Al final del invierno | Страница 65 | Онлайн-библиотека


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Quedarse y luchar; luchar y morir. Era la única alternativa.

Salaman dudaba de que los hjjks quisieran hacerles algún daño en particular. Su único encuentro con un ser — insecto, años atrás, en las planicies, poco después de haber abandonado el capullo, le había dejado con la sensación de que los hjjks eran criaturas remotas y frías, incapaces de sentir emociones complejas tales como el odio, la codicia o el ansia de venganza. Los e atacaron la ciudad habían peleado de un modo curiosamente impersonal, con indiferencia, sin preocuparse mucho por sus vidas, lo cual había reafirmado el concepto que Salaman tenía sobre ellos. A los hjjks sólo les interesaba conservar el control. En este caso, parecían marchar en una especie de gran migración, y sucedía que la Ciudad de Yissou les cortaba el camino, lo cual representaba un peligro desconocido pero definido a su supremacía. Era un inconveniente a eliminar. Eso era todo. Probablemente los hjjks sufrirían muchas bajas en la batalla pero como eran tantos, acabarían por vencer.

El plan de Harruel era que todos menos los niños y Galihine aguardaran al enemigo en el borde del cráter. Cuando los invasores se acercaran, la tribu se replegaría a fa zona boscosa que se extendía por debajo del borde, e intentaría matar a cada hjjk que lograra trepar por la barricada de arbustos y espinos que habían improvisado para rodear el cráter. Si lograban entrar demasiados hjjks, debían retirarse hacia la empalizada interior de la ciudad, y si la situación se hacía aún más conflictiva, podían atrincherarse dentro de la ciudad y resistir el sitio hjjk, o bien tomar la senda del sur, internarse en los bosques, y mantenerse dispersos y ocultos hasta que el peligro hubiera pasado.

Salaman consideraba ridículas todas estas estrategias, pero no se le ocurría nada mejor.

— ¡Todos al borde del cráter! — gritó Harruel con su potente vozarrón —. ¡Yissou! ¡Yissou! ¡Que los dioses nos protejan!

— Vamos, amor — indicó Salaman a Weiawala, con voz tranquila —. A nuestros puestos.

Había solicitado el sector del borde situado más cerca de su atalaya, de esa elevación donde tuvo la primera visión de la horda enemiga. Y Harruel se lo había concedido. Sentía una preferencia muy especial por aquel pasaje, y como tenía la certeza de que moriría igual que los demás bajo la primera embestida de los hjjks, había escogido aquel lugar para despedirse de la vida. En silencio, él y Weiawala treparon hasta la cima.

Al llegar al borde se detuvieron, ya que más abajo se extendía la trinchera de espinos y arbustos que habían construido con tanto esfuerzo para detener el avance de los hjjks. Pero entonces sintió una extraña llamada de curiosidad, un impulso súbito y sobrecogedor, típico de Hresh, hacia lo inesperado. Saltó el borde y comenzó a abrirse paso por entre los espinos.

— ¿Qué haces? — gritó Weiawala —. ¡No deberías estar ahí, Salaman!

— Debo ver… una última mirada…

Ella le gritó algo más, pero el viento se llevó las palabras. Había dejado atrás la barricada, y corría hacia la atalaya. Trepó sin aliento, tambaleante.

Desde allí podía contemplarlo todo.

Al sur, las verdes colinas redondeadas. Al oeste, el mar distante, que formaba una faja dorada bajo el sol de la tarde. Y al norte, donde la amplia meseta elevada se extendía indefinidamente hacia el horizonte, descubrió a los invasores. Estaban á una o dos horas de marcha, pero no cabía la menor duda acerca de su dirección: se encaminaban directos al gran valle en cuyo centro se abría el cráter. Un ejército inmenso. Bermellones y hjjk, hjjk y bermellones, en un asombroso desfile que venía del norte. La hilera se extendía tanto que Salaman no alcanzaba a ver dónde terminaba. Había una columna central de bermellones, en apretada formación, la trompa de uno contra las ancas del otro. Y flanqueando a las bestias, dos amplias columnas de hjjk, y protegidos a su vez por la fuerza de avance, compuesta de dos columnas más de bestias gigantes. Ambas especies avanzaban a paso constante y en formación uniforme.

