Al final del invierno | Страница 60 | Онлайн-библиотека


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— No nos han visto — murmuró Taniane.

— Lo sé.

— ¿Podemos sortearlos de algún modo?

Hresh sacudió la cabeza.

— Dejaremos que nos descubran.

— ¿Qué?

— Debemos hacerlo.

Extrajo la Piedra de los Prodigios y la dejó descansar un rato sobre la palma de la mano. Taniane la miró con una expresión entre fascinada y despavorida. Él mismo sintió temor, no por la vista del Barak Dayir, sino por la arriesgada complejidad de su plan.

Se inclinó y cogió el Barak Dayir con el órgano sensitivo. La música del talismán comenzó a penetrar en su alma. Le serenó y le bañó de consuelo. Indicó a Taniane que le siguiera y caminó por un sitio abierto, hacia los bengs, que le miraron con sorpresa y desagrado.

Ahora, a controlarles, sin hacerles daño y sin quitarles la vida…

Suavemente, Hresh tocó las almas de los beng. Sintió que los dos se retorcían, en un furioso intento de liberarse de su intrusión. Temblando, Hresh impidió que el contacto se rompiera. No podía olvidar aquel primer Hombre de Casco, tanto tiempo atrás, que prefirió morir antes que dejarse invadir de ese modo. Tal vez mi contacto fue demasiado duro en aquella ocasión, pensó. No debía matar a estos dos. Por encima de todo, no debía matarlos. Pero ahora contaba con la ayuda del Barak Dayir.

Los bengs se agitaban y luchaban. Al fin se serenaron y quedaron relajados de pie, mirándole como bestias adormecidas. Hresh suspiró. ¡Había dado resultado! ¡Estaban en su poder!

— He venido a explorar este sitio — les dijo.

Los ojos de los bengs estaban tensos y brillantes. Pero no podían escapar a su control. Primero uno, y luego el otro, asintieron.

— Me ayudaréis en lo que os pida — ordenó Hresh —. ¿Lo habéis comprendido?

— Sí — fue la respuesta hosca y reacia.

Una oleada de alivio le recorrió. Los tenía como atrapados en un arnés. Pero no sufrirían daño.

Taniane le miraba maravillada. Él sonrió y se llevó un dedo a los labios.

Entonces miró a uno de los artefactos reparadores que había cerca y lo llamó. Su pequeña mente mecánica respondió sin la menor vacilación. Giró y comenzó a moverse rápidamente hacia la puerta de piedra roja que había sobre el pavimento. Alargó uno de sus brazos metálicos y tocó la puerta, que al instante se deslizó sobre los rieles.

— Ven — invitó a Taniane.

Descendieron a la cámara subterránea, profusamente iluminada, que yacía abierta entre ellos. Había gran cantidad de máquinas intrincadas y complejas, brillantes, perfectas. Más de una docena de pequeños mecánicos reparadores se movían por entre las hileras de artefactos, realizando sin duda tareas menores de mantenimiento. Al otro lado de la inmensa sala, Hresh vio que una de las máquinas trabajaba sobre otra igual pero inmóvil. ¡Con que así habían conseguido subsistir a lo largo de milenios! Se reparaban mutuamente, pensó. Así podían durar una eternidad…

A la que había abierto la puerta para ellos, Hresh ordenó:

— Dime las funciones de estos artefactos.

Y como respuesta, abrió un nicho en la pared y extrajo una pequeña esfera de bronce que cabía en la mano de Hresh. Su exterior metálico era translúcido y dentro de ella se escondía un globo más pequeño de mercurio imperecedero y brillante que giraba sin cesar. No tenía ningún mando, ni otro medio visible con el cual manejarlo., Pero al tocarlo con su mente amplificada por el Barak Dayir, el alma de la pequeña esfera se abrió ante él como montada sobre goznes, y el joven se internó en vertiginosos planos de conocimiento.

— ¿Hresh? — preguntó intrigada Taniane —. ¿Hresh, estás bien?

