Al final del invierno | Страница 61 | Онлайн-библиотека


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La mañana había llegado. Hresh miró con adoración a Taniane, que dormía profundamente, exhausta tras la expedición nocturna. Con paso lento salió de la habitación. Todo permanecía en calma. En el aire flotaba una rica dulzura, como si una flor nocturna acabara de abrirse.

Había sido una noche prodigiosa. Las últimas dificultades para la partida de Vengiboneeza habían desaparecido, gracias a la pequeña esfera de metal dorado.

Ahora, Hresh tenía en la manó una esfera distinta, la esfera plateada que había descubierto noches atrás. No había tenido tiempo de examinarla a fondo, pero ese amanecer brumoso, tras una noche en vela, tras una noche en que dormir había sido impensable, una noche de esfuerzos heroicos, la pequeña esfera gravitaba con pesadez en su alma.

Parecía como si le llamara. Miró a su alrededor, pero no descubrió a nadie. El asentamiento dormía. Hresh se ocultó en una rendija entre dos gigantescas estatuas de alabastro sin cabeza que representaban a dos ojos-de-zafiro. Pulsó el dispositivo que ponía en funcionamiento la esfera.

Por un instante no sucedió nada. ¿Habría consumido toda la energía de la esfera aquella vez que la utilizó? ¿O acaso no había oprimido el botón con fuerza suficiente? La sostuvo sobre la palma de la mano: preguntándoselo. Y entonces emitió el mismo sonido agudo e intenso que en la otra ocasión, y volvió a irradiar la luz verde e intermitente.

Se apresuró a acercar el ojo al diminuto orificio, y una vez más el Gran Mundo apareció ante él.

Esta vez, además de imagen había sonido. De la nada provenía una melodía lenta y pesada. Eran tres acordes entrelazados. Uno de una opaca tonalidad gris, otro que resonaba en su alma con un matiz azul profundo, y un tercero, de un tono naranja duro y agresivo. La música le recordaba a un canto fúnebre. Hresh advirtió que era la música más apropiada para representar los últimos días del Gran Mundo.

A través del pequeño orificio, Hresh accedió a un vasto panorama de la ciudad.

Vengiboneeza se desplegaba ante él en sus horas finales. Era una visión sobrecogedora.

El cielo sobre la ciudad es negro. Y por entre las calles soplan vientos atroces y oscuros, creando turbulencias negras sobre un fondo tenebroso. Una ráfaga de polvo asfixia el aire. Débiles rayos de luz solar danzan errantes por entre el polvo, posándose sin fuerza sobre el suelo. Sobre las plantas comienza a formarse una débil capa de escarcha. Y también sobre el contorno de los estanques, sobre las ventanas, sobre el aire mismo.

Hresh sabe que hace poco ha caído una estrella de la muerte. Una de las primeras, o tal vez la primera…

Con un impacto que hizo estremecerse al mundo, la estrella de la muerte ha caído sobre la Tierra en algún lugar cercano a Vengiboneeza. O tal vez no, acaso fue al otro lado del mundo. Una inmensa nube negra de ceniza, se ha elevado por encima de las más altas montañas. El aire está denso de polvillo. Toda la tibieza del sol ha quedado obstruida por las nubes. La única luz que se filtra es un pálido reflejo helado. El mundo comienza a congelarse.

Esto es sólo el comienzo. Una tras otra caerán más estrellas de la muerte, cada cincuenta años, cada quinientos años, quién sabe cada cuánto. Y cada una traerá una nueva calamidad durante el interminable Largo Invierno.

Pero para el Gran Mundo, el primer impacto será el mortal. Los ojos-de-zafiro, los vegetales, los amos-del-mar y el resto habitan un mundo donde el aire es limpio y suave, y donde nunca llega el invierno. El invierno sólo es un débil recuerdo de la antigüedad prehistórica, un mero sueño ancestral. Y ahora, vuelve de nuevo. Y de los Seis Pueblos, solo los hjjks y los mecánicos son capaces de subsistir sin protección especial. Pero los mecánicos, como Hresh sabe sin entender por qué, elegirán la muerte.

