Al final del invierno | Страница 59 | Онлайн-библиотека


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Sin embargo, antes de que pudiera escudarse, el segundo hjjk corrió hacia él y trazó una línea de fuego sobre su brazo no con la hoja sino con el pico, como advirtió Harruel. El guerrero aulló y gritó. Levantó la pierna en un puntapié tremendo que destrozó la mandíbula del hjjk. Nittin se acercó y rebanó los tubos respiradores del ser — insecto, que cayó muerto.

— Vamos — dijo Salaman, entre golpe y golpe —. Ido deben quedar más que seis o siete con vida. Son duros, pero no saben pelear, ¿no crees?

— Según dijo Hresh una vez — intervino Nittin — pelean en enjambres. Diez contra uno. Pero en esta ocasión no enviaron fuerzas suficientes. ¡Detrás de ti, Harruel!

Harruel se volvió y vio a dos hjjks que atacaban juntos. Los tiró al suelo con un solo golpe de la espada y hundió el mango del arma en una de las gargantas frágiles, estrechas, expuestas. Salaman se encargó del otro atacante.

Harruel sonrió. Ya vislumbraba el final de la batalla. Ya ansiaba el vino que le aguardaba para celebrar la victoria.

Lakkamai perseguía a un hjjk que corría frenéticamente hacia el borde del cráter. Konya y Galihine habían acorralado a otro cerca de la casa de Nittin. Un tercero había caído en la infernal zanja de Salaman y dos de las mujeres le azotaban las garras cada vez que intentaba salir.

Harruel se apoyó en la espada. Todo ha terminado, comprendió con alegría.

Pero su regocijo duró poco. La fatiga y el dolor lo sobrecogieron. Sobre el pecho le palpitaba una terrible mordedura, y la herida atroz que se abría en su brazo sangraba y latía. La borrachera que lo había sostenido en pie durante el ardor de la batalla ya se había disipado y la resaca le provocaba cansancio y tristeza.

Harruel contempló la ciudad: el palacio se incendiaba, los animales habían escapado, y ahora vio a una de las mujeres muerta, o tal vez herida. No había sido una victoria tan aplastante como creyó al principio.

Le invadió la desolación.

Éste es el castigo que me han deparado los dioses, pensó.

Por todos mis pecados. Por haber violado a Kreun, y por mis otras crueldades y actos injustos, y por mi desmedido orgullo, y por mis decisiones equivocadas. Por haber golpeado a Minbain. Y por haberme excedido con el vino. Los hjjks han venido a destruir la ciudad que he construido, que debió haber sido mi monumento. Hemos acabado con esta avanzadilla, pero ¿qué ocurrirá con el ejército que Salaman descubrió en su visión? ¿Cómo conseguiremos que se retiren? ¿Cómo nos defenderemos de esos monstruosos bermellones cuando irrumpan en nuestra ciudad, pisoteándolo todo? ¿Cómo lograremos sobrevivir, cuando llegue la gran invasión?

Era otra noche cálida y el aire se cernía pesado y sofocante. Ahora hacía calor todo el día. La época fría y dura que había sucedido al Largo Invierno sólo era un vago recuerdo. Y a pesar del calor pegajoso de la noche, Koshmar sentía un escalofrío que le recorría los huesos y le sacudía el cuerpo entero, entre el pelaje y la piel. Desde hacía bastante tiempo, estos fríos nunca la abandonaban.

Recorría el asentamiento, inquieta Le costaba mucho dormir. Pasaba las noches merodeando, paseándose sin objetivo por los edificios. A veces imaginaba que era su propio fantasma, que flotaba ligera, invisible, silenciosa. Pero la angustia siempre la acompañaba, para recordarle que debía cargar con el peso de su propio cuerpo.

