Al final del invierno | Страница 62 | Онлайн-библиотека


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— No.

— ¿No?

— Ha llegado mi hora. Que se cumpla el destino. Me quedaré en Vengiboneeza cuando parta la tribu.

— Claro que partirás.

— ¡Te ordeno que dejes de decirme lo que tengo que hacer!

— ¿Cómo vamos a dejarte aquí?

— Ya estaré muerta — respondió Koshmar —. O casi. Diréis sobre mí las palabras de la muerte, me pondréis en un lugar tranquilo y luego os iréis. ¿Lo has comprendido, Hresh? Es mi última orden: la tribu debe alejarse de esta ciudad. Pero la doy sabiendo que no estaré entre vosotros cuando cumpláis mi mandato. Te has pasado la vida entera desobedeciéndome, pero tal vez esta última vez me concedas el derecho a que mi voluntad sea cumplida. No quiero que haya lágrimas ni lamentos por mi causa. He llegado al límite de edad. Éste es el día de mi muerte.

— Si sólo me dijeras qué te pasa, para poder hacer una curación…

— Lo que me pasa, Hresh, es que estoy viva. La cura pronto me será concedida. Una palabra más sobre el tema y te destituyo de tu cargo, mientras todavía conservo el mío. Ahora, ¿querrás callar? Hay cosas que debo decirte antes de que me abandonen las fuerzas.

— Prosigue — aceptó Hresh.

— La tribu emprenderá un viaje muy largo. Eso lo adivino con la sabiduría que proporciona la muerte. Llegaréis a lugares lejanos del mundo. No podréis hacer semejante travesía si lleváis los bultos a la espalda, como hicimos cuando partimos del capullo. Ve a ver a los bengs, Hresh, y pídeles cuatro o cinco bermellones jóvenes como bestias de carga. Si son nuestros amigos, tal como aseguran, tíos los darán. Y si no te los dan, habla con Torlyri y que su amante beng los consiga. Asegúrate que te dan hembras y machos, para poder procrear nuestros propios ejemplares.

— No será difícil — asintió Hresh.

— No. No para ti. Ahora escúchame bien: hay que nombrar una nueva cabecilla. Tú y Torlyri la elegiréis. Debéis escoger a alguien joven, de voluntad férrea y cuerpo fuerte. Tendrá que conducir a la tribu a lo largo de muchas dificultades.

— ¿A quién sugerirías, Koshmar?

Koshmar esbozó una rápida sonrisa.

— Ay, Hresh. ¡Genio y figura! ¡Con qué respeto pides a una Koshmar moribunda que haga la elección, cuando sabes que ya está hecha!

— Te lo he pedido con toda sinceridad y respeto, Koshmar…

— ¿Ah, sí? Pues bien: respondo porque me preguntas, y te digo lo que ya sabes. Hay una sola mujer en la tribu que cumpla los requisitos. Me sucederá Taniane.

Hresh contuvo el aliento, se mordió el labio y apartó la vista.

— ¿Te desagrada la elección?

— No. En absoluto. Pero hace que esto parezca más real. Con más claridad que lo que querría me hace ver que ya no serás cabecilla, que alguien más, que Taniane…

— Todo cambia, Hresh. Los ojos-de-zafiro ya no gobiernan el mundo. Ahora, una cosa más: ¿Taniane y tú formaréis pareja?

— He estado indagando las crónicas en busca de antecedentes que permitieran tomar compañera al cronista de la tribu.

— No es necesario que sigas buscando. Los antecedentes están de más. Tú eres el antecedente. Ella es tu pareja.

— ¿Lo es, entonces?

— Cuando regreses del asentamiento beng, tráela aquí, y diré las palabras rituales.

— Koshmar… Koshmar…

— Pero no le digas que será cabecilla. Todavía no tiene el cargo. Sólo lo será cuando tú y Torlyri depositéis sobre ella esa responsabilidad. Estas cosas deben hacerse como está establecido. No puede haber una nueva cabecilla mientras la otra esté con vida.

