Al final del invierno | Страница 7 | Онлайн-библиотека


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— ¡No me hables en ese tono! — le espeto Kalide. Pequeña cobarde, debería…

— ¿Qué sucede aquí? — preguntó Delim, prorrumpiendo de repente. Era la cuarta de las obreras, una mujer robusta, de pelaje rojizo y tupido, y hombros pesados y caídos. Se interpuso entre Kalide y Cheysz, separándolas — ¿Ahora os creéis guerreras? Vamos, vamos. Fuera. Hay mucho que hacer. ¿Qué significa esto, Minbain? ¿Iban a pelear?

— Cheysz es algo impulsiva. Dijo algo descortés a Kalide. Ya se les pasará — respondió Minbain con suavidad.

— Hoy nos toca embalar alimentos otra vez — anuncio Delim —. Ya deberíamos empezar.

— Id vosotras — sugirió Minbain —. Yo vendré dentro de un momento.

Frunció el ceño a Cheysz; e hizo un gesto con la mano, urgiéndola a que se retirara. Tras un instante, Cheysz; se dirigió al corral, y Delim y Kalide la siguieron. Minbain liberó a Hresh de su abrazo sofocante. El niño dio un paso atrás, observándola.

— Quiero que olvides todo lo que has oído aquí — ordenó.

— ¿Cómo podría hacerlo? Sabes que nunca olvido nada.

— Lo que quiero decir es que no cuentes a nadie lo que dijo Cheysz.

— ¿Acerca de tener miedo a abandonar el capullo? ¿De preguntarse si acaso Koshmar no. se equivocaba con respecto a la Nueva Primavera?

— Ni siquiera me lo repitas a mí. Cheysz podría ser severamente castigada por decir cosas semejantes. Podrían expulsarla del Pueblo. Y sé que no quiso decirlo. Cheysz; es una mujer muy amable, muy cortés, muy asustadiza… — Minbain se detuvo —. ¿Tú tienes miedo de alejarte del capullo, Hresh?

— ¿Yo? — dijo, con un deje de duda en la voz.!Claro que no!

— Pues nadie lo hubiera dicho — respondió Minbain.

— Formad hileras. ¡Allí! — gritó Koshmar —. ¡En filas! Todos conocéis vuestros lugares. ¡A ellos, pues!

En la mano izquierda llevaba el Cetro de la Partida, y en P. derecha una espada de punta de obsidiana. Un manto amarillo brillante le surcaba el hombro derecho y el pecho.

— El mismo Hresh se sentía cohibido. ¡Por fin había llegado el momento! Su sueño, su mayor deseo, su alegría. La tribu íntegra se hallaba de pie, reunida en el Sitio de la Partida. Torlyri, la de las ofrendas, la de la dulce voz, accionaba la manivela que abría la pared. El muro empezó a moverse.

Penetró una ráfaga de aire fresco. La puerta estaba abierta.

Hresh contempló a Koshmar. Se la veía distinta. El pelaje se había henchido, y su tamaño parecía el doble de lo normal. Los ojos tenían la apariencia de pequeñas Las aletas de la nariz se agitaban, y las manos se movían imperiosas por encima de sus senos, que aparecían más henchidos de lo habitual. Hasta sus órganos sexuales estaban hinchados, como si se encontrara excitados. Koshmar no era una mujer — reproductora. Resultaba curioso verla tan acalorada. Alguna poderosa emoción debía estar arrastrándola, pensó Hresh. Alguna excitación producto del advenimiento de la Partida.

¡Qué orgullosa debía de sentirse de liderar a la tribu en su éxodo del capullo! ¡Qué emocionada! Advirtió que la misma excitación llegaba hasta él. Bajó la mirada. Su propio miembro viril estaba rígido y erecto. Los pequeños testículos caían pesados y firmes. El órgano sensitivo le palpitaba.

