Al final del invierno | Страница 66 | Онлайн-библиотека


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Se habían llevado un objeto del Gran Mundo: Hresh cargaba un extremo y Taniane el otro. Era el tubo hueco de metal, con una esfera encapuchada que encerraba aquella región de incomprensible negrura, y de cuya abertura emanaba una luz sibilante y poderosa. Hresh lo asía por el extremo encapuchado. El metal era tibio al tacto. Hresh se preguntaba qué magia escondía ese objeto, y cómo conseguiría examinarlo sin que el tubo lo llevara con las antiguos usuarios, dondequiera que fuera.

— ¿Te parece bien aquí? — preguntó Hresh.

— Un poco más cerca del asentamiento — sugirió Taniane —. Si este plan que se te ha ocurrido tiene éxito y los hjjks caen en la confusión, podremos atacarlos por este lado mientras Harruel y sus guerreros se imponen por el flanco contrario.

— Bien — aceptó Hresh —. Nos acercaremos un poco más. Y el plan dará resultado, Taniane. Estoy seguro.

Prosiguieron un trecho más. La noche estaba ya cayendo. Taniane señaló un lugar algo elevado, donde encontraron una roca plana sobre la cual pudieron montar el tubo. Lo apuntalaron con otras rocas. Hresh lo colocó en la posición correcta. Y apenas quedó erguido, cobró vida y crepitó misteriosamente emitiendo luz. Una vez más sintió la insidiosa tentación que ejercía el objeto sobre él, su influjo hechicero. Pero estaba preparado para resistirlo. Dando un paso atrás, sometió a prueba el objeto arrojando una piedra hacia la capucha. EL circulo de luz brilló: azul, rojo, púrpura salvaje. La piedra desapareció en el aire.

Hresh musitó una plegaria de agradecimiento a Dawinno. Daba gracias al dios por los favores recibidos, pero además comenzaba a estar satisfecho de sí mismo. El plan se desarrollaba bien.

— ¿Cómo atraerás a los hjjks? — preguntó Taniane.

— Eso déjalo de mi cuenta — dijo Hresh.

Harruel no comprendía lo que estaba ocurriendo. Toda la tarde había aguardado con la tribu sobre el borde del cráter, viendo cómo los hjjks se acercaban cada vez más, y de pronto, al ponerse el sol, los seres-insecto se habían detenido con evidente intención de atacar el cráter al romper el alba. Había esperado morir ese día, cuando la Ciudad de Yisson recibiera el impacto de la embestida hjjk. En realidad, no sólo estaba dispuesto a morir, sino que lo deseaba, pues la vida había perdido todo atractivo para él. Estaba amaneciendo y más o menos el ataque había comenzado. Tanto él, como Salaman y Konya habían esperado una invasión metódica, brutalmente organizada, propia de los insectos. Al fin y al cabo, eso eran: una especie de insectos, aunque mucho más grande e inteligente.

Pero en lugar de eso, los hjjks parecían haberse vuelto locos.

La ruta que habían seguido tenía que conducirlos directamente al centro del cráter. Pero ahora Harruel observaba azorado cómo rompían filas. Su formación se desorganizaba en un enjambre salvaje y confuso. Miró sorprendido mientras los hjjks corrían de un lado a otro por la planicie, formando pequeños grupos que en seguida se deshacían, y volvían a unirse para dispersarse de nuevo. Todos hormigueaban sin propósito alrededor de un grupo que parecía mantener la posición en el centro del enjambre enloquecido.

— ¿Sería un truco? ¿Con qué objeto?

Y los bermellones también parecían haberse vuelto locos. Con la primera luz del alba, Salaman había llegado con la inquietante noticia de que había visto a las bestias gigantes salir en estampida hacia el oeste y desaparecer en un inhóspito terreno cenagoso que se extendía en esa dirección. Pero al cabo de un rato descubrieron que sólo la mitad de los bermellones había hecho eso. El resto, tras romper filas, andaba a la deriva por la planicie del norte en grupos de dos o tres, o solos. Prevalecía la más absoluta confusión. Seguía siendo peligroso que tantas bestias anduvieran merodeando cerca de la ciudad, pero pronto comprendieron un hecho indudable: los hjjks no podrían conducir al cráter a los monstruos como fuerza organizada de combate. Habían perdido por completo el control de los bermellones. Y, al parecer, también de sí mismos.