— Déjame tratar de curarte, Koshmar…

— Me estás cansando. Ve a ver a los beng y pídeles unos cuantos bermellones, niño.

— Koshmar…

— ¡Ve!

— Déjame al menos hacer algo por ti. — Con dedos temblorosos, Hresh desató un pequeño objeto que llevaba al cuello y lo oprimió en la mano de Koshmar —. Es un amuleto que tomé de Thaggoran cuando murió, tras el ataque de los zorros-rata. Es muy antiguo, y debe de tener grandes poderes, aunque nunca he logrado averiguar cuáles. Cuando siento que necesito tener a mi lado a Thaggoran, cojo el amuleto y su presencia llega hasta mí. Tenlo en la mano, Koshmar. Que Thaggoran acuda a tu lado y te guíe al otro mundo. — Plegó sus dedos sobre el objeto. A través de la palma, Koshmar recibió una sensación tibia y dura —. Él te respetaba y quería — aseguró Hresh —. Me lo dijo muchas veces.

Koshmar sonrió.

— Te agradezco este amuleto, que conservaré hasta el final. Y luego será tuyo de nuevo. No te verás privado de él mucho tiempo. — Hizo un gesto de impaciencia —. Ve, ahora. Ve al asentamiento de los bengs y pídeles unas bestias. Ve, ve Hresh. — Y luego, en tono más suave, llevó la mano hasta la mejilla del joven —. Mi anciano. Mi cronista.

Al parecer, Noum om Beng le estaba esperando. Al menos no mostró sorpresa cuando Hresh apareció, sin aliento, sudoroso, tras haber corrido todo el trayecto desde el asentamiento del Pueblo hasta el sector de Dawinno Galihine. El anciano de los Hombres de Casco estaba en su cámara austera, sentado ante la entrada como si hubiera previsto la llegada de un visitante.

En el cráneo de Hresh latía un martilleo implacable. El alma le dolía: en muy poco tiempo había sufrido demasiados dolores intensos. Su mente bullía por todo lo que había sucedido en los últimos días, pocos y frenéticos. Y ahora debía presentarse ante el anciano Noum om Beng, quizás en lo que fuera su última oportunidad de conversar con él, a pesar de que todavía le quedaba mucho por aprender. Las preguntas se multiplicaban. Las respuestas parecían cada vez más lejanas.

— Siéntate — ordenó Noum ora Beng, señalando un sitio al lado de su banco de piedra —. Descansa. Toma aire, taño. Toma todo el aire que puedas. Bien hondo.

— ¡Padre…!

— ¡Descansa! — insistió Noum om Beng con aspereza.

Hresh pensó que iba a azotarle, como en los primeros días de su aprendizaje. Pero el anciano permaneció en absoluta calma. Sólo movía los ojos, que con su fulgor acerado obligaban a Hresh a la inmovilidad.

Despacio, Hresh tomó aire, lo retuvo, y lo exhaló. Volvió a respirar. Al poco rato, el palpitar de su corazón se calmó y la tormenta de su mente pareció acallarse. Noum om Beng asintió.

— ¿Cuándo os vais, niño? — preguntó en voz baja.

— Dentro de uno o dos días.

— Entonces, ¿has aprendido todo lo que te ofrecía la ciudad?

— No he aprendido nada — se lamentó Hresh —. Nada en absoluto. Recojo información, pero cuanto más sé, menos comprendo.

— A mí me sucede lo mismo — dijo el anciano.

— ¿Cómo puedes decir eso, Padre? Conoces todo lo que hay que saber…

— ¿Eso crees?

— Así me lo parece.

— En verdad, sé muy poco, niño. Sólo lo que me ha sido transmitido a través de las crónicas de mi tribu, y lo que he podido aprender por mí mismo, tanto en mis andanzas como en mis reflexiones.

— Es la última vez que nos vemos, Padre.

— Sí. Lo sé.