Ha sonado la última hora del Gran Mundo.

Sopla un viento amargo. Unos cuantos copos blancos revolotean en el aire. El nuevo frío ya ha hecho que las primeras bestias despavoridas emprendan una migración salvaje al refugio que ofrece Vengiboneeza. Hresh las ve por todas partes: cuernos, colas, colmillos y pezuñas, en una horda de ojos aterrorizados, fauces abiertas y mandíbulas babeantes.

Los vientos ásperos retumban en lo alto con toda su majestad, impulsando el ritmo solemne que ordena a los animales buscar refugio allí. Bajo la fuerza de la horrible tempestad, corren sin concierto, despavoridos. Irrumpen en estampida por las calles; salen desbocados, como si la actividad febril los mantuviera con calor suficiente para subsistir. Las prodigiosas mansiones blancas de Vengiboneeza son devastadas. En cada rincón Hresh ve animales de todas clases trepar por las paredes, trasponer umbrales, hundirse en dormitorios. Por las avenidas se abalanzan y corren inmensas manadas de grandes cuadrúpedos. Los gritos ásperos de los invasores desgarran cruelmente la música serena que fluye de la esfera plateada.

Y sin embargo…, y sin embargo…

Los ojos-de-zafiro…

Hresh los ve proseguir sin cesar su tarea en medio de la locura. Los enormes cocodrilos conservan la calma, una calma incomprensible. Es como si sólo hubiese comenzado a caer una ligera tormenta de verano.

A su alrededor, las criaturas enloquecidas por el miedo saltan, se retuercen, corren y se deslizan. Y con calma, con calma sin mostrar jamás la menor señal de alarma o desmayo, los ojos-de-zafiro guardan sus tesoros, dictan instrucciones para su cuidado, cumplen sus habituales deberes religiosos a unos dioses que sin embargo les envían un destino aciago.

Hresh los ve reunirse en plácidos grupos para oír música, para observar el juego de, colores sobre unos gigantescos cristales dispuestos sobre los muros de los edificios, enfrascarse en serenas reflexiones sobre temas complejos. Su vida habitual prosigue a pesar de todo. Unos cuantos, pero sólo unos pocos, van hacia las máquinas de luz y son transportados. Pero acaso también este comportamiento sea normal, y nada tenga que ver con la proximidad de la catástrofe.

Y, sin embargo, saben que es el fin. Sin duda tienen que saberlo. Pero, simplemente, no les importa.

El frío se acentúa. El viento adquiere mayor violencia. El cielo no muestra estrellas, ni nubes. Es negro sobre un fondo, tenebroso. Ha comenzado a caer una llovizna fría que se convierte en nieve, y luego en duras partículas de hielo, antes de llegar al suelo. Cada árbol se recubre de una mortal película brillante y transparente al igual que los edificios. El mundo ha adquirido el fulgor de la muerte.

Y, cada uno a su modo, los demás pueblos responden a la destrucción.

Los hjjks abandonan la ciudad. Se han dispuesto en una interminable doble hilera, amarilla y negra, amarilla y negra, y marchan por la puerta del sur. No se apresuran. Su disciplina es perfecta. En su evacuación, guardan un orden monstruoso y total.

Los amos-del-mar también se marchan, y tampoco muestran pánico. Se encaminan a la costa y se alejan de la orilla. Pero él lago comienza a helarse en el mismo momento en que se internan en él. No hay duda de qué se dirigen a la muerte. Sin duda lo saben.

Los mecánicos también se van por la gran avenida que serpentea entre los pies de las colinas, hacia el este. Las brillantes máquinas de cabeza achaparrada se mueven con rapidez, a trompicones. Tal vez ya se han trazado como destino la lejana planicie donde Hresh y su tribu los hallarían, muertos y cubiertos por el óxido de milenios, un lejano día, en el futuro.