Salaman levantó el órgano sensitivo y proyectó la segunda vista para percibir mejor la fuerza que se aproximaba. Y al instante sintió el pleno poder opresivo del enemigo, el inmenso peso de su superioridad numérica.

Pero… ¿qué era aquello? Percibió algo imprevisto, algo discordante que se filtraba entre las emanaciones del ejército invasor. Frunció el ceño. Miró a la derecha, hacia el espeso bosque que separaba la ciudad de Harruel del área donde se erigía Vengiboneeza.

Alguien se acercaba por allí.

Se esforzó por ampliar el alcance de la segunda vista. Asombrado, estupefacto, buscó la fuente de esa inesperada sensación. Buscó más… y más… y más allá.

Tocó algo radiante y poderoso que reconoció como el alma de Hresh, el de las respuestas.

Tocó a Taniane. Tocó a Orbin. Tocó a Staip. Tocó a Haniman. Tocó a Boldirinthe.

Praheurt Moarn Kreun.

¡Dioses! ¿Estaban todos allí? ¿Toda la tribu, procedente de Vengiboneeza, en aquel preciso día? ¿Marchaban hacia la Ciudad de Yissou? Pero no detectaba a Torlyri ni a Koshmar, y eso le intrigó. Pero entonces sintió a los demás, a docenas de ellos. A todos los que habían dejado con él el capullo, aquel lejano Día de la Partida. Todos ellos, acercándose.

Increíble. Llegan justo a tiempo para ser aniquilados junto con nosotros a manos de los hjjks. Todos partimos juntos, y hemos de morir juntos…

¡Dioses! ¿Por qué habían venido? ¿Por qué precisamente ese día?

Como el trueno que sucede al resplandor devastador del relámpago semanas después de haberse proclamado la decisión de marchar, finalmente llegó el día de la partida de Vengiboneeza. Después de semanas de trabajo agotador en las que la tarea de desmantelar el asentamiento les había parecido interminable, por fin tenían ante sí la hora de la partida. Lo que no hubieran hecho quedaría para siempre sin hacer. Una vez más, el Pueblo emprendía una gran Partida.

Taniane llevaba la nueva máscara que había tallado el artesano Striinin, la máscara de Koshmar: mandíbula poderosa; labios gruesos, grandes pómulos prominentes, la superficie oscura y brillante de madera negra pulida… No representaba el rostro de la cabecilla extinta, sino su alma indomable, a través de la cual los ojos penetrantes e intensos de Taniane brillaban como ventanas abiertas a un paisaje de ventanas. En la mano izquierda, Taniane llevaba el Cetro de la Partida, que Boldirinthe había desterrado de entre las reliquias de la travesía anterior. En la derecha, la lanza de Koshmar, con punta de obsidiana. Se volvió hacia Hresh.

— ¿Cuánto falta para que asome el sol?

— Unos minutos.

— En cuanto veamos el primer rayo, levantaré el cetro. Si alguno se muestra vacilante, que Orbin vaya a animarlo.

— Ya está aquí, alentando a todos.

— ¿Dónde está Haniman?

— Con Orbin — replicó Hresh.

— Envíamelo.

Hresh hizo unas señas a Orbin. Señaló a Haniman y asintió. Los dos guerreros intercambiaban unas palabras y luego Haniman se acercó hasta la vanguardia con su característico andar lento.

— ¿Me necesitabas, Hresh?

— Sólo un momento. — Los ojos de Hresh miraron a Haniman fijamente —. Me doy cuenta de que no estás muy ansioso por partir con nosotros…

— Hresh, yo jamás…

— No. Por favor, Haniman. No se me oculta que desde que Koshmar dio la orden has estado mascullando en contra de la Partida.

Haniman parecía incómodo.

