Colisión de los mundos | Страница 22 | Онлайн-библиотека


Выбрать главу

La incertidumbre apareció en los ojos de Dominici.

—¿Más joven? No, yo no diría eso. Me inclinaría a decir que por el contrario, es mucho más antigua.

—¿Por qué dice eso?

Dominici se encogió ligeramente de hombros.

—Llámelo una presunción, un barrunto. Ellos dan la impresión de estar firmemente asentados en sus aspectos vitales, de una forma casi estratificada. La diferencia no podría ser mucha, tal vez dos o tres mil años, pero tengo la definida sensación de que fueron civilizados bastante tiempo antes de que lo fuéramos nosotros.

—Y yo me inclino a estar de acuerdo —intervino Havig desde el rincón en que se hallaba—. De lo que he podido captar de su complicado lenguaje, diría que es un idioma altamente evolucionado, es decir, la clase de lenguaje que toda una raza ha debido estar hablando durante unos dos mil años. Pero, ¿qué tiene en la mente, Bernard? ¿Por qué estas súbitas preguntas?

Bernard se encogió de hombros.

—Estoy reuniendo datos y poniendo las cosas en su lugar, para tener algo que decirle al Tecnarca cuando volvamos —dijo de forma que no admitiesen sus palabras ninguna otra explicación.

Sonó el gong, señalando la conversión al hiperespacio. Poco después, llegó la conversión y Nakamura llegó hasta la cabina de los pasajeros para anunciar que la astronave seguía su ruta normal y que iba a servirse la comida.

Todos comieron tranquilamente. No había razón alguna para hallarse eufóricos tras semejante misión en las estrellas. Todos se hallaban conscientes de que estaban de vuelta a la Tierra, tras una misión que había terminado con una inesperada disminución del lugar que el hombre ocupaba en el Universo. Las noticias de que eran portadores, serían difícilmente bienvenidas para las gentes de la Tierra, y mucho menos para aquel hombre duro e inflexible, orgulloso y tremendo que les había impelido a realizar tal viaje. Las verdades al desnudo, son raramente bien acogidas.

Havig se quedó en el pasadizo echándole una mano a Nakamura para quitar el servicio de la comida. Bernard volvió a la cabina con Stone y Dominici. Una especie de sombra gris había caído nuevamente sobre ellos. A cada minuto que pasaba entonces, se hallaban más y más cerca de la Tierra y de su informe frente al Tecnarca.

Stone se sentó en silencio en su litera, con la cara entre las manos. Bernard le miró y comprobó que el regordete diplomático estaba llorando. Se inclinó sobre él.

Stone. ¡Vamos, hombre, deje de comportarse así!

—¡Déjeme solo! —fue la respuesta de Stone. —Vamos, eche de lado cualquier preocupación.

—¡Vayase!

—¡Maldita sea! —exclamó Bernard irritado—, ¿por qué está usted llorando, en cualquier caso? ¿Es el hecho de que los hombres tengamos unas grandes bolas de queso para pensar lo que le trastorna hasta ese extremo? ¿O es probablemente el hecho de que se quede usted fuera de su empleo en el Arconato, lo que le hace mella?

Stone le miró, pálido y con los ojos enrojecidos y el asombro reflejado en la mirada del hombre cuyo secreto más bien guardado ha sido puesto al descubierto.

—¿Cómo se atreve a decir eso?

—¿Es la verdad, no es cierto?

—Qué está tratando de decir…

—Admítalo —insistió Bernard con un tono duro y deliberado—. Encárese con la verdad. Es un hábito que todos podemos comenzar a cultivar aquí ahora.

El diplomático le miró como si le hubieran dado una serie de latigazos. Pareció hundirse en sí mismo y tras unos momentos de silencio, dijo en una voz callada y distante:

—De acuerdo, está bien. Ésa es la verdad. No voy a intentar ocultarlo más. Durante veinticinco años he estado siendo entrenado para el Arconato y ahora todo se ha ido al infierno de un manotazo. No me queda ninguna carrera que hacer. Ya no soy nada más que una cáscara vacía de contenido. ¿Se supone que voy a sentirme feliz en la forma en que se han presentado las cosas? ¿Cree usted que jamás eligirían como Arconte al mismo hombre que trajo las aplastantes noticias que nosotros… que nosotros llevamos a…?

