Colisión de los mundos | Страница 18 | Онлайн-библиотека


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Los hombres de la Tierra se pusieron lo más cómodamente posible. No había muebles ni adornos apreciables en la habitación, sólo unos suaves cojines rojos en los que tomaron asiento. Aunque aquellos cojines resultaban maravillosamente cómodos, e invitaban a reclinarse en ellos, tanto Bernard como los demás, permanecieron en una posición de sentados como si lo hicieran en rígidos sillones.

En un instante determinado y como en un abrir y cerrar de ojos, aparecieron muchos rosgolianos en la estancia. Mirando de uno al otro, Bernard no pudo apreciar ninguna discernible diferencia, eran tan idénticos como si todos hubieran salido del mismo molde.

—El interrogatorio comenzará ahora —dijo la suave voz de otro (¿o sería de todos?) de los rosgolianos.

—¡No responderemos nada! —restalló Laurance repentinamente—. No les daremos ni una pizca de vital información. Recuerden, somos aquí prisioneros, sin importar lo bien que puedan tratarnos.

A despecho de la abrupta salida de tono del Comandante, comenzó el interrogatorio. No había nada que Laurance pudiese evitar. No se oía una palabra, ni incluso en su peculiar voz mental, pero, sin la menor duda, se produjo un verdadero flujo de información de todo tipo. Los rosgolianos estaban obteniendo sin el menor esfuerzo lo que deseaban saber, sin molestarse en hacer preguntas.

El interrogatorio pareció haber durado sólo un instante; aunque Bernard no pudo estar seguro, tal vez habría durado horas, pero tales horas se hallaban reducidas y encogidas a un punto en el tiempo. Le fue imposible decirlo. Pero sintió que le extraían del cerebro toda la información posible.

Los cuatro rosgolianos, extrajeron de sus mentes, a juzgar por lo que hicieron con Bernard, todo: su infancia, su desastroso primer matrimonio, su carrera académica, sus intereses y aficiones, su segundo matrimonio, y su divorcio que no había lamentado nunca. Todo le fue sacado en un instante, examinado, descartado como cuestión personal lo que no tuviera interés y barajado por aquellos seres de luz.

En una segunda fase, se enteraron del requerimiento que le había hecho el Tecnarca, el viaje hasta la colonia de los norglans y de la reunión tan insatisfactoria con ellos y el derrotado viaje de vuelta a la Tierra.

Después, todo terminó. Los tentáculos del pensamiento que los rosgolianos habían insertado en los cerebros de los terrestres, se retiraron tan sutil y misteriosamente como se hubieron introducido. Bernard parpadeó unos instantes, ligeramente conmocionado por los contactos. Le pareció sentirse vaciado por dentro, hueco, agotado. Creyó que su cerebro había sido estrujado, examinado cuidadosamente y vuelto a poner en su sitio exactamente como antes de comenzar la operación.

Y los rosgolianos estaban riendo.

No había ruidos en la habitación, y como siempre, los rostros de los extraños seres estaban velados por una luz impenetrable. Pero la impresión de la risa se cernía en el aire. Bernard se sintió enrojecer, sin saber exactamente por qué tenía que sentir vergüenza. No tenía nada en su mente de lo que tuviera que sentirse avergonzado. Había vivido su vida, buscando los fines que había considerado deseables, no había engañado a nadie ni burlado o hecho daño a ninguna persona intencionadamente. Pero los rosgolianos estaban riéndose.

¿Se estarán riendo de mí? —pensó—. ¿O será de alguien de los que están aquí? ¿O de todos nosotros, de la raza humana?

Aquella risa sin sonido, cesó. Los rosgolianos se aproximaron unos a otros, hasta el extremo de que sus campos de luminosidad parecían estar en contacto entre sí.

—¡Se están riendo de nosotros! —exclamó Laurance en son de guerra—. ¡Riéndose, ustedes, malditos seres superiores!

Bernard volvió a tocarle en el brazo. —Laurance…

La respuesta de los seres luminosos les llegó gentil y tal vez ligeramente tocada de un matiz de reproche.

—Sí, estamos divertidos. Les rogamos nos perdonen, hombres de la Tierra; pero nos sentimos divertidos.

De nuevo, la risa comenzó a percibirse, aunque más silenciosamente. Bernard creyó comprobar que aquellos rosgolianos no eran tan completamente nobles y superiores como los había estado considerando hasta entonces. Se reían frente a las luchas y problemas de una joven raza. Era una risa protectora. Bernard frunció el ceño indeciso, tratando de encajar la risa en el patrón de la cultura que estaba construyendo mentalmente respecto de los rosgolianos. Los ángeles no se sienten protectores en semejante medida. Y hasta aquel momento, les había considerado casi como criaturas angélicas, con sus auras de luz y su serenidad de movimientos y sus recursos al parecer infinitos de poder mental. Pero los ángeles no deberían reírse de los mortales en aquella forma.

—Les vamos a dejar solos por un rato —dijeron los rosgolianos.

