Al final del invierno | Страница 64 | Онлайн-библиотека


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Torlyri volvió a mirar rápidamente a Koshmar. Luego deslizó una mano en el brazo de Hresh y la otra en el de Taniane, y los condujo fuera de la cámara mortuoria de Koshmar. Se movía con decisión, enérgicamente, de un modo que Hresh no había visto en ella en los últimos tiempos. Salieron a la brillante luz del mediodía e instantáneamente toda actividad cesó, y las miradas se orientaron hacia ellos. En la plaza se hizo un silencio estremecedor.

Y entonces, toda la tribu llegó corriendo. Shatalgit y Orbin, Haniman y Staip, Kreun y Bonlai, Tramassilu, Pcaheurt, Thhrouk, Threyne y Thaggoran, Delim, Kalide, Cheysz, Hignord, Moarn, Jalmud, Sinistine, Boldirinthe… todos, jóvenes y ancianos, algunos con herramientas en las manos, otros con sus hijos en brazos, otros con la comida del mediodía entre los dedos. Todos se inclinaron ante Taniane, pronunciando su nombre mientras ella levantaba en alto el cetro oficial. Torlyri no soltaba a Hresh ni a Taniane. Les aferraba con todas su fuerzas, hasta hacerles daño. Hresh se preguntó si en realidad se estaba sosteniendo para no caer.

Pero al cabo de un rato les soltó y empujó a Taniane hacia delante para que se moviera entre la tribu.

Taniane refulgía.

— Esta noche celebraremos una ceremonia — anunció Torlyri con voz clara y sonora —. Mientras tanto, la nueva cabecilla acepta vuestra lealtad, y os agradece el amor que le brindáis. Ella hablará con vosotros, uno por uno. — Y se dirigió a Hresh, en voz más baja —. Nosotros volvamos a la casa.

Lo arrastró hacia la cámara. En la sala, Koshmar parecía dormir. Torlyri se inclinó para recoger el amuleto caído de Thaggoran y lo depositó en manos de Hresh. No había estado lejos de él más que unas horas.

— Ten — le dijo —. Lo necesitarás durante la travesía.

— Ahora deberíamos postergar la partida — sugirió Hresh —. Hasta que celebremos los ritos y Koshmar haya hallado digno reposo.

— Todo esto se hará hoy por la noche. No debe haber postergaciones. — Torlyri hizo una pausa —. He estado enseñando a Boldirinthe todo cuanto sé sobre los deberes de una mujer de las ofrendas. Mañana le enseñaré los misterios supremos, los secretos. Y luego os iréis.

— ¿Qué estás diciendo, Torlyri?

— Pienso quedarme y probar fortuna con los bengs.

Junto a Trei Husathirn.

Hresh abrió la boca, pero no pudo articular ni una palabra.

— Tal vez me hubiese marchado si Koshmar aún viviera, pero ahora soy libre ¿comprendes? De modo que me quedaré. El Hombre de Casco no puede abandonar a su pueblo, así que yo me uniré a ellos. Pero seguiré pronunciando las oraciones para el Pueblo, cada mañana, como si viajara junto a mi tribu. Dondequiera que vayáis, yo velaré por vosotros, Hresh. Por todos vosotros…

— Torlyri…

— No. Para mí todo está muy claro.

— Sí. Sí. Comprendo, pero para nosotros será difícil seguir sin ti.

— ¿Y crees que para mí será fácil vivir sin vosotros? — Sonrió y él se hundió en sus brazos, y se estrecharon como madre e hijo, o tal vez como dos amantes, en un abrazo largo e intenso. Comenzó a sollozar de nuevo, y luego se detuvo justo antes de que él también la acompañara en su llanto.

Torlyri le soltó y dijo:

— Déjame a solas con Koshmar un rato. Y luego, dentro de dos horas, nos encontraremos en el templo para celebrar los ritos que hay que crear. ¿Estarás allí?

— Sí. Dentro de dos horas. En el templo.