Stone no pudo continuar.

Comenzó a sollozar desconsoladamente, extraviado, como un hombre que no tiene donde asirse, a pesar de los esfuerzos que debería hacer para ocultarlo. Bernard se sintió incómodo y sin poder ayudarle, mientras que observaba cómo le temblaban los hombros en una forma incontrolada. Bernard pensó que sería mejor que se desahogara. Su carrera diplomática podría estar acabada o no; pero aquel alivio de su sobrecarga emocional, le resultaba beneficioso y necesario. A todos podría resultarle igualmente beneficioso, llegado el momento.

Bernard se volvió a la litera. Tras un rato, vio cómo Stone se levantaba, se lavaba el rostro, se secaba los ojos y se inyectó en el brazo con un sedante. El diplomático se tumbó en la litera y a poco estuvo profundamente dormido. Bernard permaneció despierto, observando el gris extraño de la pantalla visora, propio del paso en el no-espacio y contando los segundos que pasaban lentos con las manecillas del reloj. Su estado de ánimo también era de depresión; pero con todo, no tan débil como tendría que haberlo sido, dadas las circunstancias. Había sido una jornada valiosa, al menos para él y por extensión para todos los habitantes de la Tierra. La Tierra agradecería así algunas cosas respecto a sí misma, que necesitaba conocer desesperadamente y descubrir, como lo habían sido para Martin Bernard. Algunas de sus acciones le sorprendieron, al volver la memoria atrás. Por ejemplo, su sincera explosión de comprensión y simpatía por Havig. El viaje a las estrellas había ensanchado el conocimiento de sí mismo y el de los otros. Podía mirar al pasado entonces y ver el Martin Bernard de muy reciente fecha, con una fría y clara perspectiva.

Lo que vio de sí mismo en tales circunstancias, no era muy agradable. Vio a un hombre egoísta, irritantemente concentrado en sí mismo, incluso con un trazo de crueldad muy bien camuflado bajo su aspecto exterior amistoso y cordial. La faena que le gastó a Havig en su artículo, por ejemplo, no había sido en realidad una expresión de erudita disensión de puntos de vista, sino más bien el ataque a una filosofía de la vida, surgido de su concepto hedonista propio sobre el vivir, tan en contraposición con la honradez y la sólida fe de hombre religioso del neopuritano. Su relación con su esposa, también, la vio con una claridad desconcertante; no es que hubiera «nacido» para no ser un buen marido, sino simplemente que no había hecho nada para intentarlo ser. Ella no era aguda ni inteligente, una sencilla mujer que deseaba compartir la vida interior de su marido y que había sido completamente descartada en su propósito femenino.

Bernard miró fijamente y con firmeza hacia delante. Aquel cerrado confinamiento, tan lejos de las arrulladoras influencias de su fácil vida en el hogar, le había forzado a buscarse a sí mismo y obligado a comprenderse en su yo real, encerrado en una máscara cerrada de complacencia.

También la propia Tierra tendría que realizar una búsqueda de sí misma. Se preguntó si las gentes que habitaban el planeta patrio, en general, se aprovecharían de la verdad de lo sucedido, como debería ser, o si reaccionaba falsamente poniendo en marcha todos sus mecanismos para ahogarla. Ante aquella idea, frunció el ceño. Tenía muchas dudas sobre el particular.

El tiempo corría y corría. Sólo quedaban doce horas hasta el momento de la nueva conversión al espacio normal. Las manecillas del reloj se movían lenta e inexorablemente.

Diez horas, ocho, seis, cuatro, veinte minutos.

Los últimos minutos parecieron mucho más largos. El rostro de Bernard se cubrió con una rígida máscara, con los ojos muy abiertos sin dejar de consultar el reloj. Nadie había hablado durante horas enteras.