La luz se desvaneció. Los terrestres volvieron a mirarse los unos a los otros, desconcertados, sin saber qué decir.

—Así es como teníamos que ser interrogados —dijo Dominici—. He sentido perfectamente algo patrullando por mi cabeza… sin que pudiera hacer nada por evitarlo. Imagínense… ¡unos dedos que recorren el cerebro al descubierto! —Y se estremeció de pánico ante el recuerdo de lo sucedido.

—Bien, así resulta que somos unos animalitos domésticos —dijo Laurance amargamente—. Supongo que los rosgolianos vendrán desde todo el Universo para jugar con nosotros.

—¿Por qué están haciendo todo esto? —preguntó Hernández—. ¿Por qué han tenido que arrastrarnos hasta aquí para convertirnos en juguetes?

—Y lo que es más importante —intervino entonces Dominici—. ¿Cómo vamos a hacer para salir de aquí?

—No lo haremos —dijo Bernard categóricamente—. No, a menos que los rosgolianos decidan que podamos irnos. No somos exactamente dueños de nuestro propio destino.

—Se está volviendo usted un derrotista, Bernard —dijo Dominici en tono de advertencia—. Desde el primer momento en que esos seres nos aprisionaron, ha estado usted considerando todas las cosas por el lado más negro posible.

—No hago más que considerarlas de forma realista. No creo que salgamos ganando nada con engañarnos a nosotros mismos. Estamos metidos en un buen apuro. ¿Cómo cree que vamos a escapar, Dominici? Vamos, responda. ¿Dónde está la astronave?

—Vaya… uh…

Dominici se calló, sin saber qué seguir hablando. Con un frío fruncimiento de sus facciones, salió hasta la puerta de la casa. La puerta se retiró obedientemente ante su aproximación y salió al aire libre de la calle. Los otros le siguieron a través de la obligada abertura que daba al exterior.

Unas verdes colinas parecían rodar suavemente, ondulando hasta el horizonte lejano.

Unas pequeñas y flecosas nubes rompían el azul metálico del cielo.

No había el menor signo de la astronave.

En absoluto.

Bernard se encogió de hombros, como desamparado.

—Ya lo ven ustedes, podemos estar en cualquier parte de este planeta. En cualquier punto, sin tener la menor idea de dónde ni en qué lugar. A cinco, diez o a mil quinientas millas de la astronave. ¿Y dicen ustedes que soy un derrotista? ¿De qué forma vamos a volver? ¿Por la transmateria? ¿Por teleportación? ¿O a pie? ¿Qué dirección debemos seguir? No estoy tratando de ser pesimista. Es sencillamente que no veo la forma de que nos consideremos libres para hacer absolutamente nada por nuestra cuenta.

—Entonces, somos prisioneros —dijo Dominici con amargura en la voz—. ¡Prisioneros de esos… esos super-seres!

—Incluso aunque pudiésemos llegar hasta la astronave —dijo entonces Havig—, ellos podrían hacernos volver a su gusto, en la misma forma que lo hicieron originalmente. Bemard tiene razón. Estamos totalmente a su merced. Es una situación que no podemos alterar.

—¿Por qué no reza usted? —dijo Stone.

Havig se limitó a encogerse de hombros.

—Nunca he dejado de hacer mis oraciones. Pero me temo que hemos caído en una situación que Dios ha determinado para nosotros, y de la cual Él no nos sacará hasta que se haya cumplido su propósito.

Bernard se arrodilló en la pradera al exterior del edificio. Arrancó un puñado de hierba, dentada en el filo de sus hojas como si fuesen pequeñas sierras, experimentando el salvaje placer perverso además de cortarse la piel con ellas.

Había sido una dolorosa experiencia para un ser inteligente, el haber sido arrastrado tan suavemente hasta aquel planeta paradisíaco, contra su voluntad y de una forma tan sutil y terrible al mismo tiempo. Aquello golpeaba directamente en el alma de un hombre, anulándolo, hasta convertirlo en algo desamparado, dejándolo en tal suerte de sonriente cárcel. Bernard apretaba los puños y los extendía casi con furia. Sus recuerdos volaron hacia tan poco tiempo atrás, en el momento en que el Tecnarca le había sacado de su vida cómoda y agradable. Entonces, me sentaba en mi vibro-sillón y vivía mi vida tranquila y confortable. Ahora soy un representante de la Tierra, en quién sabe qué macrocósmico juicio.

—¡Eh! —exclamó Dominici— ¡Comida!

Bernard se volvió. Captó de un vistazo una luz que se desvanecía y, extendido sobre la hierba, frente a la casa, vio unas bandejas de alimento variado. El hambre ya le estaba asaltando el estómago y se dio cuenta de que estaban todos muy lejos de la astronave, lejos de los alimentos de la Tierra, y sin la menor idea de cómo volver.

—Creo que deberíamos tomar esos alimentos —dijo—. Lo peor que podría suceder es que nos mataran.