— ¡Muy bien…! Ahora, ¡adelante! — ordenó Koshmar. Moveos y mantened vuestra posición. ¡Cantad!.

En los ojos de muchos de los que le rodeaban, Hresh vio cómo se asomaba el terror. Los rostros aparecían petrificados de miedo. El pequeño observó a Cheysz: temblaba. Delim la sostenía por un brazo, Kalide por el otro, y la llevaban entre las dos. Había otras mujeres en su misma situación: Weiawala, Sinistine… Incluso algunos hombres, ni siquiera guerreros como Thhrouk y Moarn, apenas lograban ocultar la inquietud. A Hresh le costaba comprender por qué los demás sentían terror al contemplar el paisaje indómito y helado que se extendía ante ellos. Para él, la Partida era algo ansiado. Pero, para la mayoría, el éxodo parecía abatirlos con la fuerza de un hacha. Penetrar en este vasto misterio, fuera del capullo… Dejar atrás el único mundo que ellos y sus antepasados habían conocido durante toda una eternidad… No. No. Todos estaban despavoridos de miedo. Todos menos unos pocos. Era un sentimiento que Hresh reconocía con facilidad. Percibía que el desprecio por la cobardía y la compasión por el temor se fundían inextricablemente en una sola y confusa emoción.

— ¡Cantad! — volvió a gritar Koshmar.

Unas pocas voces dejaron escapar un sonido débil y estrangulado: eran Koshmar, Torlyri y Hresh. El guerrero Lakkamai, por lo general tan lacónico, comenzó de pronto a canturrear. Luego se escuchó la voz áspera y desafinada de Harruel, y la de Salaman. Y entonces, para sorpresa de todos, la de Minbain, quien casi nunca cantaba. Uno tras otro todos se fueron uniendo al canto, primero con incertidumbre, luego con más vigor, hasta que por fin las sesenta gargantas se estremecieron al unísono con el Himno de la Nueva Primavera:

Hoy termina la oscuridad. Hoy brilla la luz. Hoy llega la calidez. Hoy es nuestra hora.

Koshmar y Torlyri cruzaron el portal una junto a la otra. Detrás de ellas, Thaggoran, con paso quejumbroso. Y luego Konya, Harruel, Staip, Lakkamai, y el resto de los hombres adultos. Hresh, el tercero comenzando por el final, giraba la cabeza hacia atrás y entonaba la letra más alta que todos los demás:

Hoy salimos al mundo, con osadía y valor. Hoy somos los amos, Hoy hemos de gobernar.

Taniane le observo con ojos burlones, como si su canto estridente ofendiera sus delicados oídos. Haniman, ese niño regordete y pesado, también le miró con reprobación, mientras andaba detrás de Taniane como siempre. Hresh les sacó la lengua a ambos. ¿Qué le importaba la opinión de Taniane, o la de ese ojos de huevo de Haniman? Por fin había llegado el gran día. El éxodo del capullo al fin había comenzado; no importaba nada más. Nada más.

La primavera es nuestra, la nueva era de luz. Hoy Yissou nos concede predominio y poder.

Pero entonces atravesó el umbral y el mundo exterior le embistió de frente, como un gran puño. Muy a su pesar, se sintió sobrecogido, atónito, conmocionado.

La primera vez que se había escabullido, todo había sucedido demasiado de prisa, en una caótica confusión de imágenes, en un remolino de sensaciones. Y luego Torlyri le había atrapado, y allí había concluido su pequeña aventura, casi antes de haberse iniciado. Pero ésta era la auténtica. Sintió que el capullo y todo lo que representaba se desplomaba detrás de él y se hundía en un abismo. O que él mismo caía en el abismo y se zambullía en un vasto torrente de misterios.

Luchó por recuperar la compostura. Se mordió el labio, apretó los puños, respiró hondo. Observó a los demás.