Finalmente, sonó el gong, cuyo eco en su resonancia por toda la astronave vibró como el anuncio del Juicio Final. Llegó el momento de la conversión. La pantalla visora se iluminó instantáneamente al salir la astronave de las velocidades superlumínicas fuera del ignoto vacío, y discurrir por el universo conocido.

El mensaje llegó a popa procedente del Comandante en lentos y mesurados tonos de voz:

—Estamos cruzando la órbita de Neptuno en este momento y nos dirigimos hacia el centro del sistema solar. Ya he radiado nuestra posición y la Tierra me ha respondido. Ya saben que volvemos a casa.

XVI

La cámara privada del Tecnarca McKenzie tenía una rígida y casi hierática simplicidad, rodeada de paredes negras de piedra y su brillante piso de mármol. Aquella cámara sin ventanas, había sido diseñada para impresionar tanto al ocupante como a sus visitantes con la sobria importancia de las responsabilidades de un Tecnarca… y en tal aspecto, era cosa que había sabido conseguir, pensó Bernard. Sintió un ligero matiz de temor cuando siguió a McKenzie.

Pocas palabras se habían intercambiado desde el aterrizaje del XV-ftl en Central Australia una hora antes. A la llegada de los viajeros del espacio, el Tecnarca había adivinado por el aspecto de sus rostros que las noticias de que eran portadores, no eran cosa para ser despachadas con urgencia. En cualquier caso, no había hecho preguntas, habiéndose limitado a recibirles con un gesto de la cabeza al abandonar la nave. Bernard se había dirigido el primero hacia él.

—A sus órdenes, Excelencia.

—Hola, Bernard. ¿Qué noticias hay?

—¿Podría informar a su Excelencia en su cámara privada?

La audiencia había sido así garantizada. Uno tras otro, pasando a través del dispositivo de la transmateria, todos cruzaron en una fracción de segundo el inmenso espacio terrestre que hay desde el espaciopuerto de Australia Central hasta el Centro Arconata. Y entonces, Dominici, Stone y Havig esperaban en la antecámara del Tecnarca, mientras que Martin Bernard, solo, se encaraba con él en el interior.

El Tecnarca se dejó caer en su asiento tras de su imponente mesa de despacho y le hizo un gesto al Dr. Bernard para que tomase igualmente asiento frente a él. Contento de evitar que las piernas le siguieran temblando, el Dr. Bernard lo hizo así. Sabía lo que tenía que decir; pero resultaba inevitable que una fuerte tensión se apoderase de él.

Miró rectamente a la cara del Tecnarca. A aquellos oscuros y terribles ojos, la fuerte nariz, los amplios y ajustados labios, la barbilla cuadrada y el cuello musculoso. McKenzie daba la impresión de tener la fuerza de un toro. Bernard se preguntó cuánta de aquella fuerza iba a necesitar McKenzie para soportar lo que tenía que oír.

—Quería usted informarme, Dr. Bernard. Muy bien. Estoy extremadamente interesado en conocer en detalle cómo ha ido su viaje. —La voz del Tecnarca era firme, bien modulada y con el agudo matiz de fuerza que le era característico conformando cada sílaba.

—Comenzaré por el principio, pues, Excelencia.

—Una idea excelente.

¡Buen principio!, pensó Bernard para sí. Los ojos del Tecnarca reflejaban impaciencia, burla, tal vez. Con una voz segura y tranquila, el Dr. Bernard comenzó:

—No tuvimos dificultades técnicas en llegar hasta el planeta de la colonia extraterrestre. Tomamos tierra, observamos a los extraños durante un rato y finalmente nos dimos a conocer a ellos. El doctor Havig hizo un excelente trabajo de lingüística al enseñar a los extraños a hablar el terrestre. Se llaman a sí mismos norglans, a propósito. Les hicimos comprender claramente que íbamos a negociar un tratado. En ese momento, los norglans nos dejaron para volver poco después, con dos de sus superiores más grandes físicamente y evidentemente mucho más inteligentes, puesto que fueron capaces de absorber toda la instrucción de una semana sobre la Tierra en sólo unas pocas horas, de su compañero. Cuando se encontraron con nosotros pudieron hablar perfectamente en nuestro idioma, mejorando en tal aspecto a cada minuto que pasaba.