Tomó un pequeño pastel dorado y lo probó experimentalmente con sumo cuidado. Se le disolvió literalmente en la boca, fluyéndole garganta abajo, como si fuese miel. Se comió otro y después volvió la atención hacia unas verduras y productos vegetales en forma de trozos de calabaza azulada y a una jarra cristalina de un vino claro de color amarillo. Había también unos frutos blancos y traslúcidos del tamaño de las cerezas. Todo estaba realmente delicioso, y resultaba francamente imposible sugerir que tan delicados alimentos pudiesen ser venenosos para los terrestres y su metabolismo. Comió hasta hartarse y comenzó después a vagabundear por la hierba, sin dirección fija.

El sol estaba cayendo ya hacia el horizonte occidental en aquel momento. Próximo al horizonte, se podía ver una pequeña luna, baja aún en aquel cielo de la tarde ya bien entrada, visible como una pequeña perla contra el azul más oscuro del cielo. Era una escena de simple belleza, al igual que la comida lo había sido, y como los pequeños edificios de los rosgolianos habían sido sencillos. Aquella simplicidad sola, argumentaba en favor de la enorme antigüedad de aquellas gentes. Habían sobrepasado el estadio cultural de encontrar la virtud en el tamaño y en la complejidad de las cosas, para vivir en la Era serena de la sencillez y de los horizontes limpios y despejados. Si vivían tan esparcidos como la vista de aquel panorama parecía indicar, no existirían muchos rosgolianos en aquel mundo; pero tal vez existiesen miles de otros mundos rosgolianos colgados como puntos en el espacio, cada uno con unos pocos miles de habitantes solamente.

Creyó encontrar placer en tal vida, él que había gozado siempre de la soledad y la quietud, de la paz y el aislamiento de su propia vida privada, de su propio piso de Londres y del silencio de su retiro de estudio en la Sirte Mayor.

—¿Qué es lo que quieren de nosotros? —preguntaba Hernández en aquel momento.

—Les divertimos —repuso Laurance—. Tal vez se cansen de nosotros más pronto o más tarde y nos dejen ir.

—¿Dejarnos ir, dónde? —preguntó Nakamura especulativamente—. Estamos a más de cien mil años luz de la Tierra. ¿O será que los rosgolianos nos ayuden a volver y encontrar nuestro camino cuando se decidan a dejarnos ir de aquí?

—Si es que nos dejan —corrigió Dominici.

—No creo que nos guarden aquí por mucho tiempo —sugirió Bernard, rompiendo su largo silencio.

—¿Eh? ¿Y cómo lo sabe usted?

—Porque no encajamos en absoluto en la disposición general de las cosas de este planeta —replicó el sociólogo—. Somos como unos espantapájaros en este panorama. Los rosgolianos, tienen su propia vida tranquila y serena que vivir. ¿Por qué tendrían que instalar a un puñado de bárbaros sobre su tranquilo mundo, para alterarlo y estropearlo todo? No, nos dejarán ir cuando hayan llevado a cabo algún propósito definido, que por ahora, sólo ellos conocen. Me resulta muy difícil considerar a estas criaturas como una especie de guardianes de un Zoológico.

La noche se aproximaba rápidamente. Era un mundo antiguo, pensó Bernard, una raza antigua, un sol viejo, con días cortos y noches prolongadas.

Unas estrellas totalmente desconocidas y no familiares, comenzaron a asomarse por la gris luminosidad del crepúsculo. Más tarde, cuando la oscuridad había reemplazado al vago crepúsculo, sería posible ver el Universo Isla en el cual el Sol de la Tierra era meramente un indistinguible punto de luz.

La oscuridad completa se vino encima a toda prisa. Los terrestres entraron una vez más en el pequeño edificio que se les había destinado, donde un cálido resplandor luminoso lo hacía más agradable que el aire frío del exterior de la pradera.

—Bien, ¿qué hacemos? —preguntó Dominici, y como a nadie en particular—. Nos dispondremos a dormir y esperar que llegue la mañana…

—¿Hay acaso algo que podamos hacer más? —dijo Havig—. No tenemos mucho que elegir en cuanto a diversiones. Podemos dormir, pensar y rezar.

—Ruegue por nosotros, Havig —dijo Laurance con voz calmosa—. Hable con ese Dios suyo, y pídale que arregle las cosas para que podamos volver a casa.

—No creo que pueda hacerlo, Comandante. ¿No creen los neopuritanos que es algo irreverente pedir favores especiales?

Havig mostró una de sus raras sonrisas.

—Los dos tienen razón y a la vez están equivocados, amigo Bernard. Sentimos como una impertinencia hacia Dios el solicitarle bienes de este mundo, lujos o poder. Esto no sería una oración: la oración es una plena comunicación, la comunicación, el amor. No mendigar nada. Pero, por otra parte, el pedir por nuestra salvación o nuestro bienestar… difícilmente puede considerarse como irreverente. Dios quiere de nosotros que le pidamos las cosas que nos sean necesarias, pero creyendo siempre que su Voluntad sea buena y que Su decisión es siempre para lo que mejor nos conviene.

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Robert Silverberg: Colisión de los mundos 1
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