Harruel sacudió la cabeza:

— ¿Quién estará haciendo esto? — preguntó a Salaman.

— Creo que Hresh.

— ¿Hresh?

— Está cerca de aquí.

— ¿Tú también te has vuelto loco? — estalló Harruel. — Lo percibí ayer por la noche — explicó Salaman —. Cuando estaba sentado en mi atalaya, donde tuve la primera visión de este ejército que hoy nos rodea. Proyecté la segunda vista y sentí que Hresh estaba cerca, y también el resto de la tribu de Koshmar. Prácticamente todos, excepto Koshmar y Torlyri. Habían seguido nuestro rastro por el bosque y habían acampado al este de la ciudad.

— Estás tan loco como esos hjjks — gruñó Harruel —. ¿Hresh aquí? ¿El Pueblo?

— Mira. ¿Quién podría atacar así a los hjjks y a los bermellones? ¿Quién, sino Hresh? Mi primera visión fue correcta, Harruel. Confía en lo que te digo.

— Hresh… — musitó Harruel —. ¿Aquí, para pelear con nosotros? ¿Cómo es posible? ¿Cómo? ¿Cómo?

Se quedó de pie, escudriñando, tratando de encontrar alguna explicación para lo que estaba ocurriendo al norte, mientras el sol se elevaba La luz que provenía del este iluminaba media planicie. Sin duda, la confusión tenía un punto de origen. Los hjjks parecían estar esforzándose por llegar a un lugar más elevado que el resto, donde se había reunido una masa caótica de seres-insecto. Harruel trataba de localizar a Hresh en algún sitio, pero no lo conseguía. Salaman debe haberlo soñado, pensó Harruel. Thaloin se acercó corriendo desde el borde este, haciendo señales de alarma.

— ¡Harruel! ¡Harruel! ¡Los hjjks al este! ¡Konya los está conteniendo, pero venid! ¡Venid!

— ¿Cuántos?

— Unos pocos. No más de cien, creo.

Salaman se echó a reír.

— ¿Cien te parecen pocos?

— Pocos, comparados con los que hay en la planicie.

Harruel cogió a Salaman por el brazo y le sacudió.

— ¡Vamos a ayudar a Konya! ¡Thaloin, haz correr la voz de que los hjjks intentan penetrar por el borde este! — Dio media vuelta, y salió disparado hacia la zona de combate.

Harruel vio que Thaloin se había quedado corta en su cálculo, y no por poco. Tal vez fueran trescientos hijks, un grupo que se había separado del enloquecido enjambre. Irrumpían por encima del cráter. Con ellos unos pocos bermellones, no muchos pero los suficientes para aplastar los espinos y arbustos que habían colocado fuera del borde asestando golpes de espada a los insectos de gigantesco pico que asomaban por el contorno. Nittin estaba a su lado, y para sorpresa de Harruel, también Minbain y su hijo Samnibolon. Todos se enfrentaban con valentía al invasor.

El rey respiró hondo y partió al centro del grupo, lanzando su grito de guerra:

— ¡Harruel! ¡Harruel!

Un hjjk apareció ante él agitando sus numerosas y brillantes extremidades. Harruel le rebanó un brazo con un rápido golpe de hoja, y con un empellón derribó al enemigo al otro lado del cráter. Otro asomó en su lugar, y Harruel también acabó con él. Y un tercero acometió contra Salaman, muy cerca de él. Harruel miró alrededor y vio a Samnibolon, espantando con valor a los hjjks. Una vez más comprobó que luchaba muy bien para ser un niño. Su velocidad y agilidad superaban ampliamente su edad.

