Colisión de los mundos | Страница 13 | Онлайн-библиотека


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—Creo que la cosa va en serio —dijo Bernard—. No parece que esto tenga remedio. Es posible que estén fanfarroneando; pero lo hacen de firme.

—¡Puff! ¡Los grandes señores no se quieren molestar en hablarnos! —gruñó Dominici—. ¡Marchaos, hombrecitos de la Tierra! ¡No nos molesten! ¡Están provocando la guerra!

—Tal vez sea eso lo que quieren —repuso Bernard—. O quizás se imaginen que somos unas obedientes criaturas insignificantes que nos volvamos a casa para quedarnos dentro de las fronteras que ellos nos permiten tener…

—Esto nos viene como un castigo por nuestro orgullo —dijo Havig—. Estuvimos en el Universo solos por demasiado tiempo. En la soledad, un hombre desarrolla una extraña fantasía hacia el poder… fantasías que se caen por su base cuando sabe que ya no está solo.

—Bien, caballeros, supongo que debemos volver a la Tierra —dijo con calma el Comandante—. ¿O quieren todavía decir algo a Zagidh antes de que nos vayamos?

Bernard sacudió la cabeza negativamente.

—No hay nada que podamos decirle más.

—Sí, creo que debemos marcharnos. Hemos llegado a un callejón sin salida. El Arconato tendrá que decidir qué va a suceder… y no nosotros —opinó tristemente Stone.

El grupo se volvió hacia los vehículos y comenzó a alejarse de la colonia norglan. Volviendo la cabeza hacia atrás, Bernard comprobó que nadie se preocupaba de observar su partida. Aquello le tenía totalmente sin cuidado a todos los norglans.

Viajaron de vuelta a la astronave a través de las onduladas colinas y las praderas, por el sendero ya casi bien formado y en silencio. Bernard sentía que su corazón era un pedazo de frío plomo contra sus costillas. Se estremeció pensando en lo que tendría que decirle al Tecnarca a pocos días fecha. McKenzie se pondría furioso; quizá la galaxia ardería en una guerra espantosa tan pronto como las naves del modelo superlumínico estuviesen dispuestas en suficiente número.

—Así… creo que iremos a la guerra —dijo Stone, al fin—. Y ni siquiera sabemos realmente, contra quién tendremos que luchar.

—Ni ellos saben tampoco quiénes somos nosotros —hizo resaltar Laurance—. Seremos como unos ciegos que luchan en la oscuridad. Nuestro principal objetivo será el hallar Norgla y el suyo localizar la Tierra.

—¿Y si no disponen de naves superlumínicas? —apuntó Bernard. No estarían en condiciones de llegar a la Tierra; pero nosotros sí que podríamos atacarles de firme.

—Hasta la primera ocasión en que capturen una de nuestras astronaves —comentó Laurance—. Tienen que disponer de la propulsión superlumínica. De otra forma, no creo qué se arriesgasen a una guerra tan a la ligera.

Desde la parte delantera del vehículo, Clive soltó una risita burlona.

—Es curioso… —dijo—. Hemos podido seguir como estábamos durante miles de años sin haber caído jamás cerca de esos norglans. Si no hubiésemos construido el XV-ftl, y si no hubiese dado la casualidad de haber tomado contacto con un planeta colonizado por ellos, y si el Tecnarca no hubiese decidida negociar por adelantado el conflicto…

—Esos son muchos síes —comentó Bernard.

—Pero son todos válidos —protestó Clive—. Si nos hubiéramos ocupado de nuestros propios asuntos y expandido a un ritmo normal, nada de todo esto hubiera ocurrido.

—Lo que dice su subordinado está muy cerca de la traición —dijo Stone al Comandante.

—Déjele que hable —repuso el astronauta con un encogimiento de hombros—. Ya hemos encuchado a los Arcontes y ¿a dónde nos están llevando? Precisamente al mismo problema de la guerra que el Arconato se propuso abolir al establecerse, por tanto…

¡Laurance! —restalló Bernard. El Comandante sonrió con calma.

—¿Cree también que estoy hablando como un traidor? Muy bien, cuélguenme en el árbol más cercano al de Clive. Pero ésta será la guerra que tendrá que afrontar McKenzie ¡por el Espacio! Y se gane o se pierda, lo más seguro es que el Arconato se vaya al cuerno.

X

Las palabras desafiantes de Laurance permanecieron en la mente de Bernard, mientras que éste se dirigía hacia su cabina preparándose para el despegue. No era frecuente que se oyera de nadie expresar un antagonismo tan libremente frente al Arconato, especialmente cuando aquel estallido de rebeldía procedía de un hombre de la talla de Laurance. Bernard comprobó que el pequeño intercambio de palabras al respecto, le habían excitado los nervios en mayor medida que la que era de esperar. Estamos condicionados en el amor y el respeto al Arconato, pensó. Y no nos damos cuenta de cuan profundamente se halla arraigado ese acondicionamiento mental, hasta que surge alguien que roza el problemas.