Salió de la choza. Taniane, al otro lado de la plaza, estaba rodeada de quince o veinte miembros de la tribu: Estaban cerca de ella y sin embargo se mantenían a distancia, como si respetaran la súbita llama de su exaltación. Taniane permanecía con la máscara de Koshmar en el rostro. La plaza estaba bañada por la cegadora luz del mediodía que devoraba todas las sombras, y el calor parecía aumentar cada vez más. Detrás de él, Koshmar yacía muerta, y Torlyri se sumía en su dolor. Hresh miró a la izquierda y vio cuatro inmensos bermellones que se acercaban al asentamiento por el camino principal. Trei Husathirn venía montado sobre el macho que iba delante. Mañana nos marcharemos de la ciudad, pensó Hresh. Y nunca más volveré a ver a Koshmar, ni a Torlyri, ni a Noum om Beng. Ni las torres de Vengiboneeza. En cierto sentido, todo le pareció correcto. Había llegado más allá del cansancio y se encontraba en un estado de calma absoluta.

Fue a su habitación. Extrajo el Barak Dayir del estuche y lo acarició, como pidiéndole fuerzas. Algo humano, no estelar. Eso le había dicho Noum om Beng. Más antiguo que el Gran Mundo.

Hresh lo estudió, tratando de encontrar señales de su antigüedad sobre el asombroso dibujo de líneas intrincadamente talladas, sobre el tibio fulgor de la luz que moraba dentro de él. Posó el órgano sensitivo sobre la — superficie y la música se elevó como una columna a su alrededor. Transportó su mente fácil y suavemente hacia fuera y arriba. Pudo contemplar los alrededores de Vengiboneeza. Miró aquí y allá, y al principio todo fue maravilla y misterio, pero luego supo cómo contener el asombro y mirar sólo una parte de ese todo sobrecogedor. Y luego fue capaz de desentrañar el significado de lo que veía. Miró al sur, y distinguió el borde de un círculo perfecto que se elevaba sobre un valle, y en ese círculo, un pequeño poblado. Y vio a Harruel, y a su madre Minbain, y a Samnibolon, su medio hermano, y a todos los que habían partido junto a Harruel el día de la Ruptura. Ése era su nuevo asentamiento, y lo llamaban Ciudad de Yissou. Hresh lo supo todo gracias al contacto del Barak Dayir. Y luego escudriñó en dirección opuesta, muy hacia el norte, hacia el lugar donde supo que debía mirar para ver lo que debía, y distinguió una gran horda de bermellones en marcha, en dirección al sur, haciendo temblar la tierra como si fueran dioses. Y con los bermellones, los hjjks. Un incontable ejército de hjjks, también rumbo al sur, siguiendo una ruta que conducía sin remedio a la Ciudad de Yissou. Hresh asintió. Está claro, se dijo. Los dioses que nos gobiernan han concebido las cosas de tal forma que sucediera esto, ¿y quién puede comprender a los dioses? Los hjjks están en marcha, y el asentamiento de Harruel se interpone en su camino. Muy bien. Muy bien. Eso es lo que cabía esperar.

Descendió de las alturas y soltó el Barak Dayir del órgano sensitivo, y se sentó un rato con serenidad, pensando sólo en que había transcurrido un día muy largo, aunque todavía faltaban muchas horas para que acabara. Y luego Hresh cerró los ojos y el sueño le venció rápidamente, como el caer de una espada.

Salaman había visto el asalto de la Ciudad de Yissou tantas veces en sus visiones que el hecho real, tal como había sobrevenido, le pareció sumamente familiar y no despertó en su interior grandes emociones. Habían pasado algunas semanas desde el inesperado ataque del pequeño grupo de vanguardia, de la maldita banda de exploradores. Desde entonces, Salaman había subido cada día a la colina con Weiawala y Thaloin para entrelazarse y proyectar la mente con el fin de observar el avance del ejército en marcha. Ahora ya casi estaban aquí. Podía verlos sin ayuda de la segunda vista.

El primero en avistarlos fue Bruikkos. Últimamente Harruel había dispuesto que día y noche se apostaran centinelas sobre el borde del cráter.