— ¡Harruel! — gritó el rey, en pleno fragor —. ¡Harruel! ¡Harruel!

Miró hacia abajo, más allá de la loma del cráter. Había cientos de hjjks moviéndose por doquier, de modo confuso y sin organización. Sin duda, podrían hacerles frente de uno en uno, y sin era necesario contra dos o tres a la vez, como en la anterior batalla.

El resto de los hjjks, el cuerpo principal del ejército, seguía insistiendo sobre aquel punto elevado de la planicie. El sitio bullía como un hormiguero. Durante un instante los frenéticos enjambres se separaron, y Harruel distinguió algo metálico que brillaba en medio del caos, y atisbó un haz de luz de muchos colores vivos. Y luego los hjjks se abalanzaron hacia dentro y ocultaron el objeto que había en el centro de la zona. Le pareció que los demás hjjks los más distantes, se apartaban ahora del lugar de la batalla… que se dirigían al norte, o al este, rumbo al bosque, o que rodeaban el borde del cráter y partían hacia el sur. Que se fueran donde quisieran, mientras no marcharan contra su ciudad, mientras se alejaran de aquel escenario de locura que tan repelente debía de ser para sus ordenadas mentalidades.

Así pues, todavía quedaba una esperanza. Si los defensores de la ciudad podían salvaguardar el cráter de este puñado de guerreros hjjks, conseguirían salir con vida de la situación.

Harruel, sonriendo, acabó con dos hjjks que asomaron frente a él como espectros.

Luego, Salaman le tocó el brazo.

— ¿Ves allá? ¿Allí, Harruel? ¿En el límite del bosque?

Harruel se volvió al este y contempló la región, donde Salaman le indicaba. Al principio no vio nada, encandilado por el duro resplandor del sol matinal. Pero luego se tapó los ojos y proyectó la segunda vista. Sí… sí…, sí…

Había gente conocida. Orbin, Thhrouk, Haniman, Staip, Praheurt. Todos guerreros. Hresh. Taniane. ¡El Pueblo! Emergiendo del bosque, acercándose al borde del cráter. Luchando para abrirse paso hacia la ciudad, derribando hjjks en su avance. ¡Aliados! ¡Refuerzos!

De la garganta de Harruel escapó un poderoso grito.

Los dioses no le habían olvidado. ¡Le habían enviado amigos para que le ayudaran en este día aciago! ¡Le perdonaban todos sus pecados, le habían redimido! ¡Estaba salvado!

— ¡Yissou! — gritó —. ¡Dawinno!

— A tu izquierda, Harruel — le avisó Salaman.

Miró a su alrededor. Cinco hjjks y un bermellón grande como una montaña. Harruel se lanzó salvajemente contra ellos, extendiéndose por todos los flancos. Salaman fue en su ayuda. Y también Konya.

Sintió una mordedura de fuego en el brazo herido. Giró y vio que un hjjk se tiraba contra él, dispuesto a atacarlo de nuevo. Le segó la garganta. Luego sintió un golpe en la espalda. ¡Estaban por todas partes, a su alrededor, brotando como hierbas de la ladera de la colina! Salaman gritó su nombre y Harruel se volvió otra vez, agitándose. De nada servía. De nada. Estaban por todas partes. El bermellón rugía y pisoteaba. Y entonces su pata inmensa cayó sobre un hjjk tendido en el suelo y lo aplastó. Harruel rió. Golpeaba a diestro y siniestro. Era demasiado pronto para abandonar las esperanzas. ¡Los mataría a todos, si? Pero en aquel instante, algo le horadó la espalda, y un objeto igualmente agudo se le hundió en el muslo. Comenzó a temblar entre espasmos. Oía voces; la de Salaman, la de Konya, la de Samnibolon. Le llamaban por su nombre, una y otra vez. Se tambaleó, casi cayó, recuperó el equilibrio y dio unos pasos vacilantes. Agitó la espalda al aire. Quería seguir peleando hasta caer vencido. Era lo único que podía hacer. La ciudad debía sobrevivir, aunque él muriera. Le habían perdonado. Había sido redimido.