Resultaba extraño el pensar que se criticase al Arconato o a cualquier Arconte en particular. Al hacerlo así, se producía virtualmente una demostración atávica del urgente deseo de volver a los días de la terrible confusión que precedieron al Arconato. Y tal retorno a semejante situación, era, desde luego, inconcebible.

Los Arcontes habían gobernado la Tierra desde los lejanos días de la edad del espacio en sus comienzos. El Primer Arconato había surgido de la anarquía de pesadilla del siglo XXII, de la desorganización y la desesperación del género humano; trece hombres fuertes y verdaderos, habían empuñado las riendas del mando y establecido las cosas en su justo lugar. Antes del Arconato, la humanidad, dividida en nacionalidades, no había hecho otra cosa que agitarse en guerras intestinas y lanzarse unas a otras a la garganta como perros rabiosos, mientras que las estrellas esperaban en vano. Pero la invención por Merriman, de la transmateria, había hecho posible la promulgación del Arconato, con el propio Merriman como el primer Tecnarca, hacía ya cinco siglos. El hombre había aceptado el gobierno de la oligarquía y los Arcontes habían llevado al hombre hacia las estrellas.

Y, entrenando y eligiendo a sus propios sucesores, el Arconato había permanecido firme como una roca, como un cuerpo de suprema autoridad mundial, ya entonces casi tan sagrado para la Tierra como para cualquier otro planeta de su esfera de dominio. Pero Martin Bernard había estudiado muy bien la historia medieval y había aprendido que los patrones y sistemas del pasado demostraban que ningún imperio se sostenía por sí mismo indefinidamente. Todos y cada uno, a su tiempo, cometían su error fatal, para dar paso a otro sistema de gobierno.

¿Estaría a punto de terminar el ciclo del Arconato?, pensó Bernard mientras aguardaba impaciente el despegue de la astronave. Un mes atrás, semejante idea ni siquiera se le hubiera ocurrido. Pero quizás McKenzie —uno de los más grandes Tecnarcas desde Merriman, admitido por todos—, se había sobrepasado a sí mismo, había cometido el pecado que los griegos denominaban con la palabra hybris, al empujar a los hombres a romper las fronteras del límite de la velocidad. Aquel empuje desmedido y soberbio de McKenzie en el espacio interestelar, llevaría ahora la amenaza de una guerra devastadora a la Tierra, guerra que pulverizaría la paz de cinco siglos, con todos los logros adquiridos con su beneficio, aniquilando de paso en su caída, al Arconato, que pasaría al limbo del olvido con otros sistemas de gobierno y de suprema autoridad del hombre desde hacía ocho mil años.

Nakamura entró en la cabina.

—El Comandante Laurance, dice que estamos dispuestos a partir. ¿Están todos dispuestos en las literas de aceleración?

Hacia casa como un puñado de perros apaleados, reflexionó Bernard para sí. Comprobó los cinturones de seguridad y esperó la partida.

La señal llegó momentos después. Con sus estabilizadores retráctiles y posado en la pradera, el XV-ftl se erguía orgulloso, mientras que a diez millas de distancia, otra raza extraña estaba construyendo su colonia. Un trueno de iones lanzó la astronave hacia arriba, hasta que el planeta se fue alejando y desapareció como una mota brillante contra el llameante resplandor de aquel sistema cuyo sol ni tenía nombre. En el interior de la nave, Bernard yacía sobre su litera, sufriendo la inevitable tracción aceleratoria, tenso y con las molestias de tres G que el XV-ftl empleaba para su velocidad de escape.

El tiempo fue pasando monótono e incierto. El sociólogo dejó de pensar en nada; el pensar no era más que repasar el catálogo de las humillaciones sufridas, y repetir la cuenta del tratamiento que había recibido de manos de Zagidh y de los orgullosos norglans Skrinri y Vortakel. Esperó, con la mente ausente volando en el vacío espacial, mientras que la astronave incrementaba su velocidad en cada continuo instante de su aceleración.

Al fin, cesó la aceleración. La velocidad se hizo constante. Y todos pudieron relajarse.

Peterszoon entró en la cabina para informarles que la conversión al hiperespacio era inminente. El grande y talludo holandés, taciturno como siempre, se limitó a informar estrictamente del hecho y salió sin otras palabras. Peterszoon ya había dado claramente a entender que no tenía el menor interés en el viaje, y mucho menos en los cuatro pasajeros. Se le había ordenado por el Tecnarca servir en la tripulación, y eso estaba haciendo; pero las órdenes del Tecnarca no implicaban el sonreír a nadie.

Algún tiempo después, el gong de aviso comenzó a sonar. Bernard se puso tenso y nervioso. Entraban al no-espacio, al misterioso vacío del hiperespacio, lo que significaba en la práctica, que en menos de un día aterrizarían en la Tierra. No halló ninguna alegría en volver al hogar. En los tiempos antiguos —siguió pensando Bernard— un mensajero portador de malas noticias era muerto a renglón seguido. Nosotros no tendremos tanta suerte. Tendremos que vivir… y ser conocidos por siempre como los hombres que fueron derrotados por los norglans sin saber evitarlo.