Asintió. Se sentía mareado, sorprendido, aturdido. En un torrente veloz y embriagador de datos, la esfera le explicaba para qué servían los objetos que tenía ante él. Éste medía la estabilidad y profundidad de los cimientos. Aquel otro erigía columnas. Éste cortaba roca. Ése transportaba escombros. Éste… aquél… ese otro…

Tiempo atrás, cuando exploraba las ruinas había visto máquinas semejantes. Recordaba su fracaso al tratar de ponerlas en marcha: los aparatos empezaban a construir puentes y paredes, y a cavar fosos y demoler edificios como si actuaran por cuenta propia. Había tenido que esconder las máquinas porque eran peor que inútiles. Eran peligrosas, destructivas, incontrolables.

Pero esta pequeña esfera de mercurio que tenía en la mano debía ser el control central al cual obedecían los demás. Con su ayuda, se dijo, podría construir una Vengiboneeza entera. Una mente clara, enfocada a través del dispositivo, podría dirigir a la horda de máquinas constructoras para levantar cuanto fuera necesario. No más puentes inútiles. No más paredes levantadas en lunática profusión en medio de las avenidas. Sólo construcción planificada, de acuerdo con el plan que se trazara. Se convertiría en el amo, y la esfera sería su mejor arma, y las otras máquinas construirían bajo sus órdenes.

— ¿Qué tienes Hresh? ¿Qué es todo esto?

— Milagros y maravillas — murmuró con voz ronca —. ¡Milagros y maravillas!

Hizo señas a los dos bengs, que lo miraban desde la puerta con aire estupefacto. Seguían resistiéndose a su control, pero no podían escapar de él.

— ¡Tú! — gritó —. ¡Ven aquí! Comienza a cargar todo esto y a depositarlo sobre el bermellón.

Fueron necesarios una docena de viajes de ida y vuelta hasta que todo lo que a Hresh le pareció importante fue transportado al asentamiento del Pueblo. Antes de que amaneciera, Hresh envió a los dos Hombres de Casco de regreso, con su más cálido agradecimiento, después de haber borrado de su mente con sumo cuidado todo recuerdo de lo que habían hecho durante la noche.

Dentro del templo, Torlyri trabajaba afanosamente guardando candelabros, empaquetando para el inminente viaje todos los objetos sagrados. De vez en cuando se detenía a respirar hondo, reclinada contra el frío muro de piedra. A veces comenzaba a temblar de forma incontrolada. Sólo faltaban unos días para la partida.

Hresh se ocuparía de las crónicas y de todo lo que estuviera relacionado con ellas. El resto, todo lo que la tribu había acumulado en los milenios de existencia recluida, quedaba bajo su responsabilidad: pequeños amuletos, cuencos estatuillas sagradas de este o aquel dios, varitas destinadas a la curación de tal o cual enfermedad guijarros pulidos y brillantes cuyo origen y finalidad habían sido olvidados pero que cada mujer de las ofrendas había transmitido a su sucesora como tesoros.

Las dos noches anteriores, Boldirinthe la había ayudado en su tarea. Pero el día antes, mientras terminaban de trabajar, se había vuelto hacia ella de pronto:

— ¿Estás llorando Torlyri?

— ¿Ah, si?

— Veo lágrimas en tus mejillas.

— Es el cansancio, Boldirinthe. El cansancio.

— Te entristece tener que dejar la ciudad, ¿no? Hemos sido felices en Vengiboneeza, ¿no crees?

— Los dioses decretan. Los dioses proveen.

— Si puedo ayudarte en algo…

— ¿Ayudar a la que ayuda? No, Boldirinthe. Por favor. — Torlyri se echó a reír —. Has confundido mi reacción. No estoy triste, sólo muy cansada.

Esa noche, Torlyri trabajaba sola. Sentía que las lágrimas se agolpaban a sus ojos y sabía que en cualquier momento echarían a rodar solas. No podía soportar que Boldirinthe ni nadie la compadeciera. Si se desmoronaba, no quería que nadie la viese.