— ¡Dawinno! — gritó —. ¡Yissou! ¡Harruel!

La sangre le corría por la frente. Ahora ya no invocaba a Yissou, sino a Friit el Ganador y a Mueri, que ofrecía consuelo. Siguió luchando, atacando, cercenando.

— ¡Mueri! — gritó, y luego, más suavemente —: Mueri…

Eran demasiados. Ése era el único problema: los enemigos eran demasiados. Pero los dioses le habían perdonado sus pecados.

Hresh jamás había sentido tanta confianza como en ese momento en que cayó la oscuridad de la noche antes de la batalla, solo en el valle junto a Taniane. Extrajo el Barak Dayir del estuche y Taniane le contempló de cerca con esa mezcla de respeto y curiosidad que mostraba cada vez que él descubría la Piedra de los Prodigios en su presencia. Enseguida lo envolvió con el órgano sensitivo.

— Quédate quieta — le advirtió.

Cerró los ojos. Se proyectó sobre el ejército de hjjks — ¡dioses, había miles de ellos! — y escudriñó con paciencia entre las hordas, hurgando sus espíritus secos y desagradables hasta encontrar lo que buscaba: una pareja que se hubiera apartado de la marcha para satisfacer el impulso de la cópula. En semejante multitud debía haber al menos unos pocos que se detuvieran para esos menesteres. Y en efecto, Hresh halló más de dos.

Una pareja en particular parecía profundamente absorta en el acto, corazón y alma, picos y piernas, abdómenes y tórax convulsionados en un demente frenesí. Hresh se estremeció. La hembra era mayor que el macho, y lo aferraba en un abrazo extraño y feroz, como si en lugar de copular quisiera devorarlo. Del cuerpo de él habían emergido unos pequeños órganos vibrátiles que se movían hacia el bajo abdomen de ella con velocidad nerviosa y sorprendente. Era un espectáculo espeluznante, extraño. Y, sin embargo, al contemplarlo, Hresh no lo sintió tan ajeno. Sus formas, miembros y órganos eran muy distintos de todo lo que conocía, sí, pero el impulso que los atraía no estaba muy lejos del que le hacía ver hermosa a Taniane, o del que hacía que él fuese atractivo para ella. Los dos emitían una poderosa sed de unión, el equivalente hjjk del deseo carnal, pensó Hresh. Y una segunda emanación que denotaba la satisfacción de ese deseo: el equivalente hjjk de la pasión.

Bien. Bien. Eso era lo que buscaba.

De los dos seres-insecto que copulaban, Hresh extrajo la esencia de su emanación lujuriosa y apasionada, y por medio del Barak Dayir la incorporó a lo más profundo de su alma. Y en cuanto la tuvo dentro, ya no le resultó extraña: la comprendió. La respetó. En ese momento podría haber sido un macho de hjjk.

Pero no conservó la emanación mucho tiempo. La emitió entretejida en una columna de fuerza giratoria que se elevó hacia los cielos como una torre gigantesca. Y luego colocó esa torre de lujuria alrededor del tubo metálico que había traído de Vengiboneeza.

Entonces regresó al campo de los invasores por segunda vez y encontró una hembra de bermellón que había entrado en celo ese día. Estaba de pie, con la espalda contra un árbol elevado, emitiendo espantosos rugidos y clamores amorosos, estampando contra el suelo las patas de garras negras, y aleteando las inmensas orejas como grandes sábanas bajo la brisa. Tres o cuatro gigantescos machos escarlatas se encabritaban a su alrededor nerviosamente. Hresh se deslizó entre ellos y capturó la esencia de su excitación, y también la emitió, pero mucho más intensificada. También formó una columna con esta emanación y la dirigió hacia el oeste, donde la planicie caía en un área irregular de arroyos y peñascos caídos.

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