Para los vegetales no hay éxodo. Ya casi están agonizando, Se desmoronan allí donde se encuentran, con las pobres flores ajadas, los delgados tallos ennegrecidos y las hojas marchitas cayendo una tras otra Y a medida que mueren, los mecánicos que todavía no se han ido de la ciudad aparecen para llevárselos. La ciudad se mantendrá en condiciones hasta último momento.

De los Seis Pueblos, los únicos a quienes no ve son los humanos. Hresh recorre toda la ciudad en busca de las criaturas blancas y alargadas, de ojos sombríos y cabezas de combados cráneos. Pero no, no, ni uno solo. Al parecer ya se han ido: astutos y precavidos, ya se han embarcado en su viaje hacia… ¿adónde? ¿Hacia la seguridad? ¿Hacia una serena muerte en algún otro lugar, como los amos-del-mar o los mecánicos? Hresh no lo sabe. Está azorado e hipnotizado por la visión del final de Vengiboneeza. Le confunden los negros vientos que barren el cielo negro, y la música mortal y lúgubre, y la migración de los seres del Gran Mundo al exterior de la ciudad, y la de los habitantes de los bosques hacia dentro de las murallas. Y esa incomprensible aceptación que impávidamente despliegan los ojos-de-zafiro a medida que la última hora se cierne sobre ellos.

Observa hasta que ya no puede soportarlo más. Hasta el fin, los ojos-de-zafiro se muestran indiferentes por el destino que les espera.

Por fin, oprime el botón con un dedo tembloroso y la imagen se desvanece a medida que la música cesa. Y Hresh cae de rodillas, sobrecogido, aturdido…

Supo que no había comprendido nada de lo que acababa de ver.

Su alma bullía de preguntas, más que nunca; y no tenía respuesta para ninguna de ellas. Ninguna respuesta, para ninguna pregunta.

Por la mañana Koshmar quiso levantarse del lecho, pero una mano invisible y poderosa se apoyó entre sus senos y la obligó a echarse de nuevo. Estaba sola. Torlyri había ido al templo la noche anterior para proseguir la tarea de embalar los objetos sagrados, y no había vuelto. Habrá ido en busca de su beng, pensó Koshmar. Permaneció un momento quieta, tendida, jadeando, frotándose el pecho, sin hacer esfuerzos por incorporarse. Algo arde en mi interior, pensó. El corazón está en llamas. O tal vez eran los pulmones. El fuego me está consumiendo por dentro.

Con cuidado, volvió a intentar sentarse. Esta vez ninguna mano la empujó, pero a pesar de todo le resultó difícil, y le causó muchos temblores y estremecimientos. Y muchas pausas prolongadas en que se vio obligada a hacer equilibrio sobre la punta de los dedos para no caer hacia atrás. Tenía mucho frío. Agradecía que Torlyri no estuviera allí para ver su agonía, su enfermedad, su dolor. Nadie debía verla. Pero por encima de todo, que no la viera Torlyri.

Con la segunda vista se proyectó al exterior del edificio y tomó conciencia de que Threyne pasaba por allí cerca con su hijo, Thaggoran. Koshmar la llamó, y se acercó al marco de la puerta, aferrándose a él y echando los hombros atrás, luchando por aparentar que no le sucedía nada malo.

— ¿Me has llamado? — preguntó Threyne.

— Sí. — La voz de Koshmar sonó temblorosa y ronca incluso a sus propios oídos —. Necesito hablar con Hresh. Ve a buscarle y dile que venga a verme, ¿quieres?

— Desde luego, Koshmar.

Pero Threyne vaciló, sin decidirse a hacer lo que Koshmar le había encomendado. Tenía los ojos ensombrecidos por la preocupación. Se da cuenta de que estoy enferma, pensó Koshmar. Pero no se atreve a preguntarme qué me pasa.

Miró al joven Thaggoran. Era un niño robusto, de lar. gas piernas, ojos brillantes, temperamento apocado. Tenía más de siete años y permanecía oculto detrás de su madre, mirando a la cabecilla con incertidumbre. Koshmar le sonrió.