Casi instantes antes de que llegara la conversión, Bernard se volvió para captar un vistazo final del sistema solar que quedaba atrás. No habían perdido por completo la vecindad de la estrella NGCR 185.143; brillaba en la pantalla con un disco apreciable todavía como una moneda de hierro de cinco créditos y fugazmente visible entre su resplandor, los oscuros puntos de sus planetas semiocultos. Después las luces de la cabina parpadearon y la pantalla se recubrió del gris indescifrable propio del hiperespacio. Bernard sintió el extraño golpe que le separaba del mundo que conocía.

Se había efectuado la conversión.

Ahora, transcurrirían diez y siete horas de espera terrible, sin fin. Bernard tomó un libro de su pequeño armario. Su existencia tan ordenada y simétrica de enseñar, leer y tomarse un brandy a sorbos regularmente, le pareció entonces infinitamente distante; pero esperó volver a captar algo, al menos, de la vida que le gustaba, antes de haber sido llevado a aquella misión capaz de destrozar los nervios de un superhombre.

¿Deberé compararte a un día de verano? Tú eres más hermosa y más atemperada fuertes vientos sacuden las flores de Mayo; el verano tiene un encanto fugaz, a veces el ojo del cielo brilla con demasiado fuego. Y con frecuencia su dorada luz amengua, y de tanto en tanto, todo se agosta y declina, en virtud de la naturaleza cambiante…

Bernard suspiró con una completa frustración, dejando a un lado el libro. Era inútil, absolutamente inútil.

—¿Qué está leyendo? —preguntó Dominici.

—No estoy. Estaba. No puedo concentrarme.

—Bien, ¿y qué era?

—Shakespeare. Un poeta inglés medieval.

—Sí, sí, he oído hablar de Shakespeare —dijo Dominici—. ¿Era uno de los verdaderamente grandiosos, verdad?

Bernard sonrió mecánicamente.

—El más grande de todos, según creen algunos. Tengo aquí uno de sus libros de sonetos. Pero es inútil leerlos. No puedo evitar el recordar que Shakespeare murió hace mil doscientos años; la cara de Skrinri se interpone entre la página y yo.

—Veamos, démelo, por favor. Nunca leí nada de eso. Tal vez me guste.

Encogiéndose de hombros, Bernard le alargó el libro. Dominici lo abrió al azar y casi en el acto, frunció el .entrecejo. Levantó los ojos de la lectura a los pocos instantes.

—¡Esto no puede leerse! No me diga que lo ha estado usted leyendo en el original… ¿Qué es esto? ¿Griego? ¿Sánscrito?

—Inglés —repuso Bernard—. Es una afición particular mía, el estudiar las antiguas lenguas. Pero siga adelante, fíjese en cada palabra y pronúnciela fonéticamente como pueda. El inglés de Shakespeare no está suprimido de la Tierra hace tanto tiempo. Es que parece extraño. Pero debe saber que esa lengua «extraña» es la antepasada directa de nuestro idioma.

Dominici hizo un signo de extrañeza nuevamente, murmuró unas cuantas palabras con gran dificultad, a título experimental y pareció rendirse.

—Creo que es algo imposible para mí. Incluso aunque pudiera descubrir todas las palabras, nunca captaría el sentido que tienen. Tómelo.

Bernard se hizo cargo del libro. Era singular; pensó, se había hecho de forma tan natural al antiguo inglés que lo leía sin la menor dificultad. Pero tuvo que admitir, que no era, en realidad muy contemporáneo respecto al lenguaje terrestre. Cientos de años de civilización utilizando la transmateria, había mezclado de tal forma las lenguas de la Tierra en una homogénea, que tenía sus fundamentos en el inglés, pero inmensamente distinta en su estructura universal.

Resultaba extraño pensar que había existido una época en que los hombres habían hablado centenares de lenguajes distintos, y miles de dialectos. Pero así había sido el mundo a pocos siglos de distancia en el pasado. Sólo la transmateria, capacitando a una persona para ser más veloz que el rayo en sus desplazamientos, había reafirmado la continua uniformidad del lenguaje terrestre y su cultura por todas partes.

Puso el libro a un lado. La concentración era imposible; intervenían en la mente demasiados factores de temor, extraños e impalpables. Se sintió las manos frías por la tensión interna. La pantalla visora no mostraba nada, excepto el gris extraño y sin configuración posible del hiperespacio; resultaba imposible también decir si se estaban moviendo; pero lo cierto es que allí estaban, salvando incalculables distancias del universo a cada fracción de segundo, lanzados hacia la Tierra a velocidades superlumínicas.

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Robert Silverberg: Colisión de los mundos 1
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