Con dedos temblorosos envolvía los objetos sagrados en trozos de piel o en tejidos, y los depositaba en cestos que la tribu llevaría durante la travesía. A veces besaba algún amuleto antes de guardarlo. Durante toda su vida se había ocupado de estos objetos, por medio de los cuales se había asegurado la constante amabilidad de los dioses. Eran pequeñas reliquias de piedra, hueso o metal, pero estaban tocadas por los dioses, tenían poder. Y más que eso: ella había depositado su amor en cada uno. Le eran tan familiares como sus propias manos. Ahora, uno tras otro, iban desapareciendo en las cestas.

A medida que los estantes se vaciaban, sentía que su propio destino se cernía sobre ella. El tiempo transcurría de prisa.

Oyó pasos fuera del santuario. Levantó la vista, con el ceño fruncido.

— ¿Torlyri?

Era la voz de Boldirinthe. Ha venido a pesar de todo, pensó Torlyri irritada Se dirigió a la puerta y asomó la cabeza.

— Te advertí que hoy debía trabajar sola. Sólo yo puedo tocar algunos de estos talismanes, Boldirinthe…

— Lo sé — respondió Boldirinthe con amabilidad —. No quisiera molestarte en tu trabajo, Torlyri. Pero traigo un mensaje para ti, y pensé que tal vez querrías escucharlo…

— ¿De quién?

— De tu Hombre de Casco. Está aquí y desea verte. ¿Aquí?

— Fuera del templo. En las sombras.

— Ningún beng puede entrar en este lugar — dijo Torlyri, incómoda —. Dile que espere. Saldré a verlo… No. No. No quiero que nadie nos vea juntos esta noche. — Se retorció las manos, nerviosa. Se pasó la lengua sobre los labios para humedecérselos —. Sabes dónde está el almacén, ¿verdad? Al otro lado del edificio, donde Hresh guarda los objetos que encuentra por la ciudad. Mira si hay alguien allí ahora, y si está vacío, llévalo a ese sitio. Luego vuelve y házmelo saber.

Boldirinthe asintió y desapareció.

Torlyri intentó volver a su trabajo, pero fue inútil. Los dedos. le resbalaban con torpeza, casi dejaban caer los objetos. No podía recordar las bendiciones que debía pronunciar al retirarlos de sus sitios. Al cabo de unos minutos, abandonó la tarea y se postró delante del pequeño altar, con los codos sobre la repisa, la cabeza inclinada, orando para serenarse.

— Está esperándote — anunció Boldirinthe suavemente a sus espaldas.

Torlyri cerró la habitación de objetos sagrados y apagó las velas. Se detuvo en la oscuridad para dar un tierno abrazo a Boldirinthe y un suave beso de agradecimiento. Luego salió por el pasillo que conducía a la plaza y dio la vuelta al edificio de muchos lados que hacía las veces de almacén.

Era una noche cálida y apacible. No soplaba el viento, y por encima de la luna corrían franjas de nubes de contornos nítidos. Pero Torlyri temblaba. Sentía un nudo de nerviosismo en el estómago.

Cuando Torlyri entró, Trei Husathirn recorría el almacén como una criatura enjaulada, con un único racimo de moras de luz en la mano para alumbrarse. Llevaba el casco, y parecía mayor que lo que Torlyri recordaba Hacía unos días que no se veían. Había demasiado trabajo pendiente en el asentamiento. Él andaba de aquí para allá, revolviendo la colección de artefactos que Hresh y sus Buscadores habían reunido. Cuando oyó llegar a Torlyri, se dio la vuelta bruscamente y levantó los brazos como para defenderse.

— Soy yo — saludó ella, sonriendo.

Corrieron a abrazarse. Él la estrechó con fuerza, hasta dejarla casi sin aliento. Torlyri sintió que se estremecía Tardaron en separarse. El beng tenía una expresión tensa y atemorizada.

