la orilla de aquel mar y mirado hacia el sitio de donde algún día saldría del agua el Medio Oeste. Todos los años había soñado con un viaje por el corazón continental hasta el otro lado. Pero nunca había encontrado tiempo para organizar ese viaje. Y ahora era demasiado tarde… Demasiado tarde…

De todos modos, así nunca habríamos encontrado nada demasiado interesante, se dijo Barrett. Sólo más de lo mismo. Roca, algas, trilobites. Pero quizá hubiera valido la pena… para ver por última vez una puesta de sol en el Pacífico…

—Reuniré a los hombres después del desayuno —dijo Norton—. Saldremos rápido.

—De acuerdo. Buena suerte, Charley.

—Todo irá bien.

Barrett palmeó a Norton en la espalda, gesto que en el acto le pareció teatral y falso, y salió de allí. Le resultaba de lo más extraño saber que tendría que quedarse mientras los demás se iban de expedición. Era como el reconocimiento de que empezaba a abdicar después de gobernar aquel lugar durante tanto tiempo. Todavía era rey de la Estación Hawksbill, pero su trono estaba destartalado. Ahora era un viejo tullido que andaba renqueando de un lado para otro. Le gustara o no admitirlo, ésa era la historia. Algo que pronto tendría que aceptar.

Después del desayuno, los hombres elegidos para la expedición al Mar Interior se reunieron para seleccionar el equipo y planificar la logística de la ruta. Barrett se cuidó de no intervenir en la reunión. Ahora le tocaba a Charley Norton. Había realizado ocho o diez viajes y sabía bien lo que tenía que hacer, sin necesidad de sugerencias de la jefatura anterior. Barrett no quería interferir, ni dar la sensación de que seguía indirectamente al mando.

Pero una compulsión masoquista lo llevó a hacer una expedición por su cuenta. Si ese año no podía ir a ver las aguas de occidente, lo menos que podía hacer era visitar el Atlántico, en su propio patio trasero.

Barrett se detuvo en la enfermería. Allí apareció Hansen, uno de los camilleros: un hombre calvo y jovial de unos setenta años que había formado parte del grupo anarquista de California. La única formación que tenía Hansen era la de técnico informático. Pero había mostrado cierta habilidad para la medicina, y en ese momento era el principal ayudante de Quesada. Recibió a Barrett con su habitual sonrisa.

—¿Está Quesada? —preguntó Barrett.

—No, lo siento. Doc ha ido a hablar del viaje. Está dando algunos consejos médicos. Pero si es importante, puedo ir a buscarlo…

—No —dijo Barrett—. Sólo quería verificar con su ayuda el inventario de fármacos. No es nada urgente. ¿Te importa si echo un vistazo a los suministros?

—Lo que tú quieras.

Hansen dio un paso atrás, dejando entrar a Barrett en la sala de suministros. Habían quitado la barricada esa mañana. Como no había manera de cerrar con llave la farmacia, Barrett y Quesada habían ideado una compleja barricada que garantizaba una tonelada de ruido si alguien intentaba meterse. Cuando no quedaba nadie en la farmacia, tenían que poner la barricada. Cualquier intruso que apareciese produciría suficiente estruendo como para llamar la atención de alguien. Sólo de esa manera habían logrado protegerse de las incursiones no autorizadas de residentes deprimidos en busca de drogas. No podían permitirse el lujo de gastar fármacos preciosos e insustituibles en aspirantes a suicidas, razonaba Barrett. Si un hombre quería matarse, que se tirara al mar; eso al menos no impondría privaciones a los demás residentes de la Estación.

Barrett miró las hileras de fármacos. Como dependían de la generosidad de Arriba, eran unas, provisiones bastante desequilibradas. Ahora tenían abundancia de tranquilizantes y digestivos, y escasez de calmantes y desinfectantes. Eso hacía que Barrett se sintiese aún más culpable por lo que iba a hacer. El hombre que había impuesto las reglas sobre el robo de fármacos iba a aprovecharse ahora de su posición privilegiada y llevarse uno. Después hablaba de la moral. Pero había conocido a hombres, en su época, que habrían defraudado cosas mucho más sagradas. Y necesitaba la droga, y no quería ponerse a discutir con Quesada. Así era más sencillo. Incorrecto pero más sencillo. Esperó a que Hansen se diera la vuelta. Entonces metió una mano en la vitrina, sacó el delgado tubo gris de un sedante y lo metió rápidamente en el bolsillo.