— ¡Cómo ha crecido, Threyne! — exclamó, con toda la calidez de que fue capaz —. Recuerdo el día en que nació. Estábamos al otro lado de Vengiboneeza, cerca del estanque del aguazancos, cuando te llegó el momento de dar a luz. Hicimos un lecho para ti y Torlyri te cuidó durante el alumbramiento, y Hresh acudió a darle al niño su nombre de nacimiento. Lo recuerdas, ¿verdad?

Threyne miró a Koshmar de modo extraño, y la cabecilla sintió una nueva punzada de dolor.

Debe de pensar que me he vuelto loca, se dijo Koshmar, para que le pregunte si recuerda el día en que nació su primogénito. Luchó por mantener firme la mano mientras acariciaba la mejilla del niño. Él retrocedió.

— Ve — dijo Koshmar —. Ve en busca de Hresh.

Pero Hresh tardó muchísimo en llegar. Tal vez estuviera vagando por las ruinas una última vez, pensó Koshmar. Tal vez tratara desesperadamente de rescatar los últimos tesoros antes de que la tribu se marchara de Vengiboneeza. Luego recordó que Hresh ahora tenía pareja, o casi, y que tal vez estuviera absorto en el entrelazamiento o la cópula con Taniane, y no deseara que le interrumpieran. Resultaba extraño pensar que Hresh tenía pareja, o que se entrelazaba, o que hacía cualquier actividad relacionada con ello. Para Koshmar siempre sería aquel niño salvaje que una temprana mañana alejada en el tiempo había intentado deslizarse al exterior del capullo.

Al fin apareció. Tenía el aspecto desgarbado y ensimismado del que ha pasado la noche en vela: Pero al ver a Koshmar contuvo el aliento y de inmediato se mostró alarmado, como si su aspecto le hubiera despertado de golpe.

— ¿Qué te ha pasado? — le preguntó enseguida.

— Nada. Nada. Entra. ¿Estás enferma?

— ¡No, no! — Koshmar hizo un gesto con su brazo que casi la hizo caer —. Sí — admitió, en voz inaudible. Hresh la aferró por un brazo y la condujo a un banco de piedra cubierto de pieles. Durante mucho rato permaneció con la cabeza gacha, sentada, mientras la atravesaban oleadas de fiebre y dolor. Al cabo de un tiempo dijo, muy lentamente —: Me estoy muriendo…

— No es posible.

— Intérnate en mi espíritu un momento y sabrás la verdad.

— ¡Iré a buscar a Torlyri! — dijo Hresh, agitado.

— ¡No! ¡Torlyri no! — ordenó.

— Conoce las artes de la curación.

— Lo sé, niño. Pero no quiero que ejerza sus artes sobre mí.

Hresh se acuclilló ante ella y trató de observarla de frente, pero la mujer esquivó su mirada.

— ¡No, Koshmar! ¡No! ¡Todavía eres fuerte! Puedes curarte, si dejas que…

— No.

— ¿Sabe Torlyri que estás tan enferma?

Koshmar se encogió de hombros.

— ¿Cómo puedo estar segura de si Torlyri lo sabe o no? Es una mujer inteligente. Nunca he hablado de esto con nadie. Y desde luego, no con ella.

— ¿Cuánto hace que estás as?

— Un tiempo — respondió Koshmar —. Me ha ido venciendo poco a poco. — Esta vez levantó la cabeza, y reunió parte del vigor que alguna vez había ostentado. En voz más alta, continuó —: Pero no te he hecho venir para hablar de mi salud.

Hresh sacudió la cabeza con furia.

— Conozco algunas artes curativas. Si no quieres que Torlyri lo sepa, de acuerdo. Torlyri no tiene por qué estar al corriente. Pero déjame curarte de tu enfermedad. Déjame invocar a Mueri y Friit, y hacer cuanto sea necesario para aliviarte.

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