— ¿Qué son estas máquinas? — preguntó él.

— Deberías preguntárselo a Hresh. Él las descubrió por toda la ciudad. Son cosas del Gran Mundo — respondió Torlyri, encogiéndose de hombros.

— ¿Y funcionan?

— ¿Cómo voy a saberlo?

— ¿Y se las llevará cuando os vayáis?

— Poco conozco a Hresh si no se lleva todas las que pueda — Torlyri se preguntó si no habría sido un error permitir que Trei Husathirn entrara allí. Tal vez no debiese ver todo aquello. Era su pareja, sí, o algo parecido. Pero seguía siendo un beng, y aquella habitación guardaba secretos de su tribu.

También la preocupaba su tono de voz, ansioso y duro. Casi parecía asustado.

Ella le cogió la manó.

— ¿Sabes cuánto te he echado de menos? — le preguntó.

— Pudiste haber ido a verme…

— No. No, imposible. Todo debe quedar perfectamente embalado. Hay que pronunciar oraciones, es una tarea que lleva semanas enteras. No sé si podré terminarla a tiempo. No tenías que haber venido esta noche, Trei Husathirn…

— Necesito hablar contigo.

Algo andaba mal. Debía haber dicho: «Tenía que verte, quería verte, no podía estar lejos de ti.» En cambio, «necesito hablar contigo»… ¿De qué?

Le soltó la mano y retrocedió, intranquila, inquieta.

— ¿Qué sucede? — preguntó.

Él permaneció un rato en silencio. Luego dijo.

— ¿Ha habido algún cambio en la fecha de partida?

— No.

— De modo que sólo faltan unos pocos días.

— Sí — admitió Torlyri.

— ¿Qué haremos?

Quiso apartar la mirada, pero mantuvo los ojos sobre los del beng.

— ¿Qué quieres hacer, Trei Husathirn?

— Sabes lo que quiero. Ir contigo.

— ¿Cómo podrías hacer semejante cosa?

— Sí. ¿Cómo? ¿Qué sé de vuestras costumbres, de vuestros dioses, de vuestro idioma, de nada? Lo único que conozco de tu pueblo es a ti. Jamás me adaptaría…

— Sí, con el tiempo…

— ¿Lo crees?

Ahora ella apartó la mirada.

— No — reconoció, apenas capaz de emitir esa única palabra.

— De modo que, después de preguntármelo un millar de veces, concluyo que no hay sitio para mí en la tribu de Koshmar. Siempre sería un extraño. Un enemigo, incluso.

— ¡Desde luego, no un enemigo!

— Creo que sí, para Koshmar y los demás. — De pronto estrujó el racimo de moras de luz en la mano y lo dejó caer al suelo: En la oscuridad, Torlyri se sintió inesperadamente asustada. ¿Qué pretendía? ¿Matarse y matarla, por un amor frustrado? Pero el hombre se limitó a cogerle las manos, atraerla a él y estrecharla con fuerza. Luego, con voz hueca y distante, continuó —: Y también tendría que abandonar a mis hermanos de Casco, a mi cabecilla, a mis dioses. ¡Tendría que abandonar a Nakhabá! — Temblaba —. Debería dejarlo. Ya no me conocería más. Estaría perdido…

Torlyri le acarició el oído, la mejilla, el sitio desnudo de la cicatriz. Un haz de luz fugitiva le permitió vislumbrar su rostro, y sobre él, una red de lágrimas. Pensó que verlo llorar le provocaría también el llanto, pero no. Ella ya no tenía más lágrimas.

— ¿Qué haremos? — volvió a preguntar.

Torlyri le cogió la mano y la oprimió contra su seno.

— Aquí. Acuéstate a mi lado. Sobre el suelo, junto a estas impresionantes máquinas. Eso es lo que haremos. Acostarnos aquí, Trei Husathirn. Échate a mi lado. A mi lado…

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