— Me has enseñado muchas cosas. Pero todas ellas indirectas, escondidas detrás de más información. Tal vez los significados vayan revelándose en mi cabeza a medida que transcurran los años, y reflexione sobre lo que me has transmitido. Pero hoy te ruego que hablemos más directamente de las grandes cuestiones que me preocupan.

— Siempre hemos hablado de forma directa, niño.

— A mí no me lo parece, Padre.

En épocas pasadas, una contradicción tan declarada le habría valido un buen sopapo. Hresh esperó el golpe. Lo habría recibido con agrado. Pero Noum om Beng permaneció inmóvil. Al cabo de un largo silencio, dijo, como si hablara desde una montaña distante.

— Entonces, dime Hresh: ¿cuáles son las cosas que hoy te preocupan?

Si recordaba bien, era la primera vez que Noum om Beng le llamaba por su nombre.

De la miríada de preguntas que bullía en su mente buscó una, la más importante, antes de que el anciano se arrepintiera de su ofrecimiento. Pero era imposible elegir. Entonces Hresh vio en la pantalla de su mente un inabarcable mar gris y sin rasgos distintivos, que se extendía hacia el horizonte y hacia las estrellas, un mar que cubría todo el universo. Un mar que brillaba con luz propia y nacarada en medio de la oscuridad más absoluta. Sobre el lecho de las aguas se produjo una súbita chispa Miró a Noum om Beng.

— Dime quién nos ha creado, Padre.

— Pues el Creador.

— ¿Te refieres a Nakhaba?

Noum om Beng se echó a reír, con esa risa extraña y rasposa que Hresh sólo había escuchado en dos o tres ocasiones anteriores.

— ¿Nakhaba? No. Nakhaba no es el Creador. No más que tú o yo. Nakhaba es quien intercede. ¿No lo he dicho con claridad?

Hresh sacudió la cabeza. ¿Intercede? ¿Qué significaba eso?

— Nakhaba es el más elevado de los dioses que conocemos — continuó Noum om Beng — . Pero no es el superior. El dios supremo, el dios Creador, es desconocido, y así debe continuar. Sólo los dioses conocen a ese dios.

— Ah. Ah — dijo Hresh —. ¿Y Nakhaba? ¿Quién es él, entonces?

— Nakhaba es el dios que se erige entre nuestro pueblo y los humanos, el que habla con ellos en nuestro nombre cuando no hemos satisfecho los designios de nuestro destino.

Hresh sintió que se perdía en reinos que quedaban más allá de los reinos.

La desesperación, la incredulidad, la confusión amenazaban con abrumarlo.

— ¿Un dios que se erige entre nosotros y los humanos? Entonces, ¿los seres humanos son superiores a los dioses?

— Superiores a nuestros dioses, niño. Superiores a Nakhaba, a los Cinco. Pero no son más elevados que el Creador, quien los hizo a ellos, y a nosotros, y a todo lo que existe. ¿No comprendes la jerarquía? — Noum om Beng trazó inmensas estructuras en el aire con la punta de un dedo. El Creador aquí, en el sitio más elevado, el gran Sexto sobre el cual había especulado Hresh en alguna ocasión. Y aquí, los humanos, algo más abajo. Y luego Nakhaba, y los Cinco, y luego, más abajo que los demás aunque por encima de las bestias salvajes, estaban los actuales pobladores del mundo: los de los capullos, los de pelaje.

Hresh le miró. Había pedido una revelación, y sin ninguna duda Noum om Beng le había dado una. Pero no podía captarla ni digerirla.

— Entonces, ¿aceptáis a los Cinco? ¿Son dioses para vosotros al igual que para nosotros? — preguntó, buscando algún punto de referencia.

— Desde luego que sí. Les damos otros nombres, pero los reconocemos, ¿cómo no? Tiene que haber un dios que protege, y un dios que da, y otro que destruye. Y uno que cura, otro que consuela. Y también uno que intercede.

— Un dios que intercede… sí, supongo que sí.

— Ése es el que tu pueblo ha olvidado. El que se erige por encima de los Cinco y va más arriba, y habla en nuestro nombre con ellos.