— ¡Hjjks! — gritó, corriendo enloquecido por la senda del cráter, rumbo al poblado —. Vienen hacia aquí. ¡Millones de ellos!

Salaman asintió. Sentía como una piedra helada en el interior del pecho.

Permaneció impávido. No sintió temor, ni exaltación ante la lucha, ni la sensación de que su profecía se había cumplido. Nada. Nada. Ya había vivido ese momento muchas veces.

— ¿Qué nos sucederá? ¿Moriremos todos, Salaman? — murmuró Weiawala, temblando contra él.

Sacudió la cabeza.

— No, amor. Cada uno de nosotros matará a diez millones de hjjks, y salvaremos la ciudad. — Habló entono uniforme y desprovisto de emoción —. ¿Dónde está mi espada? Dame más vino, dulce Weiawala. El vino da más fuerzas a Harruel en la lucha. Tal vez haga lo mismo conmigo.

— ¡Los hjjks! — se oía el grito ronco que procedía del exterior. Bruikkos golpeaba las puertas, las paredes —. ¡Ya llegan los hjjks! ¡Están aquí! ¡Están aquí!

Salaman se tomó un buen trago del vino frío y oscuro, se ató la espada a la cintura y aferró su sable. Weiawala también cogió sus armas. Ese día todos deberían pelear, salvo los niños pequeños, que habían sido reunidos en un sitio para que cuidaran de sí mismos. Salaman y Weiawala partieron juntos de su pequeña morada.

Después de un largo período de días húmedos y calurosos, el tiempo era fresco. Del norte soplaba una brisa fuerte que traía un olor seco y áspero a hjjk, insistente y opresivo. Olor a cera vieja y metal oxidado, y a hojas secas resquebrajadas. Y por debajo de ese olor penetrante yacía otro, amplio, profundo y rico: el olor selvático de los bermellones, que se entremezclaba con el de los hjjks. Era como si en un manto de lana pesada hubiese hebras de un brillante metal escarlata.

Harruel, armado de pies a cabeza, salió cojeando de su palacio achicharrado. Desde el día del primer ataque hjjk había andado por todas pastes cojeando, ladeándose. Pero por lo que sabía Salaman, la única herida que había recibido Harruel durante el combate era en el hombro. Había sido una herida importante, pero con la ayuda de las pócimas y hierbas de Minbain ya sólo quedaba una costura roja e irregular sobre el pelaje espeso de Harruel.

Salaman pensó que en aquella ocasión, Harruel tal vez había recibido otra herida más profunda en el corazón, que lo había lisiado de algún modo. Sin duda, desde aquel día se le había visto más sombrío y desolado que lo habitual, y ahora que caminaba con este nuevo paso desigual, parecía como si ya no tuviera la fortaleza de espíritu necesaria para que ambas caderas marcharan en un mismo plano.

Sin embargo, en ese momento Harruel sonreía y al ver a Salaman lo saludó casi jovialmente.

— ¿Hueles ese hedor? ¡Por Yissou, antes de que se ponga el sol despejaremos el aire, Salaman!

La perspectiva de la guerra parecía iluminar el alma de Harruel. Salaman asintió y levantó la espada en un gesto no muy decidido de solidaridad.

Harruel debió detectar la indiferencia de Salaman. El rey se acercó al joven y lo palmeó con fuerza en la espalda, con un golpe tan violento que los ojos de Salaman se encendieron de furia y se sintió tentado de devolver el empujón. Pero sólo era un signo de ánimo. Harruel se echó a reír. Su cara, por encima de la de Salaman, enrojecía de excitación.

— ¡Los mataremos a todos, hijo! ¿Eh? ¡Que Dawinno se los lleve! ¡Los aniquilaremos a millones! ¿Qué dices, Salaman? Lo previste hace mucho tiempo, ¿eh? ¡Tu segunda vista es realmente mágica! ¿Ves la victoria por delante? — Harruel se dio la vuelta e hizo señas a Minbain, quien andaba cerca del pórtico de su casa —. ¡Vino, mujer! ¡Tráeme vino, y deprisa! ¡Brindemos por la victoria!