— ¿Alguna vez he dicho que no pensaba venir con vosotros?

— No. No lo has dicho. Pero todos advertimos lo que esconde tu corazón. En esta travesía no podemos tener descontentos, Haniman. Quiero que sepas que si prefieres quedarte, puedes hacerlo.

— ¿Y vivir entre los bengs?

— Y vivir entre los bengs, sí.

— No seas ridículo, Hresh. Donde vaya el Pueblo, allí iré yo.

— ¿Voluntariamente?

Haniman vaciló.

— Voluntariamente — respondió.

Hresh le tendió la mano.

— Te necesitaremos, lo sabes. Tú, Orbin y Staip sois ahora los hombres más fuertes con que contamos. Y nos espera mucho trabajo que hacer. Construiremos un mundo, Haniman.

— Reconstruiremos, querrás decir…

— No. Construiremos uno desde cero. Empezaremos todo de nuevo. Del anterior sólo quedan ruinas. Durante millones de años los seres humanos han construido mundos nuevos sobre las ruinas de los anteriores. Nosotros tendremos que hacer lo mismo, si queremos pensar que somos humanos…

— ¿Si queremos pensar que somos humanos?

— Que somos humanos. Sí — concluyó Hresh.

De pronto, sobre la cresta de las montañas, apareció el primer fulgor carmesí de la aurora.

— ¡Listos para marchar! — gritó Taniane —. ¡Formad filas! ¡A vuestros puestos! ¿Todos listos?

Haniman fue corriendo hasta su sitio. Taniane y Hresh encabezaban la formación. Detrás de ellos, los guerreros, y luego los trabajadores y los niños. Y al final, los carros cargados hasta los topes y arrastrados por los dóciles bermellones. Hresh miró las grandes torres de Vengiboneeza, difuminadas por la niebla, y detrás, la vasta extensión de montañas. Cerca del límite del asentamiento, unos pocos bengs les contemplaban de pie y en silencio. Torlyri estaba entre ellos. Llevaba un casco pequeño y gracioso, de metal rojo pulido como un espejo ¡Qué extraña resultaba Torlyri con ese casco! Hresh la vio levantar la mano para hacer las señales sagradas: las bendiciones de Mueri, la de Friit, la de Emakkis. La de Yissou. Aguardó a que hiciera el signo final, el de Dawinno. Sus miradas se encontraron, y ella le envió una cálida sonrisa de amor. Entonces, Hresh vio que las lágrimas inundaban los ojos de Torlyri y ella apartó la mirada, para alejarse tras los bengs encasquetados.

— ¡Cantad! — gritó Taniane —. ¡Todos a cantar! ¡Allí vamos! ¡Cantemos!

Eso había sucedido semanas antes. Ahora la gloriosa Vengiboneeza parecía un recuerdo borroso, y Hresh ya no lamentaba haber dejado atrás sus prodigiosos tesoros. Todavía no había asimilado la doble pérdida de Koshmar y Torlyri. La calidez de Torlyri y el vigor de Koshmar habían sido amputados como en siniestra cirugía, dejando un gran vacío en la tribu. Hresh presentía la débil presencia de Torlyri entre el Pueblo mientras marchaban hacia el sur y el oeste. Pero Koshmar… se había ido, desaparecido para siempre, y eso era muy duro.

Nadie cuestionaba el liderazgo de Taniane ni el de Hresh. Ambos marchaban a la cabeza de la tribu. Taniane daba las órdenes, pero con frecuencia consultaba a Hresh, quien escogía la ruta de cada jornada. Le resultaba fácil encontrar el camino, pues aunque habían transcurrido estaciones enteras desde que el grupo de Harruel había pasado por estas tierras, los ecos de sus almas seguían habitando el bosque. Y Hresh, con una ligera ayuda del Barak Dayir, los oía sin dificultad y seguía sus pasos. Ahora que dejaban el bosque atrás, no necesitaba valerse de la Piedra de los Prodigios para seguir el rastro de Harruel. El alma oscura del rey, allí en el valle, emitía una música estridente e inconfundible.