No había vuelto a hablar de marcharse de Vengiboneeza. Eso había sido sólo una trampa para arrancar la verdad a Torlyri acerca de su decisión de irse o permanecer allí. Ahora que sabía la verdad (estaba segura de que ella jamás abandonaría a su Hombre de Casco), Koshmar no podía decidirse a ordenar la partida. Ni Hresh ni Torlyri habían vuelto a tratar el tema. El plan seguía en el limbo. ¿Será que mi enfermedad me ha debilitado tanto que soy incapaz de organizar la marcha?, se preguntó. ¿O será la convicción de que este nuevo viaje representará el fin de mis relaciones con Torlyri, y me siento incapaz de superarlo?

No podía decir de qué se trataba. Sus temores privados se entremezclaban inevitablemente con sus deberes públicos. Estaba cansada, cansada, cansada. Profundamente angustiada y confundida. Sólo cabía esperar y aguardar a que el tiempo solucionara sus problemas. Tal vez sanaría de esta enfermedad y recuperaría las fuerzas. O acaso Torlyri se cansaría de su romance con el beng. El tiempo lo resolvería todo, pensó Koshmar. El único aliado que me queda es el tiempo.

De pronto, un resplandor le llamó la atención. De uno de los edificios abandonados al otro lado de la plaza, cerca del extremo sur del asentamiento, provenía un solitario haz de luz. Entonces todo se sumió de nuevo en las tinieblas, como si de pronto se hubiera cerrado una puerta Koshmar frunció el ceño. Nadie tenía nada que hacer allí, sobre todo a esta hora. Todos dormían. Todos, excepto Bamak, quien hoy tenía guardia, y a quien Koshmar acababa de ver hacía sólo unos minutos, patrullando el límite norte del asentamiento.

Fue a investigar, preguntándose si no sería un grupo de espías bengs que se habían introducido en el territorio del Pueblo. ¡Qué gente tan molesta! Nunca había confiado en ellos, a pesar de sus sonrisas y fiestas. Le habían quitado a Torlyri. Pronto también se quedarían con Vengiboneeza. ¡Que Dawinno se los llevara!

El edificio era una estructura de un solo piso y cinco lados, construidos en piedra rosada que brillaban como un metal. O quizá fuese metal con textura de piedra pulida. En cada lado se abría una única ventana triangular cubierta por un toldo de la solidez de la madera y la textura de la más fina gasa. Koshmar empujó una con cuidado. Pero no cedió. Probó con otra, haciendo más fuerza. Cedió una rendija apenas lo suficiente para dejar escapar un haz de luz amarilla Contuvo la respiración y la abrió un poco más. Se inclinó para mirar hacia el interior.

Vio una gran habitación, tan profunda que el suelo quedaba por debajo del nivel de la plaza. La única iluminación provenía de unas lámparas de grasa animal. En el centro de la sala se erguía una estatua esculpida en piedra blanca. Era la figura de un ser alto y de miembros largos, anguloso y delgado, con una cabeza redonda y sin órgano sensitivo. La imagen de un sueñasueños, a juzgar por su apariencia. Alrededor de la estatua se esparcían ramas verdes de árboles, pilas de frutos, unos pocos animales en cestas de mimbre. Y ante las ofrendas, con las cabezas inclinadas, susurrando en voz casi inaudible, cinco miembros de la tribu. Bajo la tenue luz Koshmar distinguió a Haniman, Kreun, Cheysz y Delim. Y aún otro, que le daba la espalda, ¿era Preyne? No. Jalmud. Debía de ser Jalmud.

Koshmar observó la ceremonia con creciente desolación que se convirtió en conmoción y luego en horror. Hablaban tan bajo que no lograba oír lo que decían, pero parecían murmurar una especie de plegaria. De vez en cuando alguno de ellos acercaba a la estatua del sueñasueños un racimo de frutos o un hato de ramas. Cheysz había oprimido la frente contra el suelo desnudo y sin baldosas. Kreun también estaba postrada. Haniman se mecía con un ritmo casi hipnótico. Al parecer era el líder. Él hablaba, y los demás repetían.

En cuanto se hubo alejado un poco, Koshmar echó a correr hacia el templo. Con el corazón latiendo furiosamente, fue hasta la cámara de Hresh y descargó fuertes golpes contra la puerta.