Weiawala, en voz casi inaudible, murmuró al oído de Salaman:

— ¿Para qué quiere más vino? ¡Si ya está borracho!

— No lo creo. Sólo está embriagado con el placer de librar una batalla.

— Con el placer de matar, dirás — soltó Weiawala —. ¿Cómo podremos sobrevivir a este día?

Salaman hizo un gesto irónico.

— En ese caso, lo que le excita es morir, supongo. Pero el que hoy tenemos es un Harruel nuevo.

Salaman comenzaba a comprender que él también despertaba por fin a lo que el destino les había deparado. La apatía, el sopor, se desvanecían por fin. Estaba dispuesto a pelear, y a luchar bien, y si era necesario, a morir con honor. Sintiendo que su alma se enardecía desde lo profundo, Salaman comprendió lo que debía estar sucediendo dentro de Harruel.

La primera intrusión de los hjjks tuvo que significar un trago duro y amargo para él. Había sido un ataque a su poder, a su virilidad. La niña Therista había resultado herida. Y Galihine había quedado tan maltrecha que mejor hubiese sido que hubiera muerto. El palacio, incendiado. Casi todos los animales habían escapado y la tribu había tardado una eternidad en volver a reunirlos. Aunque habían logrado derrotar al enemigo por completo, todos sabían que venía en camino un ejército mucho más numeroso, y que la ciudad no podría resistirlo. El pequeño mundo de Harruel había sufrido un ataque del exterior y pronto sería destruido.

En las semanas pasadas, habían visto al rey en un estado de sombrío pesimismo. Harruel se había aficionado tanto a la bebida que él solo había agotado todas las provisiones de vino de la ciudad. Cojo y solitario, deambulaba por el perímetro del cráter una noche tras otra, rumiando su furiosa embriaguez. Había tenido una sangrienta pelea con Konya, que era su más leal y querido partidario. Había llamado a su lecho a todas las mujeres de la tribu, a veces tres a la vez, y según se rumoreaba, no había podido aparearse con ninguna. Cuando estaba sobrio, hablaba lúgubremente de los pecados que había cometido y del castigo que merecía, que pronto le sería dado por los hjjks. Salaman se preguntaba qué pecado había cometido él, o Weiawala, o el niño Chham. En la Ciudad de Yissou todos morirían por igual cuando llegaran los hjjks, tanto los justos como los pecadores.

Y, sin embargo, habían hecho cuanto estaba en sus manos para prepararse ante la lucha desesperanzada que los aguardaba. No habían tenido tiempo de finalizar la empalizada alrededor del borde del cráter, pero habían construido otra, más pequeña, de estacas afiladas unidas mediante enredaderas, que cerraba por completo la zona habitada del poblado. Y en la parte interior habían cavado una profunda zanja cubierta de planchas que podían retirar en caso de que se acercaran los invasores. Y habían abierto una angosta senda nueva por entre la espesura, desde el sur del asentamiento hasta la parte más densa del bosque que crecía sobre la ladera del cráter. Si todo lo demás fallaba, les cabría la salida de huir en grupos de dos o tres y tratar de perderse en el bosque hasta que los hjjks se cansaran de buscarlos y siguieran su camino.

Los defensores no podían hacer nada más. Sólo eran once, de los cuales cinco eran mujeres, y una estaba herida; además de unos cuantos niños. Salaman esperaba que fuese el último día de su vida, y suponía con suficiente certeza que la exaltación y el vigor de Harruel provenían del mismo convencimiento. Pero aunque Harruel se hubiera cansado de vivir, para Salaman era distinto. Durante los últimos días, Salaman había pensado más de una vez en coger a Weiawala y Chham y huir rumbo a Vengiboneeza y ala seguridad, antes de que llegaran los hjjks. Pero eso habría sido una cobardía, y probablemente no lo hubiera conseguido, ya que la marcha hasta Vengiboneeza requería muchas semanas, en caso de que lograra encontrarla. En tierras salvajes y desconocidas, ¿qué posibilidades de sobrevivir tenían un hombre, una mujer y un niño contra todo un mundo hostil?

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