— Ya falta muy poco — anunció Hresh —. Siento su presencia por todas partes.

— ¿La de los hjjks? —, preguntó Taniane —. ¿O la de Harruel y su pueblo?

— Amas. Al norte, un número incontable de hjjks. Y delante, allí abajo, en esa formación circular que se abre en el valle, la ciudad de Harruel. En el centro, donde se ve la vegetación oscura.

Taniane miró, como si tuviera un muro delante.

— ¿Crees que tendremos éxito, Hresh? ¿No nos devorarán esos millones de insectos? — dijo al cabo de un rato.

— Los dioses nos protegerán.

— Ah… ¿Lo harán?

Hresh sonrió.

— Se lo he pedido personalmente. Incluso a Nakhaba.

— ¡Nakhaba!

— También se lo pediría al dios de los hijks si supiera su nombre. Al dios de los bermellones. Al dios de los aguazancos, Taniane. A todos los dioses del Gran Mundo. Al desconocido e incognoscible dios Creador. Nunca será excesiva la ayuda que nos brinden los dioses. — La aferró por el brazo y la atrajo hacia él, para que viera la convicción que ardía en sus ojos. Con voz grave, continuó —: Todos los dioses nos defenderán hoy, puesto que estamos cumpliendo su designio. Pero Dawinno nos defenderá en especial, ya que ha eliminado un mundo entero para que nosotros lo heredemos.

— Pareces muy seguro de ello, Hresh. Ojalá yo tuviese tanta confianza como tú.

¿Seguro? Por un instante de locura sintió que la duda le dominaba, y se preguntó si creía en algo de lo que estaba diciendo. La realidad del camino que habían elegido se abatió de pronto sobre él, y su voluntad, que le había llevado hasta tan lejos pareció debilitarse. Tal vez fueran las emanaciones de los numerosísimos hjjks lejanos que azotaban su alma. O tal vez fuera sólo la conciencia de la interminable labor que les esperaba si quería crear lo que anhelaba.

Sacudió la cabeza. Ese día vencería, y todos los siguientes. Pensó en su madre Minbain, que se encontraba allí abajo, en el valle, y en su hermano Samnibolon, hijo de Harruel, quien transmitía a la nueva era el nombre de su padre fallecido. No dejaría que muriesen tan pronto.

— Debemos acampar aquí — indicó a Taniane, Y luego, tú y yo seguiremos solos, para tomar las medidas defensivas.

— ¿Y si algún enemigo nos encuentra y perecemos mientras estamos allí solos? ¿Quién conduciría entonces a la tribu?

— La tribu ya ha tenido líderes mucho antes de que existiéramos nosotros. La tribu encontrará otros si desaparecemos. De todas formas, nada podrá afectarnos mientras hagamos lo que debemos.

Hresh la cogió por los brazos, tal como ella había hecho el día de la muerte de Koshmar, y le transmitió sus fuerzas. Taniane irguió los hombros, elevó el pecho con profunda inspiración. Sonrió y asintió. Volviéndose, dio la señal para que la tribu se dispusiera a pasar la noche allí.

Les llevó una hora levantar el campamento. Luego Hresh y Taniane dejaron a Boldirinthe y a Staip a cargo de todo y se alejaron a poca distancia al oeste y desde allí fueron hacia la derecha, siguiendo una ruta al norte.

Rumbo a la planicie que se extendía entre el asentamiento de Harruel y las columnas de los hjjks. Las sombras ya se alargaban cuando Hresh llegó al lugar que le pareció más conveniente, desde el cual podía mirar el terreno circular donde Harruel había elegido vivir. Desde esa distancia, Hresh advertía que el círculo debía ser un cráter de alguna clase, muy probablemente formado por el impacto de algún objeto caído desde gran altura. Seguramente fuese el impacto de una estrella de la muerte. Hresh pensó en la hipótesis, y se preguntó si en el sitio sé conservaría parte de la esencia de la estrella mortal. Pero no disponía de tiempo para investigar eso ahora.

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