—¿Y qué dijeron?

Bernard se inclinó hacia delante, apretando las dos manos tensamente.

—Les explicamos con absoluta claridad que las fronteras de nuestras respectivas esferas de expansión estaban a punto de chocar y les mostramos que era el deseo de la Tierra el llegar a un arreglo pacífico inmediatamente, más bien que dejar que las cosas llegaran a una eventual colisión, y con ello, la guerra.

—¿Sí? ¿Y cómo reaccionaron?

—Muy mal. Escucharon cuanto tuvimos que decirles y después, nos presentaron una contraposición: que la Tierra se confinase a sí misma en los mundos ya colonizados, dejando el resto para Norgla.

¡Qué! —La furia lanzaba destellos en los ojos del Tecnarca—. ¡Eso es la cosa más absurda y sin sentido que pueda oírse! ¿Quiere usted decir que ellos propusieron decididamente que cesara la expansión de la Tierra? ¿Que abdicásemos de nuestro poder galáctico?

Bernard asintió con un gesto de la cabeza.

—Esa fue precisamente la forma en que ellos plantearon la cuestión. La Galaxia es de ellos, a nosotros se nos permitiría solamente poseer lo que ya tenemos; pero nada más.

—Y usted rechazaría semejante disparate, por supuesto.

—No tuvimos la oportunidad de poder hacerlo, Excelencia.

—¿Qué?

—Los dos embajadores norglans, tras haber estipulado claramente su ultimátum, se marcharon sin decir adiós y partieron en el acto para su planeta de origen. Evidentemente, poseen algo equivalente a nuestra transmateria para viajar entre los mundos de su sistema, Excelencia. Protestamos ante el supervisor de la colonia; pero nos dijo que no podía hacer nada; los embajadores se habían marchado y no volverían. Por tanto, las conversaciones quedaban automáticamente rotas. Y nosotros tuvimos que despegar hacia la Tierra.

McKenzie parpadeó incrédulamente, como si no quisiera dar crédito a sus oídos. En sus mejillas aparecieron unos puntos coloreados; la nariz se dilató con una rabia suprimida.

—Se dará usted cuenta de lo que significa este ultimátum. Estamos en guerra con esas criaturas, a despecho de todo…

Bernard levantó una mano, luchando por conservar su firmeza.

—Le ruego que me perdone, Excelencia. No he terminado con el relato de la jornada.

—¿Hay más todavía?

—Mucho más. Tiene que saber, que nos perdimos en nuestro viaje de regreso a la Tierra. El Comandante Laurance y sus hombres, emplearon horas y horas intentando que la astronave continuase su ruta debida; pero resultó algo imposible de conseguir. Emergimos del hiperespacio, finalmente, en la región de la Gran Nube de Magallanes. —Bernard sintió que un nudo le apretaba el estómago, porque sabía que cada palabra iba teniendo un terrible efecto en la mente del Tecnarca—. Estábamos perdidos en el espacio, a cincuenta mil parsecs de la Tierra, sin posibilidad de poder volver. Pero, de repente, nuestra astronave fue tomada por una fuerza irresistible. Fuimos arrastrados hacia un planeta de la Nube de Magallanes, habitada por unos seres que se identificaron a sí mismos como los rosgolianos. Son unos seres extraños… y con unos poderes mentales maravillosos, increíbles. La teleportación, la sicoquinesis y muchas otras capacidades. Ellos… leyeron claramente todos nuestros pensamientos. Nos interrogaron. Y después… trajeron a los dos embajadores norglans a través del espacio para reunirse de nuevo con nosotros.

22
Robert Silverberg: Colisión de los mundos 1
1
I 1
II 2
III 3
IV 4
V 6
VI 8
VII 9
VIII 10
IX 12
X 13
XI 14
XII 16
XIII 17
XIV 19
XV 20
XVI 22