— ¡Hresh! ¡Hresh, despierta! ¡Soy Koshmar!

El joven se asomó.

— Estoy ocupado con las crónicas.

— Eso puede esperar. Ven conmigo. Hay algo que debes ver.

Juntos corrieron por la plaza. Barnak había descubierto los movimientos de Koshmar, y apareció de alguna parte con gestos inquisidores. Pero la cabecilla le ordenó que se alejara con brusquedad. Cuantos menos vieran esto, mejor. Condujo a Hresh hasta el edificio de cinco lados, le hizo un ademán imponiéndole silencio y le señaló la ventana que había entreabierto. El joven atisbó por allí. Y al cabo de un rato, se aferró al marco con súbita excitación. Se asomó más, casi hasta pasar la cabeza por la abertura. Poco después, al descender, tenía los ojos abiertos de estupor y le costaba respirar.

— ¿Y bien? ¿Qué supones que están haciendo?

— Parece ser un rito religioso…

Koshmar asintió con nerviosismo:

— ¡Exactamente! ¡Exactamente! Pero, según tu opinión, ¿a que dios están venerando?

— No es ningún dios — replicó Hresh —. Es la estatua de un ser humano… de un sueñasueños…

— Sí. De un sueñasueños. Están adorando a un sueñasueños, Hresh. ¿Qué significa esto? ¿Qué clase de nuevo rito ha surgido aquí?

Como en un sueño, Hresh pensó en voz alta.

— Creen que los humanos son dioses… están orando a los humanos…

— A los sueñasueños, querrás decir. Nosotros somos los humanos, Hresh.

Hresh se encogió de hombros.

— Como tú digas. Pero parece que esos cinco no piensan lo mismo.

— En efecto — ironizó Koshmar —. Están deseosos de convertirse en simios, como tú. Y de postrarse ante ese viejo resto de piedra para elevar oraciones… — Koshmar giró de pronto y se sentó, con la cabeza entre las manos —. ¡Ay, Hresh, Hresh, qué gran equivocación cometí al no escucharte. En Vengiboneeza estamos perdiendo la humanidad. Nuestra esencia, Hresh. Estamos convirtiéndonos en animales. Ahora sé que tú estabas en lo cierto. Debemos irnos de aquí enseguida.

— Koshmar…

— ¡Enseguida! Por la mañana proclamaré la orden. Haremos el equipaje y nos marcharemos, dentro de dos semanas como máximo. Antes de que el veneno se propague entre nosotros. — Se levantó con paso incierto. Con el tono más firme de que fue capaz, ordenó —: ¡Y no reveles a nadie lo que acabamos de presenciar!

Era lo que Hresh había deseado, y su alma tenía que haber desbordado de alegría al conocer la decisión de Koshmar. El mundo, que despertaba con todo su esplendor y maravilla, se abría ante él, y ansiaba internarse en las tierras desconocidas para penetrar en sus infinitos misterios.

Pero a la vez le azotaba una poderosa sensación de pérdida y tristeza. Aún no había terminado su labor en Vengiboneeza. La decisión de Koshmar caía sobre su alma como una hoja afilada, que le despojaba de todo lo que la ciudad tenía por descubrir y recobrar. Todas las reliquias del Gran Mundo que no se llevaran consigo, con el tiempo caerían en manos de los bengs.

El asentamiento hervía bullicioso. Tenían que reunir el ganado y prepararlo para la marcha. Había que recoger las cosechas, que embalar las posesiones de la tribu. Apenas tenían tiempo para descansar. La partida era cuestión de días. De vez en cuando acudía algún beng al asentamiento y contemplaba perplejo lo que estaba sucediendo. Koshmar corría de una tarea a otra, tan agotada y consumida que su salud era objeto de comentario público. Torlyri casi nunca estaba en el asentamiento y quienes necesitaban consuelo y alivio acudían a Boldirinthe, quien se había ofrecido para llevar a cabo las tareas de Torlyri. Y cuando ésta venía, también su rostro tenía una expresión triste y oscura.