—Todo parece estar en orden —dijo a Hansen mientras se marchaba de la enfermería—. Dile a Quesada que pasaré por aquí más tarde para hablar con él.

Ahora usaba cada vez con más frecuencia el sedante para aliviar el dolor de las piernas. A Quesada no le gustaba. Decía, sin usar esas palabras, que la droga le estaba creando dependencia. Bueno, al demonio con Quesada. Que intentara caminar por aquellos senderos con una pierna como la suya y ya vería como empezaba a usar fármacos, se dijo Barrett. a Subiendo por la senda oriental, Barrett se detuvo pocos metros después de dejar el edificio. Se metió detrás de un montículo de piedras, se bajó los pantalones y rápidamente se inyectó una dosis de droga en cada muslo, primero en la pierna sana y después en la dañada. Eso le anestesiaría los músculos lo necesario para hacer una caminata larga sin sentir el fuego de la fatiga en las articulaciones. Sabía que pagaría por eso, ocho horas más tarde, cuando desapareciera el efecto del calmante y sintiera todo el impacto del esfuerzo, como si le clavaran un millón de puñales. Pero estaba dispuesto a aceptar el precio.

El camino al mar era largo y solitario. La Estación Hawksbill estaba encaramada en el borde oriental de los Apalaches, a casi trescientos metros por encima del nivel del mar. Durante los primeros seis años, los hombres de la Estación solían ir hasta el océano por una ruta suicida que atravesaba la escarpada cara de las rocas. Barrett había propuesto un proyecto para tallar aquella piedra. Les había llevado diez años hacerlo, pero ahora los escalones anchos y seguros bajaban hasta el Atlántico. El tallado de aquellos escalones en la roca viva había tenido ocupados a muchos hombres durante un largo tiempo, impidiéndoles pensar en los seres amados que habían quedado Arriba, ó refugiarse en la locura, tan fácil en aquel sitio. Barrett lamentaba no poder concebir proyectos parecidos para ocupar a los hombres que en ese momento no tenían nada que hacer.

Los escalones formaban una sucesión de plataformas bajas que llegaban hasta la orilla del agua. Aquella caminata era agotadora incluso para un hombre sano. Para Barrett en su estado actual era un verdadero suplicio. Tardó cerca de dos horas en descender una distancia que normalmente habría recorrido en menos de una cuarta parte de ese tiempo.

Al llegar al fondo del sendero, se desplomó exhausto en una piedra chata lamida por las olas, y soltó la muleta. Tenía los dedos de la mano izquierda acalambrados y torcidos por el esfuerzo, y todo el cuerpo bañado en sudor. .

El agua del océano parecía gris y algo aceitosa. Barrett no podía explicar la falta de color reinante en el mundo de finales del período cámbrico, con aquel cielo sombrío y aquella tierra sombría y aquel mar sombrío, pero su corazón ansiaba secretamente entrever de nuevo algo de vegetación verde. Echaba de menos la clorofila. Las zonas oscuras lamían la roca, llevando y trayendo una masa flotante de algas.

El mar se extendía hasta el infinito. Barrett no tenía la menor idea de qué porcentaje de Europa estaría sobre las aguas en esa época, si es que había empezado a asomar. En el mejor de los casos, la mayor parte del planeta estaba sumergida; allí, sólo unos pocos cientos de millones de años después de que hubieran brotado las candentes rocas de la primera tierra firme, era probable que no asomaran sobre el agua más que unas pocas franjas de territorio, repartidas aquí y allá.

¿Habrían nacido ya los Himalayas? ¿Las Montañas Rocosas? ¿Los Andes? Barrett conocía el perfil aproximado de la Norteamérica de finales del período cámbrico; pero el resto era un misterio. No era nada fácil llenar las lagunas del conocimiento si la línea de transporte con Arriba funcionaba en una sola dirección; la Estación Hawksbill tenía que conformarse con el imprevisible surtido de material de lectura que mandaban del futuro, y resultaba muy frustrante la poca información que podría proporcionar cualquier texto universitario de geología.

10
Robert Silverberg: Estación Hawksbill 1
PRÓLOGO 1
1 1
2 2
3 3
4 4
5 6
6 8
7 9
8 11
9 13
10 14
11 15
12 17
13 19
14 21