La tribu se hallaba apiñada sobre la cornisa de piedra que se extendía junto a la salida. Algunos miembros lloraban con tristeza, otros contenían la respiración por el asombro, la mayoría se perdía en hondos silencios. Nadie parecía indiferente. El aire matinal era fresco y áspero, y el sol parecía un gran ojo atemorizado asomado en lo alto del cielo, en el lado opuesto del río. El cielo los aplastaba como si fuera un techo de color duro e intenso sobre el cual el viento movía densas espirales de niebla polvorienta.

El mundo se abría ante ellos como una desolación vasta y vacía, extensa en todas las direcciones por donde Hresh alcanzaba a mirar. No había muros, nada que los protegiera. Esta circunstancia era lo que causaba más temor: el espacio abierto… ¡No había paredes ni muros! Antes siempre habían encontrado alguna pared contra la cual reclinarse, algún techo por encima de la cabeza, algún suelo bajo los pies. Hresh imaginó que podía dar un salto hacia delante y lanzarse a los aires fuera de la cornisa, y flotar y flotar para siempre, sin chocar con nada. Aun la cúpula que formaba el cielo quedaba tan distante… Apenas la identificaba como un límite. En realidad,, lo atemorizaba posar la vista sobre un lugar tan inmensamente abierto.

Pero ya nos acostumbraremos, pensó Hresh. Tendremos que acostumbrarnos.

Sabía lo afortunado que era. Habían transcurrido una vida tras otra, miles de generaciones de existencias, y mientras tanto, el Pueblo había estado oculto en su cómoda madriguera, como ratones en su guarida, contándose historias de ese mundo portentoso y bello del cual habían provenido sus antepasados.

Se volvió hacia Orbin, que estaba a su lado.

— Nunca pensé que presenciaría todo esto. ¿Y tú?

Orbin sacudió la cabeza, en un movimiento mínimo y tenso, como si su cuello fuese una estaca.

— No. No, jamás.

— No puedo creer que estemos fuera — susurró Taniane. ¡Yissou, qué frío hace! ¿No nos congelaremos?

— Todo irá bien — la tranquilizó Hresh.

Observó la distancia gris. ¡Cuánto había ansiado poder contemplar siquiera una vez el mundo exterior!

Pero se había resignado a su suerte, sabiendo que sin duda su sino era vivir y morir en el capullo, como todos los que habían existido desde la época del Largo Invierno, sin poder tan sólo echar un vistazo a aquel mundo prodigioso que se extendía más allá de la puerta, excepto en las fugaces visitas prometidas para el día en que adquirían el derecho a escoger su nombre y entrelazarse. En el capullo se asfixiaba. Odiaba ese lugar. Pero no parecía haber forma de escapar. Y, sin embargo, allí estaban, al otro lado del portal.

— No me gusta nada todo esto. Quisiera estar dentro — dijo Haniman.

— Ojalá estuvieras allí — comentó Hresh, desdeñoso.

— Sólo alguien tan loco como tú podría querer estar aquí.

— Sí — asintió Hresh —. Así es. Y ahora he cumplido mí deseo.

El viejo Thaggoran le había enseñado los nombres de las antiguas ciudades: Valirian, Thisthissima, Vengiboneeza, Tham; Mikkimord, Bannigard, Steenizale, Glorm. ¡Qué nombres maravillosos! Pero ¿qué era exactamente una ciudad? ¿Muchos capullos uno al lado del otro? Y todas esas cosas de la naturaleza que había afuera: ríos, montanas, océanos, árboles… Había oído esos nombres, pero ¿qué significaban en realidad? Ver el cielo… el cielo… vaya, el día en que se escabulló de la dulce mujer de las ofrendas y se asomó por la salida, casi había estado dispuesto a dar la vida por ello. En realidad, casi la había dado. Si en aquel preciso instante el Sueñasueños no hubiese despertado, ¿le habría arrojado Koshmar fuera del capullo? Probablemente. Koshmar era estricta, como correspondía a una cabecilla. De no haber sido por el inesperado grito del Sueñasueños, le habrían expulsado y cerrado bien las puertas a sus espaldas. Estuvo en un tris de que así sucediera. Sí. Sólo la suerte le había salvado.