— Entonces, ¿los humanos son dioses también?

— No. No. No creo — dudó Noum om Beng —. Pero ¿quién podría asegurarlo? Sólo Nakhaba ha visto a un ser humano.

— Creo que yo he visto uno — aventuró Hresh.

Noum om Beng rió de nuevo.

— Qué locura, niño.

— No. En nuestro capullo, durante los días del Largo Invierno, había un ser que siempre dormía, que se limitaba a yacer en un lecho, en la cámara central. Lo llamábamos Ryyig, el Sueñasueños. Era muy alargado, de piel clara y rosada, sin pelaje, y su cabeza se elevaba más allá de la frente, y tenía los ojos púrpura, con un brillo extraño. Se decía que siempre había vivido con nosotros, que había llegado al capullo el primer día del Largo Invierno, cuando las estrellas de la muerte comenzaron a caer, y que dormiría hasta el día en que terminara el invierno. Y que luego se sentaría, y abriría los ojos, y profetizaría que debíamos salir al mundo. Y que después de eso moriría. Eso se vaticinó mucho tiempo atrás, y quedó registrado en las crónicas. Y es lo que realmente sucedió, Padre. Lo vi. Yo estaba allí el día en que despertó.

Noum om Beng le atendía con una mirada extraña. Tenía el rostro rígido, y los ojos rojos le brillaban. La respiración áspera del anciano Hombre de Casco aumentó hasta parecerse al jadeo de una bestia al acecho.

— Creo que el Sueñasueños era un ser humano. Que fue enviado para que viviera con nosotros y nos protegiera durante todo el Largo Invierno. Y cuando el Invierno terminó y su tarea concluyó fue llamado por su gente — concluyó Hresh.

— Sí — reconoció Noum om Beng. Temblaba como la cuerda de un arco —. Así debe haber sido. ¿Cómo no me di cuenta? Niño: te diré una cosa. En nuestro capullo también teníamos un Sueñasueños. No sabíamos quién era, pero había uno, igual que en vuestro capullo. Y también teníamos lo que tú llamas Barak Dayir. Está registrado en nuestras crónicas. Pero nuestro Sueñasueños despertó antes de tiempo, cuando los hielos aún aprisionaban el mundo. Nos hizo salir y perecimos, y los hjjks capturaron nuestra Piedra de los Prodigios. Nakhaba nos ha guiado bien y a pesar de las pérdidas pudimos adquirir grandeza. Y aún nos queda mucho por conseguir. Todo el mundo será beng, niño. No me cabe duda. Y nuestra tarea ha sido mucho más dura, pues no contábamos con el Barak Dayir en los últimos años. En cambio, vosotros… tú, niño… en posesión de ese objeto mágico…

La voz de Noum om Beng se apagó; los ojos miraban al suelo.

— ¿Sí? ¿Sí? ¿Cuál es el destino de mi pueblo?

— ¿Quién sabe? — dijo el anciano Hombre de Casco, con inesperado cansancio —. Yo lo ignoro. Incluso Nakhaba lo desconoce. ¿Quién puede leer el libro del destino? Yo veo el nuestro. El vuestro no se me presenta claro. — Sacudió la cabeza —. Jamás pensé que nuestro Sueñasueños pudiese ser un hombre. Y sin embargo, ahora veo que tu apreciación posee mucha fuerza. Que tu razonamiento tiene mucha lógica. Tiene que ser eso…

— Sé que estoy en lo cierto.

— ¿Cómo puedes estar tan seguro?.

— Por una visión que tuve, mediante una máquina que encontré en Vengiboneeza y que me reveló el Gran Mundo. Me mostró a los ojos-de-zafiro y a los vegetales, y a las demás razas. Y me mostró también a los seres humanos, caminando por estas mismas calles. Y eran iguales a nuestros Ryyig Sueñasueños…

— En ese caso, ahora comprendo muchas cosas que antes me resultaban confusas — dijo Noum om Beng.

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