Hresh oía a la gente comentar que resultaría imposible tenerlo todo listo para la fecha dispuesta por Koshmar, que sería mejor posponerla una semana más, un mes más, una temporada más… Y, sin embargo, el trabajo prosiguió con idéntico frenesí, y no se anunció ninguna postergación.

— Es nuestra última oportunidad. Debemos convocar de nuevo a Los Buscadores y llevarnos todo lo que encontremos — dijo a Taniane.

— Pero Koshmar quiere que nos desembaracemos de todo lo posible para poder avanzar con mayor comodidad…

Hresh hizo un gesto de fastidio.

— Koshmar no comprende nada. A veces creo que todavía está viviendo en el capullo.

Aunque algo inquieta por tener que desobedecer a Koshmar, finalmente Taniane acató la voluntad de Hresh. Pero convocar al viejo grupo de Los Buscadores resultó difícil. Konya había partido junto a Harruel; Shatalgit y Praheurt, con el peso de un niño y otro en camino, no tenían tiempo para trabajos adicionales. La cauta Sinistine se acogió a la orden de Koshmar de suspender cualquier otro proyecto y centrarse exclusivamente en la partida. No hubo forma de convencerla.

Eso dejaba sólo a Haniman y Orbin. Haniman les dijo bruscamente que no le interesaba explorar con ellos, y qué no pensaba discutir el tema. Orbin, igual que Sinistine, dijo que iba a cumplir puntualmente la orden de Koshmar.

— Pero te necesitamos — suplicó Hresh —. Hay lugares donde las paredes se han caído, y pesadas piedras nos obstruyen el camino. Los mejores artefactos tal vez están en esos sitios. Necesitaremos tu fuerza Orbin.

— Hay que desmantelar el asentamiento. Mis fuerzas serán para esto. Y Koshmar dice que… — alegó Orbin, encogiéndose de hombros.

— Lo sé. Pero esto es más importante.

— Para ti.

— Te lo suplico, Orbin. Una vez fuimos amigos…

— ¿Ah, si? — dijo impasible.

Fue un golpe doloroso. Habían sido compañeros de juegos durante la infancia, sí. Pero eso fue muchos años atrás. Desde entonces, ¿qué habían representado el uno pira el otro? Ahora eran extraños. Hresh, el astuto sabio de la tribu. Orbin, sólo un guerrero, tal vez útil por sus músculos, pero no por nada más. Hresh abandonó el intento. La exploración final tendrían que hacerla él y Taniane, solos.

Una vez más partieron, amparados por la oscuridad. El lugar donde habían encontrado las — máquinas reparadoras fue una vez más objeto de la exploración de Hresh. Esta vez se llevó consigo el Barak Dayir.

— Mira — exclamó Taniane —. ¡Una marca beng sobre la pared!

— Sí. La he visto.

— ¿No estaremos invadiendo su territorio?

— ¿Invadiendo? — replicó enfadado — ¿Quién llegó primero a Vengiboneeza? ¿Ellos o nosotros?

— Pero otras veces que hemos visto señales de bengs cerca hemos vuelto al asentamiento…

— Pues ahora no lo haremos.

Siguió avanzando. Distinguieron el gran montículo piramidal de columnas rotas. En la fachada del templo derruido que había al otro lado del camino, bailoteaban las cintas de los bengs. Dos reparadores artificiales pasaron cerca, sin prestar atención a Hresh y Taniane y sin interrumpir su solemne tarea de revolver restos y apuntalar paredes a punto de caer.

— Por allí, Hresh — indicó Taniane en voz baja.

Miró a la izquierda. Bajo la luz de la luna las terribles sombras de dos cascos bengs se erigían como manchas monstruosas sobre la fachada lateral de un edificio de piedra blanca. Al lado de un bermellón, dos corpulentos guerreros estaban de pie, conversando tranquilamente.

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