Hresh siempre se había creído dotado de una suerte fuera de lo común. Nunca lo había comentado a nadie, pero creía estar bajo la protección especial de los dioses. De todos, no sólo de Yissou, quien protegía a todos, o de Mueri, que consolaba a los afligidos, sino también de Emakkis, de Friit, de Dawinno, de esas deidades más remotas que gobernaban los aspectos más sutiles del mundo. En particular, Hresh entendía que era Dawinno el que guiaba sus pasos. Dawinno, el Destructor, el que había arrojado sobre el mundo las estrellas de la muerte, sí. Pero según él creía, no había sido por maldad. Las había enviado porque era lo que debía hacer. Había llegado la hora y debían caer. Ahora había que restablecer el mundo, y Hresh creía que en esta misión él desarrollaría un importante papel. Así, llevaría a cabo la tarea que Dawinno le había asignado. El Destructor también era el guardián de la vida, y no sólo su enemigo, como creía la gente con simpleza. Thaggoran le había enseñado todo eso. Y Thaggoran era el hombre más sabio que hubiese existido jamás.

Aun así, Hresh creía que el día de su intento de fuga la suerte le había sido escasa. Si le hubiesen arrojado por la puerta a ese mundo que tanto ansiaba ver — y lo habrían hecho: la ley era la ley, y Koshmar era severa, lo sabía — ¿qué habría sido de él? Una vez en el exterior habría podido subsistir solo ni medio día. Tal vez tres cuartos de día, si su suerte no lo abandonaba. Pero nadie tenía tanta suerte como para poder sobrevivir mucho tiempo solo en el mundo exterior. Sólo le había salvado la rapidez de Torlyri. Eso, y la misericordia de Koshmar.

Cuando se enteraron de lo ocurrido, sus compañeros de juegos se burlaron de él. Orbin, Taniane, Haniman… no podían comprender por qué había querido salir, ni por qué Koshmar le había levantado el castigo. Todos creyeron que se había querido matar. «¿No puedes aguardar al día de tu muerte? — le había preguntado Haniman. — Sólo faltan veintisiete años más.» Y se echó a reír, y Taniane rió con él, y hasta Orbin, su buen amigo había hecho un gesto burlón tras propinarle un golpe en el brazo. Hresh, el de las preguntas. Hresh, el que se quiere congelar. Así lo llamaron.

Pero qué importaba. Al cabo de unos días se habían olvidado de su pequeña aventura. Y ahora nada era igual.

La tribu se marchaba. Por segunda vez en unas pocas semanas, Hresh veía el cielo, y en esta ocasión no era un mero vistazo. Vería las montañas y los océanos. Vería Vengiboneeza y Mikkimord. Todo el mundo le pertenecía.

Hoy llega la calidez. Hoy es nuestra hora.

— ¿Esto es el cielo? — preguntó Orbin.

— Sí. Es el cielo — le contestó Hresh, orgulloso de haber estado allí antes, aunque sólo por unos minutos. Orbin, macizo y muy fuerte, tenía los ojos brillantes y una intimo amigo de sonrisa fácil y encantadora. Era el más íntimo amigo de Hresh ambos tenían exactamente la misma edad. Pero Orbin jamás habría osado intentar una fuga con él —. Y aquello que hay allí abajo es el río. Esto verde es la hierba. Y eso rojo es hierba de otra clase.

— El aire huele de un modo extraño — comentó Taniane —. Me arde en la garganta.

— Eso se debe a que hace frío — le explicó Hresh —. Después de un rato ya no te molestará.

— ¿Por qué hace frío, si el invierno ya ha terminado? — quiso saber.

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